De todo un poco,… (trilogía, 1987)

Testimonio

El testimonio como garantía de verdad y de ejemplo moralizador es un factor importantísimo en la vida humana. Además de la simple declaración de un testigo en un tribunal, se lo encuentra en un campo de vaivén de dos extremos; se balancea desde la profunda experiencia individual subjetiva, mística y religiosa capaz de modificar y cambiar al alcohólico o drogadicto que nos relata cómo la aparición de la Virgen María o de la paloma del Espíritu Santo con su rayo lo iluminaron y lo hicieron nacer de nuevo; hasta las experiencias objetivas del viajero o viajera que nos cuentan las costumbres y comidas de países desconocidos como vivencias únicas y exclusivas, descubiertas gracias a sus sensibilidades exquisitas sólo imitables de una manera pálida y borrosa. No todos pueden apreciar debidamente (falta de sensibilidad del olfato, por ejemplo), una cazuela de mariscos de un restaurante oculto en las callejuelas de Madrid pero, de cualquier manera, el testimonio nos puede informar si ese restaurante tiene Visa o American Express o ambos.

He aquí un testimonio no condensado del Reader’s Digest en español, revista que ante la carencia de moral (cosa reconocida públicamente y estadísticamente), realiza un esfuerzo publicando con abundancia ejemplos edificantes para beneficio de los hombres de buena voluntad.

De cómo me enamoré de la lengua española

Me llamo Jane Austin y soy de Texas que según dice papá, es una provincia más grande que el mundo. Soy del sexo femenino, linda, dicen, y muy rubia de ojos azules, 28 y madre de dos, quizás tres, depende del resultado del test que estoy esperando.

Un día, cuando tenía cinco años, jugaba en el jardín frente a mi casa haciendo pompas de jabón con un líquido preparado por mí misma, señal de iniciativa precoz. Estaba en esa tarea, cuando un hombre bronceado y de pelo muy oscuro, con un sombrero en la cabeza que por mi corta edad me pareció muy grande, me habló desde la vereda. Yo no lo entendí; me acerqué y el hombre, sacándose el sombrero con un ademán inolvidable, sonrió entrecerrando sus bellos ojos negros y brillantes. Apenas me había acercado, mi papá salió corriendo de la casa y gritando “¡Fuera! ¡Fuera! ¡No molestar!”, me alzó con un brazo protector y el hombre, con el sombrero en la mano, después de inclinarse y repetir varias veces “Señor, pero señor, por amor de Dios”, asustado, se alejó.

Mi papá me explicó que el hombre era un “espalda mojada”, uno de esos mejicanos que cruzan el Río Grande y que no comprenden que Texas ya no es de ellos. Un vagabundo que no quería trabajar y muy peligroso.

Pero el hombre de ojos negros y brillantes, suave, dulce y romántico acento, así como sus palabras (puedo considerarlas como mi primera lección de español) quedaron grabadas para siempre en mi cabeza. Es más, me acompañaron toda la vida; cada vez que me siento triste, cosa poco frecuente, o por casualidad pienso en la muerte, cosa menos frecuente aún, esas tiernas palabras me reconfortan y me alientan.

Después de la primaria, ingresé en la secundaria en donde empecé a estudiar español sistemáticamente, tratando siempre de imitar esa profunda dulzura que nos conmueve el alma y nos despierta el amor.

Me juntaba con gente de esa lengua y coleccionaba cosas de países hispanoamericanos, cosas como tarjetas postales, quenas, ponchos, abanicos, un torito y un muñeco torerito, ay qué lindo que era. Durante la noche dormía con el torerito y lo utilizaba como Teddy Bear.

Mi iniciativa le molestaba mucho a mi Daddy (papá) que además de la palabra „fuera” y “molestar”, conocía otras como “mañana” o “gringo” y me llamaba “Stupid gringa de…”, Yo no quiero hablar mal de mi papá que al fin y al cabo después de texano era un gran norteamericano. Nos educaba a mí y a mi hermano mayor sobre la base de sus principios. Ni quiero llamarlo racista, era un vecino muy apreciado y querido por todos y ocupaba un puesto prominente en el Ku-Klux-Klan y sus intenciones siempre fueron las mejores del mundo. Era sí, quizás un poco anticuado. Yo, al graduarme en la secundaria de la que egresé con honores, me había convertido en un ser independiente capaz de valerme por mí misma y mi sueño y mi meta era casarme con un latino de ojos brillantes y negros, romántico y dulce, y vivir en un país latinoamericano.

