La palabra

Pablo Urbanyi, como dice P.Levi, trabaja en ese oficio que tiene sesenta siglos:

Con reglas estrictas o sueltas

O sin regla alguna, como tú lo prefieres.

Gracias a él, te sientes en buena compañía.

No más ocioso, ni perdido, ni sin cesar inútil,

sino, en sandalias y toga,

cubierto de lino, coronado de laurel.

Cuídate, solamente, de no presumir demasiado.

 

La Palabra (Buenos Aires. Catálogos, 2013), última novela de Pablo Urbanyi es estimable: despliega su creación sin sensiblería ni complacencia.

No voy a desvelar la historia, ni diré porqué la novela se llama La palabra, les echaría a perder una lectura que me ha sugerido lo que expresaré y ello valdrá lo que valdrá: no tienen más que leer la novela y sacar sus propias conclusiones.

La obra  se anuncia con dos epígrafes, uno de Carpentier de El arpa y la sombra: “Nadador entre dos aguas, náufrago entre dos mundos, morirás hoy, o esta noche, o mañana, como protagonista de ficciones”; el otro de I. Svevo, de La conciencia de Zeno: “Lo que yo busco no es nada complicado. Es más, se trata de hallar una palabra, sólo una: ¡y la encontraré!”

Ambos epígrafes plasman dos rasgos esenciales : el sentido de la vida del profesor Ricardo Ignacio Palmatieri que ha debido exiliarse de Argentina a usa primero y luego a Ottawa y que se plantea un problema que es incapaz de resolver: el de su identidad, y la búsqueda – que lo redimirá-  de  un momento, ya pasado, crucial, de su vida; estas dos paralelas sólo se unirán, a falta de infinito, en la agonía y  la muerte.

Hay espacios, personajes, asuntos como el exilio y la memoria que enriquecen la narración que fluye en rápidos, remansos y cataratas , como los personajes que viven con apetencias, conductas, anhelos, rencores, odios, ternuras y desvíos. Es lo más parecido a la vida, incluso en la falta de amor que padecen y que substituyen por la búsqueda del éxito, pasiones, objetivos a corto o largo plazo, o relaciones insatisfactorias.

El relato está enmarcado en la historia argentina contemporánea: lo que es el país y su gente para el protagonista y también en la influencia que la vivencia de ser argentino le aporta.  Estamos entre el comienzo de la dictadura con algunos recuerdos anteriores y luego, la vuelta a la democracia.  No hay exceso de este “color local” como lo llamaba Borges. Una alusión por aquí, otra más allá y eso basta. Se critica a la Argentina y a los argentinos pero sin descalificar lo esencial.  Es lo que hacemos todos con  nuestro país: lo criticamos duramente pero ¡guay! del que se atreva a decir mal de él. Esa patria tan presente por su ausencia, le pena al profesor.

El centro de la narración lo constituyen las conversaciones entre el profesor y el Hungarito, su amigo, que lo llama Ilustre;  son duelos verbales, divertidos pero muy serios.   Hay algunos capítulos que son expresión directa del profesor, otros, del Hungarito y de fragmentos de la obra que escribe. También,  hay una narración en tercera persona y otros capítulos epistolares. Y para los que gustan clasificar y valorar las obras más por sus técnicas que por su historia, hay pasajes en los que el texto ofrece cambios de focalización, a veces en la misma línea,  flash backs, envíos y alusiones a otras obras del autor, sin olvidar el penúltimo capítulo que ata muchos cabos de los ires y venires de la narración. Todo esto nos permite una lectura en varios niveles y situar la obra en relación a otras del autor.

Sobre la escritura  hay interesantes opiniones y reflexiones; por eso, creo que no hay que detenerse más de la cuenta en el hablar vitriolesco y desbaratador del Hungarito,  pasaríamos por alto la coherencia del pensamiento y del texto.

Hay escritores más exuberantes que otros, más “técnicos que otros”, más cultos que otros pero lo importante para el lector es  cómo han procesado  su material y lo que nos deja la lectura. Las técnicas…claro, pero a veces no bastan y otras más bien abultan vacíos.

Palmatieri está escribiendo una obra sobre la palabra. Desea que su amigo, su confidente, compañero de cervezas, sufridor de todas las lamentaciones del Ilustre, escriba su biografía porque quiere dejar huella y herencia.  Aquel toma notas para una novela que está escribiendo sobre la muerte y la palabra y en la cual quiere  incluir al profesor como personaje; se dice : “¿Es el profesor RIP un personaje suficientemente sólido y real como para ser el personaje principal de una novela,…? 74) y luego ; “es…blando y fofo…es un personaje real sin siquiera llegar a ser creíble para una novela” (75) al que dice: “Cada vez te parecés más a un personaje de ficción, ideal, en un mundo de ficción” (144) Está claro: lo increíble real, no es de suyo verosímil ficticio. Y dice: ¿Me estaré preocupando de la verosimilitud?

