Nada menos que buena literatura: El número 125

Nada menos que buena literatura:

El número 125

No soy lector de “novela erótica”, simplemente porque no sé muy bien qué significa. Por lo general, el supuesto género se identifica por una tapa de insinuantes desvestidos y ninguna desnudez –y eso a mí ni por las tapas– y una narración donde el gancho es el sexo, en un despliegue de escenas, temas y lenguajes que “erotizan” al lector. “El sexo vende”, dicen los entendidos –es decir, los dueños–  del mercado editorial. ¿Qué compra el lector –es decir, el cliente– con la “novela erótica”? Supongo que una fantasía: volver a sentir la tentación como si su vida recién comenzara, pero esta vuelta en serio y de una vez y para siempre, aunque sólo sea por las horas que dura la lectura, más todas las distracciones del caso. Ese lector, o sea, el cliente, difícilmente se erotizará, por ejemplo, con “Amor constante más allá de la muerte”, el insuperable soneto de Quevedo, ya que se lo puede leer en voz alta en un colectivo sin que nadie se moleste. Menos aún, pese a ser mucho más explícito, con el “Cantar de los cantares”, tanto es así que hasta la Iglesia lo acepta como parte de la Biblia y curas y monjas lo leen por igual sin ruborizarse. A mí, alguien me dijo que lea “El número 125” (Ed. Alción, 2008), la última novela de Pablo Urbanyi. “No te la pierdas –me aseguraron–, es una novela erótica”.

Urbanyi es un viejo amigo y siempre que publica, cuando las distancias y las distribuidoras no lo impiden, lo leo. Él nació en Hungría, llegó a la Argentina de chico, escribe en castellano y se exilió en Canadá; yo me exilié en El Masnou (Cataluña) y ahora vivo en Buenos Aires, donde nací. Cada tanto nos cruzamos en algún viaje, pero, para mi alegría, nunca lo vi en buenos términos con el mercado ni con los mercaderes de ningún producto mercantil. Intrigado por la “deconstrucción” de Urbanyi –hay que actualizar el lenguaje–, fui a buscar su “novela erótica” y, sin acordarme del tìtulo, como tal la pedí en la calle Corrientes. Por lo visto, el empleado estaba al tanto. Y la encontré. La primera decepción fue que la tapa no insinuara nada insinuante, pero el gran desengaño fue volver a casa y leer una “novela erótica” que, afortunadamente, sólo es una buena novela. Esperé sensaciones insólitas, incitaciones prohibidas, fórmulas que refundasen el paraíso, pero sólo me encontré con buena literatura. Lejos de todo experimentalismo posmo, como en el mejor de los mundos, en la obra hay una narración, o sea, hay una historia, que el narrador cuenta en primera persona, haciéndose fuerte en las tradiciones del realismo.

Aun así, el gran personaje de “El número 125” es una muchacha ausente, presuntamente recluida en un psiquiátrico, cuya presencia se da a través de un diario encontrado por casualidad. Su día a día describe una gran parábola que va desde la búsqueda del amor al desamor definitivo. Es decir, desde la primera experiencia hasta la 125. En un curioso paralelismo, también después de una y otra experiencia, el narrador de la historia va en busca del gran éxito editorial, hasta cinematográfico, pero sólo alcanza la frustración del burlador burlado. Por suerte, lo que Urbanyi le ofrece al lector no es una “novela erótica”, sino buena literatura. Por eso, el lector que en un libro busca buena literatura, especie hoy en extinción, que lea “El número 125”. Entre otras cosas, en medio de una crítica despiadada al gran mundo desarrollado –viejo paradigma colonial que hoy naufraga a nivel planetario–, con mucho humor y fina ironía, Pablo Urbanyi también se ríe de ese fantasma que recorre el mercado: la “novela erótica”. Quien narra la historia de “El número 125”, buen narrador de historias, da fe de que los triunfos, tarde o temprano, son pobres triunfos pasajeros.

Alberto Szpunberg*

*Szpunberg nació en 1940 en Buenos Aires donde obtiene su licenciatura en Letras. En 1973 se desempeñó como director de la carrera de Lenguas y Literaturas Clásicas y profesor de Literatura Argentina y Medios de comunicación y literatura en la Universidad de Buenos Aires. Como periodista fue redactor del diario La Opinión de Buenos Aires, del cual fue director del suplemento cultural de 1975 a 1976, año del golpe de estado en la Argentina que lo obliga en 1977 a exiliarse en Barcelona.

Participó en varias antologías de su país y del extranjero: Los Nuevos (1968) y Poesía social del siglo XX (Centro Editor de América Latina, 1971). Ganó en Francia el Premio Internacional de Poesía Antonio Machado 1993/94 por Luces que a lo lejos. La singularidad de su obra está dada por el amplio dominio del lenguaje poético que trasunta un tono lírico coloquial y también discursivo. La palabra directa, combativa, justa y solidaria, transmite con verdadera energía poética y sin desbordes emocionales, las luchas e injusticias, testimonio lúcido de situaciones históricas concretas.

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Una Respuesta to “Nada menos que buena literatura: El número 125”

  1. Wilma dice:

    It’s about time somoeone wrote about this.

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