La palabra (novela, 2013)

Lapalabra
  “Nadador entre dos aguas, náufrago entre dos mundos,
morirás hoy,o esta noche, o mañana,
como   protagonista de ficciones…”

De  El arpa y la sombra,  Alejo Carpentier

 

–Lo que yo busco no es nada complicado. Es más,
se trata de hallar una palabra, sólo una: ¡y la encontraré!

 De  La conciencia de Zeno, Italo Svevo

 

 

A falta de futuro bueno es el pasado

Me llevaron, ni sé adónde, me trajeron y me dejaron. Me zarandean de un lado para otro, como durante toda mi vida. Y ahora… silencio, silencio total… Nadie. Ni Enrique, ni el Caudillo, ni el médico, ni  mi mujer. Por fin estoy en paz, con todo el espacio para mí, el espacio  y la tranquilidad que busqué toda mi vida… Graciela, ni Graciela, la única que… Pero no, no va a venir, sólo volverá ese maldito dolor que me vence y me arrastra; ya lo siento, se anuncia desde lejos, dolor del cuerpo y del alma… Pero no, esta vez no voy a dejar que me atrape, voy a luchar. A ver, ¿cómo era? Imaginarse, visualizar, el hombre se siente como piensa, visualizar “Los años de gloria, ilustre” como diría el Húngaro, quien siempre vivía en la gloria elevado por el alcohol. Sí, adelante, visualizar con el hemisferio cerebral derecho.  No, no, ése es para lo atemporal, lo subjetivo y el sexo, tanto que ni las mujeres hacen falta a pesar de que mi cabeza se llena de… Graciela, la única que… sin embargo algo nunca completado, un vacío… El izquierdo, sí, el izquierdo para lo objetivo, sucesivo y la historia. Claro que ¿fui? ¿soy? ¿o seré? Un mundo para ganar, para conquistar. Pero no nos distraigamos, visualicemos: una gran sala de conferencias atestada de público compuesto de profesores y alumnos; sobre el estrado, una mesa con una jarra de agua, un vaso y un micrófono que nunca usaba, no podía estarme quieto y caminaba de un lado para el otro. ¿El lugar? No tiene importancia, las comidas y las bebidas lo dirán. ¡Atención! Alguien sube al estrado, golpea suavemente las palmas, “Señores, por favor”, los murmullos se apagan, lanza unos carraspeos y me anuncia, alimenta mi autoestima, sí, de eso se trata, “Autoestima, pura autoestima, nada de sustancia, Ilustre”, me decía… Pero me distraje otra vez, visualicemos, veamos y escuchemos…

“Señoras y señores, tengo el inmenso honor de presentarles al ilustre profesor argentino Doctor Ricardo Ignacio Palmatieri. El Doctor Palmatieri es tan conocido internacionalmente que no es necesario que me explaye sobre sus méritos y demore injustamente su palabra que todos esperan ansiosos. Basta decir que con un libro a punto de publicar, con innumerables artículos y conferencias dadas alrededor del planeta, es uno de los más destacados lingüistas, historiadores de la lengua y críticos literarios con que cuenta el mundo académico. La conferencia de hoy, titulada ‘La palabra’, es el resultado de largas investigaciones sobre las múltiples… Pero no, basta de charla, que el conferenciante no soy yo. Señores, con ustedes, el profesor Doctor Ricardo Ignacio Palmatieri.”

Aplausos.

El profesor Doctor Ricardo Ignacio Palmatieri, anteojos de carey, corte de  pelo a lo prusiano, un poco entrecano, con saco y corbata oscuros, se puso de pie, acomodó su viejo portafolio contra el respaldo y le echó un vistazo a su mujer, una elegante rubia de sonrisa suave. Bajo la mirada de ella, con una carpeta, avanza entre los aplausos. Sube, deja la carpeta sobre la mesa, la abre, se frota las manos, se ajusta los gruesos anteojos, se pasa la mano derecha por la nuca; sin sentarse, comienza:

“Damas y caballeros, estimado auditorio, la consigna: ‘Vino, amor y pesetas para gastarlas’”.

…Ya sé, Madrid, finales de la década del ochenta o noventa… mi mirada de águila se pasea por el auditorio, pausa, expectación y luego, las caricias al público.

