Una epopeya… (novela, 2004)

Ante la observación, o reproche, o, vamos, dulce y amorosa observación de su mujer “Ni un papel higiénico sabés comprar”, apareció uno de los primeros síntomas de que el orden de la fila con el que habían entrado a Canadá se estaba dislocando, pues había respondido humildemente: “Es que compro como un intuitivo, con la sabiduría milenaria de las mujeres. Yo, que en la Argentina en los tiempos de escasez usaba diarios, en la materia me conformo y me siento feliz con The Citizen, nuestro querido diario local. No me vas a decir que tengo que hablar inglés para utilizarlo. Basta la imagen; nunca lo hago con una foto de un valiente capitán de bomberos o de un policía subido a un árbol para rescatar el gatito de la niña ansiosa que espera debajo. Hay que ser humilde y conformarse con poco, es uno de los secretos de la felicidad”.

El carrito cruzado en el laberinto, el pie sobre la plataforma, sin oír los Excuismi, Sorry de los creyentes que anhelaban pasar para rezar delante de otros altares, Ernesto recordaba. Como comentario a su propia situación, había anotado: “No cabe duda de que yo, hijo de las dictaduras argentinas, en las que cada ‘no’ tímido se confundía con una rebelión, no soy un ser elegido para la libertad. Para ser libre, ejercer la democracia y bajo el imperio de la ley no alterar el orden entre los períodos electorales, hay que estar preparado, educado y domesticado como un fanático para el comunismo o el fascismo”.

Ay, no era fácil nacer de nuevo “Nacer de nuevo, en un parto dudoso, con forceps, eso sí, con anestesia, explicándome que no me iba a doler, que estaba ocurriendo y cuan bello era el mundo que me esperaba afuera.”  Ay no, las preguntas que se había formulado in pecto: “¿Por qué compré mal?”, “¿Cómo comprar bien?”, tampoco eran fáciles de responder. La falta de últimas informaciones, cifras y datos era un obstáculo casi insuperable.

Pero el hombre no se plantea problemas que no puede resolver. Mejorado su inglés, un día leyó un artículo en la revista El Consumidor Perfecto, revista sin fines de lucro, fundada y editada para la defensa de los Derechos Humanos del ser humano, para una vida mejor y más barata. Allí un grupo de investigadores selectos y altamente especializados  de la Universidad de Ottawa, por medio de una metodología diseñada para el caso, análisis y tests, había llegado a la conclusión de que el Royal ZXW, doble pliego, extra suave, si no perfecto y el mejor del mundo, el inalcanzable ideal de la filosofía alemana hecho tersura, era el mejor papel higiénico que se podía comprar en plaza. ¿Razones? Miles: sin ser nacional, era el más popular, y la popularidad era una especie de mandato secreto de Dios en el mundo en el que vivía, confirmada indiscutiblemente por las cifras de venta. ¿Qué más? Ah, otra, fácil de usar en este mundo tan complicado; una más, el bajo promedio de roturas gracias al doble pliego, que, de paso, ahorraba tiempo en la tarea de doblar el papel. El hecho de que alguien lo siguiera doblando estaba fuera de consideración, era un problema individual que correspondía a la esfera de la intimidad, al gusto personal, a la imaginación y creatividad del cliente. La investigación se basaba  Bera parte de la metodologíaB, en los papeles higiénicos “tipo estándar” o “normal” para normales de un mundo anormal. Y por si algo faltara, en ese artículo académico rigurosamente científico, se daban conclusiones más amplias, destinadas a las mentes pensantes y a diferentes niveles de lectura: por su consumo de tantos rollos de tantos metros per cápita y por año, en comparación con las cifras de otros países, no cabe ninguna duda de que el canadiense vive mejor, una vida más lujosa y más feliz que un japonés o un argentino.

