Puesta de sol (novela, 2009)

Una vez más a:

Catalina, mi esposa;

Y a Pablo y a Mafalda, mis hijos.

 

– Quisiera saber, señores -dijo el Hada volviéndose hacia los tres médicos reunidos junto a la cama de Pinocho- si este desgraciado muñeco está vivo o muerto.

Al oír esta pregunta se adelantó primero el cuervo y le tomó el pulso; después le tocó la nariz y el dedo meñique del pie izquierdo, y cuando lo hubo examinado bien, pronunció solemnemente estas palabras:

– Yo opino que el muñeco está completamente muerto; si por fortuna no estuviera muerto, entonces sería señal indudable de que está vivo.

– ¿Estáis seguro de lo que decís?-  preguntó el Hada.

– Segurísimo.

– Siento mucho no ser de la misma opinión de mi ilustre amigo y colega el cuervo  -dijo a su vez el mochuelo,-  yo opino que el muñeco está vivo y bien vivo; pero si por desgracia no lo estuviera, entonces sería señal indudable de que está muerto.

– ¿Estáis seguro de lo que decís?

– Segurísimo.

– ¿Y usted qué dice? – preguntó el Hada al grillo parlante.

– Yo creo que el médico prudente, si no sabe qué decir, lo mejor que puede hacer es permanecer callado.

 

De Pinocho de C. Collodi.

 

Estimado Doctor Brahe:

Si no fuera por la fecha de nacimiento asentada en nuestra libreta de matrimonio, no podría saber cuántos años pasaron desde que le prometí el informe que le mando. En aquel tiempo ( quizá lo recuerde entre tantos pacientes que tenía), el milagro de la cura, la vida, o la semivida, o la muerte, de nuestro hijo internado en el Hospital Argerich parecía estar en sus manos. En un momento de necesidad, probablemente por estar más atento o por justificarme ante lo que temía apareciera como un crimen (y quizás lo haya sido), mientras esperábamos que se decidiera su destino, le ofrecí poner por escrito mis sentimientos, pensamientos, deseos, odios y miedos, los míos y los de mi mujer,  sobre aquel a quien, cariñosamente, o tal vez cruelmente,  bautizamos Meninjito. Usted me dijo que, para aliviar mi alma, la idea era excelente, y que sería un testimonio muy original y útil para la ciencia.

Lo escribí prácticamente todo, creo, en una serie de fichas numeradas.

Me pregunté muchas veces y me pregunto ahora, ¿por qué no las pasé en limpio antes y no se las mandé o, tal como estaban, no se las entregué allá? De las explicaciones que se me ocurren, tal vez ninguna sea válida. El despecho: por sus ambigüedades, las dudas y temores que nos creaba, juzgamos severamente su conducta. Yo más que mi mujer. Es posible que me haya equivocado.

Luego, por algo tan tonto y banal como el paso del tiempo y la vida que continuó; trabajo, revoluciones tan argentinas, los otros hijos, el lento y penoso olvido. La necesidad imperiosa y la esperanza del olvido total, que, espoleado por la esperanza del olvido mismo, nunca llegaría. No quería recordar dónde había puesto el fichero;  pero, por arte de magia, volvía a aparecer reclamando exorcismos. Y por último, si mis recuerdos no me engañan, por aquel entonces usted ya no era joven; como neurólogo y psiquiatra conocedor de las almas, la bondad y sabiduría que aparente o verdaderamente emanaban  de sus palabras sólo se logra con la edad. Con el paso de los años, la pregunta que nos hacíamos podría tener cada día más sentido, “Brahe, ¿no se habrá muerto ya?”

No, usted no ha muerto. Larga vida para el Doctor Brahe. El fichero, que me acompañó miles de kilómetros, como una pequeña urna, está a mi lado, a la izquierda de mi escritorio, y espera que lo abra para cumplir mi promesa. Apoyada contra él, una revista argentina, abierta en la página en la que aparece su foto. El título del artículo: “A LA CIENCIA ARGENTINA, SALUD”. Motivo del artículo, el galardón internacional que recibió por el descubrimiento de una nueva enfermedad, galardón que, por los malabarismos verbales del periodista, parecía ser más importante que el Premio Nobel.  Sonreí ante esa banalidad nacionalista pero sonreí más, con una leve ternura amarga,  como si el tiempo no hubiera pasado,  ante su aclaración al periodista de cómo se debe pronunciar su apellido, tal como me lo había aclarado entonces en su consultorio.

