Los talleres literarios

Así se forjan las palabras
Así se forjan las palabras

 

En una entrevista a Faulkner:
–¿Existe alguna fórmula que sea posible seguir para ser un buen novelista?
                                                                –El 99% de talento… el 99% de disciplina… el 99% de trabajo.

 

“Quod natura non dat, Salmantica non praestat.”

 

“El que sabe hacer una cosa, la hace. El que no sabe, la enseña.”
Goethe

El mundo cambia, evoluciona, y progresa. Y en algo más de medio siglo, las cifras con las que respondió Faulkner (1957) han cambiado radicalmente a 5% de disciplina, 5% de trabajo y 99% de promoción. Como se ve, el talento, lo que tampoco daba Salmantica, no es necesario, se compra en el mercado, tanto en los talleres literarios como en los diplomas de doctorados en las universidades de Estados Unidos o Canadá.

Al quehacer literario, a la auténtica creación, si es que no está cansada y agotada, le ha pasado lo peor que le hubiera podido pasar: se ha academizado. La academia, como una fuente más de entradas para salvar su propia agonía, la ha abrazado con pasión y la ha anquilosado con programas “en los que se fomenta, dinamiza, se estimula  la libre creatividad del estudiante”, palabras hermosas, retóricas y grandilocuentes, verdaderos chalecos de fuerza; ¿qué otra cosa puede ser un programa de estudios de la creación cuyo anhelo es el infinito?

La categorización de la mentira sigue. Ya se ha realizado en Primer Congreso Internacional sobre Escritura Creativa, celebrado en el Literaturinstitut de la Universidad de Leipzig, y, para los ignorantes en busca de la iluminación literaria, se aclara que es en Alemania. Así como la mafia es internacional gracias a la globalización, de la misma manera, como la peste, ha pasado con la escritura creativa. Además de Estados Unidos, la pionera, entraron en el coro de ranas Austria, la República Checa, Francia, España, Italia, Finlandia y, por supuesto, el país que mejor croa, la Argentina, cuyo escritor modelo se nos murió en Ginebra.

Así como el progreso nos da la comodidad de encontrar supermercados abiertos las 24 horas, las academias, o escuelas de escritura creativa, funcionan las cuatro estaciones del año. Y como si esto fuera poco, además del modelo de la rapidez histérica de programas académicos hay cursos acelerados y de inmersión para aprender a escribir una novela breve o larga o hacer un análisis de texto en 6, 8 o 10 lecciones de dos horas. No por nada está probado que desde los tiempos de Jesucristo, por más que ahora estén vacíos, los cerebros han crecido un promedio de medio milímetro.

Y si esto fuera aún poco, hay especialidades como literatura infantil y juvenil (Borges hablaba de una época feliz en la que no había cuentos para niños), cuento oral (como si no se pudiera leer algún cuento a los niños, que tienen más imaginación que los que relatan), y muchas otras que ni vale la pena nombrar.

Tampoco vale la pena hablar de las categorías de las escuelas, que, más que por su calidad, se diferencian por su envoltura. No es lo mismo un “diploma” de la Casa de Letras, que uno del Taller Internacional de Escritores de la Universidad de Iowa, ubicado en hermosos bosques, o del The Banff Centre Literary Arts Programs, entre lagos y montañas majestuosas, dando paseos entre árboles para tener la posibilidad fabulosa de darle la mano a un oso negro por lo menos una vez en la vida.

Hablando propiamente de categorías, nada es comparable a la Universidad de Stanford, de Laval, y de otras universidades prestigiosas, en las que se pueden obtener maestrías y doctorados en escritura creativa. Avergonzate, Homero.

Los cursos de escritura creativa que dan escritores que publicaron un libro de cuentos o de poesía en Alción (que no cobra barato para editar) y que no dan diploma, son pequeños grupos que más bien se parecen a grupos de terapia, y probablemente desde el punto de la salud mental sean más eficaces que las escuelitas de escritura creativa de más categoría. Por supuesto, en estos pequeños grupos nunca se verá a escritores invitados como en las academias o universidades adonde se suele llevar, cada tanto, a algún escritor que charle con los alumnos, de un cursillo de algunas horas, y pruebe que no son fenómenos extraterrestres, como creemos que realmente lo son.

Los diplomas de graduación que se otorgan a los médicos son licencias para matar, y en el caso de escritores diplomados, son licencias para matar la literatura, al lector y sus ganas de leer. Cacarear sobre la era de lo visual no es suficiente.

De ninguna manera niego la necesidad del maestro, es más, creo en su absoluta necesidad, y especialmente en un modelo como lo fue Borges. No sé si soy un buen escritor, o malo hasta dar calambres, pero desde primer año del Nacional tuve como guía durante años al irascible poeta Roberto Juarroz, quien me recordó que (antes de hablar con la suficiencia con la que yo hablaba, como un premio Nobel), allá lejos y hace tiempo hubo un Homero, un Sófocles, un Dante, un Rabelais y algunos más que quizá convendría leer.