Al tropezar con la palabra “argentino”, Ernesto había dejado de leer el artículo; con nostalgia, pensó en su pobre país, Argentina, un lugar perdido y recreado en La Corte de los Emigrados de Ottawa, a la que solía asistir en un tiempo. Allí había recibido no pocos consejos sobre compras y compritas correctas y, muy en particular,  sobre el papel higiénico propiamente dicho. Allí, en una atmósfera un poco rancia de todo lo que caduca y envejece, pero eso sí, sentimental y nostálgica, muy argentina, los Cortesanos se felicitaban por haberse salvado del holocausto de la inflación (dejando de lado el de los nueve o diez mil muertos, desaparecidos que algo habrán hecho y por los que ya nada se podía hacer), y todos le aseguraron con tono campechano:  “Macho, vos lo sabés muy bien, allá, ni papel higiénico hay”, una razón poderosísima para emigrar a Canadá. Que ya no haya inflación y en el Patio Burlich vendan papel higiénico de seda de China, quizás nada tenga que ver con esta historia.

Ya sin saber qué había leído en el artículo y qué era proyección de su ardiente cerebro, encontró un cauce para su caudal cultural. Después de barruntar “sólo me falta saber si soy argentino o canadiense”, genio como era, y teniendo en cuenta las conclusiones de la investigación, apuntó en un papelito: “El mundo se divide en dos tipos de países: de culos sucios y de culos limpios”. Se felicitó por la frase, simple, clara, como lo son todas las grandes frases de los grandes hombres. Y como si se hubiera deslizado por el tobogán de la sabiduría, estrujando su cerebro, exprimió otra más filosófica: “El hombre es con lo que se limpia”. Guardó el papelito para utilizar las frases más adelante pero siempre coherente, ya no se acuerda ni del papelito ni de la frase.

Todo placer se satura, hasta el sadismo. Probablemente ya harto de los “Excuismi” y los “Sorry” de los creyentes que querían pasar y que daban vueltas buscando caminos alternativos, consultó la listita pero no vio el papel higiénico. “Bah, hay que pensar en el futuro y en las posibles emergencias para evitar el pánico. De paso, aunque no sea su cumpleaños ni nuestro aniversario de bodas, lo que importa es ser espontáneo, le doy una sorpresa a mi media naranja y una prueba de mis capacidades” farfulló. Y mientras se preguntaba qué metodología habrían usado los investigadores para sacar el promedio de roturas, se agachó temiendo que se le clavaran en las asentaderas las ocho garras de los dos gatitos que aparecían en la propaganda del Royal en la pantalla de televisión.

“Mi imaginación es increíblemente viva y dinámica”, se felicitó. Puso los rollos en el carrito, consultó otra vez la listita y leyó: Huevos Extra Grandes, tres docenas. Ya cerca de coronar su misión de ese día, suspiró profundamente y los miasmas sutiles que emanaban de las mercaderías, sobre todo los de los productos de limpieza nuevos y mejorados, capaces de matar hasta a los pingüinos de la Patagonia, le penetraban por la nariz le hicieron estornudar. “Basta”, se dijo, “Prosigamos con la marcha triunfal de la compra”.

Y, tam , tira, bom bom, con el ritmo marcado por la música de la Catedral, antes de que se le armara un mambo en la cabeza, arrancó rumbo a su destino...tam tam, tira tira, bom bom….

