Redentores, salvadores, mártires o ¿qué?

A esta altura de la historia (exactamente eso: la historia), gracias a una inmunización por las informaciones, las imágenes y la exhibición impúdica de los dolores propios, ya casi no se cree en el dolor ajeno. Incluso el calvario, el sufrimiento de Jesús para redimirnos y salvarnos, y que culminó en la cruz –excepto para algunos clasificados como fanáticos–, por lo lejano, se ha convertido en leyenda.

Sin embargo, en el laberinto mediático, se escuchan algunos ayes de dolor y notas de misericordia que tratan de salvarnos (o salvar a otros), redimirnos o, acaso, de librarse de sus propios sufrimientos cargándolos en nuestras espaldas ya fatigadas por la compasión por los miserables que vemos circular por las calles.

Temo que nada de estos sufrimientos o dolores sean auténticos y realmente sentidos. No son más que verdades virtuales. Es el signo de la época: autopromoción, autopublicidad, un narcisismo que traspasa todo límite. Hablo de escritores, claro está, mi especialidad, que empieza a ser ridícula en el mercado si no levanto polvo de alguna manera, practicando algún tipo de canibalismo, por ejemplo, espiritual o real.

Pero antes de seguir y de dar algunos ejemplos, quiero dejar constancia de que tal vez no todos se puedan meter en una bolsa y quizás para algunos sea válida la frase agónica de Jesús:  “Perdónalos, Dios mío, no saben lo que hacen”.

Volpi, un muchachito de la generación del crack

Titular en El País: Volpi desnuda su dolor en ‘El jardín devastado’

Algunos extractos:

Laila ha perdido a su esposo e hija en la invasión de Estados Unidos a Irak. Ahora vende su vida y se lanza a un peregrinaje entre cuerpos ensangrentados sólo para ver una vez más a sus hermanos vivos. Ana lucha contra sus adicciones, se regodea en las carencias de su entorno familiar y sufre como propios los fracasos de la izquierda mexicana en unos dudosos comicios. “Él, el narrador, que tiene lo peor de mí”, dice Jorge Volpi, es un desarraigado que se desahoga con rabia y con dolor, sentimientos atravesados por la indiferencia, mal de estos tiempos.

Y sigue explicando (en general, los escritores actuales, como Piglia, que es un maestro en la materia, explican para ser entendidos y promocionados con altura):

“Ha sido un proceso doloroso porque desde el principio me planteé explorar el dolor. Creo que la novela es una exploración del narrador, un proceso de liberación, en busca de un libro sobre la indiferencia, sobre el egoísmo como algo circunstancial del ser humano”, dice Volpi. A la tarea de analizarse, añadió el cansancio que produce escribir cada capítulo a mano antes de volcarlo en su bitácora. “Escribir a mano cambia bastante el ritmo de la prosa por lo que se cansa la propia mano o por la velocidad, que es menor, me gustaba esa combinación entre lo más primario y lo más tecnológico”, explica.

Eludo los comentarios como el oportunismo (la guerra de Irak), los cuerpos ensangrentados, para lo que basta mirar la primera (o segunda) página de cualquier diario, de cualquiera, ya que lo macabro, con fotos y breves videos, se ha convertido en elemento de competencia en el mercado para aumentar las ventas, y por último esa confesión agónica que sobrepasa lo ridículo. Todo sea por el arte.

Es todo un paquete de dolor y sufrimiento, si fuera creíble, o por lo menos verosímil. Conocí a Volpi en Salamanca, los días en que recibió el premio de Seix Barral. Se negó a presentarse frente a la televisión ya que esperaba órdenes de su o sus agentes literarios: un perrito obediente. Luego, en un festival en Montreal donde, con su estilo coherente, confesó públicamente (no tuvo otra solución) que, para poder publicar su novela premiada en EE.UU., permitió que cambiaran la versión original. Y aclaró dolorosamente (muy dolorosamente) que luego se arrepintió. En resumen, debemos felicitarlo: redescubrió la catarsis de la tragedia griega.

Puede ser que mi definición sobre Volpi sea un poco exagerada, pero no dejaré de escribirla: basta acercarse a él para sentir la frialdad de un ente linfático en quien, incluso la sangre, fue reemplazada por la linfa. Algunos toques esquizofrénicos en su escritura no le faltan, pero son muy simpáticos por su inocencia.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Volpi/desnuda/dolor/jardin/devastado/elpepicul/20081228elpepicul_2/Tes

Tomás Eloy Martínez y Carlos Fuentes, hermanados en la desgracia y el duelo 

Continúo en el oasis en esta larga caravana del dolor y sufrimiento: los redentores de sus seres queridos, personalizados.

Alguna vez y en otra parte, cité un dicho húngaro: “Cuando la muerte habla, a cerrar la boca”. O, si hay un velorio, se pueden repetir clichés populares: “No somos nada”; “Así como vino, así se fue”; “Si ayer no más…”; y, es de rigor, contar chistes mientras aquellos que realmente sienten la desaparición del ser querido lloran su dolor a su lado o acurrucados en un rincón. Eso era antes, ya que se ignoraba la importancia que podía tener la promoción y el límite era uno o dos obituarios.

Hoy, si alguien es conocido, popular, un personaje de categoría y quiere aumentar su fama, uno de los recursos es servir al ser querido en bandeja a los recursos mediáticos. Quizás, no lo sé, hay que matar algo dentro de uno antes de hacerlo, o tal vez no, ya está muerto hace rato y realmente no saben lo que hacen, salvo exhibir impúdicamente su dolor, un error entre tantas cosas magníficas y buenas que hicieron: relativicemos sus actos.

No estoy seguro de lo que digo, quisiera que en una materia tan delicada juzgaran otros, como ya lo hicieron algunos, pero sólo sobre la mesa del café o entre dos. Por suerte, además de la mesa de un bar, también lo oí dos o tres veces por teléfono.

