El viajero de las estrellas

Pablo Urbanyi: El zoológico de Dios, Buenos Aires: Catálogos, 2006, 174 p.

Pablo Urbanyi es un escritor estimado en varios países como lo testimonia la traducción de su obra a varias lenguas y el hecho de ser invitado a dar charlas en Universidades europeas y centros culturales. Si embargo,  es un escritor  “quitado de bulla”. Para él,  la obra debe hablar, no el novelista ni una crítica alabanciosa. A pesar de esa declaración, me referiré a algunos rasgos de una obra rica, que invita a la reflexión.

El título de la novela es una expresión húngara: “Es grande el zoológico de Dios” que significa que hay de todo en la vida.  Aclaró el mismo autor: “De todo hay en la viña del señor”.  En la novela aparecen muchas manifestaciones de lo humano: la inocencia, la indiferencia, el egoísmo, la locura, la ambición, la brutalidad, la muerte, la solidaridad, la ternura, el amor. La obra es un mundo en momentos habituales o terribles del personaje Fénix sin eludir ninguna situación.  Lo instintivo, en sus manifestaciones bestiales y  lo delicado encuentran su lugar en la historia como la crueldad, la violencia, lo  siniestro pero también lo hermoso de la realidad y  las personas.

Quien haya leído Rayuela de Cortázar, podrá apreciar la importancia que tienen los epígrafes que preceden a una narración.  También los de La ciudad y los perros que introducen partes o capítulos de la novela. Otro epígrafe famoso es el de José Donoso a El obsceno pájaro de la noche. En la Novela El zoológico de Dios,  tenemos dos. El primero viene de Las confesiones de San Agustín (del famoso cap.  X), digo famoso porque trata de la memoria): “La memoria hace emerger no la realidad misma, que pasó definitivamente, sino las palabras suscitadas por la representación de la realidad”.  Volvemos a un pasado que son palabras, representaciones de la realidad que ya se fue.  Recordamos con palabras.  El segundo epígrafe es de El hombre sin cualidades de Robert Musil. Las líneas se encuentran en un pasaje en el que el personaje Ulrich rememora su infancia.: “y sin embargo, el hombrecito no quería atraer a esta mujercita a él, sino más bien sustituirla, y  todo eso, con esa  enceguecedora ternura que sólo es propia de las primeras emociones de la vida  del sexo.”

Los epígrafes evidencian ciertos contenidos de la novela con lo cual, antes de comenzar a leer, se ha creado una atmósfera y, en el lector, una disposición para enfrentar el texto.  Ellos muestran  el ánimo del narrador, su motivación primera.

Esos elementos son: la memoria y las palabras que evocan una realidad.  Y, por otra parte, la ternura, el amor y su luz, como en el poema de Wordsworth: “¿Qué importa que el fulgor, antaño tan brillante, se haya alejado para siempre de mi vista? Aunque nada podrá devolvernos el instante de esplendor en la hierba, de gloria en la flor, no nos lamentaremos, y más bien buscaremos fuerzas en lo que ha perdurado, en la primitiva simpatía que, habiendo existido siempre existirá; en los pensamientos consoladores que surgen del sufrimiento humano, en la fe que sabe ver a través  de la muerte…” 

La novela cuenta una historia que rebosa la interioridad  del  personaje referida por la voz de un  narrador  sensible que plasma, en un discurso de una estimable dimensión lírica,  las experiencias sentimentales, sexuales y afectivas del personaje, poco habitual en nuestra narrativa y que es uno de sus rasgos más sobresalientes.    Hay un fino humor  y  una liviana ironía  respecto a algunos personajes y franca simpatía por otros, lo   que no le impide trazar sus caracteres con equilibrio. El tono narrativo es justo, aun en los momentos más difíciles, sin dejarse ir a sensiblerías.  La visión del amigo judío del niño, que es deportado y seguramente morirá, es contada sin despliegue verbal, el narrador es sobrio pero su imagen es por eso terriblemente profunda  y cruelmente verídica. Con Quevedo, podemos decir que el personaje principal manifiesta las furias de su corazón,  pero llora silenciosamente sus penas.

