La inutilidad de los artículos

La verdad es que no sé para qué ponerme a escribir un artículo (si es que lo puedo llamar así) contra la inutilidad de los artículos o acerca de los artículos inútiles si este va a terminar como los que voy a criticar. La única satisfacción que me va a brindar –y ya lo está haciendo– es haberlo terminado de escribir. Una pizca, apenas motitas de maldad, no van a faltar.

Pero tengo que ser preciso aunque corra el riesgo de bordear esos artículos académicos sin sangre ni sustancia.

Se impone una definición: ¿qué es un artículo, o de qué artículo estoy hablando?

Por supuesto, descarto los artículos políticos del tipo norteamericanos en los que entran profundas mentiras con una ignorancia más profunda aún, y si es muy norteamericano, algunas insinuaciones de cuernos o sospechas del apestoso socialismo no van a faltar.

Tampoco cabe duda de que no se trata de los artículos para damas y caballeros que se consiguen en las mejores tiendas del ramo. Aunque, desgraciadamente, los artículos de los que voy a hablar (los que aparecen en las revistas, los diarios o en Internet), hoy por hoy, tienen una similitud oculta, subterránea, de vasos comunicantes para damas y caballeros: la chatura con la que están escritos y su increíble repetición, aunque parezcan diferentes: en vez de la injusticia o la justicia para con los indios mapuches, serán la injusticia o la justicia para con los indios tobas. Los indios están de moda y todos tienen que decir algo sobre el tema que, justamente, no pasa de tema.

Osvaldo Bayer, a quien la historia argentina le debe un infinito, es un especialista en las tribus. Pero, dicho con tristeza, hay procesos imparables, como el envejecimiento.

Los artículos se han convertido en objetos con características muy especiales. En su mayoría están copiados, traducidos o refritos. De esto hay dos o tres buenos ejemplos que aparecen en la contratapa del diario Página 12. Más de un vez se pueden leer (ya no los leo, me bastó uno) artículos de Juan Gelman para enterarnos de las consecuencias catastróficas del terremoto de Japón y sus plantas nucleares o tragedias similares. Los malos triunfaron y triunfarán, pero el artículo dejó satisfecha la conciencia del gran vate y a uno o dos de los probables lectores que exclaman: “Qué barbaridad.”

Otro que figura en el mismo lugar con chismes intelectualosos que parecen resacas y refritos a escobazos de otros artículos de Internet es Juan Forn (entre los amigos de la mesa de café, Juan Forro), que todavía encuentra vendible a Stalin o alguna curiosidad similar. Leí uno que escribió sobre Sándor Márai: el mejor ejemplo de la receta refrita de Internet. Siempre en el mismo diario leí preciosos artículos-obituarios (también intelectualosos) de Silvina Friera en los que la muerte de los personajes parece la muerte de un Titán y de los que, amorosamente, cumple con el standard: todos fueron bonitos y honrados durante sus vidas fructíferas.

Basta del honorable Página 12. No menos ocurre con el aún más honorable diario La Nación. Allí, un talento (o que fue un talento al que respeté mucho) como Mario Diament, que ahora vive en los EE.UU., les vende buzones a los argentinos, y algunos de sus artículos, con explicaciones para comprender de lo que se habla, parecen propios de la revista Billiken. ¿Tan bajo cayó el nivel mental de los lectores de La Nación? ¿O es una epidemia?

Me causan mucha gracia las grandiosas y valientes declaraciones sobre la libertad y la democracia, palabras que más bien parecen huesos para distraer perros. Pero, si los Testigos de Jehová creen que con sus aullidos expulsan al demonio, ¿por qué no creer en los aullidos de los que bombardean con la democracia y la libertad a los palestinos en Gaza? No hay mejor espectáculo para el mundo libre y democrático que observar cómo caen las bombas. Dicen (yo no lo vi) que muchos tienen una sonrisa satisfecha, que bien podría ser sádica, o una combinación de ambas.

