Diálogo 2015

Para los alumnos de la Mgr. Alejandra Portela o Lic. Nito Biassi o ambos. Ver las variantes del final. Sugerir la que parezca el mejor y explicar el porqué. Se permite crear una nueva.

Monique y su desdicha

–Recordarás que, a pesar de haber algo raro en ella, a la atractiva e inocente Monique la quise hasta la idolatría. Debía saberlo. Años después de haberla perdido, me llamó por teléfono para pedirme ayuda. Con la esperanza de poder concretar en una mujer debilitada lo que jamás había logrado, allí fui a las diez de la noche. Verla blindada en traje sastre, con una permanente de mujer madura, en pantuflas, sin su hermoso pelo rojo, lacio y largo, sin los tacos altos, debilitó mi deseo y mi querer. No respondió a mi pregunta directa, sino que, quizá por necesitar consuelo y consejo, quería contarme toda la historia. Yo ya nada quería, pero soy humano, sentados frente a frente, con un café, la caja de Kleenex a su lado, escucharía una historia para la cual bastaría el titular de una diario.
“Según ella, todo comenzó en una combinación de Pool Party con Toga Party a la romana, decadente. Parece que la inocente Monique, salvo en Hot-Dog Parties en su niñez, nunca había participado en un party de calibre. Los graduados en BA en español en la Universidad de Ottawa, organizaron una fiestita en la casa de uno de sus compañeros. Según el relato de Monique, la pileta quedaba en un agradable jardín con árboles, plantas, arbustos entre los que, sobre un césped verde y bajo las estrellas, debido a su infinita inocencia, empezó su tragedia. En tomar alcohol o fumar un cigarrillo de marihuana o hachís, era una novata, muy retrasada con la época. No hacía frío y la pileta tenía el agua cálida, de modo que Monique, con un bikini, el primero que se ponía en su vida, se bañó con placer. Luego, envuelta en un toallón, se sentó sobre el césped y aceptó un vaso de naranja de un compañero de clase. Siempre según la versión de la inocente Monique, el astuto compañerito había cargado la naranja con vodka. Ella le encontró un gusto inusual, pero por su efecto beatífico, un ligero y agradable mareo que la hacía flotar, en busca de mayor elevación, pidió otro y otro. De ahí en adelante todo ocurrió naturalmente; fue natural que Monique aceptara un cigarrillo de hachís. Fue natural que corriera más bebida blanca que cerveza en el banquete de Odín, y se pitaran más drogas que en un fumadero de opio clandestino de Chinatown. Y todo lo que siguió fue natural; natural que, completamente borracha, insensible al dolor y al pacer, se encontrara a alguien entre sus piernas, luego otro. Nunca supo cuántos.
“Creerla o no, recién a los tres o cuatro meses tomó conciencia de que algo no andaba. Atribuyó su retraso a su irregularidad habitual. Cuando empezó a tener dificultades para ponerse los pantalones, especuló y temió, su doctora le aseguró que no tenía cáncer, en cambio, si quisiera parir y no se hiciera el aborto, podría llegar a ser una feliz madre. Uno de los romanos había sembrado en su interior muchas de esas famosas semillitas que cuando se encuentran con sus equivalentes femeninos germinan y terminan por salir en forma de preciosos bebés. Imposible recordar quién fue el valiente sembrador. Y seguro que éste tampoco se acordara de Monique e ignoraba que tenía el orgullo y la dicha de ser padre.
“Monique, coherente con su profunda fe católica, eligió ser madre. Cuando tendría que haber completado los trámites para una maestría, desapareció de la Universidad y se refugió en Hawkesbury, su ciudad natal cercana a Ottawa, donde sus progenitores tenían un almacén. Monique, hija única, a pesar de su pecado, fue recibida como la Virgen María por traer a un heredero que bien podría ser un nuevo Mesías. Para la desilusión de su padre que esperaba un varón, su hija, con dificultades, dio a luz a Jacqueline: la beba se atascó, le faltó aire, y la pobre Monique resultó ser una de las madres más infelices de esta tierra por tener que trabajar por una hija medio tontita a la que visitaba cada viernes.