La novela tiene 27 capítulos y la narración está focalizada en el personaje Fénix, un niño,  del cual el que cuenta sabe mucho. El personaje está en una circunstancia especial: “Y en este momento, sumergido en una ensoñación, con más intensidad que nunca. No sabe si sueña, si está en un hospital por algún accidente o una enfermedad grave, o si, mientras el ataúd lo espera como un bostezo, en ese último segundo antes de la muerte en el que uno se acuerda de toda su vida. Para su sorpresa, el deseo de regreso estalla en él con más fuerza que nunca; es el deseo de nacer de nuevo, un deseo que sabe absurdo”.

El personaje sólo sabe que desea regresar a un pasado,  a su primer amor, y a su pequeña ciudad Ipolyság ( “pueblo junto al río”).  Sabe que será un renacer aunque su historia no será la misma.  Ese pasado ya no existe, no lo puede recuperar. Pero puede revivirlo imaginativamente gracias a las palabras. El narrador y el personaje están seguros que la memoria reconstruye el pasado a su manera.  La visión retrospectiva nos hará conocer una realidad pasada, mediatizada por una memoria reflexiva e interpretativa.  Tendremos una visión  que, de alguna manera no será “verdadera”.  Se constituye la deseada.   El narrador dice que el personaje, sabe que  nacerá y también que: “Como las palabras ocultan la realidad, la historia,  de su recuerdo no será la misma y que su madurez lo obligará a una reflexión, una interpretación de los episodios que la configuran. Asimismo,  es muy probable que, sin que se dé cuenta, revele lo que quisiera ocultar o,  por la falta de palabras, oculte lo que quisiera revelar”. 

El personaje en el que está focalizado el narrador,  tiene una clara conciencia que el lenguaje siempre expresa más de lo que queremos decir, que connota más de lo explícito.  Por otro lado, impide enunciar todo lo que se desea dar a conocer.  Esta paradoja del lenguaje ¿será la de la novela?

Este primer capítulo, nos ofrece el temple de ánimo  del personaje que es: el  “viajero de las estrellas que siempre quiso ser”,  porque quiere sumergirse en la atmósfera de su pasado  sin rehuir el dolor que le produce el  recuerdo del ser que amó.

La palabra convocará   ese  ayer que nos sitúa ante un personaje y  lo que será la narración y sus características.   El narrador conoce su historia y nos la va a contar con la nostalgia, los anhelos y las limitaciones  agravadas por la situación en la cual Fénix   está recordando una vida que llega a su fin.

Pero el personaje sabe que, al ir a su pasado, encontrará lo que lo reconfortará pero, al mismo tiempo eso le va a doler. El narrador marca eso con una reflexión de Nietzsche que dice que el viaje al pasado es engañador ya que de alguna manera:  “prolonga el sufrimiento al que queremos escapar: la esperanza” ; y agrega: “Viajar hacia el pasado puede contener algo muy similar, pero el viajero encontrará más piedras que diamantes perdidos en los vericuetos del alma y, por más que iluminen, su luz será fría como los ojos de un muerto.”  Fénix recobrará el amor, pero también la tragedia y el dolor: al volver a su presente, la carencia aumentará de un punto.

La historia comienza con su nacimiento.  Será la  vida de un niño con un padre casi siempre ausente y una madre dura, nada de afectiva.  El  niño recibe ternura de otros a quienes corresponde: a Judit,  a su abuelo, al capitán Vorosoff.