“Para mí es un inmenso honor presentarme ante ustedes, aquí, en España, la cuna de la civilización latinoamericana. Un país de larga tradición, acogedor como ya quedan pocos, de una cocina auténticamente popular y de vinos generosos. Siempre he sentido una debilidad especial por la Madre Patria. ¿Quién puede resistir la tentación de unas gambas al ajillo con un buen vaso de vino de La Rioja?”

…Y eso era verdad, se me hacía agua la boca… Prosigamos.

“Y como si todo esto fuera poco, es la cuna del escritor más grande de todos los tiempos y estoy seguro de que ya saben que me refiero a Cervantes, a quien con un gran placer releo todos los años. Sin él, ni la novela francesa ni la inglesa, qué digo, la de todo Occidente, habrían existido. De modo que ¡larga vida para las gambas al ajillo, el vino, Don Quijote y sus majestades!”

Mientras se apagan los aplausos, abre la carpeta, hojea algunos papeles y, siempre de pie, erguido como un mascarón de proa, después del último clap, continúa:

“Señores, ¿qué nos trae por aquí?”

…Lo tenía todo estudiado, me callaba, daba unos pasos y me detenía, miraba al auditorio, a mi mujer que me observaba con una sonrisa. Un escalofrío en mi espalda; ¿qué encontraría mal en mi conferencia? Un suspiro, o mejor, una respiración profunda para relajarme y entro en el tema; el versito, decía el maldito Húngaro.

“Señores, cada obra de arte, cada novela, cada cuento, cada palabra diría yo, ¿acaso un gran escritor argentino no habla del poema de una sola palabra?, es un vehículo, una barca que desde el pasado viene flotando hacia nosotros, cargada con el pensamiento de hombres que no hemos visto nunca; de hombres y mujeres que nacieron, sufrieron, padecieron y murieron. Al lograr entender la palabra no sólo penetramos en la mente de nuestros antepasados, sino en la de nuestros contemporáneos y, por extensión, en la mente general de la humanidad que se continúa a través del tiempo. (Ligera pausa.)Yo, en mis investigaciones, he centrado mi atención en la palabra que es, en mi opinión personal, la última unidad…  perdón, la primera…”.

…Por supuesto, según mi mujer, fue un barbaridad mezclar las gambas al ajillo con los Reyes de España.

En la misma época: presentaciones y conferencias en las salas de los departamentos de Filología o Lingüística de las universidades de Barcelona (mención del profesor de la importancia de la lengua y de la cultura catalanas y de la necesidad de defenderlas para mantener la identidad, las particularidades de su cocina, que es cultura, justamente); de París (mención del profesor de Rabelais, Molière, a quienes –en sus momentos de tristeza– relee cada año, del paté de foie, el auténtico camembert, y de los vinos franceses de cuya fama ni valía la pena hablar); de Budapest, (mención del Doctor Palmatieri del poeta nacional Petőfi, el Tokay, vino ya favorito de Luis XIV, el gulash, famosos internacionalmente); de Berkeley, California (con la mención de “grandes escritores americanos a quienes leo asiduamente” no hubo problemas, pero sí con la comida, ya que, aunque típicas, dudaba de que la hamburguesa y las papas fritas fueran comida. El sol único de California y los vinos californianos, cada vez más famosos y que se imponían en el mercado mundial, resultaron un buen recurso).

Transcurrían los años. Siempre bajo la mirada y la sonrisa suave de su mujer –que le parecían más y más ambiguas, tanto la sonrisa como ella–, con el pelo cada vez más blanco; en las universidades de Washington, de  Florida, los problemas fueron similares; los escritores se repitieron pero el sol y el vino fueron reemplazados por las grandes virtudes de una nación que él admiraba: el melting pot, “la democracia, si no perfecta, la mejor”, “el sueño americano”, “la igualdad de oportunidades y el derecho a la búsqueda individual de la felicidad”. Continuaron las conferencias, el mundo progresaba y la realidad, la globalización, se imponía. Una vez en territorio estadounidense mencionó en tono de broma a la Coca-Cola y las hamburguesas como descubrimientos norteamericanos y de valor cultural universal. Lamentablemente, dijo, le gustaría poder afirmar lo mismo del chicle, pero histórica y etimológicamente la palabra “chicle” es de origen nahua o azteca tzictli, así como la goma misma. Aunque, hay que reconocerlo: con el nombre chew gum la adaptaron a su propia cultura y le pusieron un sello muy particular, americano, y gracias a su fabulosa iniciativa y a los recursos tecnológicos, crearon infinitas variedades, entre ellas el chicle globo. Su mujer no lo aprobó, “no fue serio”. Y él, como si viviera cada vez más en un sueño, no volvió a hacerlo.

