El número 125 (novela, 2008)

En la calle, el aire fresco me alivió de un peso que ignoraba tener. Dando vueltas, encontré un pequeño parque cercano; niños, parejas en los bancos, madres con cochecitos, agregaban algo de vida a ese suburbio medio muerto y contribuyeron a mi alivio. Al lento ritmo de mis pasos, traté de recordar lo que me había dicho Ma chérie sobre la ex inquilina. De acuerdo a su relato, en el automóvil en el que me llevaba con Marco para cerrar el trato sobre el alquiler del departamento, la ex inquilina, que se llamaba Monique,  por un accidente gravísimo o una profunda crisis nerviosa, no lo sabía bien (ella no se metía en la vida de los demás, aclaró, de todo esto se había enterado por su secretaria), estaba  internada en un sanatorio.  A juzgar por el diagnóstico del psiquiatra,  estaría ausente por lo menos tres o cuatro meses. Su padre, un hombre buenísimo, se encontraba  sin trabajo y prisionero de la garantía que había dado por el departamento que ocupaba su hija. Para ayudarse, lo cedería por doscientos dólares mensuales, un poco más de la mitad. Todo estaba incluido, excepto el teléfono y el cable. Y, con un suspiro triste, terminó la historia, para agregar:

–Si te gusta, lo tomas, si no, lo dejas. Otro no conozco. Por tres meses te costará seiscientos dólares. A propósito, ¿tienes seiscientos dólares en cash?

No los tenía. El olfato de Ma chérie, en dos minutos, encontró una máquina que, para mi protección, sólo me dio quinientos. Pero no le dije nada. Vería.

Al recordar el látigo y las cadenas, inútilmente traté de deducir la clase de accidente de la tal Monique. Claro que, con esos instrumentos, la crisis nerviosa me parecía más sensata. También recordé  el encuentro con el padre de Monique, gordo como un barril, medio borracho, y quien, en una de sus junturas, sin contarlo, metió el fajo de billetes que le había entregado.

Unas vueltas más y di con lo que necesitaba: un almacén de barrio atendido por un libanés, de esos que, para hacer la América, no duermen y están abiertos hasta las doce de la noche. Primero las provisiones: café instantáneo, cigarrillos, dos botellas de vino de mesa, salchichas, mostaza y, a falta de las famosas baguettes, un pan lactal fofo, sin sustancia, por no decir alma. Luego, los artículos de limpieza; me asombró mi conocimiento sobre el tema “limpieza” y, por primera vez,  con agradecimiento de esclavo, recordé a mi sonriente Jocelyne.

De regreso, el sol rumbo al crepúsculo. Miré la hora: las ocho y media.

Ya en el departamento, me quité la campera, me arremangué y, para enfrentar la tarea, abrí una botella de vino. Un buen trago directamente del pico y manos a la obra. Sin haber tomado yo la decisión, las circunstancias la habían tomado por mí: me quedaría y veríamos.

Acompañado por la música de la CBC, un sorbo de vino de vez en cuando, en una hora la cocina quedó más o menos decente y lista para empezar ¿o continuar? mi trabajo (nunca me faltó la buena intención) a la mañana siguiente, sin peligro de quedarme pegado a algún mueble o un vaso a mi mano. Dejé el baño y el resto de la casa para otro día.

Puse una cacerola con agua y las salchichas sobre el gas. Ahora sí, ya con los vasos limpios, bebía de uno de ellos, mientras escuchaba  al locutor de la CBC que, con voz amariconada, envolvente, explicaba que el CD que iba a poner en ese momento contenía la Novena Sinfonía del extraordinario y revolucionario Beethoven, era una versión excepcional debida a la magnífica batuta de no sé cuál director que tuvo el placer de conocer un concierto del Carniege Hall de Nueva York,  y de la que sólo transmitiría el último movimiento, su favorito, ya que el CD se podía obtener por la módica suma de… 9,99.  Y empezó el movimiento anunciado.