En un  cuento de M. A. De la Parra, un personaje femenino dice que toda mujer debiera ser iniciada sexualmente por su padre.  En El Zoológico,  Fénix es iniciado por una adolescente,  que le da el cariño que no le dio su madre. En el fondo, de lo que se trata es del descubrimiento no del sexo en sí, sino del goce sexual como la culminación de la complicidad en la ternura.  El narrador nos dice: “Si eran o no amantes es una cuestión de definición… Ni Fénix ni Judit habían medido el amor del uno por el otro. Pero que se adoraban, no cabía duda. “   No saben si son amigos, amantes, o qué, es el despertar  simplemente en condiciones difíciles para ambos .  La iniciación amorosa de Fénix no es un regodeo como lo habrán pensado algunos  que asistieron a la lectura de la novela en Hungría, no es Judit aquella casi ninfómana chica de 13 años de una novela de Giardinelli que aterrorizó a un hombre.  Tampoco es la experiencia contada por el personaje de El elogio de la madrastra de M.Vargas Ll,  su lamentable incursión en lo que  denominó novela erótica.  Digo esto porque el que nos cuenta agrega: “Para que tuviera a la mano y comprendiera libros como el Kama Sutra o Ananga Ranga o Las mil y una noches, todavía tenía que vivir casi dos décadas más. El descubrimiento de Fénix fue el redescubrimiento del fuego y la rueda”.  Por eso,  más bien, se trata de la experiencia más hermosa que tiene  la inocencia. Y eso me hace pensar  en el Adso de El nombre de la Rosa de Eco pero, sobre todo en el Oscar de la novela de Gunther Grass El tambor de hojalata.

Porque es el amor que hará recordar a Fénix, la belleza que tuvo en su infancia a pesar de la guerra y todas sus consecuencias. Hay pasajes del libro en los que se dice que nunca olvidará a su querida Judit.  Sólo muchos años más tarde, por sus clases de religión sabrá que pertenece a la orden de los lujuriosos que serán condenados por su concupiscencia.

Y además, está la amistad con el ocupante ruso, con el capitán Vorosoff que  le enseñará a jugar al ajedrez, que le dará su primer trago de vodka y que lo apoyará en sus momentos difíciles. El capitán le da la amistad y ternura que no tuvo con su padre.

La pérdida de su amigo judío, las breves conversaciones con su abuelo calarán muy hondo en Fénix. Por otra parte, el narrador cuenta y reflexiona sobre otros hechos que no afectan directamente al protagonista pero que forman indirectamente parte de su vida aunque a veces no se dé muy bien cuenta;  por ejemplo, sus ideas sobre la justicia, a propósito de la condenación de un loco acusado de incendiario y que es víctima de la mentira y de la hipocresía y sobre todo de la seudo legalidad. La música, el silencio, los sonidos, el sexo, el amor son elementos imprescindibles de nuestra vida, por eso, la fidelidad del protagonista a ese momento de su infancia y a su primer amor casi incestuoso por Judit, su amiga, su madre, su amante.

El último cuarto de la novela  es la muerte de Judit, sus funerales, la vuelta a su vida ordinaria y el estrechamiento de su relación con Vorosoff que también muere. Se instala una rutina, conversa más con su abuelo, ha crecido y ya no cree en muchas cosas: Vorosoff le ha torpedeado sus creencias, sabe que los personajes que ha amado pertenecen a cuentos maravillosos: “Nunca descubrió la cueva de Alí Babá y la seguiría buscando toda su vida sin encontrarla jamás.”

No sabemos nada de lo que hay entre su partida de Ipolyság y el momento en el que está recordando, sólo algunos retazos que conoce el narrador (que después se ha enamorado y que se ha casado tal vez, que ha vivido en Argentina, que ha envejecido, que ha sufrido de soledad, que siguió fumando y que es alcohólico, que arrastrará un sentimiento de culpa, por creer que ha traicionado: “…le quedó un pequeño lastre, castigo sutil del pecado de la traición y que, cada tanto, se manifestaría a lo largo de su vida como un nudo en el estómago. ¿O sería de alguno de los otros pecados y traiciones que acumularía? Daría lo mismo. Un buen trago de vodka lo desharía”.  Todas esas informaciones   se introducen al pasar. Ellas  nos permiten imaginar el desarrollo de esa personalidad. Es el lector que completa al personaje. Tenemos que admitir que la frase sobre el pasado, que contiene piedras y sufrimiento encuentra en ésta su corroboración.  Tenemos una historia  en sus momentos más significativos para el que recuerda; es como si lo que sucedió después de abandonar su pueblo no le importara mucho y tal vez su vida fue llenada pero jamás alcanzó la felicidad o sólo esporádicamente. El niño desaparece y el recuerdo se borra.