Más allá de la división en países limpios y países sucios, suspirar en la Catedral de uno de los países más limpios del mundo puede ser fuente de dolor. Por un efecto de rebote, el olor de los inciensos sagrados que brotaban de  los desodorantes y jabones puede disparar la mente de uno a otras regiones. No le ocurrió menos a Ernesto, quien  empujando el carrito extrañaba los olores del mercadito de su barrio en Buenos Aires; olores que un inglés educado llamaría delicadamente “sospechosos”. Sin embargo, no eran los olores los que extrañaba exactamente, ni los gatos o los perros que se metían entre sus piernas mientras hacía las compras, ni la rata que saltaba sobre el jamón que colgaba del techo de algún puesto. No. Eran los callos plantales de doña María. ¿Qué habría pasado con ellos? Fue durante su última compra en el mercadito. Mientras, impaciente, como si el avión estuviera a punto de partir, hacía la cola frente al mostrador del carnicero Pepe para comprar cuatro bifes, se enteró del problema. El carnicero le había preguntado por su salud a Doña María lo que desencadenó una serie de quejas sobre los dolores de diversas partes del cuerpo, según qué comiera o qué hora fuera del día o el índice de humedad que para Doña María, como para todos los porteños, siempre era “mucha”. Mientras cortaba las milanesas, el carnicero, no dejó de alentarla con una frase famosa que no necesitó de ningún prócer para ser acuñada: “Así es, Doña María,  lo que mata es la humedad”.  Frase maravillosa para todos los males, hasta para la misma muerte.

Y mientras Ernesto empujaba el carrito en la Catedral, allá lejos, en el mercadito, se impacientaba. Doña María había anclado en sus callos plantales que últimamente, y debido a la humedad (más precisamente, a la probable tormenta), habían crecido, “imagínese Pepe”, tanto que apenas le entraba el zapato y “no le digo nada” de las dificultades para caminar. Por esa maldita costumbre, tan latina, de meterse en las cosas de los demás, Ernesto se encontró interesado profundamente en los callos. El problema de los callos se volvió más importante que el cáncer de alguna princesa y el sida (sin contar la heroína que se inyectaba) de alguna estrella de Hollywood. Ernesto escucha, se mete en la conversación, no lo puede evitar. En virtud del compromiso emocional, fatal, la mente le queda invadida por los problemas de los otros y termina, junto con el carnicero por compadecerse de Doña María, hablando de probables soluciones caseras de tías o abuelas… o de tiempos venideros mejores en los que no habrá callos… o pasados en los que no los había… Y el avión que se va…

A veces Ernesto  se agarraba la cabeza: “No no no, de ninguna manera, todo es mejor en el mundo en el que vivo. Este estilo de entrar y salir cuando quiero, comprar lo que quiero, sin clientas quejosas, llenas de ñañas o de callos. Aquí ni siquiera los callos existen, y si los hay, el que los tiene los disimula con buena educación, con discreción o recurre a la literatura sobre el tema obtenible en cualquier farmacia junto a un producto nuevo y mejorado que los elimina. No invaden la mente de uno. Ergo, tampoco hay doñas María que tengan callos que se conviertan en piezas de conversación como un jarrón de la dinastía Tang. No, aquí no hay compromiso, aquí, la mente y el alma de uno quedan limpias, por no decir vacías para… para llenarlas con lo que uno quiera… por ejemplo… ah, de canciones alegres”.

.tam tam, tira tira, bom bom... gracias a la música funcional que volcaban los parlantes, cada tanto, como la voz de Dios en el Sinaí, tronaba el onceavo mandamiento (Ernesto corregía: “Perdón, el doceavo, el onceavo es el de Schopenhauer: SILENCIO.”), una oferta: “COMPRE……..con 99”. Gracias a eso y a su firme voluntad y decisión, tarareando otra canción, se sentía en un estado semimístico, en una ensoñación sonambúlica de aturdimiento perfecto. Desgraciadamente, y lo lamentaba, nunca conseguía el éxtasis con los ojos catatónicos, ni siquiera el orgasmo, que para él, seguían siendo misterios como la Virginidad de María o el Triángulo de las Bermudas. Sobre eso había anotado: “¿Cómo y cuando se produce? ¿En el momento en que se descubre el objeto entre otros miles y se siente una especie de llamado, un amor a primera vista y se sabe que desde la noche de los tiempos estaban destinados uno para el otro? ¿En el momento de pagar? ¿O en el momento en que, como todo amor, se vuelve viejo, se lo tira sintiendo un alivio y se corre detrás de otro?”. Pero ya le había dicho su mujer (entre muchas otras cosas o por ellas, vinieran o no al caso, “pero mi amada sabe que todo es Uno, es decir, Tao”), que él no sabía compartir, gozar de la vida con cosas simples como escuchar el alegre canto de los pájaros, ni disfrutar del bello sol aunque no estuviera en el cielo; que era sordo para escuchar la voz de las ofertas (y no hay peor sordo que no quiere oír); que buscaba una perfección inexistente; que exageraba en todo. Ergo, era un extremista. Lamentablemente estas acusaciones, si se consideraba el medio educadamente aterrador en el que vivía, aristotélico, sin extremos, dulcemente balanceado, no dejaban de tener un viso de verdad. En consecuencia, mal podía lograr el éxtasis o el orgasmo y no era de extrañar que se quedara solo.

