El zoológico de Dios: Un nuevo asedio al tema erótico

El zoológico de Dios:

Un nuevo asedio al tema erótico

Y el mundo fue un asombro

Pablo Urbanyi

Pablo Urbanyi no es ningún desconocido para los miembros del CELCIRP y los amigos de «Río de la Plata», revista que dedicó a su novela Silver una pormenorizada reseña en 2001. Nos entrega ahora con El zoológico de Dios una novela de 172 páginas ( publicada en 2006, en Buenos Aires, por la editorial Catálogos), profunda, llena de delicadeza, que retoma y prolonga no pocos temas y motivos ya contenidos en Silve : reflexión sobre la crisis del pensamiento utópico, temática de la soledad existencial, violencia y fugacidad de la vida. Pero lo que era parodia truculenta, despiadada sátira de la sociedad de consumo norteamericana, rayana por momentos en la alegoría, se convierte aquí en una visión singular, emocionada, nostálgica, recorrida por un humor leve, benevolente y comprensivo, desprovisto de acritud. Este cambio de tónica se debe fundamentalmente a la relevancia que cobra en esta obra de la madurez la esfera de lo íntimo, si bien está anclada la ficción en un periodo histórico particularmente ambiguo, propicio a contrastadas y contradictorias interpretaciones ideológicas : el de la Segunda Guerra Mundial, cuyas repercusiones en la pequeña población húngara de Ipolyság nos describe con lucidez y humor el narrador. (Señalemos de paso el origen húngaro del escritor argentino, nacido en 1939, y la muy probable inspiración autobiográfica de no pocas vivencias de la novela.)

El zoológico de Dios se coloca de entrada bajo un doble signo : el de la memoria —común a otros tantos textos posmodernos argentinos— y el del sexo o, mejor dicho, del erotismo feliz, como puede apreciarse desde los dos epígrafes, respectivamente atribuidos a San Agustín y Robert Musil, que encabezan la ficción : «La memoria hace emerger no la realidad misma, que pasó definitivamente, sino las palabras suscitadas por la representación de la realidad» y « …y aquello sucedía con la deslumbrante ternura que sólo es propia de las primeras experiencias del sexo». Doble signo que se ve confirmado por la primera y brevísima secuencia 1 de la novela : «Lo ha comprobado más de una vez : haya sido su pasado feliz o no, regresar a él siempre es doloroso. Los momentos felices, por perdidos; los desdichados, por el dolor que reavivan. No pocas veces trata de eludirlos, pero, inexorablemente, vuelven».

Son los recuerdos agridulces de un niño malquerido y sediento de cariño, contados por un narrador supuestamente heterodiegético, o sea, ajeno a la intriga, los que busca revivir la ficción. De hecho, dicho narrador, quien relata generalmente lo sucedido en tiempo pasado, acudiendo sin embargo en no pocas ocasiones a un vívido y sugestivo presente de narración, presenta extrañas similitudes anímicas y emocionales con el mismo personaje del niño. De modo que el relato en tercera persona casi podría leerse como si se tratara de las memorias disfrazadas del adulto en que no dejó de convertirse el niño Fénix. La opción de la focalización infantil, que no impide los numerosos comentarios ideológicos críticos a los que son afectos los narradores de Pablo Urbanyi ni los puentes frecuentemente tendidos entre el pasado y la actualidad más candente, presta a la ficción una dimensión acusadamente lírica. Los mismos lugares en que transcurre la ficción se hallan envueltos en una suerte de halo poético medieval, legendario, casi maravilloso, que se mantiene durante todo el texto, pese a las rudas embestidas de un contexto histórico poco propicio a idealizaciones. Lugares de nombres extraños, de exótica consonancia, cambiantes, versátiles, según los caprichos de la historia. En los momentos más críticos —bombardeos alemanes, redadas antisemitas, entrada de los rusos, saqueos de toda clase, colapsos individuales— puede percibirse, sin embargo, el soplo del cuento de hadas, cuyo espíritu abierto a todas las derivas de la imaginación atenúa las sordideces de la tragedia cotidiana. Atraviesan entonces la novela fulgores de belleza e inocencia. El mundo del niño es decididamente el de la revelación y el deslumbramiento. Así se metamorfosea el sótano en que tiene que refugiarse la familia de Fénix durante buena parte del conflicto bélico en un lugar maravilloso, preferible con creces al aristocrático palacio paterno: el de la consolidación de un amor infantil, sincero, desprejuiciado, lúdico, más allá de toda consideración de clase y de moralidad, entre el niño y Judit, la joven criada de la familia.

