Como el clavel del aire

Como el clavel del aire
Como el clavel del aire,
así era ella, igual que una flor…
(Juan de Dios Filiberto-Fernán Silva Valdés)

 

1.
Al rojo vivo, como el clavel prendido del ladrillo,
la poca pretensión de sus raíces en el viento,
brotes tiernos del cielo la tardecita de los sábados
asidos a un murmullo de luz dicho al oído:
ajenas no le son las finas hebras del aire al aire,
esa música lejana, así era ella, de sí misma tan ausente,
igual que una flor tardía entre las hojas
del libro en que releo el nombre de tu nombre.

2.                                                  a Judith Said

Ser qué más, entonces, que a punto de ser,
sin preguntar jamás de dónde las palabras,
por qué son las que son y no las otras
que, desleídas, en silencio murmuradas,
confirman un recuerdo, un eco, una sonrisa
contenida por qué pudor cuando los labios
ya estaban, temblorosos, a un paso del poema.

3.                                                   a Mar Valls
En el corazón del bosque, late, temblorosa,
la nunca vista, un pétalo diría, la abubilla,
escondida en su propia hondura indescifrable.
Yo también pregunto por ella, pálpito puro,
pero a mí tampoco ni el eco me responde:
nada más ajeno a la piedad que la poesía.

4.
Qué trasluce sino frágil, quebradiza la llovizna,
chispazos del farol en el sendero de adoquines.
No sólo el llanto humedeció las fotos
del álbum hace años dejado en el trastero.
Alguien apoyó su copa sobre la sonrisa,
como si el olvido fuese casual, imprevisible:
urgencia por no saber, si es posible, nada.

5.                                                a Lilián Garrido
El momento de despojarnos enciende la risa
como un regalo que sostiene alta la copa:
mi mano roza tu boca, planetaria es la palabra:
sólo así se hace evidente que la tierra
gira sobre sí misma hasta envolvernos.

6.                                    a María Figueroa (“la Negra”)
y Sabina Chacana (“María”)
Derrotado, vuelvo a llevar la navaja en el bolsillo,
la mano presta para cometer lo irreparable,
porque sólo ser el otro me exige y me redime:
alguien está servido, ellos se ensañan con su carne,
cuelgan sus pies a unos centímetros del suelo:
el poema es su grito, mías sus vísceras, su sangre
ennegrecida como la tierra baldía que ella riega.

 7.                                                         a Joan Ricart
La muerte, nunca tanta chance a la aventura:
riachos de oro y lila y rojo en las alturas
y el juego del ligero oleaje orlado, agitado
por el iris de una tarde iluminada:
abajo, la magia negra de las algas, los erizos,
que me van desprendiendo de las rocas
como quien cumple, sonriente, su destino:
al vaivén de los años, la vieja nutriente.

8.
Como el estallido del sol entre los ojos:
acodado en la borda del barco que me lleva
y esa estela de bruma en el río infinito,
y el chasquido del barro, el lengüetazo
de la espesura del amor en retirada.

9.
Ya no es lluvia sino apenas la llovizna,
el chasquido de los zapatos en el barro,
como si desprenderse de la tierra les costara:
y recuerdas otro charco y otra espesura
y no te atreves a cubrirte la cabeza, esperas
que otra mano lo haga, pero no vendrá.

10.                                                               a Ana Basualdo
“La historia avanza hacia atrás”, se asombra el poeta
tras recorrer toda la calle y volver al umbral de partida:
el hombre se lleva las manos a la cabeza y reconoce
el aleteo de una sombra que lo saludó esta madrugada.
Aún chispean en la noche las herraduras del caballo
que hace un rato pasó por el cielo rumbo a casa.

11.

“No en la palabra la ternura, sino en las manos,
no la justicia en la ley sino en lo que damos y tomamos,
como el clavel del aire –dice– echa raíces en la nada”.
El poeta se pone al final de la cola y se desentiende:
“no desconfío de la urgencia de quien me hace a un lado;
siempre dispuestos, empecemos de nuevo hasta lograrlo”.

12.
Las manos no tienen otro sentido que el agua
que se cuela definitivamente entre los dedos:
su forma sólo se debe a lo que no retienen,
incluso el vacío que el puño sostiene en alto
como si fuese el golpe final de nuestro esfuerzo,
pero es sólo un hálito de risa que entrevemos,
como si todo fuese un juego que comienza.