–Volvió a la universidad, donde la conocí y la cortejé. Cuando obtuvo una maestría en Relaciones Públicas que le ayudaría a cumplir sus sueños, viajar y conocer el mundo, desapareció. No me aclaró si la niña resultó o no un lastre para los viajes soñados, de todas formas, se cumplieron parte de ellos. Encontró trabajo en una empresa de esterilización con radiación de las aguas más pestíferas que, para expandirse hacia Latinoamérica, necesitaba un experto en relaciones públicas que hablara español. No sé si fueron los viajes soñados, pero lo cierto es que hizo numerosos viajes a México, Ecuador, Colombia y tuvo muchos encuentros con ejecutivos que querían practicar el inglés en los negocios y cultura física en la cama, para lo que, aseguró, tenía experiencia y estaba preparada. Eran viajes en los que se separaba de la niña por tiempos más largos y cuando regresaba, ya con auto, la traía a Ottawa para pasar algunos días juntos. Ah sí, aquí me dijo que se sentía culpable por esas separaciones pero no le faltaba afecto a la niña. Gracias a Dios, su padre que había querido a un varón, tuvo una metamorfosis notable: empezó a ocuparse de la niña. El abuelito la llevaba a pasear, le daba caramelos a escondidas, le contaba cuentos, en resumen, todo lo que un abuelo modelo debía hacer. Pero surgió un problema. La pequeña Jacqueline empezó a mostrar reticencias para regresar a Hawkesbury y se quería quedar con su madre sin que pudiera o quisiera dar una explicación. La mayoría de las veces, la niña lloraba y la abrazaba temblando. Monique, siguiendo las normas de la pedagogía moderna, le daba largas y suaves explicaciones; sus viajes, la imposibilidad de que Jacqueline se quedara sola por ser menor de edad y de contratar a una niñera a tiempo completo que nunca le daría el afecto de sus abuelos. Y así, con ternura, la pobre Jacqueline dura de entendederas, cuando llegaba la hora de regresar, sanseacabó. Y un sábado, cuando fue a buscar a su hija, se asombró de encontrar cerrado el almacén, a su hija como atada a la pollera de la abuela y a su padre completamente borracho y roncando a mediodía.
Y la abuela le contó el final de la historia que parece basaba en los caramelos a los que la pequeña Jacqueline se había vuelto adicta y se habían convertido en la varita mágica con la que el abuelo manipulaba a la niña a pesar de la prohibición de la pediatra de todos los dulces. La niña estaba en el límite de convertirse en diabética. Era una tarea más para la abuela, vigilar a su marido que confundía bondad con salud y le daba caramelos a escondidas.
La noche anterior, a pesar de su sueño pesado, la abuela se despertó por una sensación de ausencia o vacío. Cosa rara, nunca se despertaba con las maniobras del abuelo para levantarse e ir al baño, pero una vez fue algo diferente. Encendió el velador y descubrió que el llavero sobre la mesa de luz había desaparecido. Entre esas llaves, estaba la del almacén que cerraba a cal y canto para impedir que la pequeña Jacqueline o el abuelo pudieran robar caramelos. Ruidos extraños, nunca escuchados, quizás un gemido, no estaba segura. Con el salto de cama puesto, del cajón de la mesa de luz, sacó una linterna. Ya en el pasillo, a punto de pisar el primer escalón, ahora sí escuchó con claridad otro gemido, y la voz de Jacqueline, “No abuelo, no más”. Un ghghgg, gemidos, ruegos subían por la escalera como del infierno. Terminó de bajar. De la puerta abierta del almacén salían los gemidos ahogados. Tuvo miedo, un miedo que nunca había sentido en su vida, y tuvo que hacer un esfuerzo para entrar. El almacén sólo estaba iluminado por la luz que entraba por las vidrieras; a los gemidos, cada vez más débiles, se sumaron resoplidos, avanzó y, a la luz de la linterna, vio la espalda de de su marido…, y lo supo… de codo sobre el suelo, una mano tapándole la boca… y la otra… la otra apartándole la piernita… gritó… ¡Jean-Paul! ¿Qué haces? Se puso de rodillas con dificultad, luego de pie… con pasos cortos, trote de anciano, se le acercó y se interpuso entre ella y Jacqueline. “Ups”, exclamó el abuelo, y se cerró el salto de cama: “Nada, nada, no pasa nada…”, lanzó unos ruff ruff, “Y alzó la mano, y yo, automáticamente puse la palma debajo como si me fuera a devolver las llaves, pero cayeron dos o tres caramelos”. “Nada, no pasa nada… sólo que, Jacqueline quiso algunos caramelos, pero no… nada… absolutamente nada…”.
El cuento podría terminar aquí. Variantes del final.

Uno:
Monique se calló, se limpió las lágrimas con el último Kleenex y dijo:
– Mi papá le hacía el amor a mi hija.

Dos:
Monique se calló y se limpió las lágrimas con el último Kleenex.
Con un sabor amargo, le pregunté:
–¿Y qué puedo hacer por vos, Monique?
Me miró con los ojos dilatados.
–No sé. Mi papá le hacía el amor a mi hija.
Fui brutal:
–Si querés, rezaré por su matrimonio.
Y me escapé.

Tres:
Monique se calló y se limpió las lágrimas con el último Kleenex.
–¿Y qué puedo hacer por vos, Monique?
Giraba la cabeza cuando se puso de pie. Me miró con los ojos dilatados y con una sonrisa con los labios deformados, como un descubrimiento, exclamó:
–¡Mi papá le hacía el amor a mi hija!

Cuatro:
Monique se calló.
–¿Y qué puedo hacer por vos, Monique?
Se puso de pie con violencia y gritó:
–¡Lo maté!
Volvió a caer en el sillón y se tapó la cara. Oí un llanto convulsivo.
Yo no tenía nada que hacer allí.

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6 Comentarios to “Diálogo 2015”

  1. A. P. dice:

    Sí, tenés mucha razón Pablo con respecto al final que propuse. Lo que me pasa es que el tema del abuso a los niños o niñas me parece tan terrible que a veces lo equiparo con un asesinato, que por supuesto no es lo mismo, aunque metafóricamente hablando se parecen bastante.

