Un revólver para Mack (novela, 2010)

 

II

 

Avenida de Mayo, una de las avenidas más hermosas del mundo. Nace frente a la Casa Rosada, la casita del Presidente y termina en el Congreso, el caserón de los diputados y senadores. Cerca de la casita del Presidente, por una puerta cuyo número no quiero recordar, ascensor desvencijado hasta el sexto, escalera de madera hasta el séptimo, tendrá que pasar y subir todo aquel que tenga algún problema; un collar de perlas hábilmente robado; un hijo o un padre desaparecido o secuestrado; un asesinato sangriento; una traición cruel o estafa de algún amigo o amiga; un sucio chantaje y… en fin: cualquiera de los problemas graves a que nos somete la agitada vida moderna.

Después de la escalera, un pasillo, tres oficinas, una sola ocupada. En la puerta un  poco desvencijada, escrito sobre un cartón, clavado con chinches, podrá leer:

 

M A C K   H O P K I N S

Detective Privado

Se Ruega Golpear

 

Y allí me encontrará, como ahora, siempre y cuando no esté investigando algún caso o no haya ido a visitar las palomas de la Plaza de Mayo. Estaré solo, a disposición del que me necesite, solo como un verdadero solitario.

Ese día había terminado una partida de damas muy reñida y agotadora; jugando con las blancas, había triturado las negras. Cansado, sin siquiera fuerzas para hacerme un mate, me había tirado en la cama del dormitorio, separado de la oficina por un tabique de chapadur y una cortina que disimulaba el paso.

Jugueteaba con un revólver descargado, un 32, mientras leía una novela policial, mi pasatiempo favorito para relajar los nervios y aprender. Con asombro y admiración releía las páginas. Siempre encontraba a mis colegas ocupados: o viajando a toda velocidad en un coche sport descapotado sobre una ruta en la ladera de una montaña con pinos milenarios mientras al otro lado se veía el mar, o saboreando un scotch en una terraza al aire libre o en un aeropuerto esperando el contacto, o en los brazos de una hermosa rubia o pelirroja confiable, o la rubia o pelirroja en sus brazos si no le tenía confianza. Mis colegas lloraban miseria pero siempre tenían trabajo y sus clientes transpiraban oro en polvo, si no, ¿cómo se pagarían los scotchs o los pasajes del avión? Yo, generalmente, no tenía ni para una grapa ni para el colectivo. A veces hasta la yerba la tenía que resecar. En una sola cosa les llevaba ventaja; a ellos, sistemáticamente les arruinaban los días francos; yo nunca me los perdía, podía disfrutarlos a pata ancha, como lo estaba haciendo en ese momento, tanto para reponer energía como no gastarlas comiendo. En fin, era un detective privado y libre.

Sonó el teléfono.

Tiré el libro al demonio. Salté de la cama, casi arranco la cortina, pasé de mano el revólver, levanté el tubo.

–Mack Hopkins al habla.

–¿Señor Mack? Tengo una llamada para usted –la telefonista.

–Si es del propietario, no me la pase. Que pague el alquiler y el teléfono. Me lo sé de memoria. ¿Alguna otra cosa?

–Lo conecto. Hablen.

–¿Romero? Perdón, ¿Mack? Te habla Alfonso.

Alfonso, un colega, oficial de la Policía retirado, dueño de la agencia “Global”. Otro que se abrió camino por su cuenta. Un tipo macanudo, muy pintón. Me habrá sacado de apuros más de una vez. Hace unos meses me había tirado algunas clientas rancias, cornudas, celosas y frustradas, que recomendaron a otras y se hizo un tren inaguantable. Las tuve que echar a todas.

–A sus órdenes –dije.

–¿Estás ocupado?

Mi día franco al demonio

–Bueno… sí… tengo… puede esperar puede esperar… ¿De qué se trata? ¿Alguna cornuda? Me vendría bien, digo, no me vendría mal.

–No, Mack, no –se rió–, esto es algo importante. Un cliente de nuestra agencia necesita un forzudo como vos, pueden haber bollos.

–¿Una cobranza? Ya sabe que yo soy solidario con…

–Por favooor, Mack, lo sé y estoy de acuerdo con que no te guste. Uno al fin y al cabo tiene su corazoncito. Esto es otra cosa. Puede durar un par de meses o tres. Es la oportunidad de tu vida.

