Cuentos desagradables

Cuentos desagradables; Universidad de Ottawa, 28 de noviembre, 2013

Después de El zoológico de Dios, Zoológico de Dios II,  El Número 125 y La palabra, P. Urbanyi vuelve al relato corto y nos brinda estos Cuentos desagradables (Catálogos, Buenos Aires, 2013,136 pp.). Son doce cuentos: cinco habían sido publicados en Nacer de nuevo, colección del año 1992 publicada por Girol Books de Ottawa. Los siete restantes son inéditos.  Este volumen viene con aureola. En una entrevista, Urbanyi dijo que uno de sus cuentos, ahora incluido en el volumen, había sido prohibido en los cursos de traducción de la  Universidad de Ottawa: un par de estudiantes se habían quejado porque el relato era disgusting.  Quien haya leído algunos clásicos podría encontrar disgusting  ciertos poemas  de Quevedo, pasajes de Cervantes, Rabelais, Bataille, Joyce, Miller, Bukovski…  y tantos otros. Sin embargo esos lectores serán incapaces de protestar por otras cosas menos terribles. Alejar lo desagradable; la aberración no anda lejos 

El título del libro de Urbanyi es una declaración de francos y reiterativos principios (de ahí la inclusión  de relatos ya conocidos), pero ese título nos pone fuera de la espera habitual de un placer que nos aguarda, de una distracción; al contrario, nos meterá en el medio de lo que esquivamos a diario.  Al mismo tiempo constituye una advertencia a un lector que tal vez sea remilgado ante lo que leerá y funciona como un clarinazo para dejar el libro o atemperarse a él por la curiosidad que pueda suscitar el título.  Como dice U. Eco, un título puede ser una pista de lectura, mostrar una intenté, o perdernos. La dedicatoria  dice: “A mis nietos Noa y Lía, de quienes espero que tengan un humor poderoso como para poder superar todo, lo “políticamente correcto” y salvarse de la “cultura idiota”,  que son los que leerán sin prejuicios, sentimientos hechos o al uso ni anteojeras espirituales y que debiera ayudar a posibles y remilgosos lectores  a ponerse en situación de lectura y no a simplemente distraerse, abominar o basurear los relatos sino más bien a reírse de las fantasías sociales evocadas pero también, a tomárselas muy en serio.

En este volumen, seis cuentos traen epígrafe. En mi opinión, esos relatos constituyen visiones, anticipaciones, imaginaciones, exageraciones o exacerbaciones de instancias bien reales, posibles o esperables del presente o un futuro no tan lejano con lo que pierden sus rasgos humorísticos, de juego,  paródicos o puramente irónicos y son más bien imágenes de lo posible que es lo que es la literatura en tanto medio para conocer o, mejor, reconocer y recrear imaginativamente la realidad.

