Silver (novela, 2008)

(fragmento)

Hay 193 especies de monos y simios vivos.
192 de ellos están cubiertos con pelo. La excepción
es el simio desnudo que se llamó a sí mismo Homo sapiens.
Desmond Morris.

Un simio nunca parece tan simio como
cuando viste bonete y toga de Doctor.
Thomas Fuller, Gnomología Nº 6382

 

Dedico este libro a la memoria de mi padre y a la de mi madre.
Y a mi hermana que comparte conmigo nuestra breve historia,
para algunos simiesca, que nos tocó vivir.

 

I

En el Campus, por el sendero de grava roja sobre una ladera, subía rumbo al salón donde se realizaría el “party” de beneficencia de la Fundación con los beneficiados presentes.

Una norteamericana, una amiga, en fin, que distraía mis horas de tedio que no eran pocas (de esto no estoy muy seguro, era más bien yo quien llenaba algún hueco de su agenda atestada con miles de tareas), activista entusiasta y enérgica de la Fundación, más que invitarme, había solicitado mi “colaboración” para “entretener” y “divertir” tanto a los invitados como a los beneficiados. Con placer hubiera dicho que no, gracias, pero me había asegurado que yo tendría mucho “fun” y que sería una “experiencia” única, original, fantástica, no sólo por la naturaleza de la fiestita, sino por ser una ocasión “especial” en la que se repararía una antigua injusticia. Ah, y que yo, a pesar de la originalidad de los beneficiados, no correría ningún peligro. Ante la amenaza de perder su favor, la pereza de buscar otra, yo, resignado, había aceptado.

La grava crujía bajo mis pies. Arriba, las puertas de cristal del salón brillaban reflejando el sol. Vi a otros que entraban. Miré la hora, todavía tenía algunos minutos. Me detuve, giré y observé el Campus: desierto. Tal vez no; el sol arriba, el camino de grava que se perdía entre unos árboles, allá un banco, demasiado lejos para ir a sentarme y descansar un rato; verde, mucho verde, el césped prolijamente cortado, ni un yuyo, nada original diría, sólo lo esperado, arbustos, plantas, flores, a la izquierda un río o un lago, bosques, ardillas saltarinas, pájaros piadores, todo esto me decía que el ser humano era bueno y tolerante, que el mundo era bonito, que sólo había que saberlo vivir y desmentía que fuera un desierto; no sería más que mi sensación.

Suspiré. De sobra conocía el tipo de “colaboración” que se me había pedido y la naturaleza de esos “partys“. En quince años de emigración había visto más de uno. Hasta, para hacer “circular” mi nombre y acrecentar mi fama de realizador cinematográfico, fui “sponsor” o “patrocinador” de alguna banda alegre de niños mogólicos o idiotas, o paralíticos en sillas de ruedas. Más de una vez, me vi obligado a “infundir optimismo”, a declamar un mensaje de aliento, de fe y esperanza, a hablar del progreso imparable de la ciencia, de un futuro de dicha, futuro, en el que, los que en ese momento parecían escucharme, sin importarles mucho ni entenderme, estarían tan muertos como yo. Finalmente, miraba con alivio, cómo los retiraban y los volvían a guardar en el mismo lugar de donde los habían sacado. Esta “metodología” de infundir optimismo, si la puedo llamar así, era y es universal y se aplica no sólo a los idiotas, mogólicos o paralíticos, sino también a los ancianos, a los enfermos terminales, a todas las deformidades de la vida que no queremos aceptar. O, en el caso del “party” de ese día, a unos seres “very and really” originales.

Crujió nuevamente la grava, llegué frente a la puerta, pisé el escalón del umbral y empujé la puerta; que no habría alcohol, ni una miserable cerveza, que estaría prohibido fumar, de eso estaba seguro. Adentro, aire acondicionado, animación, pero una animación discreta, serena, un murmullo equilibrado, un deslizarse de observaciones que no pueden herir; los beneficiados, vestidos con vaqueros, algunos sentados con una pipa apagada en la boca, o un bastón, o un vaso en la mano, asentían o gruñían ante las observaciones delicadas o preguntas, probablemente más delicadas aún. Sentí un ligero mareo; ¿quién beneficiaba a quién?, ¿quién entretenía a quién?. Era la imagen perfecta de un mundo ideal lograda nada más que con la dulzura de las palabras. Ninguna violencia.

Al descubrirme, mi amiga se precipitó con los ojos brillantes de entusiasmo y una carpeta en la mano sacudida por la emoción. Buscó entre los papeles de la carpeta, sacó uno, (oh, organización admirable en la que la organización lo devora todo y no queda más posibilidad que admirarla), me arrastró y me presentó al candidato que yo tendría que “entretener y divertir”. “Ven, te presento a Silver. Es más gentil que un ser humano”. Saludé con un “Hi” y le di la mano; me la estrechó suavemente, inclinó la cabeza y lanzó un suave gruñido. Su actuación o imitación era perfecta.

