El número 125 (novela, 2008)

 


¡Qué absurdidad la de afirmar que la vida es más importante que el arte! La vida es buena en tanto en cuanto persevere en el arte; ¡toda vida no susceptible de arte es Kitsch!

Robert Musil, Páginas póstumas    escritas en vida

 

Dedicado a Marco, quien me contó la historia pero no la pudo escribir; y a Flor, cuyo apoyo me animó a hacerlo.

Introducción o prólogo


“Rumbo al Cementerio, un lugar de breve reposo para el salto definitivo a la insondable eternidad, se llevaron el cuerpo inerte de aquella a quien, a lo largo de toda mi vida,  amé y deseé inútilmente. Su continuo rechazo y el rencor que generó en mí me impidieron acompañarla.  Me quedé solo en la casa desierta. Con mis pasos derrotados, cuyos ecos anunciaban mi acercamiento a la revelación, el derrumbe fatal y definitivo,  deambulé por sus vanos laberintos, que pronto serían polvo de los siglos. En los espejos, busqué su sombra para recrear la vana ilusión de su existencia. Para salvar lo insalvable de la voracidad del tiempo, di vueltas circulares, fatigué estanterías, me violenté para forzar puertas. Siempre buscándola,  hundí con desesperación mi cara en su ajuar perverso, aspiré su perfume y abracé mi propia ilusión que generaron sus relatos, sus historias  provocativas y depravadas. Hurgué en rincones que pensaba secretos y que dejaban de serlo en ese instante. En un desvío casual del laberinto, un escritorio sólido, y sobre él, una clepsidra y un tintero con un águila de bronce con las alas desplegadas, pero que nunca volaría. Con un esfuerzo, más por mi pesadez interior que por la de la ligera silla Art Nouveau que aparté, en uno de los cajones,  encontré lo que había  temido y cuya existencia, el verdadero espejo de la suya, siempre había sospechado: su Diario obsceno y abominable.”

 

Montreal, viernes, 15 de junio.

Como se puede esperar de mí, siempre hago otra cosa de la que planifiqué el día anterior, hace una hora o unos minutos. En este caso: continuar con la traducción del Diario, cuya introducción o prólogo acabo de terminar. Sin embargo, en estos momentos, momentos de confusión y de contradicciones, tironeado entre la tarea ya dada y fácil –traducir directamente–  y las tareas fantaseadas –para disimular su origen, traducir convirtiendo el Diario en una novela– y la tarea creativa, siempre dolorosa –escribir el guión de la película–, no quiero perderme entre las ramas. Como un monito voluntarioso, debo trepar hasta la última para poder ver el panorama completo de mi situación y ordenar un poco mi mente, que gira en torbellino y se altera con las sonrisas de una mujer imaginaria llenas de promesas. Para colmo, en este momento, después de la lectura del Diario, no sólo me imagino sonrisas, sino volúmenes y situaciones en las que me envuelven gratas turgencias.

Lamentablemente, no todas las sonrisas son iguales. Mientras tecleo en una computadora portátil que compré en cuotas con la garantía de mi amada Jocelyne, su sonrisa sobradora con la que me despidió en la terminal de autobuses de Ottawa, a pesar de los doscientos kilómetros que nos separan, me golpea en la nuca. Está lejos de la inspiración beatífica que me daría la una Musa sensual. Así, con los nervios de punta y más por el deseo, para calmarme y ordenarme, escribo lo que podría llamarse el “Diario de un Diario”.

Anteayer, al anochecer,  mi amigo Marco, con quien había almorzado  y pasado la tarde en fantasías estimuladas por el alcohol y la nicotina de muchos cigarrillos, un poco precipitadamente, me dejó en este departamento, el subsuelo de un edificio en uno de los suburbios de Montreal. Para sacarme de encima como huésped a largo plazo,  me lo había conseguido su pareja  Marie-Ange, a quien él, con palabras desgastadas por la costumbre, llamaba Ma chérie.

Luego de entrar en el departamento con las persianas cerradas, Marco dejó caer mi valija dentro del rectángulo de luz que entraba por la puerta y se reclinaba sobre el piso. No me dijo “Y ahora arreglátelas”, pero fue como si lo hubiera hecho: me entregó las llaves y, luego de acomodarse los anteojos,  con “Mañana te llamo. Chau”, se despidió para encaminarse hacia la puerta y, sin cerrarla, esfumarse como la sombra que proyectó brevemente sobre el suelo.

