Las Gatosas (ilustrado)

   Dedicado a la poetisa Silvia García la que,  cuando   más conoce a los llamados humanos,  más ama a sus  gatos.

 Hay un punto en la historia en el  que todo cambió:  la orden del   capitán, “Niños y damas   primero”,    pasó a ser “Perros y  gatos primero”.

De Fernando Veas, poeta.

 

Muy mareado por el vino y el estómago vacío, tirado en un rincón, cerró los ojos, trató de relajarse, y para no destrozarse más, detener el pensamiento como un monje budista.

Pero no hay plazo que no se cumpla. Un “Hurra” colectivo y atronador lo estremeció. Anunciaron los espagueti como si fuera un banquete de Luis XIV, al que sólo le faltaría el Tokay. Más aplausos, hurras, y exclamaciones, “Grandioso”, “Terrorífico”, sin que nadie dijera “Cómo tardó el maldito cocinero” o “Por fin, era hora”, como lo dijo, quién, como alma en pena que arrastra un huracán, corrió y regresó con un tenedor y el plato de plástico, descartables, los espaguetis recocinados y pegoteados, chorreando una salsa roja de tomates, sabor y olor que habían triunfado y matado cualquier otro. Empezó a comer preguntándose cómo podía comer esa porquería, que comer el plato sería lo mismo. O un gato, por ejemplo.

Tres mujeres maduras, con anteojos, con un olor medio raro que mataba al del tomate, ohs y ahs, “Grandioso”, “Maravilloso”, descubrieron ese rincón encantador en el que se había refugiado Él. Luego de pedirle permiso que no dio, interpretando sus fruncimientos de nariz y gruñidos como un sí, a falta de sillas, continuando un programa que se les habrá grabado hace treinta o cuarenta años, juveniles, espontáneas y románticas, depositaron los platos sobre una mesita, y con algunos crujidos de huesos, se sentaron en el suelo y empezaron a comer.

Él se alejó un poquito y hundiendo la nariz en el plato, logró amortiguar el olor y pensó con simpatía que, al fin y al cabo, esas tres personas eran seres humanos, y en ese mundo despoblado, una presencia real, especialmente porque eran mujeres; ya se sabe que las mujeres están más pegadas a la realidad y a la tierra, a las pequeñas cosas de la vida. Hecho este razonamiento reconciliatorio, en aras de una convivencia mejor, Él siguió comiendo, un poquito asombrado por los mmms, los “excelente”, alabanzas de los espaguetis, ya que el que los había cocinado, no estaba presente y no podría oírlas.

Las alabanzas a los espaguetis pronto se terminaron. El tema común que surgió, no podía ser menos, ya que eran escritoras y creadoras, fue el de sus especialidades: los gatos. Pero no eran escritoras comunes, delirantes, que hablaran de lo que no supieran, o lo que no se pudiera conseguir en el mercado; con ese contacto con la realidad que se mencionó, las tres eran propietarias de gatos y miembras de “La Asociación de Propietarios de Gatos de Ottawa”. A Él, satisfecho con el descubrimiento del origen del olor, le pareció normal que la charla, se mantuviera dentro del marco del tema “gato”, y no se tocara el tema “hombre”, ya que esa especie hacía rato que estaba en extinción, o, quién sabe, por ser Él representante de esa ralea, no teniendo nada bueno que decir, por educación, ellas se callaban todo lo malo que les hubiera gustado decir. También le pareció normal, que las chicas, las tres con pantalones vaquero, vivieran solas con sus gatos, ya que, aunque fuera por el olor, sería difícil encontrar a un hombre ideal que se pusiera la pollera.

La conversación de las mujeres, a veces con los fideos colgándoles de las bocas, era muy animada. Después de generalidades sobre los micifuz, se pasó a las historias individuales de cada uno de los gatos de las propietarias allí presentes. Cada una tenía la misma raza de gato, cosa que ahondaba el tema y hacía más profunda la comunicación; un Amelén o Emelén o Emelein, un gato rarísimo, conseguido con las cruza de otros gatos, y luego cruzas entre las cruzas, originalísimo, muy delicado, fino, sensible, por no decir degenerado como un Habsburgo o Hohenzollern.