La canción que tarareaba en ese momento, “Estoy solo, nadie me quiere, pero soy feliz”, la había elegido entre las muchas que circulaban por ahí en una especie de torbellino de felicidad patológica. Si de la alegría de cantar se trata, con ruido infernal de batería, había canciones populares para todo: para la soledad; para no estar solo; para rebelarse contra la sociedad mediante drogas o sexo, o para reconciliarse con ella con las mismas herramientas; para abandonar a los padres o volver con ellos; canciones para consolarse del fracaso, ignorándolo, o triunfar con actitud positiva, vivir hasta la tumba siguiendo “tu propio camino”; para encontrar a Dios fácilmente, sin muchos sacrificios ni martirologios, pues bastan la fe y querer; para hacer el amor o no hacerlo; para tener hijos o no tenerlos; para ser libres, entrar o salir cuando se quiera, o no salir para quedarse en casa bebiendo cerveza y mirando televisión. Canciones para encontrarle sentido a la vida o no encontrarlo porque no lo tiene; canciones para cambiar el mundo, basta el amor (o, ya que es imposible, cambiar uno mismo naciendo de nuevo); canciones para los niños pobres; ecológicas para salvar la tierra, para no fumar, para no tomar alcohol, para reventar tomando y fumando, para solteros, con sus ventajas, y divorciados, con otras ventajas, para los ancianos y lo jóvenes. En fin, según la especialidad, la necesidad o el índice del barómetro del mercado.

“Estoy solo, nadie me quiere, pero soy feliz”, que según el ranking, estaba entre las tres más vendidas de la semana,  era la única que más o menos se acordaba. Hasta se podía decir que la dejaba sonar en su cabeza con un ligero pánico, antes de que vinieran nuevas y se le metieran borrando la anterior. Las otras dos, “Nací en USA, tierra de gente muerta” y “Vivo en un cadáver como un gusano más”, como muestra de su domesticación, adaptación y gran sentido común Bsi no adquiridos, por lo menos bien imitadosB, las había rechazado por exageradas, pesimistas, derrotistas, sin un rayito de esperanza.

De esta manera, a fuerza de pulmón y a falta de éxtasis tenía un Good Day o Nice Day, de ensoñación mística en el que  -contra su propia regla de “alerta permanente”- dejaba entrar por la ventana de su espíritu abierta al mundo, como un aire acondicionado refrescante y renovador, las vivencias y el espectáculo que éste le brindaba. A falta del trinar de las aves, la música de la Catedral, los grititos de clientes y clientas al descubrir productos nuevos o una oferta; algún llanto de niño aburrido, al que traían para que diera sus primeros pasitos de domesticación. Envases nuevos, colores nuevos, productos absoluta y realmente nuevos como jugo de naranja mezclado con coca cola, o banana licuada con jugo de ananá,  “Nar-Coc” y “Ban-Ana”, respectivamente. Nombres nuevos para creaciones nuevas que, para no perder capacidad y sentido de la comunicación y caer fuera del mundo, para no quedar marginado, sin tema renovado para hablar, había que aprender, comprar y experimentar.

