Una epopeya… (novela, 2004)

Una epopeya de nuestros tiempos 

 

 

¿Se vive, pues, cuando otros viven?
Goethe

Ruido endiablado de los espíritus libres.
Nietzsche.

Y todo sigue siendo opiniones.
Tomás Bernhard

 

 

 


 

1. EN LA CATEDRAL: EL ESPÍRITU DEL TIEMPO

 

“Gracias”, dijo, después del choque en el Supermercado, Catedral de la Mercadería. Y farfulló: “Lugar en el que todos somos iguales como ante Dios y la muerte y tenemos la misma oportunidad para elegir entre grasas y proteínas”. El choque se había producido bajo la inmensa bóveda decorada con alegres globitos multicolores iluminados en las alturas. Más arriba, afuera, supuestamente, el sol. El que había dicho “Gracias” y farfullado, era Ernesto el Emigrado, creyente de una nueva religión más ritualizada que la católica: la compra. Encorvado (le hubiera gustado decir en un rapto romántico “por el peso de la vida” aunque su reumatólogo le asegurara que era por la artrosis) y mordiéndose los bigotes se preguntaba: “¿Cómo un globito puede ser alegre por más colorinches que tenga?” Con la sensación de que como los antiguos esclavos egipcios  empujaban piedras en el desierto para construir una de las Siete Maravillas, él, entre los altares de los diferentes productos, después de otro choque y otro “Gracias”, siguió empujando el carrito para construir y sostener la maravilla que era el mundo en el que vivía. El camino que recorría en Su Supermercado (“Sí, mío y de ningún otro”, se consolaba), estaba trazado por la listita preparada por su mujer. Su meta final, antes de salir corriendo de allí, por una razón táctica de la “compra perfecta”, era el altar de los huevos.

Sin que lo supiera todavía, el encuentro con ese altar sería el comienzo de una de sus experiencias más profundas e intensas en el Nuevo Mundo que, lo quisiera o no, cumpliría la sentencia de Mahoma: “Aprenderás de la cuna hasta la tumba”, y lo marcaría para el resto de vida que le quedaba.

Había emigrado de un país lejano, Argentina, gobernado por botas militares en ese momento. En el aeropuerto de Toronto, donde había aterrizado después de un vuelo suave “hacia la libertad”, sobre la gran puerta de entrada a Canadá, pudo ver un mapa y una flechita con aclaración en cinco idiomas: “Usted está aquí”. Contento por saber dónde estaba, Ernesto, pisando fuerte, atravesó el umbral y entró en lo que más adelante llamaría Utopía, una verdadera “tierra de las oportunidades” que se extendía ante él a la espera de ser conquistada como una bella mujer.  Detrás, como un micro modelo sociológico del desplazamiento en público de la familia latina, en fila india, jerárquica, iban trotando sus dos hijos pequeños; su mujer cerraba la marcha.

Ex periodista dinámico y pujante que creía en el testimonio, ahora sólo escritor domesticado, como solía decir, había tenido la intención de documentar sus primeros pasos, un poco vacilantes, los descubrimientos, las novedades, sus avatares y sus vicisitudes en el Nuevo Mundo. Sobre el curso intensivo de inglés canadiense con libros de texto de Estados Unidos, impresos en Hong Kong, que había tomado junto con emigrantes polacos, árabes, chinos, chilenos, un húngaro, checos  Btodos víctimas de dictaduras y que también habían “volado hacia la libertad”-, anotó en un papel: “Hoy, una semana después de haber empezado el curso, por fin me animé a preguntarle a la profe cómo se explicaba ese fenómeno de los libros de texto con los que nos alimentábamos porque con tantas manos y países metidos por el medio, ya no se sabe qué son exactamente, y si al final, no terminaríamos aprendiendo inglés chino. La profe, una escocesa rubia, con trenzas que le dan un aire de inocencia delicioso, quebró sus caderas (¡qué caderas!), adelantó sus pechos (¡qué pechos!), y con un español un poco molido en su boca, me explicó: ‘Usted no saber. Mano de obra ser más barata en Hong Kong, costo libros ser menor’. No sé qué gesto habré hecho, pero se vio en la obligación de calmarme asegurándome que yo estaba acunado por la metodología de enseñanza más moderna y avanzada, (probada científicamente!, enfatizó, y que una vez terminado el curso, estaría preparado para ‘funcionar’ (sic) en inglés, participar en la vida y hablar sobre ‘My Supermarket’, ‘My Bank’, ‘My Hollyday’ -temas del libro-, y lugares en los que parece bullir la vida aquí. En resumen, que no me preocupara, que mi talento y mi potencial, así como los de todos los que estaban en la clase, eran extraordinarios. La prueba  de lo que decía, señaló, era que apenas en una semana (lo que sigue lo acompañó con una especie de danza, quebrando las caderas y sacando los pechos alternadamente, como marcando el ritmo de las buenas noticias), ‘Your english is excellent!’, ‘fantastic!’, ‘terrific!’, ‘wonderful!’, palabras que todos entendimos. Pasmados, nos quedamos callados un rato, hasta helados diría, asombrados de nuestros conocimientos. Luego, durante un intervalo, mientras en un rincón rumiaba mis amarguras, se me acercó (por un segundo pensé que me pediría ayuda para mejorar su español en la intimidad), y volvió a insistir en que mi talento era único, que no sólo estaría preparado para comprar y hacer los trámites en el banco, sino para leer a Shakespeare en su lengua original, y que como escritor, de mi esfuerzo, perseverancia y actitud ganadora dependería, que llegara a escribir mejor que el dramaturgo. Creo que me hablaba de ‘creatividad’”.

