Noche… (cuentos, 1972)

2da. edición. Mil Botellas

2da. edición.
Mil Botellas

“Noche de revolucionarios”

–Ay, gordi, la verdad es que tenemos que estar con el pueblo.

Yo contemplaba el cielo raso con el hormigón a la vista. Escuché algunos sís y claros.

– ¿A vos no te parece? –era a mí a quien se dirigía la abogada.

–Sí, claro –respondí y volví a mirar el cielo raso; me intrigaba. Sabía que la compra de este departamento dúplex, pisos catorce y quince sobre la avenida Libertador les había demandado un gran sacrificio a los dueños de casa, y más, si se le sumaba la decoración Luis Siglo XX de la bi­blioteca del piso quince, no debería extrañarme de que el cielo raso quedara sin revoque. Allí -un encantador ambiente- esta noche tendríamos una clase más sobre Carlitos Marx.

Pregunté:

–Che, ¿por qué no revocaron el cielo raso?

Carcajada teniente general.

–SSSSS, que no te oiga Lucy.

– ¿No alcanzó la…?

–Nooo, tonto, ella quiso que quedara así.

– ¿Como el banco de Londres? –pregunté para estar más seguro.

No hubo respuesta. Los pasos de Lucy, la dueña de casa, subían la escalera de madera. Sobre una bandeja de plata traía el whisky, los vasos, el hielo y los ingredientes. Apartamos los libros, de­positó la bandeja sobre la mesa.

–El resto lo está preparando la muchacha –informa.

Como ex bolichero, era yo el que siempre servía. Tomé la pincita, distribuí los cubitos que tintinea­ron en los vasos de cristal. Como buen ex bolichero, conocía las medidas de cada uno. Para la arquitecta que se psicoanalizaba y tenía conflictos con su marido.

–Che, Alicia, ¿con tu marido?

–Oh, muy bien. Es un buen analista.

Medida simple esta noche. El sociólogo siempre triste –sugería que se analizaba pero mantenía un total silencio sobre las sesiones– miraba un punto de la mesa; agregué algunas gotas a su vaso. Para la abogada, ya dada de alta, la medida era siempre igual. Lucy, historiadora, no sabía si se analizaría o no, sólo bebía para acompañarnos. Y yo–el único anormal porque no me analizaba y a quien todos urgían para que lo hiciera– rara vez tomaba, pero esa noche necesitaba valor. Asis­tiría a una peligrosa reunión con un filósofo. Medi­da doble.

Todos estábamos pendientes de la llegada del Doctor que a veces se psicoanalizaba y otras no; creaba raras sensaciones de incertidumbre y au­sencia.

Suena el portero eléctrico disimulado entre los libros. Lucy atiende.

–Es él –nos anuncia y abre la puerta para evitar demoras.

Callamos. Reservamos las energías para la clase que dictaría el Doctor aprobado por Europa con el sello de la Sorbona para América Latina. Leería en castellano directamente del francés –a pesar de la versión porteña que te­níamos todos, editada en una imprenta cuyo prin­cipal accionista, anónimo, es un general–. Siempre nos prometía novedades de Europa. El no se car­teaba con las eminencias de allá. No, señor. Viajaba, directamente.

Se oyen las puertas del ascensor y…

–Goooool.

Corro hacia el balcón. Veo la cancha de River iluminada.

–El pueblo te saluda, Doctor –digo y agito el puño izquierdo.

Enmarcado en la puerta, rechoncho como un jesuita, el Doctor sonríe.

–Ese no es el pueblo –se adelanta un paso–. Buenas noches.

–Hola… ¿Qué tal?… ¿Llegaste?… Algo tarde.

–Sí, y lamentablemente me voy a tener que ir antes.

– ¿Quién juega hoy? –pregunta el sociólogo.

–Creo que River y San Lorenzo por el Metropo­litano –respondo.

–No –me corrige la arquitecta–. Es un parti­do internacional

– ¿No tenías una Hitachi vos? –pregunta la abogada a Lucy.

–Se le agotaron las pilas.

–Pero déjense de joder–interrumpe el Doc­tor–. ¡Lo único que faltaba!

Avergonzado por mi ignorancia sobre los movimientos de masa y por la recriminación del Doctor, volví a la mesa y abrí el libro. El Doctor se sentó. Depositó negligentemente, al lado de la copa, un tomo de las obras completas de Marx, en papel biblia, con la imagen de Carlitos sobre la tapa.

–Che, yo no puedo tomar si no…

–Oh, perdón, ya debe estar todo preparado.

Lucy desaparece por la escalera.

Reaparece con otra bandeja.

(Acotación: Puede parecer que el movimiento de Lucy es demasiado mecánico y de altísima velocidad. No: respeto y guardo reserva, por razones de decoro, de convivencia y sentido común sobre lo ocurrido durante su ausencia. Algunas palabras sueltas servirán para fundamentar esas razones: “Castra­dora”, No sé para que estudia”, “Frígida”, “No sé que espera para analizarse”, etc., etc.)

– ¿Qué es lo que tenemos hoy? –pregunta el Doctor.

–Pavita y pasta de atún.

–Ah, menos mal.

