Cuentos desagradables (cuentos, 2013)

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A mis nietos Noa y Lía, de quienes

espero que tengan un humor poderoso

como para poder superar todo lo

“políticamente correcto”, y salvarse de

la “cultura idiota”.

*

El señor sin pata

 

El lago Felipe se encuentra en la provincia de Quebec. Yace en una especie de depresión rodeada de colinas pobladas de árboles que conforman bosques naturales cuyos huecos anormales se corrigieron con árboles plantados, entre los que predomina el pino. Un parque verdaderamente natural, ambientado con animales salvajes, ciervos, ositos lavadores, ardillitas, tábanos, moscas y mosquitos. La naturalidad del lugar se acentúa con las mesas de madera, bancos, quioscos, baños, parrillas, guardavidas, enfermería y teléfonos. Un lugar de sano esparcimiento para escaparse y tomar un alto en el agitado, afiebrado y ruidoso trajín de la vida moderna cuando no hace frío, hay sol y a las orillas del lago no aúllan las radios portátiles japonesas o alguna colectividad de inmigrantes entusiastas que todavía no perdieron la alegría de vivir no organiza algún picnic y su entusiasmo, a través de amplificadores que truenan música americana en el idioma de la colectividad, no se abate como un huracán sobre los pocos nervios no destrozados por el estrés de un tipo como yo. Pero, además de pasar un día encantador al aire libre, uno se puede relajar en las aguas siempre heladas del lago, como se relajaba antiguamente a los locos, siempre y cuando, justamente ese día, el agua no haya sobrepasado el nivel de contaminación peligroso para la salud.

Uno de los raros milagros que quedan en este mundo fue descubrir una especie de rincón, un oasis que por una conformación del terreno, detrás de una colina al lado del lago, una parrilla y dos mesas, quedaba aislado del mundanal ruido. Allí solíamos ir y refugiarnos. Un poco más allá, dos o tres mesas sin parrilla, que si quedaban ocupadas, no recibían otros amantes de la naturaleza que algunos ancianos que hacían un alto en el camino para descansar o comerse sus sándwiches sin hacer mucho ruido y a la velocidad que la dentadura postiza les permitía.

Otros milagros empezaron a arruinar el lugar, la superpoblación o la naturaleza que se encogía; cada vez pasaba más gente, cada vez aparecían más ancianos. Pero ya acostumbrados, volvíamos. El fuego del carbón, la cerveza (una traición a la tradición del vino), la carne sobre la parrilla, el olor a carne asada, recuerdos arcaicos de una patria perdida, chimichurri, una ensalada mixta, más cerveza, el sol que pasaba arriba, la siesta al sol, debajo de un árbol, el día que termina, el regreso a casa: un buen día, como dicen los ingleses.

Había prendido el fuego y lo apantallaba cuando oí la carcajada; nos miramos mi mujer y mis dos hijos, asombrados ante tanta alegría en un mundo tan triste, y de que no saliera de una radio portátil. ¿Quién se rió así alguna vez? ¿Júpiter? La carcajada se repitió; sentí terror, tanta alegría me sonaba a algo agorero. Me puse de pie, miré y lo vi: el grupo bajaba la colina, él iba adelante, el primero, con dos muletas arrastrado por su panza, una pierna sana y la otra cortada hasta la rodilla, envuelta en una venda, quizá para ocultar o disimular la parte que le faltaba; lo seguían una mujer, una pareja y tres o cuatro chicos. Gritó en inglés: “Me falta una pierna y camino más rápido que ustedes. Ja, ja, ja”. Supuse que los demás se quedarían atrás para que esta verdad se cumpliera. Y otra carcajada.

Las terminales de mis filamentos nerviosos se calentaron y amenazaron con hacer saltar mi cerebro como un tapón. Como para que me oyera y no me oyera, dije en inglés: “Good for you” y agregué en español para uso familiar: “Ojalá que la panza que tenés te arrastre colina abajo y te rompas la otra”. Mis hijos se rieron pero mi mujer se indignó: “¡Esas cosas no se dicen!” “Ja, es verdad, pero se piensan y se desean. Es muy humano.”

El señor sin pata pasó al lado de nosotros alegre, alegrísimo, y con júbilo anunció al mundo y al universo: “Ja, ja, ja, desde que perdí la pierna estoy más ágil que antes, bajé 40 libras, ja, ja, ja”. “Bien, bien –dije–, congratulaciones. Eso prueba que no hay mal que por bien no venga. Si ahora estás hecho un cerdo, ¿cómo habrás estado antes? Un…”. Mi mujer reaccionó: “¡Basta!, no nos arruines el día.” “¿¡Yo!?”, pregunté asombrado a pesar de ser un experto en culpas mientras observaba al grupo que, como un cortejo fúnebre, seguía al señor sin pata.