Aplausos y felicitaciones. Hubo otras conferencias en Tokio, Oslo, Varsovia, París. Generalmente terminaban con pequeñas recepciones de diversos estilos y según el presupuesto de la universidad. Eran muy apreciadas por el profesor, que las vivía como una prolongación del homenaje que se le debía, y una forma de adquirir nuevos conocimientos a través de las bebidas y las comidas, así como expresiones culturales (en Tokio tuvo que hacer un esfuerzo para alabar y tragar los pescados crudos de un sushi auténtico). Eran mucho más apreciadas por su mujer, quien  las consideraba “experiencias” y futuros temas de conversación con sus amigas sobre “cosas y comidas típicas” o en las reuniones en su lugar de residencia permanente, Ottawa, Canadá, aunque su marido no creía justificado el viaje a Japón para hablar de esa “cagarruta vomitiva” que  vendían en veinte restaurantes donde vivían. Y si eso no bastara, allí mismo (según el Húngaro) tenía restaurantes coreanos para tragar cucarachas fritas, chinos para comer perros y víboras, africanos para estofado de hipopótamos, y ningún restaurante argentino para comerse un buen bife.

Inglaterra, de paso por Londres, visita al British Museum, donde los ingleses exhiben orgullosos lo que con una conducta incivilizada saquearon a todas las civilizaciones. Lingüista, con auténtica emoción observó la piedra Rosetta (robada a los franceses, que a su vez se lo robaron a los egipcios) con la que Jean-François Champollion, gracias a las dos lenguas  (el demótico y el griego), descifró la tercera en la misma piedra:  los jeroglíficos egipcios. Discusión por  la compra de un libro con la historia de la piedra o la de una taza de porcelana inglesa, “preciosa y de calidad”, que reproducía las tres. Ganó la taza.

A mediodía corrieron para escuchar las campanadas del ineludible Big Ben. La foto de su mujer al pie de la torre fue de rigor.

Después de una de las conferencias de las dos o tres que dio en Oxford o Cambridge: “Ladies and gentlemen, es un honor inmenso para mí… la tradición del té sereno de las cinco de la tarde, el whisky en el club tradicional, un refugio en que los hombres todavía se reconocen y se sienten vivir frente al anonimato del mundo, y la infinita variedad de la cerveza inglesa que tiene alma… el poeta más grande de todos los tiempos… el inmortal Shakespeare, cuyas obras son mi lectura favorita y de quien un gran escritor argentino dijo… Y ahora a lo nuestro; cada obra de arte, cada poema, cada palabra diría yo…”. Cuando se dirigían a la sala de recepción, su mujer le comentó: “Ay, esa referencia a la vulgar cerveza no fue muy feliz. Estás envejeciendo”.

El profesor farfulló algunas palabras incomprensibles que tal vez no fueran más que algunas de los idiomas que conocía, o la misma palabra en distintos idiomas, y con su viejo portafolio de cuero flojo que colgaba de su mano como las arrugas de su papada –en el que, gracias a la increíble tecnología moderna, ya se encontraban la foto de su mujer al pie de la famosa torre que enviaría a Enrique, un amigo, en la Argentina–, las campanas de la torre resonando en su cabeza,  entró en la sala con la cara sombría. Ese día la comida y la bebida le cayeron mal.

…Sí, allí empezó todo, creo que ésa fue la primera señal de esta maldita enfermedad.

Mientras la Comunidad Europea era una realidad armónica en plena marcha (salvo alguna que otra pelea de gatos), él ya se sentía cansado como el siglo. Casi no le quedaban energías para, con la excusa de que tenía que buscar en alguna biblioteca un dato “importantísimo” para su libro, dejar a su mujer en el hotel o mandarla de compras mientras se tomaba un respiro, y si era posible, tirarse una canita al aire.  En algunos países  de la Comunidad, a precio módico, esas oportunidades no faltaban con las variaciones que se pudiera imaginar, especialmente en Amsterdam. Allí, ya despegado de su mujer, antes de meterse en el barrio de las lámparas rojas encendidas las 24 horas, entró en un bar para comer algo y mandarse un trago para darse ánimos. En el menú, además de marihuana, figuraba hachís de diferentes orígenes. Gastó lamentablemente su tiempo libre en “¿Lo pido?”, “¿No lo pido?”, “¿Lo fumo o no lo fumo?”.

