El poder de la crítica literaria

De Verdad y mentiras en la literatura por Stephen Vizinczey


Heinrich von Kleist, uno de los mejores escritores que jamás hayan existido, se suicidó en 1881 porque no podía ganarsé la vida con sus obras maestras. Siempre envió sus libros a Goethe, a quien se consideraba no sólo un gran poeta, sino un genio universal, el más profundo de los jueces de arte y literatura. Un solo párrafo aprobatorio firmado por Goethe le habría ganado a Kleist la atención de lectores cultos en toda Europa y hubiera podido continuar escribiendo hasta una floreciente ancianidad. Desgraciadamente, Goethe aborrecía el genio de Kleist, más osado que el suyo, y acerca de él sólo hizo malignos comentarios, de forma que los alemanes cultos pensaban que no perdían nada no leyendo a Kleist. A la edad de treinta y cuatro años, gozando de perfecta salud y en la cumbre de su poder creador, pero empobrecido, desconocido y humillado, quemó la única copia de su única novela y se disparó un tiro. Cuando surge el tema de la crítica literaria siempre pienso en el cadáver del joven Kleist.

El suicidio de Kleist consiguió lo que no habían hecho Goethe y otros críticos alemanes: atrajo la atención sobre sus obras. Hoy, la mayoría de personas interesadas seriamente en la literatura tienen en su biblioteca por lo menos su volumen de cuentos. Una de sus cartas se vendió hacia 1960 en Marburgo por más dinero del que él ganó en toda su vida.

A Stendhal no le fue mucho mejor en Francia, ignorado como fue por la suprema autoridad crítica de la época, Sainte-Beuve, que no deseaba ofender a los gobernantes de Francia, entre ellos los prelados de la Iglesia católica. Stendhal retrató los diversos tipos de funcionarios eclesiásticos corrompidos con una profundidad tan perdurable que más de un siglo después, en Hungría, yo podía reconocer en ella los funcionarios del partido comunista que señoreaban sobre los húngaros con la misma mezcla de santurronería, hipocresía, codicia y malevolencia. Desde luego, lo hacían en el nombre de otra trinidad, la trinidad de Marx, Lenin y Stalin, pero eran exactamente los mismos personajes. Aprendí de Stendhal que la calidad de las personas en cualquier iglesia o partido depende menos de la naturaleza de su fe o ideología que del poder y privilegios sociales que ésta puede otorgar.

El despiadado retrato de la Iglesia católica de su tiempo pintado por Stendhal puede resumirse en el héroe de La cartuja de Parma, clérigo y, al cabo del tiempo, arzobispo, que es a la par uno de los mayores amantes de la literatura. Stendhal modeló a Fabrizio del Dongo sobre la figura de Alessandro Farnese, quien no sólo llegó a obispo, sino a Papa, y dotó a Fabrizio con la sensibilidad del genio: el suyo propio. Fabrizio del Dongo inicia un despertar religioso en Parma pronunciando apasionados sermones que predica con el único fin de hacer que su gran amor, ahora casada con otro, acuda y le oiga. En cuanto la hace su amante, Fabrizio deja de predicar. Es evidente que una novela acerca de un arzobispo sacrílego y adúltero que es retratado no como pecador sino como un hombre brillante y decente superior a cuantos le rodean y que hace caso omiso de reglas absurdas no podía ser elogiada tranquilamente por los críticos franceses de mediados del siglo xix. Más tarde, Freud llamaría a Stendhal el «padre del psicoanálisis», pero para los críticos contemporáneos, el escritor se convirtió en una no-persona. Comentando las pocas reseñas elogiosas que recibió Rojo y negro, Stendhal escribía a un amigo: «Si tuviera muchas más críticas de este tipo, sería un barón o un socio de la Academia. ¿Pero de qué me sirve este par de puñados? No son suficientes ni siquiera para encender el horno.»

La cartuja de Parma, con la que Tolstoi aprendió a describir batallas y que Proust consideraba «la novela más grande jamás escrita», quedó enterrada en el silencio y podía haberse perdido para siempre, junto con el resto de las obras de Stendhal, si Balzac no la hubiera rescatado del olvido con una larga crítica -una obra maestra por sí misma- que escribió «con admiración impulsada por la conciencia» y publicó en su propia revista, la Revue parisienne.

Escritores y lectores estamos todos en deuda con críticos valientes y sagaces como Balzac, quienes, ajenos a las preferencias del poder, llaman la atención sobre las grandes obras de la literatura y contribuyen a mantenerla viva. El problema es que tales críticos son muy escasos y su influencia suele ser póstuma.

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