Lo que temía y estaba escrito allá arriba ocurrió. Era un día hermoso, caluroso, ni una nube en un cielo en que suele haber tantas; mucha gente, picnics de las colectividades italianas y griegas, y probablemente no quedara ningún lugar vacío en otra parte y con un auditorio digno para ese fenómeno. Pero su voz, sana, alegre y vibrante, amplificada por la colina como en un teatro griego, y transmitida por el agua, cubriría todas las distancias y compensaría todas las ausencias. Al llegar a las mesas reservadas para los ancianos se detuvo y señalando con una de sus muletas anunció: “¡Aquí nos quedamos! JA, JA, JA”, cosa en la que no vi nada gracioso.

El carbón se quemaba lentamente. Mi mujer se había puesto al sol y mis hijos se habían ido para alquilar una canoa. Yo me senté en la reposera para esperar la formación de las brasas con una botella de cerveza. Las carcajadas y los gritos del señor sin pata me crispaban los nervios. Descarté para siempre el hecho de que hablara. Por un momento se me ocurrió que los que habían venido y lo rodeaban en silencio eran sordomudos, y él, con auténtica buena voluntad, gritaba para hacerse oír. De vez en cuando todo quedaba en silencio y veía a las mujeres poniendo la mesa, también en silencio, y al otro hombre, que lo mismo que yo, en silencio, tomaba una cerveza.

Más carcajadas y frases gritadas que me llegaban del lago. “¿Te acuerdas, Helen, de cuando el doctor me informó que tenía cáncer de huesos en el tobillo y que por las dudas tendrían que cortarme hasta la rodilla? Por las dudas, qué gracioso, jo, jo, jo.” Y otra: “Ja, ja, ja, y me dijo que tuve suerte, que me consolara, que había muchos que habían perdido las dos e incluso habían muerto como Terry Fox. Yo soy mejor que él, jo, jo, jo”.

A eso de las once y media puse sobre la parrilla los chorizos y las tiras de asado. Pero el encanto (mis fantasías) estaba roto, no me cupo duda desde el primer momento. Ni con una segunda cerveza logré recomponerlo, es más, creo que su efecto fue irritativo, tierra fértil para las carcajadas del señor sin pata. El placer, el tiempo, imaginarme frente a una caverna o en la caverna misma asando las patas de un dinosaurio, sentir la libertad infinita, sin teléfono, sin auto ni otras bellezas de la vida moderna, o imaginarme ser un gaucho debajo de un ombú, pampa infinita a la derecha y a la izquierda, se habían esfumado. Ensartaba el tenedor en la carne; la carcajada entraba en mis orejas, corría por mi sistema nervioso hasta mis dedos, el tenedor vibraba y la carne caía en el mismo lugar o al dar una vuelta completa, del mismo lado. La alegría de vivir del otro me destrozaba.

Para solucionar el problema, por un momento pensé en acercarme a él y preguntarle si el doctor no le había dicho algo acerca de la vida interior y la meditación. Descartada la idea, busqué otros recursos; esperaba que la carcajada se apagara para maniobrar con la carne y los chorizos, pero no me fue mucho mejor, el mal ya estaba adentro y circulaba por mis nervios. “Jo jo jo, qué doctor ese. Me dijo que me preparara a que el cáncer volviera en cualquier momento, ja ja ja.” Eso, me dije, que te mueras, que desaparezcas y se limpie la atmósfera. Pero, desgraciadamente, cada proceso tiene su tiempo y milagro fuera si ocurriera en ese momento. Y milagros ya no hay.

Si bien en mi familia no reina la alegría (¿reina o reinó en alguna?), no dejamos de rendirle homenaje a la mesa y a los platos. Claro que, con la sinceridad que nos caracteriza y que nos aleja del mundo, ese día nadie me felicitó por el asado; mis hijos y mi mujer se limitaron a engullir los chorizos reventados, a masticar la carne cruda y a escupir el carbón de las partes quemadas sin mucha educación. ¿Y el otro, el fenómeno? Su alegría no se ahogó ni siquiera con el placer de la comida; se reía y gritaba hasta con la boca llena. Terminamos de comer. Mi mujer siguió tomando sol y mis hijos, después de invitarme a dar una vuelta, cosa que agradecí y rechacé, se fueron.