Las tres los tenían desde chiquitos, con sus respectivos papeles, ¿partida de nacimiento sería?, que certificaban su linaje. “Cuando lo compré, era tan chiquitito que me cabía en la mano. Tan tierno, tan indefenso, necesitado de protección”, comentó una y las otras aprobaron emocionadas y con entusiasmo, “Yo viví y sentí lo mismo”, “Yo también”. Los primeros pasos de los gatitos por este mundo cruel e inhóspito, también fueron muy parecidos, a los que se les sumó, además de la protección, la orientación, la educación de los gatitos, pero de manera creativa, con motivaciones e incentivos. El entrenamiento de los gatitos para el baño, oh, notable, fue fácil, mucho más fácil que el de un bebé humano. Bastó ponerles una caja con arena y los tres mininos, en la misma etapa de sus vidas, aprendieron a cagar en el momento y en el lugar justos.

“Interesante”, farfulló Él. “Perdón, ¿dijo algo?” Él negó con la cabeza.

Aquí surgió una divergencia de opiniones. ¿Arena o aserrín? ¿Grano fino o grano grueso? El conflicto se resolvió sabiamente; cuando los gatitos adquirieron mayoría de edad, es decir, personalidad, carácter, costumbres y gustos, poniéndoles varias cajas con diferentes calibres, se los dejó elegir. “Fantástico”. “Excelente”.

A esta coincidencia se había llegado cuando Él bajó el último espagueti con el último trago de vino que hacía rato se le había subido a la cabeza y este ptenció los vasos anteriores, aumentando su sensación de irrealidad.

Ya crecidos, las diferencias entre los micifuz de las chicas resultaron notables, especialmente en lo que a lenguaje se refiera. Un michino decía “miau, el otro “maui”, y el tercero “miua”. Las tres, casi simultáneamente, estaban trabajando en un artículo acerca de la significación de los miaus. Era importantísimo. Comprenderlos, era tender un puente entre esa soledad misteriosa de los gatos y nosotros. Sí, seres de increíble levedad. Con los ronroneos de los gatos, “prrr” o “rrrr”, esa expresión de satisfacción y placer, no hubo menos comentarios. Se oyó algo y una de las gatosas se dirgió a Él: “Perdón, ¿dijo algo?” “No, nada”.

El capítulo del mantenimiento de los gatos incluía baño y comida. La higiene y la corrección de las imperfecciones de la naturaleza; los champús y condicionadores especiales. Ojo a las alergias. Sí, el pelo del gato, con la carga de electricidad estática, era un problema grave, hasta podía modificar la conducta del gato. Nunca, pero nunca, especialmente con el Amelén o Emelén, hay que descuidar la temperatura del ambiente y del agua; tienen que ser exactamente igual para que no le agarre una  neumonía y envolverlo como salchicha después de sacarlos del agua.
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El uso de aerosoles para combatir la estática, no era recomendable. Alimentos especiales para gatos, en lata o no, había infinitos, sí, pero cuál elegir, cuál era mejor, el ideal, con las vitaminas exactas necesarias. De vez en cuando, una de ellas, siguiendo una receta de un experto de gatos, de vez en cuando, cocinaba para su gato, ya que, según su opinión, no hay comida mejor que aquella que se prepara con amor. “Y hay que ver cómo, limpiando el plato, hasta lamiendo mi mano, se lo agradece a una”.

Pero no todo era fácil y divertido con los micifuz. Las tres vivían con el “Jesús” en la boca. Dejar solos a los gatos durante el día, mientras ellas salían a hacer las compras o a trabajar, les producía verdaderos trastornos psicológicos. Que los roben, y el que los robe los maltrate, era una idea insoportable. Una de ellas tenía pesadillas, profundos sentimientos de culpa; soñaba que estaba lejos y la casa se incendiaba con el gato adentro. Espantoso. La segunda había encontrado la solución, vivía en un departamento y en la puerta de entrada había pegado la foto del gato con una leyenda; “Estoy solo adentro, en caso de peligro, sálveme”. La tercera había sacado un seguro de vida que recomendaba. Las enfermedades graves, el envejecimiento y la muerte de los gatos fue un capítulo emotivo. Ay, el dolor de la separación. ¿Hacerlos dormir o esperar que mueran naturalmente? ¿Eutanasia o la mano de Dios?

