El número 125


María Elena Lorenzin, estudiosa de la obra de Pablo Urbanyi, publicó en 2007 El humor como resolución de lo imposible en la obra de Pablo Urbanyi (1). En su introducción se refiere a una característica de nuestro autor que aprecio especialmente: “Al hecho de ser un escritor fraguado entre dos aguas se une su férrea actitud personal de no transigir con nada que no sea su severo credo literario”. El mismo autor reconoce: “temo que mi escritura no sea muy simpática para el consumo”, y a eso le sumo otra frase de Urbanyi que me agrada: “Yo no beso la mano del lector, a lo cual le agrego: “ni la de los académicos, ni la de los críticos.”

El número 125 (2), como otras obras de Urbanyi, trae un epígrafe del admirado R. Musil: “¡Qué absurdidad la de afirmar que la vida es más importante que el arte! La vida es buena en tanto en cuanto persevere en el arte; ¡toda vida no susceptible de arte es kitsch!” Esta rotunda afirmación  es la actitud del narrador, Aníbal, ante sí mismo, su vida, y el mundo en el que vive –y que denuncia- ante lo que lee y, sobre todo, ante lo que escribe. La “utilización” y alusiones a por lo menos dos obras de Flaubert –La educación sentimental y Madame Bovary– son también “señas de identidad”; creo que Urbanyi admira y prefiere el gran realismo a los trucos narrativos

La introducción, o prólogo, es casi una parodia del final de la obra de Flaubert y un texto de Borges, y une el comienzo de la escritura con el de la lectura.

La historia: Aníbal, un escritor en pana seca de escritura, halla el diario de Monique (recurso que ya está en Cervantes, pero siempre efectivo). Aníbal es creador, narrador, lector y personaje de la novela, escribe el diario del diario y un guión cinematográfico, que no es una novela. Además de todo eso, hay apuntes al guión. Gracias al diario de Monique, puede advertir sus insuficiencias y sus límites como “creador”, como se llama a sí mismo ironizando su quehacer y dudando de sus condiciones. Aníbal es como ese personaje de Truffaut que dice: “Necesito que crean que soy un artista para llegar a serlo”.

En el diario de Monique está consignada la búsqueda del orgasmo, del punto G, del amor, de la felicidad. Todo eso, condimentado con el humor al que Urbanyi nos tiene habituados; ironías, feroces a veces y comentarios sin piedad sobre las “magníficas realizaciones” de la cultura occidental.  Ya sabemos que escribir no es fácil; objetivar eso, es dejar atrás la vida para entrar en otra dimensión.

Platón, en dos diálogos: El Banquete y Fedro, habla del Eros, del amor ligado al conocimiento y a la belleza. El amor es el nexo entre el hombre y el bien supremo. Estas ideas persistirán a lo largo de la historia. En muchísimas literaturas -hindú, china, japonesa- hay obras y tratados eróticos, como el Kama Sutra y el Ananga Ranga. Además, El Cantar de los cantares puede ser leído y lo ha sido, como literatura erótica. También podemos nombrar a Apuleyo y Petronio como otros autores de este tipo de literatura. En la producción literaria española, el erotismo aparece en las primeras manifestaciones líricas y en El libro de Buen Amor, en los sonetos de Quevedo hasta La lozana andaluza (1528). La riqueza de esta tradición sigue con la literatura de los místicos. Digo eso porque para muchos y sólo citaré a O. Paz,  “el erotismo es el ansia de la otredad, es un querer ir más allá”. Un ejemplo de eso aparece en La crónica de la intervención de J. García Ponce que se abre con ese deseo al infinito del personaje de Mariana. Contrariamente a otras literaturas, la mezcla de lo sexual y lo espiritual es menos frecuente. Las Sonatas de Valle Inclán son justamente su trasgresión.