El agua con las salchichas hervía. Una de ellas se había reventado. Las saqué del fuego y dejé que el gas siseara. Envueltas con el pan fofo y abundante mostaza, tres o cuatro masticaciones,  y el torrente del vino las bajaba a las profundidades. Para cuando terminé la última, la botella de vino estaba casi vacía. Beber dos o tres vasos por la noche, que me empujaban a la cama, era mi método habitual de librarme del mundo. Sin embargo, esta vez mis nervios no sólo estaban a flor de piel, sino que, frustración,  rabia, furia por medio, sus descargas me mantenían despierto. Ignorar el o los motivos, multiplicaba mi furia, hasta que, a pesar de desconocer el alemán, cuando el coro de la Novena pareció abrir la boca para lanzar el último grito “A pesar de todo, la vida”, con su eterno e inmortal optimismo voluntarista y autista, ahora himno de la Unión Europea, hermandad que ya no se saca los ojos sino el dinero de los bolsillos mutuos o de los hermanitos más débiles y pobres, creí tomar conciencia del telón de fondo que me alteraba.  No aguanté más; encendí un cigarrillo y me lancé fuera de la cocina.

En el living, me sorprendió mi propia valija. Después de dejar la computadora sobre la mesa de la cocina y el portafolio sobre una de las dos sillas,  la arrastré al dormitorio. Allí, recordé que tenía que cambiar las sábanas. El dormitorio no era grande y no se veía un armario o algún placard empotrado. Lo encontré en el pasillo.

Un placard de dos puertas. Abrí ambas: un vaho a perfume barato sugería una presencia femenina que sabía ausente. Como si la buscara a ella, me puse a revisar el placard; camperas imitación cuero, tachonadas con metales. Entre los pantalones, había algunos vaqueros con parches y tajos. No supe si ajustarían o no las piernas y muslos de Monique. Sólo  conocía su cara y ésta no sugería volúmenes exuberantes.  En el piso del placard, zapatos de tacos altos de colores chillones, botas de estilo cowboy y un par para el invierno medio deshecho.

Las cajoneras resultaron cajas de sorpresas. Como si hubiera encontrado el depósito del alma de la inquilina ausente, merecieron una revisión meticulosa. Lo primero que me llamó la atención fueron las ligas y los portaligas de diferentes colores, con o sin puntillas. Si bien en la época dorada,  mi madre, como toda ama de casa decente, los usaba con naturalidad, hoy para verlos hay que recurrir al Play Boy o, como un baboso  fetichista, pasear disimuladamente frente a los porno shops y mirar de reojo los maniquíes de las vidrieras. A los portaligas los acompañaban medias de diversos modelos, cuadriculadas, rayadas, lisas y de colores variados. Eran elementos demasiado anticuados para una mujer muy ocupada como… como mi mujer o Ma chérie. Los pantyhoses son mucho más prácticos: con un empujón, dos o tres contorsiones, como una ternera del gancho de una carnicería, la carne queda expuesta para un ejecutivo o un amante ocasional.

Sin embargo, también encontré pantyhoses, pero qué pantyhoses. De telas metalizadas, doradas y plateadas, algunas de ellas, con un cierre relámpago disimulado entre encajes.

Mi corazón palpitaba. Monique (ya la soñaba) parecía saber cómo complacer a un hombre y despertar el deseo en el más apático.

La variedad de modelos y colores de los corpiños y bombachas me dejó un  poco mareado. Modelos bikini, perforadas, que permitirían “respirar” la parte central, corpiños con tules. Tres o cuatro dildos de diferentes tamaños, bastante primarios.

Así como Monique no había llegado a la era del CD, tampoco había seguido la evolución del los dildos electrónicos y a control remoto que, al no tener que distraerse con el trabajo manual, permitían una visualización más confortable e intensa del sex symbol de moda o de un vecino. Me descubro un sabio en la materia. Las charlas con mis alumnas, sus historias, sus quejas sobre su soledad y la manera en que la solucionaban, no han caído en saco roto.

En el último cajón, en una funda de plástico y con algunas bolas de naftalina, encontré una caperuza roja de franela, justamente una de ésas con las que se suele ilustrar el famoso cuento, quizás un modelo creado por la mente del fabuloso Walt Disney. La dejé en su lugar y cerré el cajón.

En la cocina, me preparé café. Sentado, fumando, pensé en todo ese arsenal. Por más que quisiera, no podía aceptar que, salvo algunos para el solitary  relief, todos esos elementos, sumados a los que encontré en la mesa de luz,  tuvieran un uso nada más que privado, digamos, como el de una mujer que se entretiene poniéndose alguna prenda mirándose en el espejo, para sacársela y probar otra mientras se imagina en un salón de baile, en un cóctel de la alta sociedad o paseándose por la calle para despertar admiración. Para no pensar en una palabra grosera, como hombre comprensivo y sensible a las debilidades humanas (a no ser que Monique tuviera un amante exigente al que le gustara la variación y se orientara de acuerdo a la literatura sobre el tema), la asocié a la profesión más antigua del mundo (hoy usurpada por los políticos), en una pequeña pero pujante empresa privada (si no, ¿cómo se explicaba el manual de Harvard?), en una empresa de servicios, ya que, en el fondo, ¿qué diferencia hay entre una empresa privada y una prostituta?  En ambos casos, el cliente siempre tiene razón y para tenerla, ineludiblemente tiene que pagar por adelantado.