…La Comunidad me complicó la vida, veía una cosa y decía otra. Sí, el Hungarito tenía razón. Cuando empiecen a llorar de nuevo por la miseria, la próxima guerra europea será por el precio de un kilo de tomates o de aceitunas. Todos nadaban en el mismo pantano del mercado pero yo tenía que encontrar y destacar las diferencias de un país con el otro, entre tomates y aceitunas italianos y españoles.

Sala de conferencias de la Universidad de Roma. Mesa, micrófono, jarra y vaso. Presentación. Aplausos.

El Doctor Palmatieri, traje y corbata oscuros, anteojos cuyos cristales habían engrosado con los años, avanza y sube al estrado. Deposita la carpeta con energía, casi se diría que la tira (recordó lo que le había dicho su mujer: “Ay, por Dios, no vayas a nombrar la grapa o la mortadela. Sería ordinario”), la abre, revuelve las hojas, cierra la carpeta sin haber sacado ninguna. Pálido, la mano detrás de la nuca, mira al auditorio como perdido, buscando. Sentada en el borde de la butaca, como lista para ponerse de pie, su mujer lo observa con una sonrisa que en ese momento parece estar inclinada hacia una dulce ironía vengativa.

El Doctor Palmatieri la ve y reacciona. Otra vez –ya es una costumbre en él– farfulla unas palabras incomprensibles. Empieza:

“Es un honor para mí, un gran honor estar en un país que pertenece a la Comunidad y que lleva el bello nombre de Italia, cuya historia, en línea directa, la más antigua de la Comunidad, se remonta a siglos antes de Cristo… Horacio y Juvenal… Petrarca y Dante, los más grandes poetas de todos los tiempos… poetas sin los que la literatura de Occidente… y a quienes releo… Roma, la ciudad eterna… los espagueti… el dorado sol del Mediterráneo… sus playas con mujeres sin falsos pudores, sin corpiños, bronceadas, frescas, jóvenes, bueno, algunas un poco gordas, pero el apetito… epa, me perdí, ¿dije todo eso?… la alegría de vivir… al generoso y cálido vino italiano… (Aplausos)…Señores, ¿qué nos trae por aquí?… Cada palabra…”.

Ese día, durante la recepción, para lograr un poco de alivio y bienestar con rapidez, al estilo asimilado de la cultura polaca o la húngara, el Doctor Palmatieri, utilizó el recurso del “acelerador”: de un golpe se bajó una copa de grapa reserva de 60 grados. Casi al instante, en vez del calorcito agradable y el alivio en músculos y nervios que solían recorrerle de la cabeza a los pies, un dolor y un ardor infernal en el estómago lo obligaron a doblarse. Mientras lo llevaban entre gritos y pedidos de auxilio, en su cabeza resonando las campanas de la Basílica de San Pedro, no soltó la cartera. Allí se encontraba una foto de su mujer con un pañuelo en la cabeza; detrás, como fondo, La Piedad.

…Me distraje, no seguí el método, así nunca voy a llegar a ningún lado a pesar de haber recorrido el mundo y viajado más que Marco Polo… Pero, ¿realmente me distraje o el dolor, ese maldito dolor agudo y punzante vuelve, y al volver, me llevó a Roma?  Hay que terminar con él, sí, terminar con todo, enough is enough, como lo decidí allá, en el Norte.

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Una Respuesta to “La palabra (novela, 2013)”

  1. Cecilia Chiappero dice:

    Excelente novela, Sr. Urbanyi. La presentó la Prof. Portela hace poco en la Universidad de Córdoba, y me dio mucha curiosidad por leerla. Ahora voy a ver si leo El zoológico de Dios, que también nos recomendaron. Lo felicito.

    Respuesta:
    Gracias Cecilia por tu felicitación. Espero que El zoológico de Dios no te desfraude. Y también le debo agradecer la presentación de la Profesora.

    Suerte y saludos.

    Pablo

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