El número 125 (novela, 2008)

Probablemente por ser escritor, o pretendido escritor, por la envidia de esa séptima edición de millones de ejemplares vendidos, lejos de haber editado y vendido uno en mi vida, me interesó un poco más. Pasé algunas hojas; un libro de autoayuda que sesudamente, un toque cultural, comenzaba con una introducción histórica de las probables conversaciones de los amantes de la antigüedad desde la legendaria China de los Emperadores, la antigua Babilonia, hasta Grecia, Roma y Egipto con Julio César y Cleopatra. De cómo la autora se había metido en la alcoba de estos últimos (¿un viaje en el tiempo con un grabador?) o de dónde sacó los diálogos de aquellos tiempos, sólo lo sabe ella y Dios. Pero, como la Doctora hablaba de “minuciosas investigaciones en archivos reservados y secretos”, ¿quién se atrevería a desmentirla siendo mujer? Sin embargo, era mucho más interesante el método pedagógico de la educación de los párvulos de ambos sexos y que ella llama “proceso liberador” que de los suspiros o gemidos, los llevarán a auténticos aullidos, a la plenitud, especialmente los tímidos y tímidas. Lo mejor es comenzar a ensayar solo o sola frente a la foto de la amada con palabras básicas como “soretito” o “caquita”. A partir de allí, ir aumentando el espesor de las palabras, hasta lo grosero y soez. Una vez conseguida la desinhibición solitaria, pasar a la práctica en compañía, esté uno o una debajo o arriba. A este método le seguía el de los diálogos escritos que había que aprender, ir aumentando la intensidad de las palabras, salvo en el momento culminante que por una fracción de segundo se interrumpía con  unos ¡Ven! ¡Voy! o viceversa, y ahora sí, algunas palabrotas más (inundo, lleno tu…) y podían aullar hasta reventarse los tímpanos mutuamente. Cerré el libro y mientras lo ponía en su lugar, me pregunté cómo diablos aprendería la pareja los diálogos ya que la autora destacaba la importancia de la espontaneidad.  Mi imaginación no pasaba del aullido en el desierto que se vivía y que por la desesperación, bien podía llamar espontáneo. Luego de recordar (mal) el final del Kama Sutra que decía algo así como cuando la pasión se desata, no hay Kama ni Sutra que valgan. ¿Viví alguna vez esa pasión?

Perdido en el túnel del tiempo, de un pasado mejor que nunca existió, recordé donde estaba y para qué.  Me senté frente a la tabla: demasiado estrecha. Tendría que encontrar otro lugar para trabajar con comodidad.

El pasillo arrancaba en la mitad del living. Urgencias. Encontré el baño entre la cocina y el dormitorio. Aspirando el olor a cosméticos baratos, empecé a aliviarme no sólo del vino, del coñac que había bebido con Marco, sino, como acostumbro a fantasear en estos casos, de todas las toxinas y de los males de mi alma. Terminé en el inodoro seco. Apreté el botón, y el agua, siguiendo la ley de Newton, se llevó las toxinas de mi cuerpo a la mar pero, siempre lo mismo: firmes como una roca, las de mi alma quedaron.

Al enjuagarme las manos, en el espejo, pegado con cinta scotch por arriba, había un recorte grande del diario Le Droit: la foto amarillenta del Papa bendiciendo a la multitud desde el Papamóvil.  Alcé el recorte con la foto con cuidado, y debajo,  vi mi cara cruzada con una equis trazada con lápiz labial. Dejé caer el recorte y salí.

A la luz que entraba por la ventana sin cortina de la cocina: platos sucios en la pileta; polvo en la mesada; en el suelo las marcas de mis pisadas; sobre un estante, una vieja radio con casetera. La encendí. Funcionaba. Busqué la CBC, música clásica. Mis dedos quedaron manchados. Los trapos estaban sucios y secos. Los limpié con el pañuelo. Un ligero sobresalto cuando la heladera entró en funcionamiento. La abrí; una succión, aire frío con olor a podrido, frascos de mostaza y  ketchup.

Me ahogaba. Abrí la ventana; el bloque de aire cálido que se me vino encima  me reanimó un poco. Observé la mesa de superficie amplia, las dos sillas. Pensé en la música de la radio y  la cocina de gas con su siseo, no tuve  dudas, me servirían de compañía. Conclusión: después de una limpieza,  un lugar aceptable para trabajar, o parodiar como parodié una vida entera.

Un largo bostezo, señal de calma, me llevó al dormitorio que, con la puerta entornada, encontré hundido en la oscuridad. La empujé; me envolvió un olor rancio, ajado. A tientas busqué la llave y la bajé: se iluminó la pantalla de una lámpara sobre la mesa de luz, al lado de una cama grande que, por el pie y la cabecera de barrotes de metal, parecía de hospital, o si se quiere, “original” y a la moda.  Arriba, colgado en la pared, un Cristo crucificado de plástico.  Sentados sobre las almohadas, sus espaldas contra los barrotes, dos Teddy Bears,  los verdaderos compañeros de los niñitos del Norte, más que su padre o madre. Y, si la regresión e involución continúan a este ritmo, también de los adultos. La sábana y la manta apartadas daban la sensación de que alguien acababa de levantarse.