Los estados de ensoñación semimísticos, si no se deben a la supuesta realidad incorporada, tienen serios problemas con la realidad: Ernesto pasó frente al altar de los huevos sin darse cuenta. Para saber dónde se encontraba, cuál era el próximo paso de su existencia,  el inminente camino de su vida, además de buscar alguna flechita que lo ubicara, “Usted está aquí”, tuvo que consultar la lista. “Ah, sí, tres docenas de extra grandes.” Y con un suspiro de alivio, como si encontrara un sentido a la vida, pegó media vuelta pensando con amor en su familia. La inquietud permanente y difusa en la que vivía se materializó en el recuerdo de las teorías colaboracionistas entre la pareja que estaban en boga en las últimas décadas. Gracias a la milagrosa virtud de las palabras de mezclar aceite con agua, se lograba esa cierta emulsión turbia, inestable, de la igualdad. Palabras como “diálogo”, “armonía”, “el reconocimiento mutuo”, “la aceptación del otro”, “el  compartir las cosas y las cositas en común”, “los derechos del uno y de la otra”, todas emulsiones de la igualdad que como el agua y el aceite tendían a su estado natural y en la práctica funcionarían así: “No se te va a caer la corona si le limpiás el culito al nene y le cambiás los pañales. Hasta puede ser que con la experiencia y la vivencia sientas alegría y descubras otra dimensión de la vida”.

En las profundidades, debajo del océano de su ser, trataba desesperadamente de convencerse de que estas emulsiones, o cualquier otra que encontrara (emulsiones no faltaban), no le importaban, eran nimiedades e insignificancias. El, a pesar de no tener ninguna canción para el tema (la que tenía en el fondo de su alma era muy antigua, alguna canción que mencionaba las estrellas que guiaban el camino del viajero sin destino o la luna que lo iluminaba) se codeaba con las preguntas fundamentales sobre el cosmos y el hombre, él incluido. Y buscaba su lugar y su destino en la infinitud del cielo B vicio que había adquirido contemplando las estrellas de la pampaB, y no los insignificantes destinos, el suyo incluido, ciegos y oscuros destinos humanos, en los laberintos de las catedrales, por más iluminados que estuvieran. Que eran, a su decir, “ciegos y oscuros por la iluminación, justamente”. En el mosaico de su vida, era lamentable, las preguntas fundamentales no encontraban respuesta y aparecían como elementos de una tortura más general, satánica e indefinida. A pesar de la cuidadosa y metódica autorepresión, en la que, como un sólo hombre de buena voluntad, según él, dulce, suave, persistente y educadamente colaboraba toda la sociedad sin que se lo pudiera agradecer, no podía convencerse (no obstante de las rotundas, claras, estadísticas) de que vivía una vida feliz y evitar que las preguntas emergieran sorpresivamente sobre la superficie de su conciencia como globos inflados debajo del mar.

El altar de los huevos era más chico pero mucho más compacto y sólido que el del papel higiénico. Allá arriba, en vez de una cruz o un gallo, había una gallinita graciosa de plástico iluminada por dentro. Ernesto la contemplaba diciéndose: “Una gallinita simpática al estilo de los dibujos del gran Walt Disney, que duerme congelado para esperar el encuentro con el futuro y el progreso que logre sacudirlo de su modorra, curarlo, para que vuelva a repetirnos que la vida es linda y alegre, que depende del dinero, perdón, del dibujo que se haga”. Y continuaba allí, perdido en sus fantasías que él llamaba razonamientos.