13.                                                 a María Malusardi
El temblor de la araña que camina sobre el agua
con la delicadeza que sólo ella sabe transitar,
como si cargase sobre sí la transparencia
de la luz que levemente la sostiene, ofreciéndola
a una tarde de infinitos y suaves, tenues tules.

14.                                                   a Mijal y Adam Gai
“¿Cómo es que nos miramos a los ojos y no vemos
ni en los tuyos ni en los míos las lágrimas que sangran?”,
pregunta al aire el clavel del aire y se estremece;
una gota avanza hasta la punta de la hoja y se descuelga:
en ella parpadea, por un instante, el universo entero.

15.                                                            a Marina Solsona
“¿No saben lo que hacen?”. No, no saben lo que hacen,
pero el perdón chirría como arena entre los engranajes
del campanario que observa, de pie, pasar la noche:
las campanadas anuncian lo que ya todos saben,
la severidad del badajo contra el bronce inapelable:
ahí, en la explanada, los burdos desechos, bajo una lona
que todavía agita el viento, la sangre, este poema.

16.                                              a Noemí de Ángelis
Como el clavel del cielo, como el maná del aire,
no digamos nada sino ahora, esta fe, este instante,
inesperada la flor hasta en su pétalo incipiente:
todo lo demás se asoma al vacío y da miedo.
¿A quién llama el niño que se despierta y llora?

17 .                                                          a Ciro Bustos
Nunca sabremos exactamente qué fue, qué pasó,
ni siquiera qué es, qué está pasando ahora y dónde,
pero ningún mapa es fiable, toda brújula enloquece,
y nada nos vuelve sordos ante el aullido inconfundible,
ni aun camuflado de quietud, esa palada de tierra
que arrastra a un hombre hacia el fondo de sí mismo.

18.                                      a Santiago Vidal y Pilar Asllapus
El clavel del aire, y sólo por ser del aire, agita su penacho
donde la araña teje su tela más tenue, su trampa infinita:
algunos hilos se rompen, se desgarran, se descuelgan,
pero la araña repasa, repasa, se desconcierta, pero repasa.
“¿Dará flor?”, y el clavel del aire, un suspiro, vuelve al aire.
“Sólo un renacido verdor –piensa el hombre– decidirá el rumbo”:
el asombro, la lentitud de la tarde, el trabajo verdadero.

19.                                                          a Pablo Urbanyi
La eternidad del exilio, como un volcán que arde
en la hondura del océano que nos une y nos separa,
hasta que también la muerte sea la oleada del milagro,
el viento que agita la cortina en su danza imperceptible,
el golpeteo de los barcos en el muelle, las gaviotas,
calle arriba, la que nos saca del pueblo, paso a paso,
de modo que nadie sepa que ahí estuvimos, amarrados
entre palabras que nunca dirán lo que callaban.

20.                                             a Alejandro García Schnetzer

Es así: no hay otra forma de escribir que no sea a mano,
torpe, macerada mano por el transcurrir más lerdo,
y sobre el muro, al rojo vivo, hasta que tu nombre florezca,
sin más tierra que el aire, públicas palabras y tan íntimas:
el silencio que sustenta el vaivén de nosotros mismos,
en dirección hacia donde nunca, nunca llegaremos.

21.                                       a Roberto (“Roque”) Sciampa
“El silencio, sí, pero sólo en voz alta”, es un decir,
el aire donde crece el clavel para ser clavel del aire.
“¿Qué dirá la moza, se pregunta ahora, qué diría?”,
y es él quien calla, y yo que escribo y este sueño
que habitamos como si fuésemos un mismo latido:
“las compañeras se reían de los hombres de palabra
y nos tenían a todos en la punta de la lengua”.
Más que nunca amo la risa que desborda el poema:
es el lenguaje de los dioses cuando son humanos.