En ninguna escuela encontré un estudio consciente de los antecedentes literarios que le tocarían superar al estudiante. Competir con los escritores muertos es la clave (lamento no recordar quién lo dijo). En los llamados talleres de lectura (la lectura se ha convertido en una especialidad) se leen algunos libros muy pero muy actuales, y se comentan durante algunas horas. Lo importante es el cliente, que si bien no va con la promesa de diplomarse como presidentes (que no necesitan diplomas), desembolsa su dinero para ir con la ilusión de ser popular, querido, amado, admirado, muy pero muy vendido, ergo rico, y por último, con recibir el premio Nobel.

Fragmentos de Lecciones de los maestros, de George Steiner:

No podía ser menos: las escuelitas de escritura creativa nacieron en la Roma decadente actual: Estados Unidos. Por supuesto, hizo falta la fe norteamericana del derecho de estar dotados (creo que el nivel no interesó, todos genios o todos infradotados) en el aprendizaje de la inspiración y el talento. Así, a finales de la década de 1930, un tal Paul Engle inició su Taller de Escritores en la Universidad de Iowa. Las clases de escritura creativa, los seminarios, los cursos de verano, los programas de estudio a distancia para servir a la globalización (y que no sirven para nada) son ahora una industria internacional.

Hay algunas dudas. Por ejemplo, ¿qué sería una escritura no creativa? ¿Falsa? Digo, si hay oro falso es porque hay oro verdadero. ¿Ocurre lo mismo con la escritura?

Las herramientas del escritor diplomadlo

Las herramientas del escritor diplomado

¿Tendrá razón el poeta Auden al advertir los efectos deletéreos en la independencia del instructor, en el inevitable artificio de la situación, formal y psicológicamente?

Las clases de escritura creativa, por muy honradas que sean, constituyen un alivio ante la soledad, una oportunidad de oírse a uno mismo en otras voces.

 

PD: no sé cómo me pude olvidar de este segundo capítulo de los talleres literarios, pero ahí va: lo titulo “El Paraíso Reencontrado del Gran Escritor o el Parnaso Internacional Electrónico.” Teóricamente, en ese lugar especial, por cienciainfusión, se producen grandes obras. He leído (o intenté leer) tres de esa obras. No digo en nombre de esos escritores, por otro lado conocidos, por sentir una especie de vergüenza ajena.  No hay gran diferencia entre las obras y prácticamente son casi exactamente  iguales, Todas comienzan con un prólogo de cómo llegaron a ese lugar privilegiados (sus méritos, claro, o por compasión, claro) y siguen con la descripción del lugar  a grandes rasgos, del dormitorio donde se alojan con rasgos menores , y continúan, de manera increíblemente detallada y meticulosa con el retrato del comedor, cómo tienen que hacer la cola con una bandeja, el menú, tres o cuatro formas en que se preparan los huevos, la posibilidad de elegir entre la panceta, el chorizo o el jamón, los cereales con mucha fibra tan americanos como el vaso de jugo de pomelo o de naranja, las tostadas con manteca o margarina… en fin, un informe detallado a los subdesarrollados  de escritores del subdesarrollo.  El que crea que exagero, bueno, que lo crea. Pero al inteligente le bastará leer el texto en negrita para conocer el lugar del que hablo, sin necesidad del menú pesado del desayuno que una vez comido, es una garantía para volver a la cama o aplastar e impedir todo pensamiento creativo.

He lo aquí (ver ilustraciones)

 

La misión del Programa de Artistas Djerassi Resident es apoyar y potenciar la creatividad de los artistas, proporcionando un tiempo sin interrupciones para el trabajo, la reflexión y la interacción colegiada en un entorno de gran belleza natural, y para preservar la tierra en la que se encuentra el Programa.

El Programa de Artistas Djerassi Resident es reconocido internacionalmente como uno de los programas de residencia de artistas de reconocido prestigio. Nos esforzamos por ofrecer la mejor experiencia posible de residencia para los artistas de talento superior de una amplia gama de antecedentes y localizaciones geográficas.

Como administradores de una propiedad única y hermosa, también tratamos de preservar la tierra y el uso de nuestras instalaciones con prudencia y de manera eficiente para obtener el máximo beneficio a los artistas y con el menor impacto en el medio ambiente.

Un momento de solaz e intercambio de experiencias vinílico-espirituales. Observad el ocaso en el ocaso..

Un momento de solaz e intercambio de experiencias vinílico-espirituales. Observad el ocaso en el ocaso..

Crepúsculo: Poetiza esperando el primer piar de un pajarito para mover los engranajes de su creación.

Crepúsculo: Poetiza esperando el primer piar de un pajarito para poner en marcha los engranajes de su creación.

 

Luego del ocaso, la noche ideal para orgías espirituales.

Luego del ocaso, la noche, ideal para orgías espirituales.

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