Creo que no carezco de empatía ni de humanidad. Y menos si se trata de Marco con su eterna barba a lo Leonardo da Vinci. Nuestras vidas, si se escribieran alguna vez, bien podrían ser paralelas. Si hoy no lo son exactamente, lo fueron en su intención original, cuando pensábamos en cambiar el mundo. Él, francés de nacimiento, viviendo con sus padres en Colombia o algún otro país, había aprendido el español casi a la perfección.  Era unos diez años más joven que yo, y si no había triunfado, por lo menos dirigía una productora de cine que tenía más de cine que de producción, pero que le daba además de una oficina subalquilada en la que escuchar historias de aspirantes a estrellas y, desnudas, sacarles fotos  para su archivo. Casi igual que yo, profesor de español a tiempo parcial, que en mi oficina de la Universidad de Ottawa escuchaba historias de aspirantes a una buena nota para recibir una beca o, seamos humanos, aspirantes a la felicidad que habían terminado en fracasos necesitados de consuelo. Desgraciadamente, su título de “productor de películas” para circular con respeto entre los mortales, no impedía que su pareja lo considerara un fracaso aunque le había prometido que pronto  filmaría La guerra y la paz, lo mismo que la mía a mí, a la que le había prometido una novela tan larga como la de Tolstoi.  Y, a pesar de que él viva en concubinato y yo, casado, engendré dos hijos, no son diferencias que hoy tengan mucha importancia. En ambas situaciones se cumple la ley de la entropía; si a mi actual cara mitad, que hace décadas ancló en Buenos Aires después de dar vueltas por toda Latinoamérica para practicar diferentes acentos y formas del español –se había doctorado como traductora–, además de mi labia porteña, la conquisté con veinte páginas de mi futura Gran Novela La comedia humana argentina, hoy no se impresiona ni con las dos mil que digo llevar escritas. Al final, después de décadas de ilusión, descubrí que no fue este porteño piola el que alzó a la francesita de París como dice el tango, sino la francesita la que alzó al porteño de Buenos Aires. Los juramentos de enamorada, así como mi pinta, mi arte y de las promesas de provisión de vituallas eternas como el amor, se los devoró la entropía y ahora, según ella, personifico mi novela como comediante. Para colmo, durante el transcurso de los años, en esas conversaciones llamadas sinceras o confesionales para comprenderse mejor mutuamente y aceptarse uno al otro tal como se es, me enteré de que su viaje también fue un estudio antropológico y experimental con muchos hombres interesantes, para encontrar al más interesante de todos que yo ya dejé de ser. Son conversaciones que destrozan o, si de manera perversa, están bien relatadas, o susurradas debajo de las sábanas, pueden resucitar un amor mortecino que culmine en  el placer y finalmente se hunda en la muerte definitiva.  Ya en Canadá, muy pronto se olvidó de su español y, categóricamente, pasó al francés, cosa que me obligó a mejorar el mío que había comenzado a estudiar en la Alianza Francesa de Buenos Aires, a la que concurría atraído por las deliciosas criaturas del Barrio Norte. La cosecha resultó magra: eran tiempos de opresión y no de liberación.

¿A dónde iba con lo antedicho? Ah, sí, Marco que, se había esfumado un poco bruscamente. No, no podía enojarme con él. No sólo conocía su situación con Ma chérie por lo que me había contado, sino por haber comprobado personalmente que allí también  se cumplía la ley de la entropía.  En el fondo, graves problemas de metamorfosis de nuestras amadas, que  no creyendo ya en nosotros, creen más en la seguridad de los bancos y se enamoran de ellos. O de algún banquero, bah.

Pero allí había quedado, en el departamento, dentro del rectángulo de luz que proyectaba mi sombra que se perdía dentro de un pasillo.  Parado como un bobo al lado de mi valija, en la mano mi cartera y sobre mi hombro la computadora, no sé cuánto tiempo me quedé así, preguntándome qué diablos hacía allí, lugar al que me había llevado una discusión monetaria y un impulso que temía insensato, por más que tuviera visos de libertad para rematar mi Gran Obra, cosa que sabía, no me interesaba en lo más mínimo y que no haría jamás. Una libertad infinita como la de un ave y que terminaría su vuelo en la misma jaula de la que había salido. Si lo sabré.

