El zoológico de Dios (novela, 2006)

(Ipolyság)

(fragmento)

La memoria hace emerger no la realidad misma, que pasó definitivamente, sino las palabras suscitadas por la representación de la realidad.”

San Agustín

…y aquello sucedía con la deslumbrante ternura quesólo es propia de las primeras experiencias del sexo.”

Robert Musil, de El hombre sin atributos

1

Lo ha comprobado más de una vez: haya sido su pasado feliz o no, regresar a él, siempre es doloroso. Los momentos felices, por perdidos; los desdichados, por el dolor que reavivan. No pocas veces trata de eludirlos, pero, inexorablemente, vuelven.

Y en este momento, sumergido en una ensoñación, con más intensidad que nunca.  No sabe si sueña, si está en un hospital por algún accidente o una enfermedad grave o si, mientras el ataúd lo espera como un bostezo, en ese famoso último segundo antes de la muerte en el que uno se acuerda de toda su vida. Para su sorpresa, el deseo de regreso estalla en él con más fuerza que nunca; es el deseo de nacer de nuevo, un deseo que sabe absurdo. ¿Realmente absurdo? Abre los ojos: el cielo raso le pone límite al deseo, al infinito, a la eternidad. Claro que más allá, más arriba, adivina el cielo plagado de estrellas, y entre ellas, ojos que lo miraron y lo vuelven a mirar con pesar, sin verlo. Un cielo estrellado que, día y noche,  envuelve la tierra que viaja por el espacio, y él, viajero de las estrellas que siempre quiso ser, a través del polvo estelar, una bruma, que bien puede ser la del bosque, cargada con el denso perfume de los pinos, podría sumergirse en la niebla de la humedad del pasto, de los tréboles frescos con el rocío de la mañana que se evapora; sí, sumergirse, oír cantar a Judit, su primer amor, quien, en la cocina tarareaba alguna canción cuya letra decía: “La mujer es como la paloma salvaje, siempre busca su pareja”. Sí, llega allí, se sumerge en la niebla, en la oscuridad de la noche, pero gracias a esas quince velas (sí, quince, ni una más ni una menos, que dejó encendidas) iluminada, emerge de la niebla la pequeña ciudad, Ipolyság, que lo vio nacer y lo albergó a pesar de la guerra.

Todavía no nació de nuevo pero ya está allí. Sabe que nacerá y también sabe que como las palabras ocultan la realidad, la historia de su recuerdo no será la misma y que su madurez lo obligará a una reflexión, una interpretación de los episodios que la configuran. Asimismo, es muy probable que, sin que se dé cuenta, revele lo que quisiera ocultar o, por la falta de palabras, oculte lo que quisiera revelar.

2

Salvo la fecha que figura en la partida de nacimiento, aquel que fue y ya no es (aunque el mundo en que vio la luz ya estaba dado), no recuerda el día en que nació ni cuándo supo que respondía al nombre Fénix. Según la versión de sus padres, en los albores de un nuevo renacimiento de la humanidad, en el que la tecnología, la medicina y otras ciencias dieron un gran paso (la Segunda Guerra Mundial) fue engendrado en Checoslovaquia, en una cama, y, en la misma cama, con la cabeza aplastada, para horror de su madre que lo consideró un idiota y así lo trataría toda la vida,  salió de su vientre, pero en Hungría. Quizá gracias a que la cabeza se le redondeó en dos o tres días, con el tiempo llegó a comprender más claramente esta pequeña confusión de naciones, que parecía convertir la misma cama en dos y enterarse que en aquellos tiempos, a falta de manuales liberadores y que trajeran informaciones sobre las variaciones del mismo el tema, se hacían los niños en las camas y, generalmente, por la opresión sexual,  la falta de amor libre y de las lesbianas madres, con la esposa de uno. Y, como todavía la ciencia médica no había convertido el parto y la muerte en fenómenos patológicos, además de engendrar niños, y de nacer, también se moría en la misma cama de las casas en vez de morir en las de los hospitales. El cambio de país es más fácil de explicar; sin hablar de democracia pero, cosa que se hacía desde la Ilustración, vociferando por la libertad, durante el embarazo de su madre, unos meses antes de que Fénix naciera, entraron los húngaros para reconquistar los territorios perdidos en la Primera Guerra Mundial.  No, no recuerda el día; como todo integrante de la humanidad, nació con la mente en blanco (y si tal cosa existe, con el alma también), e ignorando su programación genética. Tampoco recuerda sus primeros pasos, que debieron de ser vacilantes, y los sigue dando sin rumbo definido; pero sí, borrosamente recuerda, como si siempre hubieran estado allí (le basta cerrar los ojos para que, como por arte de magia vuelvan a aparecer) a Judit, una pequeña ciudad bilingüe, húngaros y eslovacos conviviendo amablemente y odiándose en secreto. Una ciudad rodeada de una muralla que quizá se construyera en tiempos históricos para contener a los bárbaros o a los turcos o, en un mundo desconocido más allá del confín, a enemigos imaginarios que podrían corporizarse en cualquier momento. Una muralla inservible ante el avance tecnológico, pero cuya sombra protegía como un segundo útero materno. Recuerda sus calles empedradas, angostas, justas para pasear tomado de la mano de Judit, empinadas sobre las laderas del Calvario, sinuosas y quebradas, no pensadas para el automóvil, apenas para un húsar a caballo, por las que, sin duda, para la mente de un niño,  también trotó D’Artagnan, y en las que una persona grande podía tocar las paredes opuestas con sólo extender las manos: Fénix soñaba con crecer y, algún día, lograr la hazaña. Había (¿o sería mejor decir hubo?) una iglesia de dos torres con campanarios, de una de las cuales se asomaban las campanas; sus toques marcaban el paso del tiempo a través de las horas, y, cuando doblaban, difundían noticias tristes en el éter. Había (¿no sería mejor decir hay todavía?) un cementerio con lápidas antiguas, mohosas, tal vez de siglos (de esas que son ideales como fondo para una película de Drácula), y algunas más actuales, pero sobre todas ellas se inclinaban las ramas de los sauces llorones alimentados de la savia de los muertos y casuarinas que silbaban sus lamentos…

 

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