–¿Vigilancia?

–Él te va a explicar, Mack, él te va a explicar.

–¿Trato directamente con él?

–Me parece lo mejor. Te quiere conocer.

–¿Qué comisión tengo que pasarle a usted?

–Bueno… la de siem… no, en este caso nada. Dejemos eso. Para algo somos amigos y los tiempos cambian. Lo que cobres es para vos. Sólo te pido que trabajes con celo.

–No necesita decírmelo –empezó a gustarme el asunto–. ¿Está bien forrado?

–Sí, pero ojo, que no se te vaya la mano. Conoce muy bien el mercado.

–Me extraña que piense tan mal de mí. Pregunto para no clavarme como otras veces.

–Esas cosas sólo te pasan a vos.

–Mala suerte, Alfonso, pura mala suerte. Unos la tienen y otros no. ¿A qué hora es la cosa?

–Te espera esta tarde a las 17 en punto. Ya está avisado.

–Bien, gracias. Salgo para allá.

–¿No te interesa saber la dirección?

La anoté nervioso.

–Sé puntual. Es un tipo muy quisquilloso. Un abrazo y suerte.

–Hasta luego, Alfonso y… gracias.

Colgué preguntándome por qué no le di las muchas. Volví a leer la dirección: Santa Fe al 800, 2º, oficina 6. Eran las 15, faltaban dos horas para las 17.

Acción. El baño para las tres oficinas quedaba al fondo del pasillo. Volví limpio, afeitado y peinado. Mientras me vestía, vi la escupidera debajo de la cama; me había olvidado de vaciarla. Pospuse la tarea para la noche.

Le pasé un trapo a los zapatos, anudé la corbata, me puse el saco y la oficina me quedó chica: salí volando. Bajé del piso 7 al 6 en el aire. Ascensor; lo abrí en la planta baja, salté a la calle y con el impulso me metí en una taxi. Bajé en el acto.

–Disculpe jefe –le expliqué al chofer, –me había olvidado de que no tenía ni un mango.

No sabía qué ocurriría con mi cliente. Si tomaba un taxi, esta noche no comería ni una fugazza. Y eso sin tener en cuenta la inflación. Por la noche podría costar el doble. Corrí y tomé un colectivo.

 

A las 16 horas daba vueltas alrededor de la manzana esperando que se hicieran las 17. Mejor, dicen que caminar calma los nervios.

Los árboles estaban brotando, faltaban pocos días para la primavera. Aspiraba con placer el aire fresco de la tarde, me sentía optimista. Por suerte, a pesar de las contrariedades de la vida, no me dejo abatir con facilidad; tomo las cosas como vienen

y en general le tengo fe al país. No me ocupo de política, ese problema se lo dejo a los políticos. Claro que no les tengo mucha confianza.

Aspirando profundamente, di como cincuenta vueltas. Resoplaba como fuelle. La gente me miraba extrañada. Cada vez que pasaba frente a la puerta de entrada, mi corazón latía con fuerza.

A las 17 menos 2 minutos, un poco mareado, tal vez por los gases de los autos y sin haberme calmado a pesar de la caminata  -una verdadera maratón-,  crucé la entrada de mármol. Tomé el ascensor con puertas automáticas que se cierran solas (es asombroso cómo progresamos, el mundo cada vez vive mejor, sólo faltaba saber cuánto me tocaba del mundo), 2º piso, palier alfombrado, busqué la oficina, toqué el timbre, vislumbré un ojo por la mirilla, se abrió la puerta, y con paso firme pisé la alfombra naranja cromo.

La puerta se cerró sola, automáticamente; una oficina moderna.


Relacionados

2 Comentarios to “Un revólver para Mack (novela, 2010)”

  1. Foster Bales dice:

    Me pareció Excelente post!! Lo cierto es que refleja la realidad tal cual

  2. Zeta dice:

    Discúlpeme el atrevimiento, pero creo que aquí hay un error. Esta novela es, hasta donde yo sé, del año 1975. Es muy famosa en ciertos ambientes que tienen predilección por la litera húngara.
    No sé. Quería mencionarlo.

    Nota de Los Aributos: es verdad, pero esta es una segunda edición reescrita y muy renovada.

Deja Un Comentario

(necesario)

(necesario)

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

© 2011 Pablo Urbanyi Sitio Oficial Suffusion WordPress theme by Sayontan Sinha