Acerca de las fichas. Vagamente recuerdo (deben haber pasado unos veinticinco años), que usted, después de mi ofrecimiento, para que el “asunto sea serio”, me pidió todos los detalles posibles, edad, sexo, fortuna y origen de todos aquellos que, incluídos los abuelos y parientes, tuvieron que ver con el destino de nuestro hijo. Cuanto más detalles mejor, y, tal vez para entusiasmarme y facilitarme la tarea, me aclaró que no me preocupara por el exceso o el desorden, que usted o sus ayudantes harían la selección.

Para hacerlo, entre un cuaderno de apuntes o una especie de diario que podía perder o olvidarme en algún bar, por una cuestión práctica, me inspiré en el  método que utilizaba en el negocio de venta de alfombras donde trabajaba: un fichero con fichas para apuntar la información sobre los clientes.

De las quinientas fichas en blanco que tenía la caja que compré, con la sensación de que hacía un trabajo altamente profesional, numerándolas de ambos lados, habré rellenado  unas 250 o 300. Al principio utilizaba biromes de punta dura y fina que me ayudaban a descargar mi rabia y, más adelante, una lapicera que se deslizaba con suavidad y dulzura liberándome de la amargura.

En la agenda de trabajo o preferentemente en el bolsillo interior de mi saco, fuera a donde fuere, siempre llevaba algunas; escribía en el tren, en los bares, en el mismo negocio donde trabajaba, y especialmente durante los fines de semana, cuando por el silencio, el miedo, el “no queda nada que decir o hacer” y la espera, se convertían en angustiantes a la ves que las esperanzas iban develando su inutilidad.

Mi tarea no va a ser muy difícil: abrir la caja cerrada desde hace diez o quince años, ordenar las fichas si están desordenadas y pasarlas en limpio con la máquina de escribir. Recuerdo que algunas están sucias y tienen manchas; me gustaría poder decir que son de las lágrimas vertidas por el dolor pero son de mate o café. De hecho, con sólo pensar en abrir la caja, el viejo temblor reaparece; la esperanza de olvidar se habrá convertido en droga y el remedio, en homeopático. Mi ilusión del exorcismo definitivo del sueño que me persigue desde hace décadas, la visita nocturna y fantasmal de Meninjito, se debilita. ¿Debo confesar de que, a pesar de todo, la espero?

¿Desde dónde escribo? Creo que no tiene mayor importancia. Este es un país de largo invierno, de verano breve pero con céspedes verdes y bien cortados, con muchas flores y árboles numerados. Un país de Utopía donde El Dorado, orden y limpieza en todas las estaciones, se ha convertido en realidad. Comienzo a escribir en invierno, en una casa, al lado de una ventana; afuera, un campo nevado del que asoman algunos pinos que no marcan ninguna senda. Los reflejos del sol sobre los cristales son violentos pero apenas entibian.

Por último, no pido disculpas por la calidad de escritura de mi informe. Si bien hubo días en que quise ser escritor (una caja grande de cartón con “material informativo” que me fue trayendo y sigue hasta hoy mi mujer para la gran novela, así lo indicaría), no fueron más que picazones primaverales como la de aquellos que, a los dieciocho años, enamorados, quieren ser poetas para expresar mejor su amor.

El camino duró un año, Doctor.  Y como buena parte lo recorrimos juntos, es mejor dejar la despedida para el final.

Ficha 1

Los antepasados o los orígenes; mis padres:

Argentina es un país formado por inmigrantes que vinieron en busca de El Dorado que ya buscaban los españoles hace siglos y que nunca encontraron. La mayoría, agitando la bandera de la civilización en su marcha arrolladora,  traía un relleno de alguna cultura para compensar el vacío que habían dejado las matanzas de los indios.

Mis padres también eran inmigrantes, con un relleno y una coraza de cultura europea, de Hungría, exactamente. Además de su cultura, nos traían a mí y a mi hermana.