No por nada a los cinco años hacía pompas de jabón en casa; las cosas caseras, la creatividad, son muy apreciados por los americanos gringos. No fui una gran deportista en la secundaria, pero la receta de mis pompas de jabón, desarrollada en fórmulas complicadas, me dieron una verdadera popularidad; mis pompas de jabón eran imbatibles y siempre ganaban en las competiciones intercolegiales dando fama a nuestro colegio. Finalmente, una industria me compró las fórmulas y el líquido se podía encontrar en todos los supermercados, negocios de hobby, y en las mejores casas del ramo como “Jane’s liquid, fórmula casera original de Jane Austin”.

Gané mucho dinero y lo seguiría ganando mientras el producto se vendiera. Mi papá, a pesar de ser yo del sexo femenino, estaba orgullosísimo de mi éxito y dijo que al fin resulté ser una americana como Dios manda. Me ofreció poner un laboratorio en sociedad para perfeccionar mis fórmulas y adelantándose al futuro, descubrir nuevas. Estaba convencido de que por la capacidad de disfrute del pueblo americano y su ansia de perseguir constantemente la felicidad, con fórmulas siempre nuevas y mejoradas, nuestro éxito estaba asegurado.

Sin embargo, y que me perdone mi papá, yo ya estaba harta. Los ojos negros y brillantes y el sonido fascinante del español, me perseguían día y noche.

Hice mis valijas y me lancé a la gran aventura. ¿Qué mejor que “México, The país amigo”? Estaba cerca y tenía, según los últimos datos, sesenta millones de habitantes la mitad de los cuales eran „machos”. Empecé con un descanso muy merecido en Acapulco. Allí, tirada en una reposera en la playa, disfrutando del sol cálido de México, tan distinto al de Texas, tomando gin-tonic, medité sobre mi vida pasada, mi presente y mi futuro.

Así como había aprendido en mis clases de español que Texas había pertenecido a México, también había aprendido mucho sobre la cultura y la mentalidad de ese pueblo. Sabía que sus hombres eran machistas, la quinta esencia del machismo, prepotentes y agresivos, cosas que no me disgustaban, pero en el momento adecuado, como la música clásica. Conocía también el carácter de la mujer mejicana que, salvo la liberada, era sumisa y obediente y no como yo, rebelde y pujante.

Me asaltaron algunas dudas. Estaba consciente de que tenía otra gran desventaja frente a las latinas; los hombres de ojos negros y brillantes como el sol encima de mi, lo había leído, las preferían vírgenes y yo, desgraciadamente, como todas las americanas que se consideren dignas, por una u otra razón, madurez, experiencia, curiosidad, pierden su virginidad entre los catorce y dieciséis años; yo también, justo en el límite, casi sin darme cuenta, la había perdido.

En consecuencia, no siendo virgen y sólo sumisa y obediente dentro de lo razonable y bajo ciertas condiciones, veía algunas dificultades para encontrar al hombre que me amara. De cualquier manera, tendida allí en la reposera, tomando mis gin-tonics, estaba segura que encontraría entre treinta millones de mejicanos, un mercado amplio diría mi papá, al hombre de ojos negros y brillantes como el sol que me doraba en ese momento, y que me aceptara tal como yo era; un poquitito independiente, carente de himen, pero rubia y de ojos azules, valores éstos universales y muy codiciados, y con la conciencia y el dominio de las imágenes que la hacían fascinante; la rubia en un descapotado con el pelo al viento; en un yate tomando Coca-Cola; en un monopatín con la pollerita corta, alzando la pierna congracia y bajándola lentamente.

Por otra parte, las fórmulas me daban mucho dinero del verdadero y gracias al cambio favorable, yo tenía muchos pesitos mejicanos.

Además, había algo mucho más importante, estaba segura de que el amor lo puede todo.

En fin, condénselo lo más posible, me habían escrito de la redacción del Digest, y así lo haré con buen sentido común.

Cinco años deambulé por México buscando y perfeccionando mi español. Conocí los monumentos mayas y aztecas, disfruté de los paisajes, tomé fotos como para toda la vida. En la Universidad de la ciudad de México, estudié arqueología en español. En yates, autos y otros lugares, durante las siestas y a otras horas, muchos soles negros brillaron sobre mi cara y mi vocabulario enriqueció con expresiones locales como “gringa chingada” o “chíngale a la gringa” o más generales como “muñequita rubia”, o científicos como “frígida” o “fiebre uterina”, sin que encontrara a mi ideal; hasta la experiencia de vivir un año con un estudiante universitario fracasó.

