Una novela contra el sueño americano

Domingo, 11 de Enero de 2009

Página 12

ENTREVISTA AL ESCRITOR PABLO URBANYI

Una novela contra el sueño americano

Por Silvina Friera

En Silver, el autor desmonta con notable ironía las trampas de la “civilización” en la cultura occidental. Y no deja títere con cabeza, tanto que uno de sus personajes principales, un simio, termina haciendo desmoronar el ideal de familia americana.

Urbanyi nació en Hungría, se crió en la Argentina, debió exiliarse durante la dictadura y ahora vive en Canadá.

Atractivo y fotogénico, el simio que le presentan a Marco, una tarde de verano en el Campus de la Universidad de Stanford, es más gentil que un ser humano. Y hasta habla. Necesita contar su historia. Un matrimonio de sociólogos –ella, inglesa; él, norteamericano– lo saca de su ambiente natural, en Africa, y se lo lleva a vivir a su casa de California para estudiar la capacidad de aprendizaje y adaptación de un primate en un “ambiente enriquecido”. Los progresos son notables. Pronto aprende a usar exitosamente las herramientas básicas del ser civilizado: papel higiénico, cepillo de dientes, tenedor, cuchillo, cuchara. Y no para de avanzar: juega al béisbol, corta el pasto, mira televisión, aprende a leer, a pintar y a hablar, pero sólo con la dueña de casa, Dianne, de quien se enamorará. A medida que el gorila ilustrado crece y humilla al resto con su inteligencia, “superior a la del americano promedio”, los hijos de la pareja cada vez tienen comportamientos más simiescos y el ideal de familia norteamericana tipo comienza a desmoronarse. El marido, celoso hasta la náusea por el protagonismo que adquiere el chimpancé, quiere que desaparezca. El escándalo estalla. Al fin y al cabo no hay sociedad más puritana que la norteamericana. En una rápida “Operación retorno”, el gorila “pervertido” regresará a la jungla. Pero el operativo, a cargo de una científica que terminará alienada en la “simiedad”, fracasará. El gorila volverá a la “civilización” en penosas condiciones. En Silver (Catálogos), finalista del Premio Planeta en 1993, Pablo Urbanyi desmonta con una ironía corrosiva las trampas del pesadillesco american dream. Y no deja títere con cabeza.

Ahora que el escritor estuvo de nuevo visitando amigos por el país, la melancolía de sus ojos parece una bandera a media asta. El humor le permitió sobrevivir a los vientos del azar o las vueltas del destino. Urbanyi nació en 1939 en Hungría, pero a los 8 años vino con su familia a la Argentina. Aprendió a hablar el español rioplatense casi sin darse cuenta. Publicó sus primeros libros, los cuentos de Noche de revolucionarios (1972) y la novela Un revólver para Mack (1975), y trabajó en el diario La Opinión hasta que las “broncíneas trompetas militares” lo obligaron a exiliarse, en 1977, en Canadá, donde actualmente reside. La nostalgia por la Argentina es una “enfermedad” que lo acompaña permanentemente. Dice que no tiene cura, pero alivia ese dolor cada vez que regresa al país y absorbe los sabores y olores extrañados. “Sin imaginarme utopías y tratar de realizarlas, aunque sea en papel, no podría vivir. Pero por una razón u otra, terminan destruyéndose hasta en la imaginación o en la novela. Si no tuviera a quién echarle la culpa, si no pudiera imaginarse que todo podría ser mejor, no valdría la pena escribir”, plantea el escritor en la entrevista con Página/12.

–Después de haber vivido quince años en tierras donde los saquitos de té y las galletitas hablan y bailan en las pantallas de televisión, Marco dice que es posible que su capacidad de asombro se haya deteriorado. ¿Estas palabras las podría decir hoy Pablo Urbanyi?

–La respuesta sería una de abogado, sí y no, o so y ni. Unos 30 o 40 canales de televisión norteamericanos inyectan su veneno por cable prácticamente las 24 horas del día en Canadá. Y cuando digo veneno, no me refiero a los que usaban los Borgia o se encuentra en los hongos (risas), sino al veneno que ha convertido a la vida en pura ficción y al sueño americano en una auténtica pesadilla. Urbanyi, por una cuestión de autodefensa, como no mirar televisión, ha perdido su capacidad de asombro. Pero con el nacimiento de mis nietos, mi asombro ha revivido ante este fenómeno que se llama vida. Y parece increíble, pero mi asombro se ha potenciado más ante este suicidio en el que Dios o Satanás parece ser el flautista de Hamelin que lleva a la humanidad al abismo, un futuro no muy halagador para mis nietos.