22.                                    A César Stroscio y Danièle
Un hombre se sienta en la mesita de la calle,
“acá todavía está permitido”, y saca un cigarrillo,
protege la llama y masculla “ay, noviembre,
hasta el viento es otro”, y ataja el diario que vuela
llevado por las ráfagas de un idioma imposible:
hace años que rompió con “la prensa enemiga,
y la proletaria, por suerte, ya no existe”:
nadie le festeja la broma, aunque él sí y se gira
y llama a la moza que le pregunta qué desea.

23.
“Ay, si te contase”, y le señala mismísima la vida,
una telaraña tendida al aire sobre un clavel del aire
a la hora en que el cristal achispa su transparencia:
“ni Haydn tuvo un clave tan sutil a la hora de Esterházy,
menos Mozart a la hora de perderse en el osario común,
ni yo, siquiera, a la hora de cegarme en tu sonrisa”,
y la moza hace girar la bandeja con el desliz de los dedos,
porque de quién si no suyo y sólo suyo es el sol.

24.                                      a Henry Lerner y Marta
El hombre atrapa el diario antes que el viento
y descubre ese penacho que cuelga, enloquecido,
en la casa de enfrente, la del balcón vacío:
las persianas, cerradas para siempre a cal y canto,
agravan una discusión que no termina de saldarse:
¿de qué cerrado olvido se alimenta la memoria
sino de la luz prismada por un antiguo llanto?

25.                                                    a Héctor Jouve y “Porota”
Más allá del muro, debajo del musgo que oculta la piedra,
de la maceta, junto al rellano, donde nunca llueve,
de la aldaba que ninguna cita incumplida ya impacienta,
de las ventanas tapiadas para siempre, siempre, siempre,
están los bosques de Irati, la otra sangre, la del otoño,
que licúa la historia en nervaduras que no cicatrizan:
quienes caminamos envueltos en el fulgor de las hayas,
como si la luz cerrase nuestros ojos dulcemente,
ya sólo añoramos un techo de hojas donde quedarnos.

26.
Penachos de cumbre a nuestros pies, un mar de bosques,
rojizos hasta las nieves cuando empieza a amanecer,
leño que arde como en los labios el más oscuro vino,
el humo del hondo aroma que envuelve los deseos
y una meada sobre las brasas, por las dudas, antes de partir.
“¿Quemamos bien todos los mapas, las fotos, los volantes?”.
¿Es necesaria la brújula para lograr desorientarnos?

27.
Un poema, este mismo, torsiona las palabras
libradas al papel que se arruga en el bolsillo,
la birome –”un signo de los tiempos”– que se agota
en una postal de Chagall que nunca será enviada,
la novia prendida del aire como un clavel del aire,
que ahora tiembla abrazada a un cielo rojo vivo.

28.                                                                a “Cristóbal”
Y con buen humor, pese a todo, incluso la obsesión
de no sentarse a espaldas de la puerta ni del pasado:
todo lo demás es la memoria anegada en dolor.
La posibilidad de matar ya nos hace asesinos,
y hay preguntas de siempre que siguen sin respuesta:
¿por qué el manotazo que mata al mosquito?
¿por qué la osadía de rematar hasta la misma muerte?

29.                                     a Juan López y Felipe
a Christian Kupchik y Chiara
Por eso el hombre elige la mesita de la calle
y observa las mutaciones del mundo en su derrumbe:
las pequeñas ramas hienden el aire y son raíces
que auguran catedrales de bosques gigantescos.
Sí, el hombre aún cree y cambia la brújula por la veleta
para saber exactamente la hora y el rumbo de irse.
La moza se para en la puerta del bar y lo mira:
el último destello se arremolina en su bandeja.

30.                        a Rosa Gil Martínez (“Duke Baluke”) y Félix
Él querría decirle que, algún día, se sentará ella a la mesa
y será él quien le pregunte qué desea y ella quien le diga:
“un poema, por favor, corto de agua y ausente de llanto”.
“Así era ella –le aclarará el poeta–, igual que una flor”,
y todo será más claro, acaso el aire, el clavel, esta historia,
aunque en mi cabeza no deja de volar un pájaro insomne,
y me vuelvo por última vez para contemplar tanta belleza.

Alberto Szpunberg

 

Be Sociable, Share!

Relacionados

Deja Un Comentario

(necesario)

(necesario)

© 2011 Pablo Urbanyi Sitio Oficial Suffusion WordPress theme by Sayontan Sinha