La historia llega  hasta una edad no determinada pero que es tal vez el fin de la infancia. Su madre, dice,  lo consideró un idiota toda su vida pero sin embargo, el narrador nos dice que es un niño inteligente. Como nació después de la primera guerra mundial, sus padres lo llamaron Fénix. Y el narrador agrega: “…en los albores de un nuevo renacimiento de la humanidad, en el que la tecnología, la medicina y otras ciencias dieron un gran paso (La Segunda Guerra Mundial)…”   el humor y la ironía aparecen ya en el principio pero, como atenuados a causa de la historia impregnada de nostalgia. La narración  está enmarcada en el contexto europeo y mundial, en ese momento decisivo en el que el mundo que empezó a ser diferente después de la primera hecatombe, comenzará a ser muchísimo más diferente después de la vergonzosa segunda.  Los personajes recuerdan una “época feliz” en ese periodo de entreguerras. El personaje también recordará esa época en la que todos hemos sido más felices que en el momento del recuerdo.

El mundo del pasado se ve desde el del presente, se ilustra muy bien eso, sobre todo se insiste en el carácter del personaje: “…como todo integrante de la humanidad, nació con la mente en blanco (y si tal cosa existe, con el alma también), e ignorando su programación genética. Tampoco recuerda sus primeros pasos que debieron ser vacilantes, y los sigue dando sin rumbo definido; pero sí, borrosamente, recuerda, como si siempre hubiera estado allí (le basta cerrar los ojos para que, como por arte de magia vuelvan a aparecer), a Judit, a una pequeña ciudad bilingüe, a húngaros y eslovacos conviviendo amablemente y odiándose en secreto.

Tenemos marcado el rasgo que alude al tipo de narración: vacilante y borroso, sobre los que se volverá a menudod; dice que  hechos y hazañas:

los ve de lejos  como sumergidos en una bruma.”  Respecto a su más hermosa noche de Navidad: “… ya no sabe si no es más que un sueño como los sueños son, o ha sido una realidad más real que la realidad misma, aunque la haya creado con un castillo de palabras”. Pasaje que no da el tono del recuerdo. Otro ejemplo está asociado a vivencias muy posteriores:“..recuerda y vive esa época como una ensoñación muy similar a la que suelen producir las películas.  Tanto, que a veces piensa que ni siquiera ocurrió. Bueno, le gustaría creerlo”. Pero  el personaje vuelve a su pasado, como si no hubiese podido nunca vivir sin añorar Ipolyság.

Más que parodiar o ironizar sobre hechos, espacios y personajes,  el narrador sigue paso a paso la vida de Fénix entre sus 6, 7 años…,  simpatiza con su personaje y, como él, se hace muchas preguntas ante una realidad que muchas veces lo desconcierta . A lo largo del texto hay preguntas, algunas vacilaciones del narrador que confirman esa indecisión o falta de precisión del recuerdo que, sin embargo es nítido, sobre todo en lo que se refiere a su amor, Judit.  También en numerosas oportunidades irrumpe el punto de vista del narrador que acota con humor o no muchas reflexiones y establece la diferencia entre la vida del personaje, antes y lo que es el mundo, ahora.  En estas acotaciones hay varias que se refieren  brevemente, a la vida en Argentina e incluso algunas al regreso a Ipolysag, como en el cap. 12: “Pero, en el piano, la hoz y el martillo con la inscripción  debajo, seguían allí y seguirían por mucho tiempo.  Estarían hasta cincuenta años más adelante, cuando Fénix volviera de América a buscar los tesoros ocultos por su madre”.

La obra se inscribe en un cuadro amplio, el de la segunda guerra mundial, estamos ante una mutación de realidad para los personajes. Se trata del comienzo de un cambio que en nuestros días alcanza una altura imprevisible.

