Intercambio cultural

Intercambio

Dos medias verdades no hacen 
una verdad y dos medias 
culturas no hacen una cultura.

Arthur Koestler

s

 

A Fernando Veas

 

 

 

 

 

 

 

 

I

John Smith, 18, era de Estados Unidos. Enrique Hernández, 18, era de Costa Rica. John volaba rumbo a Costa Rica donde viviría en la casa de Enrique para aprender español, conocer y experimentar directamente la cultura latina; ya sabía algunas palabras en español como “okay”, “carro”, “chequear”, “parquear” y “Coca-Cola”, de modo que era probable que se tuviera confianza y estuviera seguro de que tendría éxito. Además, como buen estadounidense, llevaba en su pecho no sólo la bondad, sino todo el territorio de su patria. Con jeans, una remera con el dibujo de una cara muy esquemática pero simpática, redonda como el sol, con los ojos grandes, las cejas fruncidas, una gran sonrisa, con las leyendas Don’t Worry por arriba y por debajo Be happy. Calzado con zapatillas de tenis Adidas (un par de la misma marca especial para jugar al golf en su bolso), despatarrado, leía cómics de Superman y Capitain America, héroes que si bien no habían ayudado a ganar la guerra de Vietnam, eran entretenidos y hacían olvidar esa pérdida.

Viajaba con el pecho dilatado.

Enrique, a su vez, volaba rumbo a los Estados Unidos, donde además de tomar un curso intensivo, viviría en la casa de los padres de John para aprender  inglés, conocer y experimentar directamente la cultura de los Estados Unidos. Él también sabía las mismas palabras en inglés que John en español, pero por una especie de temor difuso, una inseguridad en parte debida a su timidez natural, con una  mezcla de admiración, odio, desprecio, envidia, curiosidad, quizás ignorados por él mismo, por venir de un país pequeño, con traje, corbata, zapatos, las piernas encogidas, transpiraba en el primer vuelo de su vida, sin poder leer y menos entender las instrucciones del folleto del avión para casos de emergencia.

Viajaba con el pecho oprimido.

Los vuelos de John y Enrique formaban parte de un proyecto aunado del Rotary Club International de los Estados Unidos y su asociado en Costa Rica, sin que faltara la colaboración del Centro Cultural Norteamericano de San José. El proyecto, estratégicamente denominado “Intercambio cultural”, era una contribución a la paz del mundo y al conocimiento de los pueblos. Como no se podía intercambiar masivamente a la gente de un país a otro, como en una peregrinación, por el alto costo, se la intercambiaba individualmente. Modesto en sus alcances, apenas “un granito de arena”, pero noble en su intención, consideraba que “si los pueblos se conocieran mejor y lograran superar sus barreras idiomáticas y culturales, la gente no se odiaría, ni se pelearía ni habría más guerras”.

Así, gracias a una organización ejemplar, a una perfecta sincronización –uno ocuparía el lugar que el otro dejaba–, el avión de John se cruzó en el aire con el de Enrique. La experiencia duraría tres meses, lo que –además de cumplir con el Acta de Emigración, Sección Turismo de E.E.U.U.–, según las investigaciones más avanzadas sobre la materia, para dos jóvenes de mente fresca era un tiempo más que suficiente para asimilar un idioma y todo el bagaje cultural que venía con él. Eran meses seleccionados cuidadosamente, durante los cuales ni uno, por diversas razones, ni el otro por las mismas, tenían obligación alguna en sus respectivos países.

Sin saber que el aterrizaje  era el momento más peligroso del vuelo, Enrique se tranquilizó cuando el avión empezó a bajar. Se sobresaltó un poco cuando la nave se hundió en una nube densa, espesa y oscura que no era otra cosa que una polución récord, cotidiana,  del smog de California, la tierra del sol eterno. Desapareció la nube y volvió la luz sin el sol, que se quedó perdido allá arriba. Las ruedas tocaron el suelo, con ferocidad rugieron los motores para frenar el avión que empezó a carretear por la pista. Por fin, un sacudón, y lo que había parecido un tiranosaurio se convirtió en un agradable vehículo que se dirigió hacia el aeropuerto mientras la azafata pedía a los pasajeros (en inglés y en español) que no se quitaran el cinturón hasta que el avión no se detuviera completamente y el capitán apagara la señal. Dio las gracias por volar con la compañía y por último, para saber en qué punto se encontraban en la vida que vivían, les informó que la hora local de Los Angeles era las 12 AM.