Mi padre nunca logró triunfar en América. Su pequeño taller para fabricar juguetes de madera, jamás llegó a convertirse en una fábrica cuyas chimeneas se alzaran hacia el cielo para la gloria del Señor. Apenas logró comprar, al borde de la Pampa, una casa modesta con una cocina grande, de puerta y ventanas abiertas en verano. Allí mismo, en invierno, la cocina de leña alimentada por los recortes de su taller ronroneando constantemente, hablaba de las glorias y del refinamiento de la fabulosa cultura europea con las que justificara su fracaso: “Estoy imbuido de las normas del industrial europeo, de la honradez y del precio justo. Vivo entre bandidos, con una coraza, un chaleco de fuerza de moral y ética que no me sirvieron de gran cosa. No cabe duda, hijo mío (si estaba con mi hermana, “hijos míos”) que cometí un error muy grave, en vez de conquistar y saquear, trabajé”. Suspiraba. “O no tuve coraje para saquear. En otras palabras, no hice historia y nadie escribirá mi biografía como un modelo de los pobres que llegan en tercera clase y que hacen la América”.

Vivió protegido por la coraza de cultura hasta que el óxido del tiempo y de la historia la perforó. Hombre ligeramente de izquierda, gran lector y orgulloso de su independencia,  con una buena carga del Iluminismo y de la Ilustración a cuestas, a veces cansaba y aburría con su visión utópica del futuro, del paraíso que nos darían la ciencia y el progreso.

Igual que yo, se llamaba Pedro y con los años los vecinos le agregaron Don. Con el nacimiento de mi hijo, fue abuelo.

Nota actual: advierto que sobre mi madre, la cual también llegó a ser abuela, no escribí nada. No fue necesario. Baste decir que, sin hablar de la cultura europea, a pesar de su exagerada y a veces insoportable tendencia a la dramatización, vivió con los pies en la tierra. Enterró a muchos y a los ochenta y dos años, a pesar de los consejos de los médicos, sigue fumando su paquete de cigarrillos diario, comiendo su asado y bebiendo su vasito de vino. Se llama María, ahora le dicen Doña. Tampoco hablé de mi hermana. Ella es siete años menor que yo y por suerte los acontecimientos no la tocaron mucho.

Una observación: el temblor cesó en cuanto abrí la caja. La única novedad: las fichas se han puesto ligeramente amarillentas.

Ficha 2

Los padres de mi mujer:

Entre esas grandes oleadas de inmigrantes, no pocos fueron bandidos y ladrones arrepentidos que prometieron a Dios que, si los ayudaba y triunfaban, se portarían bien por el resto de sus días y hasta harían donaciones a la Iglesia y a los pobres. No sé si ésta es exactamente la historia de mi suegro. Era un holandés (o danés) que de joven pasó a Escocia. Allí tuvo un episodio, para mí oscuro, con la hija de un jefe de clan. Parece que ella dio un mal paso y el jefe, por una cuestión de honor, lo obligó a ponerse a la par. Como en Escocia no quedaba mucho territorio para conquistar,  vino a la Argentina con una hija que sería mi cuñada. Dice la leyenda: como buen puritano trabajó de sol a sol, sin desfallecer, con esperanza y fe, luchó y amasó una fortuna no muy grande pero merecida. Dice la realidad: no tenía chaleco de fuerza entre los bandidos, comprando y vendiendo saqueó a lo largo y a lo ancho de la Argentina. Pero, diga lo que digjera la realidad, tal vez  él habría merecido una biografía como modelo de triunfadores.

Como era natural, tenía su coraza de cultura europea que rellenaba con whisky escocés y cigarros cubanos u holandeses. Hablar en inglés fue la prueba definitiva de su superioridad y la de la familia entera. Yo, a los diecinueve años, no era para él más que un gitano pobretón. Y no le faltaban pruebas: era húngaro y llevaba el pelo muy largo, en consecuencia, era indigno de su segunda hija, a la que yo, sin embargo, pretendía. Sólo lo vi una vez en mi vida, una noche de verano, en la que impulsado por el amor, el calor y el deseo, fui a su casa para buscar a la que era mi novia,  Ana. Lo encontré sentado en el porche del hermoso chalet, fumando un cigarro y bebiendo whisky. Cuando, después  de saludarlo, pregunté por Ana, me honró poniéndose de pie. Tambaleando, dio unos pasos para, de acuerdo con la hospitalidad escocesa, darme la bienvenida. Con fuerte acento, voz de mando y agitando el cigarro, me gritó: “Mí no lo conocer. Fuera. Desaparecer”.  Recuerdo que era pelado.

Para la familia de Ana, formalmente muy inglesa, yo siempre existí como si no hubiera existido. Aunque hubiera hecho el amor con Ana sobre el pilar del portoncito de entrada del chalet, habría sido lo mismo. Esas sí que son corazas de cultura.