El narrador ironiza en momentos respecto a una cantidad de tópicos.  Su punto de vista personal  irrumpe desde su época, entroncándose como anticipación. Es como si el narrador diera un paso atrás (o adelante) Y eso evidencia sus actitudes frente a esa realidad. Pero eso, que puede constituir una limitación o defecto en los marcos de cierta crítica formalista, es una manera que tiene el narrador de mostrarnos el texto como lo que es: ficción. El que cuenta no desea estar todo el tiempo en su narración y nos la muestra como tal;  al comenzar el cap. 13 nos dice: “Una breve recapitulación: de la fábrica artesanal del padre de Fénix, prácticamente no había quedado nada.” Eso es también, pero no solamente, Musil. Pero muchos otros novelistas, desde Cervantes,  se dirigen al lector para interpelarlo. Urbanyi lo hace de otra manera.  Digamos que es lo contrario del pintor Rousseau que, cuando estaba pintando la selva, abrió la ventana de su taller para asegurarse que estaba en París y no en la jungla. Este elemento nos permite advertir que la mentira que es la ficción, las mentiras de ese tiempo pasado que añoran los protagonistas, las mentiras de ciertos personajes, es ahora, la mentira hecha sistema.  Frente a ella está la actitud del narrador respecto a los que llama enanos mentirosos, antes, de la radio y ahora, de la radio y la TV.

El narrador, invoca fuentes ajenas a su conocimiento y creo que esa  amplificación, es otro logro narrativo;  por ejemplo, dice: “Según el comentario de unos conocedores, de los cuales el abuelo se hizo eco, el bombardeo fue hecho por aviones rusos.” (60);  “Algunos cuentan y ya es leyenda” (p.87); “Dicen que el juez, antes de golpear el escritorio para imponer silencio…” (p.120);  y entre ésta y la cita siguiente, nos dice: “,…si Fénix tuviera que relatar ese juicio, lo tendría que armar como un rompecabezas, inexplicable.” (p.124) y luego “…Cuenta la historia que con el martillazo violento del juez se dio por terminado el asunto. (p.124)”. Además, cada cierto espacio, el narrador se formula preguntas; con esto, hace entrar  al lector en ese mundo que se le refiere.   El lector debe tomar una orientación, o dar su opinión. Varias veces, el narrador  concluye un momento con una reflexión.  Tal vez la pregunta en absoluto retórica sea la que se hace después de la muerte de Judit: “,…y cuando la vio ¿cómo contar esto?, hablar de lo que sintió, describir a Judit en su inmovilidad y silencio absolutos?” (p.131).  Todo eso se refuerza con un pasaje que dice: p. 106. “A esta altura de la historia del que recuerda, la pequeña ciudad estaba totalmente controlada”.

Lo que sorprende es que en plena rememoración nos diga: “¿Sería verano o fines? No importaba ni en el recuerdo?”  Debemos comprender que lo que importa es la esencia de esa recreación y no las circunstancias totales del recuerdo. Sin embargo, el  silencio y el sonido sí son importantes (p.37).  El tiempo, en los recuerdos de Fénix,  es impreciso (p. 42): salvo un tiempo aproximado medido por otros acontecimientos, a Fénix le es absolutamente imposible recordar fechas exactas (…) “habrían pasado dos o tres años” . Eso sucede a menudo y, con las irrupciones, caracteriza muy bien al narrador.

Esta  obra de Pablo Urbanyi es diferente a varios de sus cuentos y a sus otras novelas. El personaje  se defiende para contrarrestar un medio que lo ahoga, deja lugar al desarrollo de una interioridad reflexiva centrada en lo más importante para el ser humano: el amor.