“Confieso que sentí como si echaran una tonelada de piedras sobre mis espaldas y, con un raro y difuso sentimiento de culpa, tuve que darle las gracias varias veces. Era como si con mi pregunta hubiera alterado algún orden y creado alguna duda e inseguridad. Para colmo Besto ya sí debe ser mi culpa- con esas caderas, con esos pechos, con la explicación  pedagógica, no supe ni sé ahora, si me había estado hablando de economía, de sexo, del mercado, de la vida, del éxito o qué. En fin”.

Cuatro meses más tarde, anotó: “Por fin, con un ‘party’ con menú internacional: huevos negros chinos de cien años, niños envueltos polacos, postres árabes, y no sé cuántas cosas más, sin alcohol y prohibido fumar, se terminó el curso. He recibido tantas felicitaciones y tantas congratulaciones que, asombrado por mi talento y pasmado por mi propia genialidad, a pesar del papelito que me dieron y que me acredita como hablante en inglés, cuando salí a la calle me quedé mudo y no pude hablar. Eso sí, aprendí a dar las gracias Bnada es gratuitoB como un sonámbulo”. Había buscado la anotación anterior para agregarle ésta, pero no la encontró. Ahora tampoco se acordaba dónde había metido la segunda.

A veces, con la indulgencia, el cariño y la simpatía que se merece nuestra propia imbecilidad, evocaba esos tiempos de adaptación un poco confusos. Al curso de inglés, una vez recuperado el habla y controlado el idioma, funcionando a todo vapor, le siguieron otros, ordinarios y extraordinarios, generalmente breves todos pero intensivos. En un mundo ordenado, en el que todo está dado como en las estanterías de My Supermarket, el uso de las células grises se debilita, hasta se hace innecesario. Había dejado de lado algunos como ALas cuatro maneras de pasear su perro”, “La cocina moderna y la carne actual”, “La viudez o vejez alegre”. En cambio se había lanzado (con el dinamismo histérico de la época) a otros más específicos de adaptación: “Nacer de nuevo”, “La compra perfecta”, “La seguridad de sus hijos, de su casa y las cerraduras”. Casi insensiblemente, cotidianamente, estos cursos  B”conocimiento e información para funcionar, pero no sabiduría para meditar sobre el sentido de la vida”B se fueron completando con los programas de los 64 canales de televisión de su living, con las diversas lecturas de folletos, prospectos, panfletos sobre viajes, servicios, productos (sus ventajas y desventajas), recetas de hamburguesas siempre nuevas, bonos de rebaja, recibos en los que podía leer “Gracias por su compra. Vuelva de nuevo”, y que le hacían saltar lágrimas de felicitad al informarle que lo esperaban y necesitaban, que era útil a la sociedad. Y si en el recibo constaba “Hecho de papel reciclado”, no podía menos que reconocer la sensibilidad de una empresa que se preocupaba por los árboles, la tierra y la humanidad. Gracias a todo esto y a otras lecturas a las que lo empujara  su ahora ya legendaria y casi obsoleta inquietud espiritual, había conseguido una aclimatación y un ajuste decorosos;  vivía una “vida real” a pesar del trasplante violento. Nada le faltaba para ser feliz: tenía casa, coche, trabajo, una esposa moderna, activa y profesional, dos hijos magníficos, escribía todos los días y como un caballero inglés (“claro síntoma de mi metamorfosis. Kafka es un poroto”), sólo se emborrachaba en su casa.

