Un revólver para Mack (novela, 2010)

 

A Patricia Campos y a Roberto Juarroz, in memoriam.

Escaso movimiento esta tarde de verano; poca gente, pocos autos, humedad y calor. Giro el volante y avanzo, cerca del cordón, sobre Avenida del Libertador, la gran avenida de los nuevos ricos. Los auténticamente ricos, los ricos con derecho que son honestos, están tan lejos que son inalcanzables.

Suaves toques al acelerador; con pequeños sacudones, el Ford Falcon se desliza paralelo a la ancha vereda. Van quedando atrás: un agradable boliche con un toldo rojo a rayas blancas, debajo, sillas, mesas, rodeadas de plantas, una parejita frente a sendos balones; una obra en construcción y, por fin, en moldes dorados, el número que busco encima de la puerta. El hall de entrada alfombrado, reluce a través de los Blindex en marcos de bronce. Al fondo, tres ascensores con puertas aluminizadas. Miro hacia arriba: un rascacielos de unos treinta pisos.

Hundo los frenos. El coche se clava. Me quedo quieto; no me atrevo a respirar, temo perder, quebrar, destruir, ¿qué?, ¿esa mole de treinta pisos? Vibro como un sabueso frente a la presa; estoy por dar el salto, por coronar tres meses de implacable persecución, de aclarar las dudas. Subiré hasta el piso 19: será el momento de la verdad.

Tres meses detrás de un tipo a quien no conocía, a quien jamás vi, tres meses a través de todo el país, persiguiendo y persiguiendo; tres meses que no quería que pasaran nunca, lo reconozco. Tuve miedo de encontrarlo, miedo de que se terminara el trabajo, miedo de tener que caer de nuevo en los frecuentes silencios de espera vacíos de mi oficina. Vamos, confesátelo, nadie te escucha y la conciencia es privada: nunca quisiste encontrarlo.

Ahora, ¿ahora qué? Ahora un amigo, tu único amigo, o así te pareció siempre, se te está muriendo en el hospital. Gracias a él y por fidelidad, hay que cerrar el caso. Y una certeza: éste es el caso definitivo; el caso que espera todo hijo de buen vecino, todo buen argentino: la oportunidad de llenarse los bolsillos. Toda tu vida lo estuviste esperando. Suelen darse casos así, pocos, pero suelen. Vivo en el país de todos los posibles.

Con lentitud,  dejo que el freno vuelva a su lugar. Trato de relajarme, trato de ordenar mis ideas confusas, inevitablemente confusas. No es fácil, maldito sea, casi imposible.

Me reaseguro: cotejo el número anotado en la libreta con el dorado encima de la puerta: el mismo,  piso 19, miro hacia arriba, me confundo contando los balcones. Otra vez el temor, la incertidumbre. Todo parece un sueño, aunque todo se haya desarrollado para que yo llegara hasta aquí, con la lógica de los sucesos de una partida de damas; con sorpresas e inexorablemente.

Un sueño.

Un sueño del que me arranca un violento bocinazo. Siento que me vacío, que se esfuman los sueños mientras echo una ojeada por el espejo retrovisor; de un Farlaine tostado asoma la cabeza de una rubia vaporosa: me hace señas para que avance. Trato de recuperar el momento perdido, de alejarla lo antes posible para poder seguir meditando, fantaseando. Me limito a sacar la mano por la ventanilla y servirle la amplia avenida como si fuera  una torta en bandeja.

Más bocinazos; la rubia hace una mueca de disgusto y señala el edificio, mi edificio; sobre un portón descubro un cartel: “GARAJE. NO ESTACIONAR”.

Demasiada coincidencia, pienso, no conviene descuidar detalle.

Entro en acción: salto del coche. Me olvido el sombrero. No importa, hace calor.

Arranco hacia el Farlaine. Debo haberla impresionado con mi corpachón; la muchacha sonríe detrás del parabrisas mientras baja la ventanilla.

Al lado del Farlaine, me inclino y mis ojos se clavan entre sus piernas doradas, desnudas; un perfume o un olor a mujer -fresco por el aire acondicionado-, me golpea.