El denominador común de los relatos es el despiadado intento de mostrarnos las miserables mitologías  que quieren servir de parapetos cuando no, de máscaras a la sociedad en la que vivimos y, creemos,  compartimos sentimentalismos, miserias, limitaciones, impotencias, injusticias, proyectos y hasta  polución.  Debemos volver a algunas de las agudas páginas de R. Barthes que en sus Mythologies,  ha señalado claramente esas transposiciones lingüísticas que engendran actitudes y valores para una sociedad que, a través de la publicidad de tantos textos imágenes e historias, tapa lo que debemos ver claramente: el robo o manipulación del lenguaje para seducir o recomponer instancias sociales dominadoras, la universalidad sentimental, para elaborar críticas desmayadas que el discurso oficial absorbe y reutiliza, y la banalizar opiniones no correctas entre tantas otras y  que terminan por conformar el mundo como una familia, con ovejas negras, pero en la cual todo marcha muy bien. Sin guantes, los narradores de este volumen de Urbanyi nos refieren hechos banales pero que constituyen elementos de nuestro cotidiano, de muchas actitudes adoptadas por compulsiones sociales (ahí están las famosas “redes” que no me dejarán exagerar), seudo religiosas o de humanismos de a montón en relación a minusválidos o los que sufren porque no se respetan sus derechos y que son despojados conciezuda y legalmente sin piedad; o los que asumen optimismos a toda prueba, para a su vez, no desalentar  o echarle a perder el día en tecnicolor a otros: what a beautiful world, en el cual la voz de orden es be happy . Cuando un inesperado episodio triste surge, aflora la contrapartida: exhibición de sensiblerías y moralinas ingenuas y repugnantes. No hay que desentonar en el mejor de los mundos en el que debe reinar el gozo, la alegría y el aliento mutuo, felices y satisfechos hasta del viento, a pesar de lo problemática y cara que está la vida, como decía César Bruto citado por Cortázar.  Por otro lado, esas actitudes deben estar orientadas a respetar a todos, no se hiera a nadie, no se lastime la sensibilidad pero tampoco que nadie nos venga a decir que estamos equivocados y que somos nulos como se dice con tan poca gracia. Todo eso me sugieren los textos. De alguna manera no hemos asimilado lo que Camus nos dijo en El extranjero y autolimitamos nuestra libertad aceptando imposiciones de fuera. En el fondo, esa búsqueda de la aprobación o, como dice Taylor que “…nuestra identidad exige el reconocimiento de los otros”. De anécdota a anécdota, esa aprobación resulta oprimente y en derivas no menos penosas, inadvertidas, a veces, pero sentidas y actuantes.

Los textos parten de simples observaciones sesgadas en una narración despojada de los lugares comunes que avalan actitudes que son sólo gestos para la galería y que, como dice un personaje: todos piensan pero no lo dicen, en rico lugar común, censurado al que se atreve a expresarlo.

La burla de cierto tipo de ocupaciones y de socialización, lleva a aprendizajes bien reales que desembocan en adaptaciones a la crueldad de la vida, explosiones por causa de erosión de lo habitual.

Aunque recientemente algunos hechos provocan todo tipo de viles opiniones expresadas con pasión en pro de los valores de la sagrada civilización occidental, la fundamental hipocresía oculta la exacerbación que se esconde tras simples rictus televisivos que alternativamente sonambulizan o enardecen. A Urbanyi le debemos estas inmisericordes y claras ironías salutíferas y, esperamos regeneradoras de esas tan racionales costumbres de convivencia.

Por eso,  los relatos refieren críticamente opiniones sobre los derechos humanos, el cumplimiento de las leyes, el optimismo como deber ciudadano casi, las modas televisivas que nos inundan con ansiedades y nos aplacan con una multitud de cocineros, chefs y maestros de cocina para sustituir el riquísimo cabagge y los pesadísimos pasteles que se manducan en tanto second cup y starbruck sin mencionar las mortíferas hamburguesas de Mcdonald´s, y otros burgers, que en Urbanyi  culminará en una receta interplanetaria.

Los narradores de cada relato se han percatado de los innobles manejos que se disfrazan de buenos hábitos, empaquetados en la horrible expresión: sentido común; solidaridad, con olvido total de la justicia y verdadero sentido humano. Los personajes de  los cuentos de Urbanyi no cuestionan los orígenes de las situaciones de las personas ni cómo remediarlas de una vez por todas. El que actúa lo hace desde un presente y un punto de vista diferente al del narrador que nos descubre lo desagradable de esos exhibicionismos temporales de humanidad, porque son una mirada que se integra en ese mundo aparentemente satisfactorio. Todos hacen su buena acción cotidiana y…a otra cosa.

Por estas páginas campean ciudadanos comunes y silvestres, pero también aquellos que se manifiestan a veces escandalosamente; los minusválidos; los consumidores y hasta alguna poeta o poetisa extraviada en rimbombantes versos y en su vanidad; los programas de televisión; aquellos que no resisten ser corregidos; los que se equivocan de cultura; los super optimistas; los que comprarán la felicidad más acá de la vida y más allá de la muerte, en fin, un desfile casi como en Los Sueños de Quevedo que, en estos cuentos, son pesadillas bien reales.