Es que treinta millones de mejicanos son demasiados y el dinero tiene límites. Un día no recibí más por mis fórmulas hechas en casa, que para decirlo de una manera poética, reventaron como pompas de jabón. Mis fórmulas fueron superadas por otras más modernas de colores más actuales y formas nuevas, oblongas y cuadradas. Ay, Daddy tenía razón.

Terminado el dólar se terminaron los pesitos. No pude conseguir trabajo y volví a Texas. Mis padres no me esperaron en el aeropuerto; no querían saber nada con mi hija de un año que había tenido con el estudiante universitario a pesar de haberles asegurado que era rubia y de ojos azules. Esto no tiene importancia; tampoco esperaron a mi hermano cuando volvió de Vietnam por haber perdido la guerra. Ahora está mucho mejor en un Sanatorio con una generosa pensión de por vida.

Ya era tarde para ocuparme nuevamente de las fórmulas; hubiera necesitado dos o tres años para ponerme al día con el progreso y yo no disponía de capital. Me establecí en Dallas, cerca del lugar donde balearon a Kennedy, y no mataron como cree erróneamente la mayoría. Pasé dos años terribles; temía que los restos de mi belleza se esfumaran y se descoloraran mis ojos y mi pelo con los trabajos de lavanderías, tintorerías, supermercados, mientras mi hija está en una guardería. Eso sí, seguía siendo independiente y me valía por mí misma.

Yo creo que la vida nos prueba; no desesperé y finalmente, en uno de los tantos lugares de trabajo, en un restaurante, ocurrió el milagro. Un día, mientras le servía, un cliente me preguntó si yo era mejicana o americana. Casi me caigo de espaldas. Me explicó que mi acento sureño inglés, tenía resonancias españolas que lo fascinaban, que a él, hijo de gringo y una mejicana, no le gustaban mucho las “muñequitas rubias” y que yo parecía ser una gran excepción. Hablamos en español; el suyo era malísimo, pero era español.

Nos casamos. El era camionero y vivía en Boston en donde vivo ahora. Era divorciado y como yo a mi hija, aportó al matrimonio a su hijo. Sus ojos eran negros y brillantes, apenas ligeramente oscuros pero brillaban con dos cervezas. Al año tuvimos un hijo Nunca más me volvió a hablar en español. No se por qué, le molesta y se enoja cuando insisto o hablo con otros latinos a los que parece depreciar. Viaja constantemente y nunca está en casa.

El psicoanalista me explicó que el problema de los ojos negros y azules, los azules de mi hija, color culpable del rechazo del estudiante universitario, así como su sexo, no era mi culpa ni del padre, sino un problema científico de genes recesivos y dominantes, en que los azules, por lo menos en este caso, resultaron más fuertes que los negros y que nada había que hacerle, por lo menos mientras la ciencia no pueda intervenir.

En cuanto a la vida y a la búsqueda de mi ideal, después de contarle el episodio del jardín, que utilizaba un torerito como Teddy Bear, y de preguntarme cómo había perdido mi virginidad y de relatarle que fue en una fiesta sorpresa que habían organizado unos adolescentes hijos de petroleros y que yo estuve sorprendida, shockeada y borracha que no sentí nada, me explicó claramente que los ojos negros fueron una fijación temprana, reforzada por el torerito de plástico y mis juegos solitarios con ensoñaciones con el ideal; y que más que un ideal, debido a inhibiciones de mi formación puritana, no me atrevía a confesar que en Méjico buscaba el orgasmo que nunca tuve. Como prueba de esto, señaló que no era casualidad que viviera en Boston, la provincia más puritana de los Estados Unidos.

Y sigo viviendo en Boston con el torerito en la mesa de luz. Para no olvidarlo, enseño el español en una academia particular y mi actual marido que se había enojado mucho, se calló después del primer cheque de mi salario. En mis momentos solitarios que son muchos, miro las fotos que había tomado en México, suspiro y digo en voz alta: “Por amor de Dios”. El amor a la lengua española es el único que me queda y no dejo de hablarlo con mis dos hijos y a veces con mi hijastro. El test que esperaba por suerte resultó negativo, quizás pueda aumentar mis horas de enseñanza. Creo que lo he dicho todo. Adiós, adiós…


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