Hay en la obra rasgos que caracterizan el pensamiento del novelista. El deseo de nacer de nuevo que dio título a uno de sus volúmenes de cuentos, me parece importante. El pasado que vuelve ya que hacer esfuerzos por olvidar es inútil.  También marca la obra de Urbanyi: su preocupación por nuestra realidad que cada vez se degrada más o de lo que pierde sin que sea reemplazado. Y otro ingrediente, es la denuncia de la mentira que aparece en varios momentos del libro. El engaño que se regenera (enanitos mentirosos de la radio y, perfeccionados, de la televisión) y que, como la estupidez humana, para decirlo con la expresión de M. Kundera, progresa también. Por eso aparecen esas irrupciones del presente del narrador en el mundo imaginario; el mundo no se puede revitalizar si determinados estratos no se preservan o no se recuperan.

Creo que la narración en tercera persona  es más bien el propósito de alejarse para ver mejor, las irrupciones del narrador, sus preguntas, opiniones y observaciones, constituyen la perspectiva del narrador en posición ulterior, es el adulto que se rememora su pasado y lo cubre con esa tercera persona para tratar de recuperar ese pasado, para tratar de revivir lo que fue y cómo fue.  Esta tercera persona encierra una primera que no debemos de ninguna manera confundir con el escritor. El narrador, como el personaje son partes constituyentes de la ficción, identificarlos es destruir la ficción, confundir nuestra vida con ella. Basten algunos ejemplos para demostrar lo erróneo de esa tendencia casi normal en un lector.  Macario, El sonido y la Furia, Orlando y muchos etcéteras. Baste mencionar cualquier cuento: El gato con botas u otro para probar que o hablamos historia o hablamos ficción, sin pero. Claro que hay casos menos evidentes como los testimonios o novelas como A sangre fría u otras. Pero si las consideramos dentro de la literatura, deberemos poder explicar porqué, en caso contrario deberemos considerarlas testimonios.

Urbanyi ha expresado, a menudo  su admiración por Musil. Lo que es más evidente para mí es su ironía, un decir sentencioso, aforístico casi, que está presente en muchos de sus cuentos y novelas. Pero también otro rasgo caracterizador de Musil: la reflexión, que hace de su gran novela inconclusa un relato lleno de apuntaciones a propósito de hechos y personajes que ensanchan el texto y que nos van lanzando cada vez a círculos más amplios para siempre volver a lo que podemos denominar hilo narrativo. En esta novela de Urbanyi, esto sucede frecuentemente aunque no tiene el carácter sistemático de  otros cuentos y novelas como: Nacer de nuevo, Puesta de sol, y  Una epopeya de nuestros tiempos.

Podemos decir que se trata de una novela de formación, un bildungsroman, pero no en su forma canónica.  Al final el pasado está tremendamente presente para el protagonista, de alguna manera  ha cambiado,  sus experiencias lo han cambiado.  Pero su pasado, que pareció  borrarse, que fue tragado por su posible futuro, que en la oscuridad, lleno de nostalgia, acarició su pasado en ese juguete que lo volvía a ese lugar a pesar de cerrar los ojos, hace que me decida más bien por aventurar que la permanencia ha sido muy fuerte ya que el personaje mismo dice que no necesita cerrar los ojos para volver a su pasado.  Por esto, creo que lo mejor es que me remita a Musil que en uno de sus ensayos dice: “La novela de formación de un personaje  es un tipo de novela. La novela de formación de una idea es, simplemente, la novela. Y creo que en el caso de El zoológico de Dios, tenemos simplemente una novela. Tal vez nuestro pasado no es el que quisiéramos pero podemos ser otros hoy si evocamos uno:  y lo seremos. No puedo evitar de mencionar El commandante della Rovere que asume una identidad y muere como un héroe. Fénix fue tal vez fue ese niño; en todo caso, es lo que desea recordar a pesar de todo.

Tal vez, al terminar de leer, recordemos nuestro Ipolyság, y, como nos  dice Cavafis, saber que hemos atravesado  la vida gracias a lo que Itaca nos dio:  nuestro pasado,  y podamos, como Fénix,  en su edad madura, recordar y rescatar,  por encima de todo, lo hermoso que hubo en él y así, poder viajar a las estrellas.

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