No quiero hablar mal de mi suegro. A pesar de no haber querido verme jamás, en el fondo no era mala persona. Hasta humano, quizás.  Gracias a la ley argentina, no hubiera podido, tal como amenazó muchas veces, desheredar a su hija si se casaba conmigo, un gitano. La herencia de Ana fue el pilar sobre el que construimos nuestro propio nido para la felicidad eterna.

Nota actual: veo que también me olvidé de mi suegra y de mi cuñada. Como tuvieron una participación sustancial en la historia, sólo diré algunas palabras sobre ellas. Ambas eran alcohólicas, sin embargo, gracias a la coraza, lo disimulaban con elegancia y educación. Además de esa cualidad, mi cuñada era estudiante de medicina fracasada. Cómo le robaron parte de la herencia a Ana, cómo los vaivenes de mi cuñada torcieron o decidieron el destino de nuestro hijo, no podré dejar de contarlo más adelante.

Ficha 3

Ladies first: mi mujer.

La que sería mi mujer, Ana, a pesar de haber nacido en tierras argentinas, creo que llegó al país unos cuatro o cinco años más tarde que yo. Hasta los once o doce años vivió dentro de lo que era la gran coraza o jaula inglesa: la familia, el barrio inglés, la iglesia protestante con su pastor inglés, el club de tenis, la escuela. No habló el castellano, excepto mal o algunas palabras, un balbuceo, hasta entrar en la secundaria donde lo aprendió.  Allí la conocí, en quinto año, cuando, gracias al progreso, fueron levantadas las barreras que separaban los sexos. Técnicamente esto se llamó “La escuela mixta”. Como siempre ocurre en estos casos, a pesar de que las conversaciones románticas posteriores hablen de destinos y de elegidos, nos encontramos por puro azar. Por su apellido, por su pelo rubio y abundante, que casi le tapaba uno de sus grandes ojos azules, la llamaban  “La rubia” o “La inglesa”. Hablaba poco en clase o casi nada. Buena alumna, atenta, silenciosa, bastante alta, de un andar ligeramente cadencioso, lánguido, a cada paso parecía dejar atrás parte de su cuerpo, que se demoraba en unirse a la parte que avanzaba. Su belleza intimidaba.

Ficha 4

Yo personalmente:

Mientras mi padre iba fracasando a medida que envejecía, yo iba creciendo de la misma manera. Cuando en los potreros y los descampados donde jugábamos al fútbol me preguntaban cómo me llamaba y respondía “Pedro”, en el acto decían, “¿Pedro?, entonces sos polaco”, por la cantidad de polacos, ucranianos o rusos que llevaban ese nombre. Aclaraba, “No, húngaro”. “Ah, entonces tocás el violín” por esa asociación de los húngaros con los gitanos. Y siguieron llamándome “El Polaquito”. Por la falta de coraza de cultura europea, o porque un niño no tiene ninguna, la Argentina, con la Pampa y su cielo estrellado, penetraron en mí con facilidad.  Mis primeros años, los de la primaria, los pasé allí, caminando todos los días al colegio. De vez en cuando, desde un carro lechero, oía un grito, “Che, Polaquito, ¿te llevo?” y subía al carro de Sartori o Mansilla. Longchamps, que así se llamaba el pequeño pueblo donde pasé mi infancia (de geografía muy simple, la estación, el quiosco del quinielero, el bar; sobre el antiguo camino del rey o “real”, el bar del Bocha, el almacén del gallego Manuel, la farmacia del Tío, una herrería; en una calle perpendicular, la iglesia, una ferretería; una estación de trenes con su bar, al otro lado de la estación, la escuela, un almacén, un bar más y alguna que otra panadería), fue mi mundo,  por ese entonces un pueblo de gauchos lecheros. Puedo decir, sin mentir, que entre domas, asados, carreras de sortija, riñas de gallos y carreras de caballo clandestinas, deambular por pequeñas estancias, algunas abandonadas, por boliches donde el “mocito” tomó ginebra, crecí entre gauchos y supe más sobre ellos que muchos académicos especializados en el tema. Los gauchos desaparecieron de la mañana a la noche gracias al progreso, a la ciencia y la cultura francesa, especialmente la del señor Pasteur. En nombre de la salud del pueblo argentino, para evitar que los gauchos bautizaran la leche o la adulteraran de cualquier otra manera, cosas que hacían, ah, y por el peligro de los microbios y gérmenes, salió la ley que obligaba a pasteurizar la leche de todo el país. Los gauchos quedaron atados a las grandes compañías de productos lácteos, a La Armonía o a La Martona, a la oferta y a la demanda; todo muy bien explicado, pero se tuvieron que rendir. Muchos desaparecieron como empleados de las compañías con sus uniformes (parece que hasta la bombacha del gaucho era antihigiénica), o envejecieron en los boliches jugando al truco y tomando tinto quebracho. De allí en adelante hubo que ir a buscar la leche al almacén. Y el pueblo argentino siguió tomando leche adulterada, pero eso sí, con marca y pasteurizada. Ese era mi país.