La oscuridad del departamento, la humedad que emanaba de todos los rincones y el olor indefinido, desagradable, que penetraba en mis pulmones, generaron el primer impulso: mandarme a mudar y regresar a Ottawa, aunque tuviera que enfrentar la sonrisa sobradora de mi amada Jocelyne. Epa, ¿y los seiscientos, digo, quinientos dólares que ya había pagado por el alquiler del departamento durante tres meses? No creía que el gordo como un barril me devolviera el dinero que a esta altura ya habría convertido en cerveza para llenar su barril, justamente. Pero irse con las manos vacías… Y sin aprovechar mi estadía en Montreal, ciudad francesa llena perversiones ilimitadas, más gastadas y monótonas que lágrimas de pobre… En fin…

Dejé mi cartera y la computadora al lado de mi valija. Cerré la puerta y bajé la llave  pegada al marco; la luz del cielo raso era débil. A dos pasos, una lámpara de pie la reforzó. Una jirafa de pie al lado del sofá, un gorila peludo sentado en un sillón como invitado, un ratón Mickey con Minnie… el living estaba poblado de animales y de muñecos populares paridos por la mente brillante de Walt Disney o por la televisión. Linda compañía, pensé, variada y poco molesta. Frente a los sillones y el sofá, una mesa ratona. Debajo de la ventana, un mueble modular. Eludí la mesa ratona y me acerqué: un televisor y debajo una videocasetera. El televisor no funcionó o yo hacía las cosas mal. Al lado de la casetera, una pequeña biblioteca de videos. Uno era ET, el resto, películas pornográficas para todos los gustos o formas alternativas del amor, naturales o artesanales. Al equipo estéreo lo acompañaban casetes de música popular del Québec, hard rock y varias cintas del New Age para la relajación, que, a pesar de la cantidad y variedad, me imaginé que a la inquilina que yo suplantaba la habían devorado los nervios. Ningún CD ni DVD. La mencionada no evolucionó a la par del progreso.

Polvo. Al encaminarme hacia el lado opuesto al de la ventana, rocé algunos muñecos. Más polvo. ¿El polvo del tiempo? Las pocas plantas que vi en las macetas, todas muertas, parecían emitir ondas de tristeza que percibía por los escalofríos que recorrían mi espalda.

Mientras me limpiaba, llegué a un mueble de esos combinados, biblioteca y escritorio, baratos, típicos de IKEA y que se arman en casa jugando al carpintero o creyendo que se lo es. Sobre la tabla empotrada que serviría para escribir y leer, un libro voluminoso. Aparté una silla destartalada y me incliné: The Kinsey Institute New Report on Sex, subtítulo: What You Must Know to be Sexually Literate. Aunque francesa según las informaciones, la ex inquilina parecía hablar el inglés, la lengua de los triunfadores.  Revisé los estantes: un libro sobre astrología erótica del New Age; dos folletos de autoayuda en francés. Traduzco: El misterioso Punto G; cómo encontrarlo y Liberando el orgasmo femenino. Un manual universitario de Harvard: Client Oriented Services: Basic Principles. ¿Un libro de cocina?: The New Joy of Sex: a Gourmet Guide to Lovemaking for the Nineties. Lo hojeé: profusamente ilustrado, a través de todo el libro, una bella pareja en posiciones que envidiaría un contorsionista de circo. Lo dejé con un suspiro: por más que se luche por la aceptación de la cultura, y a las feas y feos se los llame personas, el amor sigue siendo privilegio de bellos y bellas. Otros títulos: Right Brain Sex: Creativity with Visualization y Formas del fetichismo en francés. Y el último: The Fine Art of Erotic Talk, por la  Dra. Bárbara Keesling. Retiré el libro; tal como me lo había imaginado: la Dra. Bárbara (quizás doctorada en cocina), según la contratapa,  era una verdadera autoridad que a su vez, en seminarios, entrenaba y diplomaba a las parejas para lo que familiarmente se conocía como  Talk Dirty, “hablar sucio” (ella, muy fina, dice “hablar erótico”), muy de moda desde hace algunos años como sustituto de otras fuentes que se habían secado. Si lo habré vivido y experimentado con mi amada Jocelyne hasta agotar la fuente. Pero creo que ya hablé de esto.