Yo, loco de alegría al ver que estaba en una silla de ruedas, tomé dos vasos y una botella de jugo de naranja (vasos y botella de plástico, probablemente para que los beneficiados en un arrebato de la loca alegría de vivir, no se partieran la cabeza o se cortaran con los vidrios rotos), los puse en la bandeja de la silla, me aferré de las manijas que asomaban del respaldo y lo empujé hacia la puerta; mi agasajado o paciente o beneficiado, no sabía cómo llamarlo, pesaba como una mole. Mi amiga, con la preocupación en la cara, me pareció, me siguió hasta la puerta dándome consejos, informándome que el “party” culminaría con la entrega de no sé que a no sé quién, y que Silver desempeñaría un papel importante, que no me perdiera el remate o la mesa de los “souvenirs”, y que por favor lo trajera de vuelta para esa hora, mientras trataba de alcanzarme el papel que había sacado y que recomendaba leer encarecidamente para saber cómo debía tratar y comunicarme con mi agasajado. Abrí la puerta, tomé el papel, lo doblé, lo metí en el bolsillo, y dejando detrás las ineludibles presentaciones con los “His”, los “Nice days”, los “Hav are yous”, los “Reallys”, los de dónde es usted, los qué interesante, los cómo es el clima de su país, los cómo son los indios de allá, en resumen, la “alegría que reinaba” y la “atmósfera agradable”, enfoqué la silla de ruedas por la rampa para discapacitados, le dí un empujón y dejé que me arrastrara al aire libre, hacia la libertad. Mi entusiasmo para escaparme me impidió registrar la hora exacta en que debería traerlo de regreso.

La grava cuesta abajo fue la prolongación natural de la rampa; la mole me siguió arrastrando, pasé al lado del árbol con el banco y seguí, seguí empujando hasta que me cansé. Me detuve entre unos árboles, y no podía ser menos, bajo uno de ellos, a la sombra, todo perfecto, todo está previsto, una mesa de pic-nic combinada con asiento ofrecía su albergue.

Con un último esfuerzo, lo empujé al lado de la mesa, lo inmovilicé con el freno y con un suspiro de alivio, me senté. Saqué los cigarrillos y la petaca de vodka, me serví, la diluí con jugo, prendí un cigarrillo, pité, un trago, pité, y dispuesto a olvidarlo hasta que llegara la hora de devolverlo a su jaula acolchada, traté, una vez más, de perderme en mis ensoñaciones para que me llevaran lejos, no sé a donde, pero muy lejos, fuera del Campus que sería seguramente el oasis del saber pero que, para mí, era el desierto de la vida.

Un ligero roce en mi manga. Lo miré: con su dedo grueso y peludo, estaba señalando el vaso que había quedado en la bandeja. Le hablé en español.

-Perdonáme. Soy un mal educado. Llené su vaso con jugo de naranja.

-A tu salud -le dije en español y alcé mi vaso.

No tocó el suyo. Estiró el brazo y señaló la petaca.

-WOW, como dicen por acá. Te enseñaron o aprendiste bien.

Eché un chorrito en su jugo. Ahora sí, lo tomó y fue él quien recordó el brindis, brindamos. Mi repetición de la palabra “salud”, pareció tener un eco. Su “hacer como si” era perfecto. Más que humano, diría, nuestra caricatura; sus ademanes, apuntando el paquete de cigarrillos y sus dedos índice y medio que se llevó a sus labios, me lo confirmaron.

– Mi Dios, vos sí que sabés vivir. Sólo te falta hablar y tener una novia.
Le di un cigarrillo. Se lo encendí. Pitó con deleite, con placer, entrecerrando los ojos, y largó el humo de la misma manera. Pensé que satisfechas sus necesidades primarias, me dejaría soñar tranquilo. Volví a mi trago y a mi cigarrillo.

– Lo siento. Yo no hablo español, -oí en inglés, una voz honda, gruesa, que salía de un pecho que vibraba.

Miré alrededor. Nadie. Lo miré a él; barba y pelo casi blancos, dos ojos redondos, azules, tal vez tristes, una sonrisa melancólica, o quizá ligeramente irónica.

-¿No… serás de…Alabama?…¿No? -pregunté en inglés, dudando, inseguro.

Acentuó su sonrisa.

-No, soy de Gabón y me llamo Silver. Pero eso ya lo sabes. -de un trago se bajó el vaso.

Me quedé observándolo…

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Una Respuesta to “Silver (novela, 2008)”

  1. Alex dice:

    http://www.youtube.com/watch?v=9kJF7hRmKE0

    Hola Alex:

    Te ruego que me perdones por poner este enlace y luego sacarlo, y ahora ponerlo de nuevo por un pedido. Parece cosa de monos. Cuando lo puse, no lo había visto completo pero luego de mirarlo, consideré que es una especie de repetición de otras historias y argumentos en pro del bien de la humanidad (una especie de círculo vicioso) y porque sospecho que hay demasiadas cosas trucadas e insustanciales. Por último, como diría Dianne: “Es tan norteamericano”.
    De todas maneras, lo mío no es más que una opinión. Vos y los lectores tienen la palabra.
    Suerte y saludos a todos.

    Pablo

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