La plaza San Felip Neri

A la lic. Liliana Etlis

Sé cómo llegar, pero déjenme que me lleven los pasos, como el primer día. Hay que subir por la callecita que bordea la Catedral y doblar a la derecha, justo por donde más huele a rancio, a velas mal apagadas, a confesionarios nunca redimidos, y hay que avanzar por ese pasaje donde uno extiende los brazos para separar las paredes y sortear la meada del último yonqui sin perderse en el laberinto de algún grafitti, y dejarse llevar por el empedrado que rueda desde hace siglos hacia el final, ahí, ahí, donde se ensancha un portal que da al mundo y la luz sea y es la luz, no sólo la luz sino el murmullo, no sólo el murmullo sino el silencio,o sea, el parloteo del agua que brota siempre de la fuente a la que siempre vuelve, en el centro de la plaza rodeada en círculo por altos muros, apenas techada por árboles que aún creen en el cielo y crecen, por eso, más alto que la iglesia, aunque nunca cubrirán el muro donde aún se ven los disparos de la guerra civil, que antes de rasgar la piedra rasgaron la carne, y antes que la carne el silencio, excepto ese muchacho que todas las tardes, de cuclillas, se cuela entero por el dejiridú, tan grave su sonido pero incorpóreo como un hilo de aire que aún sangra… ¿Aún sangra? Yo llegué a la plaza San Felip Neri en 1977 desde una Buenos Aires que sangraba y en el espejo de esa fuente, en el reflejo de mi rostro tembloroso, descubrí lo que ahora ya sé: la piedra que contiene el agua es un gesto inútil; la transparencia horada el gesto más duro y desesperado. Por eso, ¿escuchan?, es la hora, son las campanas que doblan, y ya sabemos por quién, pero qué importa: en algún rincón del mundo, hoy es siempre todavía.

Alberto Szpunberg

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