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2 Comentarios to “El número 125 (novela, 2008)”

  1. Nito dice:

    Muchas Gracias Sr. Pablo. Con respecto a los libros sobre la sexualidad humana, hay una crítica del filósofo Anarco-Dadaista Paul K. Fayerabend, con respecto al lenguaje de los expertos y los científicos. Este filósofo dice que el lenguaje de los expertos convierte a las investigaciones en trabajos de Élite, que sólo pueden ser leídos por expertos. El pueblo o sea el común de la gente, al no tener manejo de ese lenguaje no lo comprenden. Pone como ejemplo al libro del dúo dinámico Masters y Jhonson Los artesanos de la sexualidad (Craftsmen of Sexuality). En una parte del mismo, dicen (no es textual porque no tengo a mano el libro, pero es algo así). En la pareja el ser másculino, tiene que actuar interludicamente produciendo interrogatorios verbalizados con su pareja, para que ésta pueda expresar sus deseos y necesidades. O sea traducido, el hombre tiene que preguntarle a la mujer que le gusta le hagan. Pero lo dicen tan complicado que solo lo entienden los expertos.
    Y sí, pobre Mónique, no sólo buscar el placer sin saber lo qué es, sino buscar el amor, el placer y poder vivir sin trabajar y todo en un sólo hombre.
    Estoy por empezar a leer su libro La Palabra, después le cuento.
    Saludos
    Nito Biassi.

  2. Nito Biassi dice:

    Sr. Urbanyi:
    He terminado de leer su novela El número 125 o la educación sentimental. Me parece una excelente novela, pero se me presentan algunos interrogantes. El primero es sobre el subtítulo: “o la educación sentimental”. El interrogante, aunque parezca obvio es: ¿el mismo hace referencia a la obra de Flaubert? Creería que sí, ya que Monique, al igual que el protagonista del libro de Flaubert, va a una gran ciudad a realizar estudios universitarios, y termina siendo educada en el “amor”. ¿Es así o me equivoqué en la lectura del mismo?
    Otra duda es que, a partir de que en el texto hay tres relatos, dos escritos por el protagonista (el diario y el guión de la película) y el tercero (el diario escrito por Monique), ¿es solamente Monique la “educada sentimentalmente” o también el protagonista recibe una “educación” por parte de Aurines?
    Otra duda, ¿hay una crítica despiadada a las investigaciones sobre la sexualidad? Si es así, ¿la misma esta basada en la deshumanización que hacen los investigadores sobre un tema muy humano? (en ese caso coincido con Ud. totalmente) o ¿es una crítica a las investigaciones estúpidas y con resultados contradictorios que se hacen en las universidades para que los investigadores puedan vivir?, ¿o ambas?
    Desde ya muchas gracias y saludos.
    Nito Biassi
    Hola Nito:

    Antes que nada, podés llamarme Pablo, por ahí Urbanyi me quede muy grande. Paso a responder:
    “Educación sentimental”: diría que acertaste en la lectura. Lo que sí quiero señalar es que en este caso no es tan “dulce” como en el caso del protagonista de Flaubert y, no sé si es una pretensión un poco soberbia, incluye a “toda” la educación en la que se ve envuelta Monique y que termina por destrozarla.
    Creo que es solamente Monique la que se educa. Con un poco de ironía podríamos decir que Aníbal recibe una lección, pero no sentimental, precisamente. Tanto Aurinés como Aníbal son dos especuladores metidos en una lucha en la que gana Aurinés por torpeza de Aníbal.
    Sí, hay una crítica a las investigaciones sobre la sexualidad que en el momento en que empieza a investigarse, a enseñarse de la manera en que se hace, se deshumaniza. Sex by Prescription: The Startling Truth about Today’s Sex Therapy de Thomas Szasz fue la que me dio las ideas acerca del tema.
    Lo curioso de todo esto es que de una manera u otra, debe haber una enseñanza sobre la sexualidad. Libros como Kama Sutra, el Ananga Ranga o las viejas comadronas de la Edad Media dedicadas a la materia, no son cosas vanas; pero de allí a describir la anatomía con un gran dibujo en el pizarrón o en libritos que en la secundaria le entregan a los de quinto año y que vi en las manos de mis hijos, hay una distancia sideral.
    En fin, pobre Monique, buscar el placer sin saber qué es, es una tarea de gigantes.
    Suerte y muchos saludos.

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