Pasando a la literatura hispanoamericana del siglo XIX, si exceptuamos algún par de escenas de Sin Rumbo, de E. Cambaceres, El amor brujo de R. Artl, tenemos que buscar esto en la ya citada: Crónica de la intervención.  Recientemente, en España, las novelas Este latente mundo, Los amores prohibidos, Las edades de Lulú y La pasión turca (las dos últimas llevadas al cine) permiten pensar en una resurrección de esta clase de novelas que van más allá de las seudo eróticas que caen en la simple pornografía. Tema espinudo éste para  muchos.  Algunas escenas de Rayuela de Cortázar y otras de García Márquez en Cien años de soledad, en El Amor en los tiempos del cólera, Memorias de mis putas tristes y otras; en José Donoso en sus diferentes obras, incluso en su obra póstuma, Lagartija sin cola, en la cual incursiona en estos terrenos. Luna caliente de M. Giardinelli (en la que hay una nínfula, Lolita ), La señora del doctor Thorne de Denzil Romero, y una magnífica descripción del amor físico en Pedro Páramo. Tal vez no debamos olvidar, la incursión de Vargas Ll. con sus novelas Elogio de la madrastra, Diario de una chica mala, y Los cuadernos de don Rigoberto, y El paraíso en la otra esquina, sobre todo, ya que Pantaleón y las visitadoras son fruto de una apuesta sobre el humor y sobre el erotismo. Hay que notar que esa resurrección se manifiesta especialmente en la producción de novelas eróticas escritas por mujeres, por ejemplo en Argentina.

Es indudable que en la literatura de habla española el erotismo se dio más y mejor en la poesía lírica desde Quevedo hasta hoy. Hay que mencionar algunos poemas de Darío, de J.José Tablada, de Neruda, de Paz y otros sin olvidar Storni, Mistral, Agustini que escandalizaron en su tiempo.

Erotismo y pornografía son un tema delicado, por los límites reales o inventados entre ellos, puede resultar en algo fino o grotesco. Sade puede ser considerado un moralista por algunos; lo que es nuestro erotismo es la pornografía en los otros, (igual que pasa con las ideas: yo tengo una teoría, él un pensamiento, ese otro una ideología). Si, como creen muchos, el erotismo es producto de una sociedad que ha alcanzado un cierto refinamiento, debiéramos concluir que Japón sigue siendo erótico y el occidente más bien pornográfico, con excepciones: Les Liasons dangereuses, producto de una sociedad decadente, es considerada literatura erótica. Habría que creer  que en las sociedades nacientes o pujantes, esa literatura no se da.

El cine ha plasmado muchas novelas: Lolita, El amante de lady Chatterley, Emmanuelle, y otras. Muchas malas películas se creen en la obligación de mostrarnos a los protagonistas en por lo menos dos o tres escenas de cama. Los más elegantes las obvian, o presentan verdadero erotismo. Recuerdo algunos ejemplos: el baile entre Kim Novak y William Holden en Pic Nic, la escena en el compartimento del tren entre Eva Marie Saint y Cary Grant en Nornoroeste y aquella escena de The Thomas Crown Affaire, la versión original, en la que Steve MacQueen y Faye Dunaway juegan…al ajedrez. Claro que las escenas de 9 semanas y media son eróticas pero ya estamos ahí en un terreno explícito que, en algunas películas llega a la perversión, escenas que a su vez han sido ridiculizadas; sobre todo las escenas sadomasoquistas. ¡De todo hay en el zoológico de Dios! como dice Urbanyi!  Y eso se da en su novela también.

Muchos autores han hablado sobre la historia del erotismo y otros sobre su relación con la literatura. Algunas frases resumen ciertos puntos de vista: “Sin erotismo no hay gran literatura; “El erotismo es la búsqueda de la libertad; para algunos creadores existe el erotismo del proceso creativo por lo que dicen que “la pornografía es una especie de analfabetismo de la fantasía”; “toda escritura y todo texto es erótico”. Si la sociedad reglamenta, impide o castra el amor, al creador le sucede algo similar. Lo que le importa a Urbanyi es la creación, las palabras, el lenguaje y lo que se puede armar con ellas. Como dice un comentario sobre su obra: “…lo que Urbanyi ofrece al lector no es una “novela erótica”, sino buena literatura.” (3)”.