Me senté sobre la cama y observé la mesa de luz; levanté el tubo del teléfono:  funcionaba. ¿Por qué esa sensación de alivio? Un despertador eléctrico, de esos que lo despiertan a uno con música para alegrarle la vida o con el noticioso para amargársela. Escondida detrás del despertador, fuera del cono de la luz que proyectaba la pantalla, una foto enmarcada en passe partout. La retiré para verla mejor. No tuve ninguna duda; era una foto en tecnicolor de graduación de la secundaria, de esas que –lo sabía por las de mis hijos–  momifican sobre papel a cualquier ser humano, estereotipando hasta su sonrisa natural, si es que la tuvo alguna vez. Hoy sé que es la de Monique. Me hace compañía en la mesa de la cocina y, cada tanto, la observo: una cara delgada, pelo castaño oscuro, dos trenzas que bajan y se curvan sobre sus pequeños pechos, una naricita respingada, una niña que nunca habrá llegado a perder ese aire de criatura inocente, siempre virgen y tentadora.  En ese momento fue inútil que tratara de descifrar la razón de esa X gruesa, trazada con un lápiz labial (lo mismo que la del espejo del baño), cuyas rayas superiores enceguecían sus ojos azules y enrojecían sus córneas blancas. Ahora, después de haber leído el Diario, creo saberlo.

Dejé la foto y abrí el cajón de la mesa de luz: papeles sueltos, facturas del teléfono,  un sobre dirigido a “Monique Charboneau” y la dirección del departamento donde estaba yo. Dentro del sobre, una carta partida en pedazos. Continué hurgando; debajo de los papeles, una cajita chata, redonda, me llamó la atención: píldoras con las fechas, a las que les faltaba la mitad. Al dejarla en su lugar, mi mano tropezó con el canto de una revista. La saqué: era un producto del mercado y del mundo libre que superó todas las censuras y se echó a volar sin saber hacia dónde: una revista pornográfica con hermosas fotos en colores. La hojeé con desgano: las sonrisas forzadas y las miradas a la cámara de los participantes del placer me revolvieron el estómago. Sí, soy de otro mundo. Cada vez que recuerdo las fotos en blanco y negro que en la secundaria  nos pasábamos debajo de los bancos, fotos tiernas e inocentes, siento nostalgia, dolor,  pena, y hasta se me humedecen los ojos. Todavía con la revista en la mano, revisé el cajón más a fondo. No encontré más que unos sobrecitos con polvo blanco.  Tiré la revista en el cajón y me ocupé de la carta.

Me fijé en el remitente: Johanne Marcoux, Saint Venant. Debajo, unos números,  probablemente de teléfono. Saqué los pedazos y traté de rearmarla sobre la cama. Bajo la débil luz de la lámpara, y después de “Mi querida y adorada Monique, mi pequeña Caperucita Roja”, pude leer algunos fragmentos: “ …como sabrás, le compré la chacra a tu padre …hace tiempo que no tengo noticias de ti… nunca respondes a mis cartas… no te imaginas cuánto te echo de menos, …tus dulces ojos ya no me miran más… de noche, cuando me acuesto y veo la luna solitaria sobre el campo nevado, extraño tus caricias y tus besos…espero que en la Universidad…Cuando voy a Montreal, no me atrevo a…si necesitas algo…respóndeme, con placer pasaría unos días contigo, recordando y reviviendo …dentro de dos semana iré nuevamente para concretar los detalles de la compra y si tú quieres…si necesitas dinero…por favor, respóndeme pronto…

Metí los pedazos en el sobre y éste en el cajón que empujé.

¿Qué más? Me incliné y abrí la puertita. En vez de algún zapato, lo que cayó al suelo fue un látigo. No era largo, pero sí sólido y de cuero trenzado. Lo empuñé, haciéndolo restallar dos o tres veces.  Me puse de rodillas; más al fondo, cadenas, esposas; un pequeño arsenal de instrumentos auxiliares para las variantes del amor comprables en todas las buenas casas del ramo, especializadas en el placer. Dejé todo donde lo había encontrado.

Volví a sentarme.

Unos segundos de reflexión. Miré la hora: las ocho de la noche. Alcé el tubo y apreté los botones del número de Marco. Atendió él.

–Che, Marco, ¿qué sabés de la tipa que vivía aquí?

–¿Por?

Le conté lo que había encontrado. Pensó un rato.

–Mira, lo único que sé es lo que me contó Marie-Ange y lo que ya te dijo a ti.

–No fue mucho.

–No, estoy de acuerdo.

Un silencio.

–¿Qué hacés esta noche? –le pregunté–. Podríamos tomar un café o unos tragos y charlar.

–Monto guardia por si me necesitan. Marie-Ange tiene un serio problema con sus padres.

Se me ocurrió ir a hacerle compañía. Pero Ma chérie…

–¿Están enfermos? –pregunté por preguntar algo.