La caperuza me intrigaba. Si los otros elementos del servicio eran fácilmente explicables, la caperuza con bolas de naftalina para proteger la lana, no. Esas bolas indicaban que no era de uso constante, salvo para algún cliente muy especial, a quien le gustara el olor de la naftalina. Tal vez la quisiera guardar como una prenda preciosa por alguna razón. Recordé: en la  carta que rompió Monique, quien se la escribió la llamaba Caperucita Roja.

No había encontrado sábanas. Faltaba la estantería superior del placard.

Arrastré la silla para una revisión más cómoda y a fondo. Sábanas y fundas. Mi mano rozó algo suave pero frío; lo aferré y lo extraje. Lo desenrollé: un Adán moderno, un muñeco de goma. Pensé que si había un Adán, tendría que haber una Eva. Efectivamente, la encontré. Como si no hubiera bastantes muñecos desparramados por el departamento, se les sumaron ésos. Sólo faltaba inflarlos.

Fácilmente noté que eran elementales. No generarían pulsiones, ni Eva, en el momento del clímax, exclamaría: “Baby, Baby (o Dady), I love you”. Adán exactamente lo mismo. Eso sí, debí reconocer el ingenio de los norteamericanos; Eva se inflaba por uno de los pezones y, por su estado priápico, es fácil imaginarse por dónde a Adán.

Los metí bien al fondo. Saqué una funda y, tironeando de un par de sábanas, arrastré con ellas un grueso cuaderno, el lomo, dos espirales. Lo tuve que atajar en el aire. Bajé, cerré el placard, dos pasos y tiré las sábanas sobre la cama. Volví a la cocina remolcando la silla y, de reojo,  estudiando la tapa del cuaderno.

En la parte de arriba, una etiqueta: “Monique Charboneau; École de Sacré Coeur”, año y grado. Un cuaderno escolar de doscientas hojas. Mucho no me interesó. De puro aburrido, lo doblé y dejé deslizar las hojas con el pulgar; salvo encontrarlas llenas de una escritura hecha con biromes de diferentes colores, no vi nada que realmente me indicara que era un cuaderno escolar. Lo hojeé con más atención.

La escritura era increíblemente prolija, en las letras casi de molde con las que aprenden a escribir en la primaria, un estilo infantil que muchas veces continúa hasta en la universidad o, coherente con la mentalidad del Norte, toda la vida. La lectura al azar de algunos parágrafos y de dos o tres páginas, me sorprendió, y,  con cosquilleos placenteros,  me despertó algo dormido que muchas veces uno teme muerto… No, allí había algo que no se podía despachar a la ligera.

Estuve a punto de abrir la segunda botella. No. Cerré la ventana, recogí los cigarrillos, el cenicero y los fósforos, apagué la luz, y con el cuaderno me fui al dormitorio. Las sábanas que iba a cambiar, las dejé a un costado. Suciedad o no (además, ¿qué es el sexo sin un poco de suciedad, hasta de bajeza? Un tratado científico norteamericano de higiene y moral.), el hecho era que allí había dormido una mujer y con lo poco que había leído, asociaciones perversas por medio (¿qué es el sexo sin un poco de perversión?), la idea me atraía. Me desvestí, tiré la ropa sobre mi valija y me metí entre las sábanas, más que frías, húmedas. Ya pasaría.

Junté las dos almohadas y a la luz de la lámpara, empecé a leer lo que años atrás se habría condenado como un Diario obsceno y abominable. Hoy es el testimonio, una catarsis saludable de un estilo de vida, de un destino, un modelo del coraje de vivir, de la búsqueda de la libertad.

Leí y leí, hasta las tres o cuatro de la mañana. Quizás cinco, no me acuerdo. El Diario tenía un fermento más eficaz que el café. Leí, a veces a los saltos (124 eran muchos hombres), hasta, casi al final del Diario, la llegada del Príncipe Azul, el m 125, la felicidad eterna, la paz. Allí, el sueño me venció.