–¿Quiere entrar allí?–pregunto medio mareado.

La risa sacude sus piernas, mis ojos bailotean, se baja un poco la minifalda, ¿o se la sube? ¿o son mis ojos que van y vienen?

–Si no tiene inconveniente…

Su voz ligeramente ronca me confunde. Palpo el 44.

–Ninguno… ni… digo… no… ¿vive en esa casita?

Su voz cambia, ¿se vuelve provocadora?

–Podría ser…¿Le parece mal?

–No. Todo lo contrario. ¿En qué piso?

Me mide; de abajo arriba, se muerde el labio, ¿o se pasa la lengua?

–Hummm… se lo diría si tuviera tiempo.

–A mí me sobra, ¿mañana, a esta misma hora, aquí? o prefiere…

–Algún día… –me cortó.

Se calla. ¿Por qué no ahora? Un malestar me invade. ¿No estaré desviándome de mis objetivos? ¿O es que todo tiene que ver? Todo es uno, decía el filósofo de mi pueblo. Una rubia así, ¿no debería formar parte del caso que estaba investigando? Además, ¿cómo es esta rubia? ¿Pudorosa por bajarse la minifalda o descarada por habérsela subido antes? Humm… ¿no sería mejor ir despacio y comenzar por el portero, tal como lo planeé? No creo que en este ambiente se me achiquen con facilidad.

Una violenta aceleración del motor y la rubia:

–¡¿Y?!…¿qué decide?

–¡Ah! sí… perdón… me falló el motor.

–¿Quiere que lo empuje?

La muchacha resultó amable. Si pudiera, seguro que me daría una oportunidad.

–Por-faaavor…

Inspiro aire, camino reteniéndolo, lo largo mientras con una mano empujo y la otra guío.

Arranca, dobla y frena frente al cartel, baja, mete la llave en el marco; el portón péndulo se levanta: antes de volver a subir al Farlaine me saluda con la mano. El coche se hunde en el garaje, el portón ocupa su lugar. Trato de recordar el color de sus ojos. Inútil, me había olvidado de registrarlo. Sólo una vaga sensación: no combinaba con el color de su pelo.

Consulto mi reloj: las 15:10. Conviene sorprender al portero en sus funciones, faltan 50 minutos. Tiempo suficiente para un buen trago que me entone.

Abro la puerta del Falcon para recoger mi sombrero, poner el freno de mano y subir la ventanilla. Meto el pie derecho, ya toco el sombrero cuando lo vislumbro de reojo: no lo quiero creer. Me pongo colorado de vergüenza; aterrado, me acuerdo de la rubia; lo siento como un castigo del destino por haberme distraído. Me toco el nudo de la corbata, me miro en el espejo: mi cabello negro ligeramente ondulado con algunas canas, pero peinado: bien; mis cejas marcadas sobre mis ojos pardos, a veces verdes, brillan: bien; adelanto mi mandíbula cuadrada, perfectamente afeitada y que es un atractivo para las mujeres: bien; me palpo el traje impecable, el 44 hace demasiado bulto, tendría que haber traído la 45 automática, más chata, pero el 44 resulta más contundente y, además, estoy acostumbrado a él, es mi compañero inseparable. Todo OK como dicen en las novelas, pero no me consuela que la botamanga de mi pantalón Oxford esté subida y enganchada en el portaligas y que lo había dejado al descubierto. Mi Dios, qué papelón. ¿Habría estado todo el tiempo así? ¿Será por eso que se reía la rubia? Turra, se burlaba. Mis dedos tiemblan, tironeo de la botamanga, se me escapa, la arruga está pegoteada por el sudor, sacudo la pierna; al fin en su lugar.

Con bronca tiro del freno de mano, subo la ventanilla, salto y con violencia cierro la puerta que se arquea con un quejido.

No encontré a nadie ni nada que patear durante el trayecto al bar. ¡Las llaves! Ahhh, estaban en mi bolsillo.