Terminé la primaria y cursé la secundaria. Además de caminar hasta la estación, con un grupo de amigos, tomaba el tren todos los días y el mundo empezó a ensancharse. También comenzaron mis lecturas interminables y confusas, mi interés por las ideas que regían o cambiarían al mundo. Por esa época, en charlas y discusiones intelectuales, empecé a demorarme en los bares de Adrogué, Lomas de Zamora y Temperley; su continuidad serían los de Buenos Aires. Supongo que por esa misma época, alimentado por la cultura libresca, empezó a definirse mi carácter: fácilmente irritable, rebelde,  podrido para muchos. Algunos intentos de mi padre para crearme una coraza de cultura europea, como aprender a escribir y a conocer la historia de Hungría en el Centro Húngaro, o enviarme como boy scout a alguna que otra colonia, fracasaron rotundamente. Si bien era verdad que ni tenía la coraza de cultura europea ni la adquirí, también lo es que, de mi padre, heredé esa manera un poco amarga, irónica, descreída de hablar, tan húngara y tan argentina.

A los catorce o quince años, perdí mi virginidad o gané la hombría, no como se la solía perder o ganar en esos tiempos, haciendo cola en las obras en construcción, sino gracias a un ferroviario llamado Pepe quien, en sus horas libres, los sábados y domingos, para ganarse algunos pesitos extra explotaba a la Turca, una árabe que se ganaba así su vida y la de sus hijos, después de que la abandonara su marido. Un domingo por la tarde, en que iba a jugar al fútbol, encontré a Pepe tomando mate frente al cuartucho del potrero en que vivía y me preguntó si conocía “la cara de Dios”. Me ofreció “un servicio de primera”, con “carne importada” para el banquete, con “el forro incluido” y “pago en cómodas cuotas mensuales, aquí tenés a un servidor y un amigo”, porque yo no tenía todo el dinero.

Una pieza, una radio con música de tango, apenas un halo de luz por la ventana oscurecida con papeles de diario. Yo temblaba y buscaba en la oscuridad. Algunas palabras de la Turca como “vení, no te voy a morder”, me orientaron. Manipulaciones de sus manos. Las mías, nerviosas, fueron frenadas antes de que llegaran a la cara de Dios: “No, la herramienta no se toca”. Mirando sus ojos negros iluminados por un halo de luz, ojos lindos que se distraían con el cielo raso, grandes pero opacos, secos e indiferentes.  Y con la esperanza de que me miraran para probarme que yo estaba allí y existía, llevé a cabo mi ceremonia de iniciación. Una vez terminada, sin haber visto la cara de Dios, sino sólo conocido algo, sin que supiera en ese momento qué, extrañé el calor y el amor. Me quedó el sabor amargo de lo no acabado.

De cualquier manera, el conocimiento me fue útil para pavonearme entre mis compañeros del Nacional.

Nota actual: terminé de pasar en limpio la ficha y releí lo escrito. Me pregunto ¿no estoy dilatando la historia?  Es probable, parece que hablara del Paraíso Perdido. Después de los acontecimientos que fueron de dominio público, ese pueblo que fue mi segunda cuna, con una leyenda que dura hasta hoy, un polaco y una rubia que ahogaban niños en la bañadera, se convirtió en un nido de espinas. También me olvidé de tomar nota de algo importante. En esa época, quizás por la influencia de mi padre o porque estaba en el aire en las charlas con mis amigos, nacieron en mí ideas muy vagas de un mundo mejor, y de una manera más vaga aún, un mundo en cuya construcción participaría activamente.

 

Be Sociable, Share!

Relacionados

Deja Un Comentario

(necesario)

(necesario)

© 2011 Pablo Urbanyi Sitio Oficial Suffusion WordPress theme by Sayontan Sinha