No es de extrañar, entonces, que llevara una listita en la mano (“a falta de afecto, además de los perros y gatos, todo se afectiviza, hasta las listas”, gruñó alguna vez), una especie de retoño de una lista perpetua y general que latía como el corazón de una amada o palpitaba como una bomba de tiempo sobre la mesa de la cocina con las tareas por realizar. A la lista perpetua la llamaba Acapítulo de los Textos Sagrados de este mundo (Dios mismo )no creó el universo con una lista? el primer día, el segundo día… ), que si bien una vez cumplido, no nos da un lugar en el cielo, con seguridad nos da un terrenito en el cementerio, último ítem de la lista”. Así podía asistir  Bsin perderse y sufrir perturbaciones psíquicas, “contento de que me señalen lo que debo hacer y descansar en paz como el resto de la humanidad”B, al ritual de las compras semanales, una misa de pequeñas comuniones, sin carne ni sangre de Cristo. Sangre y carne reemplazados perfectamente con ofertas de las que colgaban los 99: “(terribles!”, “(fantásticas!”, “(increíbles!”, “(mágicas!”, redentoras.

A veces de puro distraído, o para provocar pequeños choques, sorpresas, escenas tan necesarias para sentirse vivo (“ya que no puedo amasijar o violar a alguien, cada día, en el fondo de un callejón para darme cuenta de que existo”), y que como descargas eléctricas, antes llamadas emociones, alimentarían su escritura, circulaba en sentido contrario al de las procesiones de los corderos del Señor  señalizadas con flechas en los laberintos profusamente iluminados de la Catedral. “A falta de Madonna, llevamos el carrito” suspiraba, tal vez un poco cansado.

El choque se producía.  Los ojos catatónicos del creyente, cortado el éxtasis de la compra que algunos llamaban orgasmo, se inmovilizaban aterrados sobre Ernesto que exhibía una sonrisa medio idiota para circular libremente y no despertar sospechas. Como si exclamara (Oh, qué cosas que pueden pasar, el mundo está llenos de emociones e imprevistos, de pequeñas cositas que alegran la vida! Como muestra de domesticación largaba un “Perdón”, “Disculpe”, “Lo siento mucho”, frases que él consideraba las armas del mutuo terror cotidiano. Dejaba paralizado al otro, espantado por temor a la materialización de un peligro difuso, encarnado en un ser asocial que amenazaba de manera más difusa aún. Con una sonrisita debajo de sus bigotes continuaba su camino buscando otro cliente con el rabillo del ojo. Cada vez con más frecuencia, emitía “Gracias” que, si bien había sonado falso en un tiempo, había logrado perfeccionar hasta que sonara verdadero. Para revitalizar al término del desgaste (todo dependía de la creatividad y de la imaginación), agregaba “por su colaboración@, Apor el nuevo punto de vista@, Apor su tolerancia”.

Estos encontronazos lo alegraban. Desgraciadamente no por mucho tiempo; su alegría se iba apagando lentamente al ver que nunca nadie se echaba a llorar por el choque. Si alguien lloraba en el Supermercado, no sería ni por la muerte de un ser querido. Seguramente era una oferta que se había acabado.