Preguntándome si el loco era el otro o yo, con mi afán perfeccionista, estoy seguro de que me quedé, empecinado en completar mi tortura. Tiré los platos de papel, limpié la mesa y con otra cerveza, la cuarta o quinta, me tiré en la reposera con la esperanza de dormitar un poco y cumplir con lo que me había llevado allí.

En el fondo, estaba seguro de que el señor sin pata no cumplía con algunos mandamientos básicos; descansar, respetar a los demás, darle un respiro a su familia. Así que me puse a observarlo y como si se hubiera dado cuenta de que lo hacía, energizado por la comida, satisfecho con el único espectador atento y probablemente con la certeza de atraer a otros, se puso a la tarea de probar que un hombre sin pata no es inferior ni está muerto, mucho menos.

Por algo el lago estaba allí, para él; entró con las muletas, jojo jaja, y cuando su pata más corta llegó casi a tocar el agua, arrojó las muletas que llegaron cerca de la orilla; su yerno o su hijo mayor se precipitó para recogerlas antes de que se perdieran, no querría cargar con el señor sin pata, quien, por unos segundos (ave zancuda o ser de otro planeta o divinidad deforme que emergía de las aguas), vaciló. Se repuso con un grito guerrero de samurai (creo que ¡¡yippi!! o algo así), se lanzó al agua y gozoso retozó, exclamó, aulló y carcajeó tanto que su familia (que quizá lo viera por primera vez al aire libre), formó un corro en la orilla para contemplar el fenómeno nuevo que había adquirido; me imagino que sería su deseo. Se detuvieron algunos transeúntes que al no ver la pierna que le faltaba no entendían lo que pasaba, los motivos de tanta alegría; para no desilusionarlos, como un mástil truncado, alzaba cada tanto su pierna cortada; y los transeúntes, sin aplaudir, seguían su camino. ¿Hasta cuando duraría ese gozo? No duró más de cinco minutos; sus gritos atrajeron a un guardavidas que lo hizo salir del agua y que sin tener en consideración su alegría o la oportunidad que hay que darles a los discapacitados, aplicó la ley: allí estaba prohibido nadar.

Supongo que habrá pensado que las leyes son represivas y matan la alegría de vivir o frenan el desarrollo. Ja (este ja es mío), se rió más, como rebelde de una revolución pacífica y su arma, la muleta. Yo nunca me imaginé que se pudieran hacer tantas cosas con una muleta; además de ayudar a los sin pata o a los paralíticos para desplazarse, para hacer dibujos (su vena artística) y agujeros en la arena, remover el agua del lago como una cuchara la de una olla, como prolongación de la mano, herramienta, es útil para los ademanes y los gestos, como extensión del dedo índice, señala con mayor precisión que el dedo mismo, norte-sur, este-oeste, en un discurso o un sermón, nuevo profeta, predicados  con mucho entusiasmo y vehemencia, con un amplio ademán se puede abarcar la urbe, barrer la mesa, cosa que hizo y una botella de coca salió volando para darle en la cabeza a uno de los niños, que aulló.

Mientras la familia corría para atender al niño que se había caído agarrándose la cabeza, el señor sin pata, asombrado, viéndose abandonado, quizá resentido porque los seres humanos no apreciaran su afán de ser útil, se sentó (¿o se desplomó por fin?) en el banco adosado a la mesa. El silencio que logró por su propio mérito fue sedativo: terminé la cerveza, me estiré, cerré los ojos y me dormí.

Cuando me desperté, el silencio, por lo menos su silencio, seguía. Lo busqué y lo contemplé: el silencio era él. En el mismo lugar, las muletas descargadas de pólvora y apoyadas contra la mesa, la cabeza gacha, descargado del entusiasmo, contemplaba el vacío de la pierna.

Por un momento, si es que la compasión no es algo denigrante, lo compadecí. Comprendí lo que él estaría comprendiendo dolorosa y lentamente. Salvo el sol que declinaba arrastrando el día y que volvería al siguiente aunque estuviera nublado, nada había cambiado ni ocurrido; a pesar de todo su entusiasmo, a pesar de toda la energía que había desplegado, a pesar de todos sus esfuerzos y su exuberante alegría de vivir, la pierna no le había crecido ese día ni le crecería jamás.

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Una Respuesta to “Cuentos desagradables (cuentos, 2013)”

  1. Maria Elena Lorenzin dice:

    Excelente el cuento. Por momentos me recordó a uno de Nacer de nuevo pero éste va mucho más allá. Felicitaciones.

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