La realidad es un nivel que creemos conocer y en el que vivimos; los relatos evocan una hiperrrealidad, en el sentido de Eco y esas mitologías aludidas por Barthes. La primera, puede ser terrible. La segunda es un artilugio, una falsificación consentida y aceptada, o, a lo más, una versión soft, cuando se trata de exhibir el buen corazón que podemos tener pero  que no funciona con lo que sí debe acelerar nuestra responsabilidad. Indignarnos por un hecho tal vez triste o banal que le ocurre a la persona definida con el horrible término de minusváido,  pero no explotar con los hechos reales que se dan todos los días sin pausa. Privilegiar sentimentalmente lo que en realidad es epidérmico en relación a lo que sí podríamos alertar a los demás: las miserias e injusticias ; exhibir una bondad condicionada por la mirada de los otros. Por eso, a veces, seremos despreciables, porque aceptamos  esos lenguajes y actitudes que quieren domesticar nuestro pensamiento y conducta.  El narrador de ese cuento censurado, excluido, (El cumplimiento de las leyes) refiere un problema bien real y el episodio, aunque relacionado con él, no será nunca suyo, por eso, el despliegue de los demás le parece pura actuación. Eso es lo que no vieron esos estudiantes que llevaron su queja por los derechos en una tergiversación de los llamados valores que muchas veces no son sino discriminaciones bien vestidas, como toda explicación, lo es de un error, es la apariencia que cuenta. No hicieron el viaje de ida y vuelta que implica una lectura atenta.

Creo que vivimos exigiendo todo y al mismo tiempo desencantados. Por otro lado, Urbanyi, como otros, nos recuerda que no podemos esperar todo de la tecnología que varía de año en año y que en lo que se refiere a últimas modas telefónicas, ipods y otros juguetes, no es menos desconsoladora a pesar de los adelantos en medicina peor en la cual a veces los pacientes se pierden como personas. Los puntos de anclaje, los referentes, como dicen ahora, son instituidos por el poder, por la economía por la publicidad pero no nacen en nuestras verdaderas necesidades de personas. Muchos son audaces y tienen el coraje de decirlo, de exponer sus vidas por eso aunque ya no se piense en grandes ideas o conglomerados. Por otra parte podemos ver cómo esos egoísmos y miedos terminan expresándose en un renacimiento planetario de manifestaciones fóbicas cada vez inquietantes y en los nazismos de todas raleas que reaparecen en todas partes, de oeste a este.

A propósito de La palabra mencioné la responsabilidad del escritor y del lector. Creo que repetir esto no estará nunca de más: no leemos impunemente, para eso están los best sellers de todos los niveles.  Alguien habló de la civilización de entretenimiento; otros la han llamado del vacío. No hay casualidades y si tantos quieren escribir es porque sienten la necesidad. Lo malo es cuando esa necesidad no concuerda con  algo diferente, en otro plano a lo de los best sellers; el tiempo, que todo lo alisa decidirá.

También la actitud ante la muerte y lo que ella conlleva alcanzará un punto alto en los relatos  a partir del epígrafe de Márai, escritor extraordinario que se suicidó para no entrar en el contubernio facilón y altamente comercial de lo funerario. Recordé una novela de la que se hizo una película hace años Nuestros seres queridos: muertos hermoseados y exhibidos en atmósferas que hagan olvidar…la muerte, en un esquive -que es enfrentamiento en la cultura hispanoamericana- va a encontrar también un gran desarrollo global desde las pretendidas Ars Moriendi hasta el pensamiento que el tránsito pueda ser suave y plácido.