La novela es la retrospectiva de ese agonizante profesor que quiere vivir su muerte en un intento que nadie nunca ha logrado. Tal vez sólo la escritura logre dar esa experiencia anticipada de lo que nunca podremos penetrar y que Quevedo ha tratado de sobrepasar en su famoso soneto pero, que nos arrebata con su traducción sobre el texto de Séneca (para algunos apócrifo): Morirás lejos…cualquier país es bueno para morir…morirás lejos que es como una letanía para hacer cobrar conciencia de la mortalidad: (La novela Morirás lejos de J. Emilio Pacheco que refiere otra realidad, tiene esa frase como epígrafe)

Irónicamente, Palmatieri parece morir cerca, en su patria, pero lejos de todo y de todos comenzando por su mujer. Las iniciales del profesor corresponden a Requiescat in pace. En realidad él murió mucho antes pero no se dio cuenta. Fue perdiendo todo,  incluso su familia; sin percatarse, se perdió en las brumas de sus insatisfacciones, de su frustración de cada día, de sus vanidades,  que lo alienaron aunque supiera que llevaba una máscara, porque era, como dice su mujer: un simulador. No se enfrentó a sí mismo ni a los otros y sólo le quedó el recuerdo de haber sido íntegro una vez.

Palmatieri  desea ser valorado, estimado, tener éxito: pero eso  implica “transar los vínculo; después, se da  cuenta que en un momento: “como una barajada cantidad queda el alma. Es don Guido: vida de banalidades consideradas esenciales. Mejor lo ha dicho Borges con feroz nihilismo : “Tanta soberbia el hombre y al final no sirve más que para juntar moscas”.

Cada  capítulo, nos anuncia una nueva faceta, descubrimiento o incursión  en una vida no  tan larga, pero poco provechosa, reflexiones sentenciosas, consideraciones. La novela tesela a tesela configura una vida ejemplar . . . de cómo no debiera enfocarse la llamada actividad académica y, por extensión, intelectual:  ¿cómo engañar a tantos tanto tiempo? Tal vez sea también eso un índice de otra epopeya de nuestros tiempos: la de los que son deslumbrados con artificios y pases de ilusionistas o que buscan en qué creer y aceptan bisutería por esmeraldas. Pero, más que eso, es un ejemplo de cómo no debe llevarse una vida, cualquiera, se trata de la vida simplemente, de esa vida a la que se refiere el Hungarito cuando dice: “El holocausto argentino, la inflación, la guerra de Malvinas, los que se pudieron ir, oh, ironía, ahora la estabilidad, el alto costo de la vida del que se quejaba el Doctor Palmatieri, el peligro en las calles, la despoblaron. Era una confirmación de que la vida siempre está en otra parte”. Pero para Palmatieri es otra cosa y  el narrador nos insinúa que Enrique también está más acá y no más allá, que su visualización de su destino corresponde también, como en el caso de su “maestro” a esa vida ausente porque es del texto de Rimbaud del que estamos hablando: “La vrai vie est absente”…Es Kundera que cambió absente por ailleurs: “está en otra parte” .

Obras como hagiografías, Vidas ejemplares, Vidas paralelas, Vidas de los artistas, son de otras épocas, nos hablan de cómo debiera ser una vida ejemplar. En el caos del mundo contemporáneo, este ser , que sabe que se ha perdido, es el resultado de su propia limitación, claro, pero también de un estado de cosas y  de un mundo que consagra reflejos como íconos, mistificaciones como verdades, racionalizaciones como intereses de un país. La relativización de los valores en estos días tampoco deja apoyos morales al hombre. En esas circunstancias, le es difícil al ser humano eludir las seducciones de un mundo abierto a todos los vientos pragmáticos: enfrentarlos  y combatirlos ¿cómo destruir los impedimentos y escapar a esas corrientes y proyectarse a planos escondidos, vislumbrados por las encubridoras nieblas de lo aparente, de lo “razonable”?  La vraie vie est absente.  Palmatieri  ha estructurado una apariencia que ofrece a los otros y que es resultado de una adaptación “inteligente”, pero falsa, que engaña a los otros y que lo protege…de vivir. La ironía de Urbanyi es una actitud moral, un humanismo irrestricto que le permite mostrar y denunciar seudo valores, situaciones actitudes y personajes pero doliéndose de esta humana condición llena de superficialidades, de mímicas, máscaras e hipocresías, sin omisiones, asumiendo sus responsabilidades de escritor. Nosotros, debemos asumir las nuestras como lectores porque  tal vez somos un poco Palmatieri porque también hemos transado, cultivado veleidades, asumido códigos obsoletos y hemos dejado un poco, mucho o toda nuestra humanidad en ellos. En ese mundo, el húngaro que piensa que es un marginal, es el que detona y que ni siquiera trata de pasar inadvertido pero en ningún caso, por ser otro. Ni siquiera practica una adaptación razonable y su tendencia autodestructiva, su alcoholismo, significa bien ese rechazo a un mundo insano que no quiere saber nada de seres como él que osan decir su verdad y pagan su precio por ser fieles a sí mismos; no será “argentino hasta la muerte”  porque, como ya lo dijo Cortázar en uno de los epígrafes de Rayuela: “Nada mata tanto a un hombre como representar a su país”.  Será: fiel a sí mismo que es más auténtico, por lo personal y abierto, no enmascarado, no se desconoce como el profesor y lo que lo rodea lo fortalece ; por eso es capaz de escribir y de confesar sus fracasos aunque diga: “ambos estamos metidos en una obra de ficción y ni siquiera sabemos quién es el autor “; no elude la pretendida vocación, y por eso dice a Palmatieri – que se queja que nunca tiene todo lo que necesita para escribir y que está  agobiado por las tareas diarias- : “Es más fácil comprar el elemento (de la cocina) y colaborar con la marcha del mundo que poner el culo en la silla y trabajar”.  Recordemos a Montaigne: permitimos la invasión del mundo para construir nuestro ser y no lo plasmamos a partir de nosotros mismos.