No entré en el bar. Últimamente me siento sofocado en los lugares cerrados. Me senté cerca de la parejita con los balones y pedí un scotch.

Me acordé del sombrero: ¡me lo había olvidado otra vez!

Demasiados inconvenientes.

Comienzo a temer por el resultado de la investigación, estas advertencias del destino hay que tenerlas muy en cuenta. Ya sufrí demasiado y corrí demasiados peligros; dos balazos, un amigo que se va para siempre y me deja solo, el chantajista que me vació los bolsillos y me dejó sin capital, la duda de casarme o no; varias muertes en mi conciencia. Demasiado, era para temblar. Y temblé.

El mozo deja el trago; le agrego más hielo, un chorrito de soda y lo bajo hasta la mitad. Espero el resultado. Efectivamente, a los dos o tres minutos se me acomodan los nervios a partir de un ligero cosquilleo en las piernas que dejan de temblar. Cualquiera diría que soy alcohólico.

Suspiro aliviado.

Dos jovencitos de esos a quienes llamo “especie de maricón”, se acercan a una de las mesas. Visten pantalones Oxford de colores claros y remeras más claritas aún. Uno de ellos balancea un bolsito. Intercambian opiniones sobre el lugar donde sentarse, se desplazan de una mesa otra, no se deciden, estudian el ángulo de la caída de los rayos solares, la humedad y el factor viento, nada les viene bien. Los comprendo, la vida es muy complicada, muy difícil y muy dura. Está llena de pequeños detalles. Sigo sus desplazamientos. Me descubren; se retuercen ligeramente coquetos, me brindan sus sonrisas y se sientan como para poder intercambiar miradas. No, no era eso lo que yo quería; sólo puedo observar a uno: con ligeros toquecitos se acomoda el pantalón a la altura de la rodilla pero no se lo sube como suelo hacer yo. Tengo la clave. Aprendí algo nuevo. La vida es aprendizaje, solía decir el filósofo. ¿Hace cuánto que no lo veo?

Pronto los olvido. Observo el otro lado de la avenida. El parque, espacio abierto. Sí, últimamente extraño los espacios abiertos. Los espacios infinitos de la pampa, al borde de la cual crecí. Últimamente recuerdo cada vez más al filósofo y al astrólogo. Me estaré poniendo viejo. En conclusión me asalta una sospecha. La sospecha de que sólo creo que estoy viviendo. No, no es así. Que vivo pero no vivo. ¿Cómo explicarlo? Necesitaría al…

–¿Tendría fuego, por favor?

El maricón parado a mi lado. Apenas lo miro.

–No fumo.

Pido otro scotch. Faltan treinta minutos para que el portero abra la puerta. Y voy a decir: caso cerrado.

Con los bolsillos llenos, voy a volver a mi pueblo. Tomando scotch, tirado en una reposera, voy a contemplar la puesta de sol al final de La Pampa.

Con la copa en la mano, me reclino contra el respaldo de la silla,  cruzo las piernas y me sonrío y me digo: toda mi vida anduve más lejos del dinero que cajero de banco; no es fácil llegar a donde estoy.

Entrecierro los ojos con beatitud y contemplo los árboles del parque.

Oigo las sirenas desde lejos. Se acercan. Dos Ford Falcon sin chapa cargados de gente. Los muchachos en acción, trabajan conscientes de su tarea y deber. Pasan.

Los veo perderse. Me pareció que no tenían chapas. Bah, no es asunto mío. Son pequeños detalles de los que cumplen con su deber anónimamente.

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2 Comentarios to “Un revólver para Mack (novela, 2010)”

  1. Foster Bales dice:

    Me pareció Excelente post!! Lo cierto es que refleja la realidad tal cual

  2. Zeta dice:

    Discúlpeme el atrevimiento, pero creo que aquí hay un error. Esta novela es, hasta donde yo sé, del año 1975. Es muy famosa en ciertos ambientes que tienen predilección por la litera húngara.
    No sé. Quería mencionarlo.

    Nota de Los Aributos: es verdad, pero esta es una segunda edición reescrita y muy renovada.

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