–Bueno, sí y no. Pero es muy largo, mañana te cuento.

–De acuerdo. Hasta mañana.

La negativa de Marco la sentí como un abandono. ¿Qué diablos hacer? ¿Volver a Ottawa y cambiar de oficio? Hacerme artesano, carpintero como Jesús, sin santidad, o pulidor de lentes como Spinosa  y jugar al filósofo como al escritor. No en vano mi padre, que con suaves reproches no dejaba de alimentar mi vagancia, me aconsejaba que por lo menos me hiciera peluquero.

Me puse de pie decidido a salir y a dar una vuelta. Se me ocurrió que si iba a dormir allí, tendría que cambiar las sábanas, si es que había recambio en alguna parte.

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2 Comentarios to “El número 125 (novela, 2008)”

  1. Nito dice:

    Muchas Gracias Sr. Pablo. Con respecto a los libros sobre la sexualidad humana, hay una crítica del filósofo Anarco-Dadaista Paul K. Fayerabend, con respecto al lenguaje de los expertos y los científicos. Este filósofo dice que el lenguaje de los expertos convierte a las investigaciones en trabajos de Élite, que sólo pueden ser leídos por expertos. El pueblo o sea el común de la gente, al no tener manejo de ese lenguaje no lo comprenden. Pone como ejemplo al libro del dúo dinámico Masters y Jhonson Los artesanos de la sexualidad (Craftsmen of Sexuality). En una parte del mismo, dicen (no es textual porque no tengo a mano el libro, pero es algo así). En la pareja el ser másculino, tiene que actuar interludicamente produciendo interrogatorios verbalizados con su pareja, para que ésta pueda expresar sus deseos y necesidades. O sea traducido, el hombre tiene que preguntarle a la mujer que le gusta le hagan. Pero lo dicen tan complicado que solo lo entienden los expertos.
    Y sí, pobre Mónique, no sólo buscar el placer sin saber lo qué es, sino buscar el amor, el placer y poder vivir sin trabajar y todo en un sólo hombre.
    Estoy por empezar a leer su libro La Palabra, después le cuento.
    Saludos
    Nito Biassi.

  2. Nito Biassi dice:

    Sr. Urbanyi:
    He terminado de leer su novela El número 125 o la educación sentimental. Me parece una excelente novela, pero se me presentan algunos interrogantes. El primero es sobre el subtítulo: “o la educación sentimental”. El interrogante, aunque parezca obvio es: ¿el mismo hace referencia a la obra de Flaubert? Creería que sí, ya que Monique, al igual que el protagonista del libro de Flaubert, va a una gran ciudad a realizar estudios universitarios, y termina siendo educada en el “amor”. ¿Es así o me equivoqué en la lectura del mismo?
    Otra duda es que, a partir de que en el texto hay tres relatos, dos escritos por el protagonista (el diario y el guión de la película) y el tercero (el diario escrito por Monique), ¿es solamente Monique la “educada sentimentalmente” o también el protagonista recibe una “educación” por parte de Aurines?
    Otra duda, ¿hay una crítica despiadada a las investigaciones sobre la sexualidad? Si es así, ¿la misma esta basada en la deshumanización que hacen los investigadores sobre un tema muy humano? (en ese caso coincido con Ud. totalmente) o ¿es una crítica a las investigaciones estúpidas y con resultados contradictorios que se hacen en las universidades para que los investigadores puedan vivir?, ¿o ambas?
    Desde ya muchas gracias y saludos.
    Nito Biassi
    Hola Nito:

    Antes que nada, podés llamarme Pablo, por ahí Urbanyi me quede muy grande. Paso a responder:
    “Educación sentimental”: diría que acertaste en la lectura. Lo que sí quiero señalar es que en este caso no es tan “dulce” como en el caso del protagonista de Flaubert y, no sé si es una pretensión un poco soberbia, incluye a “toda” la educación en la que se ve envuelta Monique y que termina por destrozarla.
    Creo que es solamente Monique la que se educa. Con un poco de ironía podríamos decir que Aníbal recibe una lección, pero no sentimental, precisamente. Tanto Aurinés como Aníbal son dos especuladores metidos en una lucha en la que gana Aurinés por torpeza de Aníbal.
    Sí, hay una crítica a las investigaciones sobre la sexualidad que en el momento en que empieza a investigarse, a enseñarse de la manera en que se hace, se deshumaniza. Sex by Prescription: The Startling Truth about Today’s Sex Therapy de Thomas Szasz fue la que me dio las ideas acerca del tema.
    Lo curioso de todo esto es que de una manera u otra, debe haber una enseñanza sobre la sexualidad. Libros como Kama Sutra, el Ananga Ranga o las viejas comadronas de la Edad Media dedicadas a la materia, no son cosas vanas; pero de allí a describir la anatomía con un gran dibujo en el pizarrón o en libritos que en la secundaria le entregan a los de quinto año y que vi en las manos de mis hijos, hay una distancia sideral.
    En fin, pobre Monique, buscar el placer sin saber qué es, es una tarea de gigantes.
    Suerte y muchos saludos.

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