¿Hay otros artículos? Miles, casi se podría decir que de artículos vive el hombre y que no se muere de hambre como los niños desnutridos del África. Cada semana aparece un tratamiento alternativo de salud, uno mejor que el anterior. La mayoría son psicoanalíticos, con métodos innovadores, muy personalizados, para encontrarse a sí mismo en medio del ganado. Los artículos sobre la relajación dan calambres. Las dietas para adelgazar o engordar con recetas secretas producen bulimia o anorexia o viceversa.

Qué tristeza escribir artículos inútiles. Pero tal vez los más inútiles son los miniartículos que engendran los grandes: los comentarios de los lectores que creen cumplir con un deber y realizarse a través de los mismos. “Aquí está mi comentario, ergo, hay democracia, libertad y existo.

De estos hay muchos, muchísimos, más que los artículos, infinitos. La mayoría son controlados y no permiten ninguna crítica un poco profunda o categórica; sí, son democráticos dentro de la libertad controlada. Y no se trata de insultos, bastan viejas ideas actualizadas, porque son categóricas. Por ejemplo: “A título de qué hablar tanto de economía y de resolver los problemas con una charca de opiniones, ¿no habrá llegado el momento de votar una ley que condena a la horca a todo aquel que posee más de 500 mil de xxx moneda y sin excepción a todo banquero?”  O preguntas más profundas: “La Iglesia, ¿está contra el aborto y la contracepción porque con los pederastas que alberga necesita renovar a las criaturas que crecen y se le van de las manos?”

Estoy seguro de que hay muchísimos que se hacen estas preguntas pero su cobardía, su buena educación y la cachiporra de la policía que defiende sus intereses (sobre todo ésta) les impiden escribirlas y menos llevarlas a cabo. En este mundo democrático de libertad controlada, la cachiporra está internalizada.

Los artículos o notas más imbancables: los que tratan sobre el autor mismo como fenómenos únicos, ocurra lo que les ocurra, o el tema que sea si ellos están metidos y son el personaje principal.

Los Atributos Perdidos

Nota: se nombra a un articulista de La Nación que ahora está en El Cronista Comercial. Para el caso es lo mismo.
Be Sociable, Share!

Relacionados

3 Comentarios to “La inutilidad de los artículos”

  1. Martin dice:

    Creo que parte del problema es que hay que publicar todos los días y demasiadas cosas. Hay que publicar hechos y dar opiniones, y si por un lado los hechos no son tantos -más bien, y de forma lamentable, las desgracias se repiten-, por el otro, la capacidad de tener una opinión formada frente a un episodio complejo implica tiempo, tiempo para pensar y decir algo que aporte algo al debate. Me parece que hoy cada vez menos tiempo, en parte, porque, paradojalmente, nos la pasamos perdiendo el tiempo en ahorrar tiempo -el boom de las telecomunicaciones, a veces, me parece que apunta a eso: ¿ganamos o perdemos tiempo al estar todo el tiempo comunicados o siendo susceptibles de ser contactados por alguien?-.
    Con respecto a los comentarios de los comentaristas, lo que me llama más la atención es el tono agresivo que toman por lo habitual. Me parece que ese tono refleja una dificultad en marcar distancia frente a un texto: al revés, parece que hoy, algunos, frente a un texto sólo saben reaccionar con la descalificación. Más que como un recurso de falsa participación democrática lo veo como una manera de atacar al prójimo.

  2. Alejandro Jaramillo dice:

    Nota: Alejandro: la respuesta está en Diálogos.

  3. A. P. dice:

    No queda mucho por decir por que lo dijiste todo. Y si agrego que estoy totalmente de acuerdo, suena a “refrito” (esa palabra sí que es una gotita de maldad, y lo peor: ¡me gusta!). Es decir, mi comentario es como un miniartículo que, encima, jamás engendrará otro grande.

    En resumen (del miniresumen anterior), este “in-artículo” o “artículo-desarticulado” de Los Atributos Perdidos deja mucho para pensar en cada párrafo.

Deja Un Comentario

(necesario)

(necesario)

© 2011 Pablo Urbanyi Sitio Oficial Suffusion WordPress theme by Sayontan Sinha