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2 Comentarios to “El número 125 (novela, 2008)”

  1. Nito dice:

    Muchas Gracias Sr. Pablo. Con respecto a los libros sobre la sexualidad humana, hay una crítica del filósofo Anarco-Dadaista Paul K. Fayerabend, con respecto al lenguaje de los expertos y los científicos. Este filósofo dice que el lenguaje de los expertos convierte a las investigaciones en trabajos de Élite, que sólo pueden ser leídos por expertos. El pueblo o sea el común de la gente, al no tener manejo de ese lenguaje no lo comprenden. Pone como ejemplo al libro del dúo dinámico Masters y Jhonson Los artesanos de la sexualidad (Craftsmen of Sexuality). En una parte del mismo, dicen (no es textual porque no tengo a mano el libro, pero es algo así). En la pareja el ser másculino, tiene que actuar interludicamente produciendo interrogatorios verbalizados con su pareja, para que ésta pueda expresar sus deseos y necesidades. O sea traducido, el hombre tiene que preguntarle a la mujer que le gusta le hagan. Pero lo dicen tan complicado que solo lo entienden los expertos.
    Y sí, pobre Mónique, no sólo buscar el placer sin saber lo qué es, sino buscar el amor, el placer y poder vivir sin trabajar y todo en un sólo hombre.
    Estoy por empezar a leer su libro La Palabra, después le cuento.
    Saludos
    Nito Biassi.

  2. Nito Biassi dice:

    Sr. Urbanyi:
    He terminado de leer su novela El número 125 o la educación sentimental. Me parece una excelente novela, pero se me presentan algunos interrogantes. El primero es sobre el subtítulo: “o la educación sentimental”. El interrogante, aunque parezca obvio es: ¿el mismo hace referencia a la obra de Flaubert? Creería que sí, ya que Monique, al igual que el protagonista del libro de Flaubert, va a una gran ciudad a realizar estudios universitarios, y termina siendo educada en el “amor”. ¿Es así o me equivoqué en la lectura del mismo?
    Otra duda es que, a partir de que en el texto hay tres relatos, dos escritos por el protagonista (el diario y el guión de la película) y el tercero (el diario escrito por Monique), ¿es solamente Monique la “educada sentimentalmente” o también el protagonista recibe una “educación” por parte de Aurines?
    Otra duda, ¿hay una crítica despiadada a las investigaciones sobre la sexualidad? Si es así, ¿la misma esta basada en la deshumanización que hacen los investigadores sobre un tema muy humano? (en ese caso coincido con Ud. totalmente) o ¿es una crítica a las investigaciones estúpidas y con resultados contradictorios que se hacen en las universidades para que los investigadores puedan vivir?, ¿o ambas?
    Desde ya muchas gracias y saludos.
    Nito Biassi
    Hola Nito:

    Antes que nada, podés llamarme Pablo, por ahí Urbanyi me quede muy grande. Paso a responder:
    “Educación sentimental”: diría que acertaste en la lectura. Lo que sí quiero señalar es que en este caso no es tan “dulce” como en el caso del protagonista de Flaubert y, no sé si es una pretensión un poco soberbia, incluye a “toda” la educación en la que se ve envuelta Monique y que termina por destrozarla.
    Creo que es solamente Monique la que se educa. Con un poco de ironía podríamos decir que Aníbal recibe una lección, pero no sentimental, precisamente. Tanto Aurinés como Aníbal son dos especuladores metidos en una lucha en la que gana Aurinés por torpeza de Aníbal.
    Sí, hay una crítica a las investigaciones sobre la sexualidad que en el momento en que empieza a investigarse, a enseñarse de la manera en que se hace, se deshumaniza. Sex by Prescription: The Startling Truth about Today’s Sex Therapy de Thomas Szasz fue la que me dio las ideas acerca del tema.
    Lo curioso de todo esto es que de una manera u otra, debe haber una enseñanza sobre la sexualidad. Libros como Kama Sutra, el Ananga Ranga o las viejas comadronas de la Edad Media dedicadas a la materia, no son cosas vanas; pero de allí a describir la anatomía con un gran dibujo en el pizarrón o en libritos que en la secundaria le entregan a los de quinto año y que vi en las manos de mis hijos, hay una distancia sideral.
    En fin, pobre Monique, buscar el placer sin saber qué es, es una tarea de gigantes.
    Suerte y muchos saludos.

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