No por nada su mujer siempre le preguntaba cuando llegaba a casa: “¿Me podés decir dónde estuviste tanto tiempo?”. Un suspiro, y aunque otra vez entorpecía la circulación (una manera de estar presente en el mundo o, desde el punto de vista del progreso, estar de más), sin siquiera ponerse a un costado, siguió contemplando a la gallina y pensando: “Hum, una gallina, eh. Y no un gallo, eh. No creo que sea casualidad. Estoy seguro de que esa gallinita consiguió esa posición elevada después de arduas luchas feministas, verdaderas epopeyas, que destronaron al gallo machista, prepotente, con ensoñaciones de harén privado. Como el ‘Museo del hombre’ que perdió sus hue…, perdón, su nombre, en una de estas luchas, llamándose ahora ‘Museo de las civilizaciones’, nombre en el que las feministas, con buen criterio, dejaron afuera la palabra ‘culturas’. Otro suspiro. “En fin, a falta de cruz, buena es una gallina. Por lo menos es algo, y algo es mejor que nada, porque tener algo o hacer algo… basta, terminemos, o de lo contrario, la pregunta de mi mujer va a tener más sentido que nunca.”

Colaborador y no servil, sutilezas de la emulsión de la igualdad, sin saber si sus actos eran voluntarios o los de un esclavo, buscó entre la gran variedad de tamaños. Después de oír un soplo de la intimidad amorosa de su pareja, “Fijate que no estén rotos, vos comprás cualquier cosa”, fue abriendo las cajas y depositándolas sobre los otros productos en el carrito. Ya a punto de coronar la marcha de la compra -que se realizaba de acuerdo con el plan de la compra perfecta, y sin embargo, todavía lejos del orgasmo a pesar del segundo soplo amoroso, “Y no los rompas después”-, a punto de depositar la última caja, su cuerpo se estremeció por un impulso interior inesperado. Los ojos se le desviaron en direcciones opuestas, y, como si un diablillo con tridente se hubiera metido por la ventana abierta de su espíritu para soplarle algunas preguntas fatales que, pop-pop-pop, coincidiendo con los misterios más profundos de su alma, las dudas emergieron como  globos a la superficie: “¿Huevos extra grandes?, ¿cómo?, ¿por qué?, ¿en relación con o comparación con qué?, ¿quién los mide?, ¿cómo? ¿quién es el…..? Mi Dios, cuántos tamaños. Allá en Argentina sólo había… oh, no, ¿no te estarán engrupiendo?… estoy seguro… sí, ¿quién es el h de p…?”.

Quiso controlarse, autoreprimirse, pero inútil; el desastre ya se había producido. Omnibulado el consejo de su cara mitad, había dejado caer el paquete y se alejaba de la zona minada. Para colmo, olvidó cerrar la ventana y como una banda de alegres monos chillones, los diablillos con tridentes se seguían metiendo. Al borde de la frustración total, arremetió con furia con el carrito espantando a los creyentes; se  llevaba por delante a las viejitas que al lado de una mesita cariñosamente ofrecían muestras de queso o galletitas crunchi cranchi -viejitas que le recordaban a su madre, a quienes siempre les aceptaba un cubito de queso o una galletita para que se sintieran realizadas y su vida tuviera sentido ya que seguramente se habían perdido la década de la gran liberación sexual-, y  atacado por una compulsión patológica, como para compensar el desequilibrio producido o rellenar su alma por el horror al vacío, a falta de un buen vaso de vino siguió metiendo productos en el carrito.

Cuando terminó de pagar con los ojos seminublados y salió, su conciencia era un mar violento, turbulento, infinito, de preguntas no resueltas. Algunas olas que se alzaban tenían un tinte verdoso de mar tropical, color que, más que a las preguntas, tal vez se debiera a la bilis derramada.

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Una Respuesta to “Una epopeya… (novela, 2004)”

  1. Anice dice:

    Me gustaría comentarle el impacto que produjo este
    libro en mi trabajo. Me encuentro desarrollando una tesis sobre dos
    obras de José Pablo Feinamnn, una de ellas “La crítica de las armas”
    y encontré muchos paralelos entre el desasosiego del protagonista de
    Feinmann y el suyo. Realmente la obra, si me permite la expresión, es
    una puñalada con sabor a ironía; duele, asfixia y enceguece con una
    claridad temeraria.
    Atentamente
    Anice

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