Hasta recientemente, no había en nuestra cultura tantas reflexiones como en las obras del Marqués de Sade, de Restif de la Bretonne, de Bataille y de otros. En español contamos con La llama doble de O. Paz (4).  Tal vez, como decía alguien, le debamos más a Freud o al Dr. Kelsen y a un par de otros psicólogos que a los novelistas. O a “toda la literatura sobre el tema” de la cual Aníbal, el narrador de Urbanyi, cita algunos títulos, sin olvidar a los sexólogos, de los cuales hay tanta variedad como recetas y a los cuales, naturalmente, se festina.

Valga esta breve y desordenada visión para situar aunque sea por contrastes o contigüidad esta novela de Urbanyi que hace reflexionar sobre la sexualidad, el erotismo y claro, el amor, como rasgos propios al ser humano. Debo decir que si aprecio la obra de Urbanyi es porque está llena de sugerencias y nos lanza a múltiples asociaciones; creo que los nexos que podemos establecer son una lectura legítima.

El número 125

Es un lugar común decir que no hay novelas eróticas sino fragmentos, capítulos, pasajes eróticos en una novela. En ésta de P. Urbanyi, creo que estamos ante algo más que eso: la novela es una búsqueda. El narrador está curioso por conocer si la autora del diario alcanzó la felicidad, si encontró al hombre ideal y logró completar su educación sentimental.

En Flaubert, el personaje Philippe no logra el amor que desea con la mujer, para él ideal. Se pierde  en justificaciones, ires y venires. Monique, en la de Urbanyi podemos decir que comienza una búsqueda “sistemática” (de la felicidad, del punto G y de “la pequeña muerte” que, en Farabeuf de Elizondo aparece asociada al sufrimiento y que hay que remontar a Bataille y que se ha dado abundantemente en cierto tipo de novelas españolas en boga en las décadas del 60 y 70).

Monique quiere “educarse” sentimental y sexualmente. La vida sexual, más que amorosa o sentimental del narrador: sus encuentros con una amiga, la paliza que le proporciona una sparring ocasional, una risueña y loca portuguesa y la ilusión del narrador por la autora del diario, no procuran la iluminación del verdadero amor, como ocurre en el enamoramiento o en ciertas descripciones clásicas (uno de cuyos ejemplos encontramos en El nombre de la rosa ,cuando Adso hace el amor con esa chica, asociado a una visión lírico erudita musical y dice: “ mi único amor terrenal cuyo nombre nunca supe”). Porque se trata del amor también, o sobre todo. Y en occidente tenemos obras importantes en relación al tema, nombro solamente El amor en Occidente de Denis de Rougemont y El amor, de Stendhal que permiten acercarnos  a muchas novelas.

El aprendizaje de Monique y el de  Aníbal, están salpicados de todo tipo de alusiones, múltiples ironías y parodias, conscientes, los de Aníbal -lo que implica un alejamiento del acto mismo-  e inocentes los de Monique que, al fin de cada uno, queda siempre con la duda e insatisfecha. Por su parte, el narrador que a veces revisa frenéticamente el diario sin saltarse ni un amante, no sólo queda más melancólico sino que también menoscabado en su potencia y fuerza física (el episodio  con la susodicha portuguesa), lleno de moretones en el alma y en el cuerpo. El narrador no logra despegar con su texto pero lee el de Monique febrilmente y lo que el texto le dice y le sugiere es su único alivio, es su “educación sentimental”. Aníbal es un hombre que dice: mi querida Jocelyne…,su esposa, pero en realidad el amor se fue hace tiempo. Con Aurinés, los encuentros son sexuales, a veces imaginativos y en eso radica su esperanza, en el erotismo. Pero Aurinés y él saben perfectamente que no se aman y el erotismo cae entonces en la estricta lujuria sin más futuro que el clímax orgásmico: es eso lo que desasosiega y angustia  a Aníbal. El deseo se calma y el amor no aparece por ningún lado, aunque  se siente como un rey después de una relación sadomasoquista de la cual Aníbal se sorprende ya que no conocía ese aspecto de su ser.

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