Así como bajaba del avión, subía su ansiedad ante lo desconocido. La aduana no fue ningún problema; flechas y carteles en inglés y en español lo llevaron a la casilla donde un policía, luego de algunas preguntas en español, de repasar la lista en el formulario  que Enrique había rellenado en el avión, hizo un garabato en el mismo, selló el pasaporte para aprobar el visado que protegía la democracia y le dijo “Welcome to America, buscar valija”.

Si Enrique no era un muchacho despierto, tampoco era un dormido. Su límite o enemigo, era su adolescencia. Sin embargo, no cabía duda de que asimilaría con rapidez el bagaje cultural de la nación más poderosa del mundo a la que había llegado y que, de Norteamérica, se había metamorfoseado en América, todo un continente. Un poco de observación, un poco de reflexión, se dio cuenta de que la enorme valija, pesada y abultada, que traía la cinta sobre la que giraba, la podía arrastrar en uno de los tantos carritos que la gente sacaba de una fila para cargar sus maletas. Retiró uno y a la valija le sumó su bolso de mano y su portafolio.

Y la ansiedad que se había atenuado durante sus observaciones y reflexiones volvió a la superficie luego de entregar el papelito a otro policía que le echó una ojeada y le indicó que podía pasar. ¿Lo estaría esperando Mister Smith tal como se había convenido? ¿Cómo lo reconocería? Enrique empujaba el carrito con temor, y lo peor, con lentitud. No se daba cuenta de que había llegado a un mundo dinámico y los que podían, con un “Excuse me!” enérgico, se le adelantaban como si escaparan de una corriente de lava. Es probable que, como si fueran una sola, Enrique haya registrado las nuevas palabras, pero sin tener claro si eran una orden o un pedido un poco brusco de permiso.

La puerta automática, por el paso de la gente como un río, se mantenía abierta. Al cruzarla y verlos, sus temores a lo desconocido se esfumaron; la hermana de John, Miss Smith, una hermosa rubia de unos 24 o 25 años, y Mister Smith, el papá de John, de unos 58 o 60, gente práctica y eficaz, miembros del Rotary Club en misión voluntaria, con un cartel de cartón en el que estaba escrito: “Enrique Hernándes”, lo esperaban.

Tras un segundo de vacilación, tal vez por la “s” de su apellido, Enrique se acercó al cartel, y ya estaba; la amabilidad, la acogida cordial, el interés por la calidad del vuelo, por su duración,  por el servicio a bordo, puras sonrisas, fueron increíbles. La confusión de Enrique, quien pensó que Miss Smith era la hermana de John y no la cuarta o quinta esposa de Mister Smith, se consideró graciosísima y fue muy festejada.

Durante el encuentro, la barrera idiomática no había existido. No es que Enrique hubiera creído que él ya hablaba inglés, su confusión entre el idioma materno y el nuevo sólo vendría más adelante, pero, por algunas palabras raras que había escuchado, fly, good, time, quiso asegurarse.

–Pero ustedes hablan español, ¿verdad?

Con Madam Smith a su lado con pantalones cortos, dando saltitos impulsada por sus pies enfundados en medias blancas con zapatillas y que sonreía sin parar como si un modelador de sonrisas hubiera olvidado una allí sin haberle dado un motivo o una finalidad, Mister Smith explicó:

–Sí, nos habla un pouquitito español. Aprender high school. Ahora practicar con obrero y mujer mejicanos que trabajar en mi farm.

 

 

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2 Comentarios to “Intercambio cultural”

  1. A. P. dice:

    Excelente. Invita a leerla toda. Felicitaciones, Pablo.

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