“Dijera lo que se dijese -había escrito un día, ya no se acordaba si como cronista o escritor- esta actitud extremadamente educada, sumada a otras como respetar las luces rojas y las señales de stop hasta en el desierto; con un elegante ademán dar paso a otro cuando el derecho lo tiene aquél, recibir en pago una sonrisa y un saludo con la mano, ademanes que confirman que por educados, vivimos en el mejor de los mundos posibles; seguir las flechas y más aún, seguirlas aunque no existan porque se nos han metido adentro perforando nuestra mente y alma, perforaciones por donde se nos escapó la vida interior a pesar de continuar llamándolo así.  Llegar a horario; no fumar donde no se debe;  sostener la puerta a una anciana, a un rengo o alguien cargado con paquetes llenos de mercadería y que lleva con la alegría de quién abraza el corazón palpitante de su amada; ahogar la violenta tentación de soltar la puerta para que los paquetes se le incrusten en el estómago o en la jeta y se le borre la sonrisa de retardado; estas actitudes amables, así como sonreír a un perro igual que a un niño, o más a los perros, nos hacen sentir infinitamente buenos, humanos. Hasta nos ayudan a olvidar a los hambrientos del mundo, la ruina y la muerte de la tierra, así como también algunos problemas tan abstractos y utópicos como un mundo mejor y más humano, una vida plena, una alegría auténtica, de los que tanto se habla en el mundo en el que vivo. Insisto: esta actitud, este estilo sin estilo, es mucho más civilizado que saltar sobre la garganta del vecino, morderle la yugular, mirar con placer cómo se desangra y, como ‘time is money’,  no perder el tiempo esperando el último estertor. Dar las gracias a troche y moche nos evita sentir un doloroso agradecimiento. A cambio, obtenemos mayor independencia y libertad, para, al decir de los liberados, salir cuando quiero, entrar cuando quiero, comprar, beber lo que quiero, a la hora que quiero, aunque nunca se sepa para qué tanto ajetreo o no se confiese que es un forma sutil de esclavitud de la libertad para escapar de los demonios, las brujas, la soledad, la total inutilidad de la existencia. En fin, no olvidemos de pagar la cuotita del terrenito en el cementerio. Y, sin decir jamás que uno está encorvado por el peso de la vida o la depresión  -eso sería espantar a la gente o infectar el medio ambiente-, sigamos viviendo con la mayoría, consolándonos con la soledad de los otros que están más solos que uno, marchando por nuestro camino rabioso al infarto”.

Tal vez por accidente, sin darse cuenta, o buscando la repetición de satisfacerse, como los perros de Pavlov o las ratitas de los conductistas que aprendieron a bajar la palanquita que les da la morfina, se detuvo frente al altar del papel higiénico. Mientras entorpecía la circulación, puso el pie sobre la plataforma debajo del carrito, y, enderezando su espalda, se irguió como un triunfador. Sonrió con suficiencia y orgullo  -“de algo tengo que estar orgulloso, por ejemplo, de saber comprar, aunque no haga falta, como un psicótico compulsivo dado de alta, acto y talento que son el síntoma de su cura y rehabilitación”-  al recordar los problemas que le habían causado a su llegada las diferentes marcas, calidades y colores que se alzaban al cielo como tubos de órgano emitiendo silenciosos hosannas. Carcomido por las dudas, había pasado horas frente a esa gran selección. Dudas que habían invadido su propio ser y, peor aún, le habían hecho temer que se esfumara el resto de autoestima que le habían dejado la inflación, los militares y la policía argentinos. Ni siquiera el Sacerdote Mayor Bperdón, el manager del SupermercadoB que estaba allí para solucionar TODOS los problemas, había podido ayudarlo. Ernesto se le había acercado y en su pésimo inglés de la secundaria: metiéndole el rollo debajo de la nariz, le había planteado su problema: “¿Tu bi o no tu bi?”. Todos los problemas de venta, no los humanos. Casi está de más decir que no entendió muy claramente la larga y amable explicación que le dio el manager a ese ser de otro mundo. Pero estaba seguro  -y ésta seguía siendo una de sus angustias de hoy- de que había sido exactamente la misma que le daría un manager ahora: sobre las calidades, colores, ventajas y desventajas, los pro y los contra, los que estaban de oferta. Y un cantito final sobre sus gustos, sobre sus derechos, sus oportunidades, su imaginación y Your choice. En resumen, sobre la libertad. Ernesto, aplastado, con otra tonelada de piedras encima, “gracias” por medio, un poco mareado, había comprado a ojo de buen cubero.

Relacionados

Una Respuesta to “Una epopeya… (novela, 2004)”

  1. Anice dice:

    Me gustaría comentarle el impacto que produjo este
    libro en mi trabajo. Me encuentro desarrollando una tesis sobre dos
    obras de José Pablo Feinamnn, una de ellas “La crítica de las armas”
    y encontré muchos paralelos entre el desasosiego del protagonista de
    Feinmann y el suyo. Realmente la obra, si me permite la expresión, es
    una puñalada con sabor a ironía; duele, asfixia y enceguece con una
    claridad temeraria.
    Atentamente
    Anice

Deja Un Comentario

(necesario)

(necesario)

© 2011 Pablo Urbanyi Sitio Oficial Suffusion WordPress theme by Sayontan Sinha