–Lamentablemente no conseguí salmón ahu­mado.

–No seas loquita –la tranquiliza el Doctor.

– ¿Será por la crisis? –pregunto.

Me miran con asco. Mis intentos de popularizar chocaban contra una barrera infranqueable. Yo era el único que festejaba con alegría el picadillo de carne, a los otros les resultaba francamente de­nigrante, casi proletario.

El Doctor abre el fuego. Alarga su, mano hacia, unos pancitos.

–Te aconsejo estas galletitas integrales –obser­va Lucy–, no engordan.

–Ah sí, las prefiero –dice el Doctor y– ¿A ver cómo está esto?

Con un cuchillo de acero inoxidable cubre con pasta de atún la galletita, luego un trozo de pavita y el primer mordisco. Plaf-plaf. Sus dedos ágiles y gorditos limpiaron unos grumos grasientos que habían caído sobre la barba de Marx.

–Che, tengo un chimento –miramos a Lucy, que no comía, fuerte en historia–. Parece que Marx tuvo un asuntito con su sirvienta.

–¡No digas! ¿Es de buena fuente?

Por la garganta del Doctor vi descender una bola. Enérgico:

–Esa es una calumnia digitada por la CIA y por supuesto, Althusser no la desmintió.

A pesar de la bola, en un ángulo de uno de mis ojos se incrustó una galletita integral.

–¿Seguís con tu bronca contra Althusser?

–Naturalmente. Sobre todo por eso de “La práctica teórica”. –comenzó a untar otra galletita.

–¿…..? ¿…..? ¡¿……?!

–Claro, es una manera encubierta de decir: “Haz lo que yo digo y no lo que yo hago” –apunta la galletita y abre la boca.

Ñok-cranch-crunch-glup.

Consulté el reloj. Las veinte y treinta. Dentro de media hora terminaría la clase. A las 21:30 tenía que encontrarme con el filósofo Juan Carlos.

–Ay, siempre me tiento, no debería comer estas cosas –se quejaba la abogada.

–Querida, no las comas –le aconseja la arquitecta.

–Qué mala que sos. A vos no te cuesta nada. A cenaste.

–Che –el Doctor se dirige a mí–. ¿Todavía seguís viviendo con la plata del boliche que vendiste?

–Por ahora sí.

–¿Y no tenés miedo a la devaluación? –me preguntan varios.

–Y, miedo o no miedo, existe –hace rato que me había alcanzado.

–Ay, tan cierto… Es verdad… Qué barbaridad.

–¿Saben lo que estaba pensando? –la abogada se limpia la boca con una servilleta mientras nos quedamos pendientes de su pensamiento.

–Pensé, y eso me creó muchas dudas, si Marx va a andar con los latinos.

–¿Es una cuestión racial? –pregunté suave.

–No. Temperamental. Y no hagas preguntas estúpidas –se enfrasca en el libro.

Minifalda. G.A.N. La Guerrilla. Maxifalda. Salustio. Minishort cosa de cabecitas. Emisión de las conexiones telepáticas con la guerrilla. El Doctor, que sorbonaba whisky con ingredientes, corta con tono firme pero paternal:

–Bueno, BASTA, hoy están imposibles.

La abogada levanta los ojos del libro:

–Ay, el otro día leí esto: “Lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples interpretaciones, por lo tanto, unidad en la diversidad. ¿Y vos querés creer que no lo entendí? Le pregunté a mi marido pero el pobre está tan ocupado. Es jodido este Marx, ehhh. ¿Me lo podrías explicar?

–Creo que era el tema de hoy. ¿No? –pregunta con prudencia y duda el Doctor.

–Lo era –asegura el sociólogo.

–Los demás también abrieron los libros. El Doctor pasa algunas hojas y con disgusto nota que se manchan. Alarga la mano para tomar una servilleta y mientras se limpia, lee:

–“Le concré sé le concré…”… Pardon… perdón… “Lo concreto es concreto…”. Ché, ¿qué hora es?…

–Las nueve menos veinte.

–Es un punto muy embromado, no creo que podamos desarrollarlo como corresponde. ¿Qué les parece si lo dejamos para la próxima? Tendré más tiempo.

Nos pareció bien. Cerramos los libros y noté que el Doctor saca la libretita. Su deglución mensual. Cobraba y morfaba como un león.

–A ver, Lucy, a vos te morfo 10 U$A.

–Tomalos.

–A ver, Alicia, a vos 10 U$A.

–Tomalos.

–A ver, Abogada, morfo 10 U$A.

–Tomalos… sos un loco increíble.

–Sociólogo, 12 U$A.

–Sólo tengo 8, además falté.

–No es cosa mía. Ponete al día. Tengo que pagar réditos.

–Tomalos.

–Escritor, morfo 10 U$A.

–Lamento romperte el culo. Me olvidé la plata.

–Sería hora de que te psicoanalizaras.

–Lo pensaré –me despedí hasta la próxima.

Salí. Tenía la sensación de que retornaba a la irrealidad. Otra noche en que mi oligofrenia congénita me impidió aprovechar las suculentas y jugosas clases dictadas por el Doctor.

Yo no sabía vivir la vida.

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