La exhibición de fotos en los momentos graciosos de lo gatos, fue de rigor, así como las expresiones, “Ay, qué divino”, “Que bien se lo/la ve”, “Una belleza”, “Te felicito”, “Para un premio”, “¿Cómo, todavía no lo recibió? ” Alguna de ellas mostró una en que usaba al gato por piel de visón. Se oyó una carcajada general y comentarios novedosos como: “Es un gato por liebre.” Jua jua.

9silvia                            Se anunciaron los postres. Hurras. Una de ellas se ofreció a traerlos.

Él, con los ojos entrecerrados, la cara con un tinte verdoso, muerto de envidia por el trato humano a los
gatos, un deseo profundo de ser gato y vivir enroscado entre almohadones dentro de una canasta, estaba juntando fuerzas para levantarse y mandarse a mudar. Ups, oyó algo como castrar o castración.

Una de las gatosas, en ausencia de la que se había ido, había bajado la voz y cuchicheaba con la otra. Él adelantó la cabeza y enfocó los pabellones de su oreja. “Sí, te lo digo a ti porque ella no lo comprendería. Es tan, no sé. Anticuada creo, todavía habla de los hombres. Pero tuve que castrarlo. Ya no aguantaba más. No podía soportar la idea de que en cualquier momento se me escapara detrás de alguna gata degenerada y trajera una enfermedad o no volvería nunca”. “Ay, ¿lo preparaste psicológicamente?. “Sí, no te quepa la menor duda, pero, ¿qué opinas?”. “Te comprendo, es terrible, a veces lo pienso. Yo también sufro. Unos tragos de whisky me ayudan bastante. Pero, castrado, ¿no pierden mucho valor en el mercado? Al mío lo hago trabajar y te aseguro que compensa bastante los gastos”.

En ese momento apareció la tercera con los postres, helados en copas descartables. Él, con los ojos inyectados de sangre, más que despabilado, sin el tinte verdoso, con una sonrisa satisfecha, miraba a las tres que comían y lamían los helados. Así que castrado, ehh. En el certificado, un macho, en la realidad, un eunuco. Acaso ese sería el lugar y el momento justos.

Se escuchó un “Miaúúúú”, como un lamento. Las tres mujeres se sobresaltaron y miraron alrededor. Sólo estaba Él. Una, preguntó con temor: “Perdón, ¿dijo algo?”. “¡Miau! ¡Miau!”, confirmó Él; sonrisas molestas o de incredulidad, “¿Miaúúúú?”, y las miró con la cabeza torcida, gatuna; las sonrisas se aflojaron; “Fizzz”, “Miau”, “Fizzz”, Él extendió las garras sobre la mesa, alrededor del plato, risitas nerviosas, se puso de rodillas, bajó la cabeza y “Miau”, “Slash”, “Mmmm”, lamió el plato; las risitas se transformaron en risas, “Bravo”, “Qué simpático”, “Qué original”, “Adorable”, batir de palmas. Algunos invitados se acercaron para ver qué ocurría y se unieron a los aplausos, bravos y muchos “qué interesante”. Halagado, identificado con su papel, se había metamorfoseado en el hombre–gato. Abandonó el plato, bajó las garras al suelo, y “Prrrr”, arrancó gateando, “Prrr” y se frotó contra la gatosa mas cercana; la que, un grito, se puso de pie rechazando esa muestra de afecto, a la otra, lo mismo. Los bravos y felicitaciones se fueron silenciando a medida que Él, “Miaúúú”, “Fzzzz”, avanzaba entre las piernas, saltos, corridas tropezones, un gato, “Grrrrr”, trasformado en león, rugía cada vez más fuerte, surgieron voces que expresaban duda; “¿Loco?”, “¿Rabioso?”, se apartaban a los saltos; el camino despejado, pasó por la arcada, hasta la puerta que, temblando, mantenía abierta la escritora, “Grrr”, siempre gateando, la atravesó, la ama de casa, escritora, le alcanzó el saco que se puso sin ponerse de pie, los guantes, maulló delante de la puerta de entrada; con lágrimas en los ojos, bajo la mirada dolorida, compasiva pero aliviada de la escritora, salió gateando para perderse entre la nieve.

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