    En lo que corresponde a Monique, no pensé mucho en ella mientras leía el cuento. Me pareció insensible el narrador y amigo de ella, asqueroso el abuelo, y tristísimo lo que le pasó a la niña. Pero pensándolo mejor, coincido en que ella es muy egoísta.

    Me encantó la actividad. Ya se la paso a mis alumnos para que la hagan. Un beso

  2. Pablo Urbanyi dice:

    Tal vez tengas razón, fue mi primera intención y surgió, como demasiadas cosas cuando uno escribe, automáticamente. Luego aparecieron las dudas (de allí las variaciones), quizá exageradas.

    En cuanto a la segunda parte de tu comentario, no es precisamente una propuesta de un final posible, como la de Nito. Temo que la comparación con la película no es feliz. Allí se trata de un asesinato y un asesino suelto sin lazos afectivos. En cambio Monique y su hija son víctimas de un padre-abuelo. Calando más hondo en los personajes, hay tres finales para elegir en los que el “pusilánime” le ofrece su ayuda. Es cuestión de elegir uno. Analizando a Monique más a fondo, quizá la pusilánime resulte Monique que eligió a dejar a su hija y en aras de una ambición, la descuida. Es más, ¿cómo es que Monique no tiene una amiga, un marido o un amante y tiene que recurrir a un antiguo amor que intuye que vendrá corriendo? Es bastante “normal” que se desilusione al verla metamorfoseada.

  3. A. P. dice:

    Pablo, quizás el primer final es el más impactante porque al dejarlo librado a la imaginación del lector realmente repele.

    Quizás por mi condición de mujer, y por considerar que la venganza es realmente el placer de los dioses y es un plato que se sirve frío, hubiese terminado con un final mucho más tortuoso para el padre de Monique y también abierto. Me gustó mucho el final de la película El secreto de sus ojos, donde el victimario vive durante años en un gallinero donde lo encerró el marido de la víctima. El castigo es no dejarlo libre y no dirigirle nunca la palabra. yo, siendo Monique, hubiera mandado a hacerle a mi padre algo parecido, y le hubiese contado hasta ahí al narrador que la está escuchando. Narrador que, de paso, parece bastante pusilánime desde un comienzo, cuando dice “Verla blindada en traje sastre, con una permanente de mujer madura, en pantuflas, sin su hermoso pelo rojo, lacio y largo, sin los tacos altos, debilitó mi deseo y mi querer.” Y otros comentarios por el estilo. Se merece que Monique le demuestre que es una mujer fuerte y capaz de hacer sufrir a su padre tanto como él lo hizo con ella y su hijita. Que ese viejo perverso se pudra solo en el gallinero.

  4. Pablo Urbanyi dice:

    Nito, no tengo ni idea cómo me surgieron tantos finales posibles. En general ya lo tengo definido en el momento de de empezar un cuento. Mi favorito, para hablar como un gringo tonto que cree que por ser su favorito es lo mejor. es el número uno. Sin embargo, me parece demasiado abierto para hablar académicamente.
    Es verdad lo que decís sobre el número 4, pero, Monique, ¿es capaz de una acción tan violenta?

    Tu propuesta es muy buena, pero implicaría más desarrollo de la historia para preparar al lector a una acción de Monique tan sutil y digna de una novela. Y más desarrollo de los mundos interiores de ambos. Y me hizo surgir una pregunta, ¿un narrador que va a visitar a Monique en alas de una ilusión, es capaz de tanta ternura? ¿O, para decirlo de alguna manera, estaría más justificado un final más rabioso de su parte?

  5. Nito Biassi dice:

    Elegiría el final número 4, por efecto literario y, porque sería poner al personaje Monique como tomando las riendas de su vida y de su hija. Más allá de los hechos morales que se desprenden, también la situación da para una reacción violenta.
    El final que yo propondría sería algo intermedio:

    Monique se calló, se limpió las lágrimas con el último Kleenex y dijo:
    Al otro día le pedí a mi padre que me acompañara a hacer unas compras. Cuando íbamos camino al Shopping, de repente me detuve en la policía. Lo miré a los ojos y casi llorando suspiré.
    – Papá sé todo lo que le haces a Jaqueline. O te entregas tú con calma o te entregó yo con escándalo.
    Me miró a los ojos casi llorando y con un gran resoplido murmuró.
    – Está bien, sin escándalo.
    Se bajó del auto y entró a la policía.
    – Quedó detenido y ahora está en la espera del juicio. Jaqueline está a cargo de mi abuela y ahora le estoy pagando un tratamiento psiquiátrico.
    Me observó a los ojos con lágrimas y me preguntó:
    – ¿Crees que es demasiado tarde para que retome como madre?
    Le contemplé los ojos llenos de lágrimas, le di un beso en la frente y me marché.

  6. A. P. dice:

    Me encanta la idea. Pronto nos ponemos a trabajar. Gracias, Pablo. Un beso

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