–Así como en la novela Marco siente que ante Silver encontró el tema de su película, ¿en qué momento sintió que había encontrado el tema de su novela?

–Con las novelas no me ocurre lo mismo que con los cuentos. Estos nacen de un fogonazo y las novelas, de chispazos que se van yuxtaponiendo en el proceso de reescritura, lectura e investigación. Si mal no me acuerdo, el primer chispazo surgió cuando miraba una película del National Geographic sobre los chimpancés que estudiaba una hermosa rubia, Jane Goodall (que me inspiró uno de mis personajes), que investigaba la vida y costumbres de los simios para hacer su doctorado. Para sacarse fotos, se acercó tanto a ellos que casi los domesticó y de paso les contagió la parálisis infantil. Creo que fue ella la que, para conseguir becas, inventó aquello de “cuanto mejor comprendamos a los simios, mejor nos comprenderemos a nosotros”. Luego siguió mi descubrimiento de Koko, gorila a la que otra rubia, Penny Patterson, le enseñó el lenguaje de señas para que nos revelara los secretos del alma ignota de un primate. Luego encontré, leyendo a Kafka, el Informe para una academia hecho por un simio que trabaja en un circo, y surgió la primera idea concreta de escribir una novela sobre un aventurero que recorriera Estados Unidos con un gorila en una casa rodante. Buscando inspiración, encontré autores más responsables y críticos sobre estas rubias que, compitiendo con los simios para salir en las fotos, interfieren y alteran el medio que estudian.

–En la novela aparece una suerte de “enfrentamiento” entre la civilización, puesta del lado de Silver, y la barbarie, que encarna la sociedad norteamericana. ¿Buscó invertir estas categorías sarmientinas?

–No olvidemos que el escritor, por más que tenga una meta, nunca sabe si va a llegar a lograr lo que se propone. Muchas ideas surgen durante el rigor del trabajo y sorprenden al mismo autor. Tal fue el caso de los hijos de Dianne, que súbitamente aparecieron comportándose como simios, en parte por celos y para llamar la atención, y en parte como encarnación de lo primitivo en un “ambiente enriquecido”. Si a eso le sumamos la actitud de Dianne, una británica, de desprecio a todo lo norteamericano, no cabe duda de que podría hablar de categorías sarmientinas de civilización y barbarie invertidas. Me viene a la memoria la observación de Oscar Wilde: “Estados Unidos es el único país del mundo que de la barbarie llegó a la decadencia sin pasar por la civilización” (risas). En Silver traté de señalar o más bien revelar esa barbarie magníficamente disimulada debajo del technicolor, los colores y la música estridente del hard o heavy rock. Sin embargo, aunque con mucha ironía y por esas extrañas y sorprendentes contradicciones de EE.UU., debo reconocer que difícilmente otro país me hubiera podido inspirar una historia como la de Silver.

–¿Por qué hacia el final del libro aparece una suerte de “pesimismo ancestral”?

–Ante el mundo en el que vivimos desde hace cien años, ante la conciencia de que las cosas van cada vez peor, ante la increíble pobreza intelectual de los políticos incapaces de imaginarse utopías y mucho menos crearlas y realizarlas, ante la pobreza intelectual de los intelectuales mismos, ante la destrucción y devastación de la naturaleza, del interior del ser humano, ante la pérdida de toda mística y religiosidad, religiosidad en el sentido de re-ligar, ante el destino del mismo Silver que ni el autor pudo cambiar, ¿queda alguna cosa que no sea “el pesimismo ancestral”? Yo creo que sí; no hay que tenerle miedo a la palabra “pesimismo”, una vez aceptada, todo lo que pueda desmentirla sólo traerá momentos de felicidad, a veces serenos, otras intensos. La felicidad permanente, una especie de estado patológico, justamente, es la Pesadilla Americana.

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