Y nos hallamos ante la realidad, despojada de ideas religiosas y políticas pero que hacen trabajar la economía,  que tratan de insuflar desde siempre, una aceptación de los males de esta vida por la gloria de una posible otra o de una proyección histórica de un sacrificio bien real y duro. Los paraísos no existen, estamos condenados al Reino de este mundo.

Urbanyi mina, socava, tritura, desintegra, vuela lo que está  disolviendo nuestra humanidad: es un abogado, esperemos, no de causas perdidas, sino de lo que otros cómo él han intentado -y siguen haciéndolo- en otros dominios pero sin que los poderes políticos…ya que nada esperamos de las transnacionales que sólo quieren nuestra felicidad y…nuestro poco dinero, instrumentos, dedo y mano de esos largos brazos, que hacen gárgaras con tanto principio desvirtuado y bastardeado, no hacen más que aumentar sus dividendos y , así va el mundo.  Tal vez creamos no tener esos intereses ni esas responsabilidades pero sí somos parte del mundo y, tal vez, no seamos tan diferentes a tanto adormecido que circula por ahí como dice Urbanyi, considerándose un ser normal, útil, realista, cumplidor de leyes y obligaciones, sí así va la vida, esta vida. Y tantos que se sienten Luis XIV porque, como él, piensan: “Después de mí, el diluvio”.

Si nos reconocemos o no en esos seres  que han copiado tan poco a la realidad, sólo lo podemos decir nosotros, lectores. El escritor, como decía alguien, no tiene culpas, funciona como un espejo a veces, aunque las más de las veces nos parezcan esperpentos sus reflejos. Tal vez sea la concavidad o la convexidad del espejo, como lo era para Valle-Inclán o, en este caso, de ese ojo. Pero, en estos casos tal vez la deformidad es del objeto, sin necesidad de espejo deformante. Pero debiéramos reconocernos en esos irónicos narradores que cumplen la esencial función de cuestionar, no sólo para distender, sino porque están inmersos en esa realidad que siente insuficiente, más aún, una estafa porque lo indecente, lo doradamente vil,  quiere hacernos aceptar una realidad que puede y debe ser censurada para mejorarla. Narrador y lector pueden participar de ese aliento y proyectarse, aunque no más sea imaginativamente pero, ya sabemos: de la contemplación nace la acción contra esos puntos oscuros y acres de nuestras vidas.

Si muchos escritores practican el nihilismo real o aparente, y los obvios servilismos, muchos también estarán de acuerdo con las palabras de R. Musil: “…es la estructura del mundo y no la de su naturaleza  personal, que asigna su tarea al escritor y según la cual tiene una misión”. Lo que no significa realismos de ninguna clase ni sometimientos sino más bien “si el escritor se debe conformar con ser un hijo de su época o un engendrador de futuro”.

En este caso, entiendo la última frase como ese desmenuzamiento de los valores al uso que el escritor cuestiona, debe cuestionar, para verificarlos o para que sobre las  ruinas de tanta mitología aberrante se elaboren otros más verdaderos.

Los textos no son sólo lectura distractiva sino un choque con aquello que tenemos dentro, adquirido. Por eso, estos cuentos los que podemos pensar como posibles ocurrencias puntuales en nuestras propias vidas. La trivialidad de hechos, personas y gestos es lo que hace de estos relatos un muestrario de nuestro vivir entre brumas; no pretenden agradarnos, sino que: “El texto debiera ser esa persona desenvuelta que muestra su trasero al padre político”. Combatiendo las mistificaciones de los valores busquemos un orden más allá de una estructura de slogans, lugares comunes, frases hechas, ideologías y lo que se estima correcto. Si no asumimos con humor poderoso, ni estamos dispuestos a superar lo políticamente correcto, no nos salvaremos de la cultura idiota;  tal vez, habremos leído condicionados por nuestras ideologías, creencias y normas que los relatos cuestionan hasta la médula.

Fernando Veas Mercado

 Enero 23 de 2014

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