Palmatieri ha aceptado una forma de vida, ha creído que la aprobación de los demás podría constituir su personalidad, por eso aunque: “Muchas veces su espíritu trataba de codearse con las grandes cosas de la vida sin conseguirlo o con resultados magros. No se daba cuenta de que hacía tiempo que las grandes cosas habían desaparecido y su alma se complicaba con pequeñeces que infectaban el mundo. En su caso podía hablarse de un universo interior confundido. Por eso: “¿Cómo llegar a un destino que jamás pudo definir?” Al desertar de sí mismo ha perdido sus fundamentos, ha tratado de ser alguien, otro, ese que, cree,  es admirado, respetado, apreciado; se ha debatido en conflictos, pasiones y deseos superficiales y no, en los verdaderos, que lo habrían hecho crecer pero, para eso, su reflexión debiera haber sido otra, como dice Hegel: “…la vida del espíritu no es la vida que se asusta ante la muerte y se mantiene pura de la desolación, sino la que sabe afrontarla y mantenerse en ella. El espíritu sólo conquista su verdad cuando es capaz de encontrarse a sí mismo en el absoluto desgarramiento” solemne,  pero no deja de ser verdad. José Donoso pone como epígrafe a El obsceno pájaro de la noche un fragmento de una carta de H. James padre a su hijo: “Todo hombre que haya llegado a su adolescencia intelectual comienza a sospechar que la vida no es un chiste, que ni siquiera es una gentil comedia; que, al contrario, florece y fructifica en los abismos más trágicos y profundos de la esterilidad esencial en que están sumergidas las raíces de su ser. La herencia natural de todo aquel que es capaz de vida espiritual es un bosque salvaje donde aúlla el lobo y grazna el obsceno pájaro de la noche.”  El filósofo y H. James padre  coinciden en lo que, para Palmatieri es su ambición; pero el profesor vive un dilema que no logra resolver, dice: “La vida es una caricatura y yo soy el principal protagonista, el que encabeza la procesión (133) y se sincera con el Hungarito: “A vos no te puedo engañar…finjo, juego, me quejo, lloro y me engaño, engaño hasta a mi propia sombra (33). Sabe que es el que dirige el desfile de los encaretados, que es un mercachifle de palabras. Sus momentos de autocrítica  se contraen en angustiosas preguntas: ¿qué hice de mi vida?, ¿quién soy?, ¿dónde estoy? ¿Qué quiero? pero…sigue mintiéndose. El húngaro dice qué escribe y qué trata de lograr: diferenciar vida y parodia de vida y por eso al final se dice que la vida del profesor sólo ha sido una anécdota. Palmatieri no se desgarró, porque no afrontó sus profundos anhelos, evitó el dolor y fue, justamente lo que su sobreestima no toleraría: un hombre superfluo, que no supo asumir su vida y por no decir la palabra, quedó entre la realidad y la ficción sin contar el sentido de su vida.

La dureza del Hungarito, y la nuestra, se atenúan, ante esta humana condición asediada y porque, hasta el final aunque: “El pasado sólo vuelve para hundirnos con su peso”, el Ilustre quiere recuperarse, y admite, como dijo Shakespeare que: “Soy la cosa que soy””. Eso no lo hace dueño de su muerte pero,  sí que: “Eres también aquello que has perdido”  como dice, otra vez,  Borges. 

La palabra nos cuenta una historia como la vida de todos los días porque vamos, revolcaos en un merengue, y en el mismo lodo todos manoseaos como dice el tango, en un cambalache que no se ha terminado con el siglo XX sino que parece crecer y abarcar lo que le iba quedando por englutir. Ricardo Ignacio Palmatieri regresó a su patria y verificó, desde antes de su agonía, que al mundo nada le importaba su existencia, su vuelta, ni su desaparición.

Fernando Veas Mercado

Octubre de 2013

 

 

 

 

 

 

 

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