2058, en la Corte de Eutopía (1999)

Cuando oigo la palabra cultura, saco el revólver”.

J.P. Goebbels

Hay quien cuando oye la palabra revólver, saca la cultura”.

Fernando de Retamar

La Invitación

Toc, toc, toc. Suaves golpes sobre la puerta, pero fueron suficientes para que los escuchara y abriera los ojos. Después de un día de trabajo infernalmente agotador en su gabinete de trabajo, su torre de marfil, aislado del mundanal ruido,se había tirado en el sofá para relajarse.

–Ya va, ya va. Ya estaba por bajar –respondió.

Danilo, el escritor, se puso de pie, se ajustó el cinturón del robe de chambre, su uniforme de fajina, dio unos pasos hacia el escritorio para recoger la pava y el mate con la yerba lavada al lado de la máquina de escribir, yerba  de donde sacaba sus fuerzas y energías, el jugo de la vida para describirla con la letra muerta. Ups, casi se olvidó de la petaca de ginebra vacía que se metió en el bolsillo.

Los golpes se repitieron. Y él repitió la frase.

Algo no andaba, su cara mitad nunca reiteraba el llamado. Antes de dirigirse a la puerta, se inclinó y echó una ojeada por la ventana. Estaba nublado, casi oscuro por las nubes negras que, pesadas, se deslizaban por los tejados y amenazaban con hundir las casas, el barrio y la tierra. ¿Qué hora sería? El hambre, su reloj interior, tanto podía indicar el mediodía en el que almorzaba solo, o el anochecer, hora en que lo llamaban para cenar en familia.

Orgulloso de su preocupación por el destino de la humanidad, también lo estaba por esa desubicación en el tiempo, el mejor lugar para preocuparse por ese destino. En sus raptos místicos, que no eran pocos, consideraba que vivir para comer era una preocupación banal, digna de las almas vulgares. Este rapto le duraba hasta que abría la heladera abarrotada de comida. O se le terminaba antes con un buen trago de ginebra como aperitivo.

Salvo los golpes, que ahora ya no estaba seguro de haber escuchado, desde abajo, trepando por las paredes, le llegaba el silencio de la casa como un vapor o una emanación amenazante. Si por unos segundos tuvo la sensación de flotar fuera del tiempo, los golpes, por tercera vez, irritándolo, lo ubicaron en la realidad.

Y con decisión, con energía, que desmentían un poco sus pasos vacilantes (pura energía y decisión interiores), se encaminó hacia la puerta y la abrió.

Oh, sorpresa: en vez de la cara de reproche de su mujer ya harta de recordarle que además de la letra muerta, allá afuera había algo que se podría llamar vida, se encontró con un lacayo con librea, peluca y empolvado de pies a cabeza. Este se inclinó levemente y con acento gallego preguntó: “¿Tengo el gran honor de estar frente al Gran Escritor Danilo?”

Danilo sonrió. Las palabras “Gran Escritor”  no dejaban de encajar con precisión entre otras tantas de sus ensoñaciones. Sin embargo, como la humildad y la modestia formaban parte de sus raptos místicos, respondió: “Con los tiempos que corren, no hay más que Grandes Escritores. Pero como en mi caso, humildemente, puede ser verdad, ¿qué desea?”. Otra inclinación: “Sir, tengo el gran honor de invitarlo a participar del Gran Festival del Centenario de la Gran Comunidad que culminará con el Gran Banquete. Será una experiencia inolvidable”. “Ah, Comunidad, hermosa palabra. Me recuerda a Libertad, Igualdad, Fraternidad, los inventos más grandes después del fuego y la rueda”. Como ante el verbo de un gran hombre que sólo emite frases famosas, el lacayo se inclinó profundamente. “Hombre, no se incline tanto que se va a quebrar. Pero, dígame, para tener las cosas claras, ¿quiénes van a asistir? Un Gran Escritor, por humilde que sea, no puede codearse con cualquiera”. “Oh, no se preocupe, el roce que le dicen, está garantizado, Grandes Personalidades, Grandes Figuras Representativas y Destacadas de las Artes y Letras, Grandes Eminencias. Y si me permite, además de las tres palabras que nombró, le aconsejo que no se  olvide de la palabra Democracia”. “Gracias por recordármela. Está más de moda que los aritos en las orejas y narices”.

Sin duda, era una invitación mucho más importante que la de cualquier embajada donde, con suerte, uno puede destacarse como bufón intelectual. Es más, podría ser la definitiva, la que de una vez por todas lo pondría en el tinglado internacional donde debería figurar desde hacía mucho tiempo. Pero por más humilde que sea uno, para hacerse valer, debe hacerse rogar. Siguiendo el modelo de un Gran Escritor Argentino, Danilo, después de un profundo suspiro, dijo:

“Hum, no sé. Es que pasan cosas terribles, ¡terribles!, todos esos Niños Pobres del Mundo, sin vacunas y sin leche, las Madres de la Plaza de Mayo, girando girando sin esperanzas. No sé. ¿Sabes cuántas invitaciones recibo por día? ¿Cuántos pedidos de entrevista? Además, no preparé mi discurso, algo vano pero necesario. No sé. El dolor y las dudas existenciales me carcomen. Desde que el materialismo del Siglo XIX… ¿o era el humanismo…?” El lacayo carraspeó. “Comprendo Sir, una persona tan importante. Siento haberlo molestado. Otra vez será”, y giró dándole la espalda. A Danilo casi se le caen la pava y el mate. “Eh, eh. ¿Qué te pasa gallego? ¿Te agarró la histeria de la época? Dame tiempo para pensarlo”. El lacayo volvió su cabeza empelucada: “Sir, no hay tiempo, la nave está por partir. Discursos no hacen falta, que de esos habrá de sobra. ¿Viene o no viene? Es así de simple”. “Voy, voy, pero decime algo más del Gran Festival. Necesito saber y preparame con dignidad.” A la cabeza del lacayo le siguió el cuerpo. “Sir, lamentablemente no conozco el programa completo, pero le puedo asegurar que va ser muy variopinto, interesante y entretenido. El Gran Coro, algo del Abrazo de…  y muchísimas Buenas Noticias.”  “Interesante, muy interesante, interesantísimo. Todos son temas que atañen a mi inquietud intelectual como escritor. Creo que voy a ir.”  El lacayo se inclinó: “Sir, es mi deber aclararle que, a pesar de su gran calibre como creador,  se lo invita en calidad de perfecto, Alegre y Feliz Consumidor, no sé si…”  Danilo lo cortó: “Escuchame gallego; me paso la vida consumiendo cultura para reciclarla. ¿No te parece suficiente?”. “No soy quién para juzgar, pero le aconsejo que lleve algún producto de consumo de marca internacional y popular para participar con dignidad, algún símbolo de felicidad.” “Te comprendo, algo que me dé identidad en este mundo de seres anónimos y amorfos.” El lacayo agregó: “O por lo menos algún elemento cultural típico pero universal, que lo destaque”. Danilo pensó una fracción de segundo: “Ya está, la pava y el mate. Vamos, pero antes pasemos por la cocina”.

Seguido por el lacayo, bajó a la cocina donde cambió la yerba y mientras esperaba que se calentara el agua sobre la hornalla, se le ocurrió que tal vez tendría que sacarse el uniforme de fajina y ponerse algo digno. Se lo preguntó al lacayo.  “Sir, no me han dicho nada sobre eso, pero supongo que usted, como un Gran Escritor,  es un hombre muy inteligente y debe saberlo mejor que este humilde servidor.”

A pesar de la respuesta altamente satisfactoria para el espíritu de Danilo que se expandió gracias al incienso recibido, no dejó de cosquillearle un prurito sutil y delicado de ese mismo espíritu. Miró de pies a cabeza al lacayo: con tantos colores, su librea parecía un rompecabezas o un disfraz de Arlequín. Su lengua se trasformó en bífida y serpentinamente le preguntó: “¿Y esa librea tan bonita?”. “Es de la Comunidad, de la línea selecta de Pierre Garden.” “Ajá,  ¿y por qué tantos colores?.” “Justamente, son las banderas de los miembros de la Comunidad es un… una…a ver, ¿cómo me lo dijeron? Ah sí, sí… una librea simbólica.” “¿Simbólica? Sin embargo la tenés puesta, y hasta me da la sensación de que flotás adentro como si te quedara un poco grande.” “Sir, es Made in Taiwan, el medium size me quedaba chico y como ve, el large size me queda un poco grande. Pero todo tiene sus ventajas; usted debe saber que, a mano de obra más barata, producto más barato.” Danilo lanzó un silbido: “Cuernos, no sólo hablás inglés, sino que sos un economista consumado.” Por primera vez, el lacayo sonrió: “Así me lo aseguran todas las voces que los poetas llaman La Voces del Espíritu del Tiempo: un Consumidor Modelo, Talentoso y Astuto. Y así lo prueban las medallas que me dieron.  Sir, no se ofenda, no es nada personal, pero, por ejemplo, le hago notar que no tiene cocina a microondas”.

Danilo se limitó a rechinar los dientes. Su mujer se lo señalaba todos lo días hablandole de las ventajas que tiene y asegurando que TODAS sus amigas la tenían. A falta de smoking o frac, decidió que se quedaría en robe de chambre, un uniforme de combate, cómodo para las maniobras más difíciles y retorcidas. Oyó la voz del lacayo: “Sir, apurémonos antes de que se termine todo y se esfume”.

“Ya va, ya va. Preparar el mate es un arte antiguo y tradicional. Tomarlo en círculo es como fumar la pipa de los indios siux: crea amistad, fraternidad y hermandad. Creo que es un elemento ideal para la reunión. Para participar y ganarse la simpatía de los presentes, es casi tan bueno como repartir caramelos en un jardín de infantes.”

A falta de termómetro, sin tener en cuenta los descubrimientos de la higiene y del inmortal Pasteur, metió el dedo en el agua y, quemándose un poco,  la encontró a la temperatura ideal. La sacó del fuego, dudó entre recargar la petaca con ginebra o llevarse la botella. “Gallego, ¿es muy largo el camino?” “Sir, todo es relativo.” Danilo lo miró preguntándose si era el gallego el que hablaba o la educación por su boca. Optó por la botella. Extrañando el corcho clásico, le desenroscó la tapa de metal, puso un chorrito en el mate, cebó, succionó, lo encontró bueno, y, como si fuera a atravesar un desierto helado, se mandó en el buche una buena dosis de cuarenta grados sobre cero. Prendió un cigarrillo, guardó el paquete y el encendedor en el bolsillo, y anunció, “Estoy listo”.

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