El zoológico de Dios nos cuenta en efecto una doble iniciación : a las fealdades de la vida, que no pueden ignorarse, pero sobre todo a la libertad erótica —¿el amor quizás?— que sólo las hace llevaderas. De ahí la relevancia del personaje polifacético de Judit, criada, niñera, madre sustituta y amante de Fénix, «Venus campesina» que brinda al niño desatendido por sus padres todo el cariño que éstos le niegan. Con la insólita pareja Fénix-Judit se retoma y remoza de modo original la clásica temática, tan propia de la novela realista occidental del siglo XIX, de los amores ancilares. Conviene señalar al respecto el gran logro de las escenas eróticas, delicadamente metafóricas, que transforman hábilmente los estereotipos y símbolos más sosos de la cultura popular —el consabido trébol de cuatro hojas que buscan ansiosamente todos los enamorados— en enclaves líricos audaces y púdicos a la vez. Así se convierte el humilde trébol en una mata vibrante, un abundante bosque, sedoso y acogedor ( que casi preludia las lujuriantes selvas americanas futuras). Resultan particularmente entrañables, y no desprovistas de una pizca de humor, las evocaciones de la lenta progresión del niño hacia el sexo femenino, inagotable fuente de delicias, lugar ameno, nuevo mito paradisíaco, por así decirlo, concreto, palpable, preferible a las frías utopías de los padres —en medio del fragor de la Segunda Guerra Mundial ellos creen en un «nuevo renacimiento de la humanidad», un progreso basado en los avances de la tecnología, la medicina, la ciencia, de ahí el absurdo nombre asignado a su hijo—.

«Si Fénix era inteligente, en la materia, Judit lo era mucho más, tal vez sabia. O quizás fuera cariño, amor, pasión por Fénix. Se dio cuenta de su cansancio y temió perderlo como en un sueño. Descubrió el túnel hasta que apareció la mata de trébol, atrajo a fénix, un beso en la boca y, reclinándose lentamente como una Diana cazadora para que la flecha no se perdiera, con cuidado, cuando terminó de recostarse, el pequeño milagro se perdió con puntualidad entre la mata de seda, mientras la cabeza de Fénix se apoyaba sobre sus senos.

Afuera, un mundo nevado, invierno.»

Pero toda iniciación es una aventura —con su ritmopropio, aquí pausado, frecuentemente anafórico, cíclico, y sus peripecias—, cuyas principales etapas describe el narrador con pulso seguro, recalcando el irreversible paso del tiempo, sembrando indicios y anticipaciones fatales. Judit morirá, como su familia, de modo trágico, en un accidente de extraña modernidad : una mina antipersonal terminará con su vida. Será una víctima más de la guerra y esta carencia actancial tendrá como consecuencia en las últimas páginas de la novela la instalación de una nueva serie de personajes truculentos, como el teatral cosaco, entre los cuales destacará el muy humano ruso Vorosoff, que hará las veces de padre sustituto del niño Fénix. Con él se prolongará la temática del amor, bajo la forma renovada del afecto filial, dando pie a una visión abierta, generosa, humanista, que rehúye todo esquema ideológico preconcebido, todo falso epicismo, todo pensamiento binario, toda inútil hipérbole. Y como ha de prevalecer una visión esperanzada —nostálgica, pero de algún modo feliz—, en esta novela decididamente colocada bajo el signo de la apertura, se nos sugiere al final la partida de la familia y del niño Fénix hacia un nuevo espacio : la supuestamente utópica América, que no consigue borrar, sin embargo, la memoria de los «dorados ojos de Judit», eco lejano tal vez de la mirada de topacio del chivo mítico de Para una tumba sin nombre .

Maryse Renaud, Universidad de Poitiers

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