O, vaya a saberse, hacen hablar a sus muertos. Tomás Eloy Martínez al mejor estilo de sus artículos periodísticos de suspenso, casi de estilo policial:

http://www.lanacion.com.ar/45920-en-memoria-de-susana-rotker

Y Carlos Fuentes al mejor estilo de las novelas sentimentales:

http://www.elpais.com/articulo/cultura/FUENTES/_CARLOS_/ESCRITOR/FUENTES_LEMUS/_CARLOS_/HIJO_DE_C/_FUENTES/hijo/hombre/fin/elpepicul/19990515elpepicul_7/Tes

Los artículos de Tomás Eloy Martínez y Carlos Fuentes mueren donde mueren todos los artículos: en los archivos de los diarios que los publicaron para ser recordados de esta manera.

Ariel Dorfman y Antonio Skármeta unidos por un abrazo provocado por terremotos  

Gracias a Dios, su zoológico es muy grande y hay de todo en su viña. Leyendo las Reflexiones, sentencias y máximas morales  de La Rochefoucauld, aprendí más sobre el ser humano (y sobre mí mismo) que con las obras completas de Freud, que, por supuesto, no leí. Pero inspirado por las Máximas, puedo deducir con bastante aproximación a la verdad que hay personas que rezan a Dios para que, por ejemplo, se produzca un terremoto, y que, en el acto, antes de que la tierra termine de temblar, puedan saltar a la palestra con un artículo redentor o el que fuera. Hasta me atrevería a decir que en sus cajones ya están preparados y sólo hay que ponerles año, día y hora.

Tal sería el caso de Dorfman y Skármeta, siempre al día y oportunos en todo, especializados en terremotos gracias a que su país los padece con frecuencia.

Dorfman:

Fue hace casi 50 años atrás cuando me tocó mi primer terremoto, el que todavía me causa pesadillas. Me encontraba, ese 22 de mayo de 1960, presenciando un partido de fútbol en el Estadio Nacional en Santiago de Chile cuando se oyó un ruido ensordecedor y, de pronto, así como así, desaparecieron las montañas. No exagero:

Y supe también del sufrimiento y el terror. De boca de los sobrevivientes, escuché de hombres, mujeres, pequeños que, huyendo hacia los cerros, habían sido succionados por el tsunami mar adentro como si fuesen retazos de madera.

http://www.elpais.com/articulo/opinion/terremoto/desafio/Chile/elpepiopi/20100303elpepiopi_4/Tes 

Yo me pasé las semanas después del terremoto ayudando a recoger dinero, víveres, frazadas, colchones, que fueron enviados al sur con caravanas de entusiastas estudiantes y voluntarios (entre ellos iba mi futura esposa, Angélica, que se pasó un mes reconstruyendo viviendas en el pueblo de Nacimiento). Fue una lección de solidaridad que nunca he olvidado: aquellos que menos poseían fueron los que más dieron, más se preocuparon, más se sacrificaron por sus compatriotas malheridos.

Creo que las fuentes más profundas de solidaridad que presencié durante el terremoto de 1960 todavía se encuentran fluyendo adentro de la amplia mayoría de los chilenos, y han de constituir el semillero desde el cual van a brotar los esfuerzos más duraderos y relevantes para levantar a nuestro país de su actual desolación, el motivo por el cual habremos tal vez de prevalecer una vez más, como en tantas contingencias pasadas, contra las fuerzas ciegas y roncas de la naturaleza.

Se deben notar dos cosas: que el bueno de Dorfman casi nunca habla sobre lo que no fue testigo directo como en este caso. O en otros artículos pergeñados gracias a cenas, cócteles, encuentros con personajes encumbrados o una vida interior intensa que lo haría explotar si no la descargara escribiendo. De allí que, además del origen de Eva, y en un canto al pueblo chileno digno de la Novena sinfonía de Beethoven, no hable casi nada del último terremoto.

Skármeta 

Es mucho más directo (y quizá sincero) en su artículo Llanto por Chile. Escribe:

Lugar:

Escribo en mi estudio de Santiago tras abrirle un hueco a mi ordenador entre los cientos de libros de mi biblioteca derrumbados de los estantes.

Catarsis:

Escribiendo me alivio un poco de la porfiada monotonía de las informaciones de la televisión que acumulan tragedias sin tregua.

El dolor:

Cientos de compatriotas muertos o desaparecidos, y la cifra sube sin piedad. El pujante Chile, que destacaba por su modernidad y progreso en América Latina, se ve gravemente herido.

La meditación filosófica y metafísica:

Esto fue así, y seguirá siendo así pues la naturaleza tiene caprichos que los hombres no dominamos. Tras cada catástrofe, con más voluntarismo que lógica, pensamos que acaso sea la última.

La poesía con información:

Las noches de suave brisa y cielo estrellado son propicias para grandes festivales de teatro, o de la canción popular, como el de Viña del Mar, nuestra más conocida ciudad-balneario, que justamente tenía esta semana su fiesta máxima: el Festival dela Canción.Esteaño la competencia internacional tenía una modalidad distinta debido a que Chile celebra en 2010 el Bicentenario de su Independencia en 1810 del reino español.

http://www.elpais.com/articulo/internacional/Llanto/Chile/elpepuint/20100301elpepuint_8/Tes

 

El Holocausto:

No por nada Norman Finkelstein escribió La industria del Holocausto. El Holocausto, una profunda y verdadera tragedia para el que no alcanzan los adjetivos, se convirtió en una técnica comercial que terminó por imponerse, ¿cómo decirlo?, en todos los ámbitos y países. Ha copado el cine, el teatro, la radio, la televisión, y por cierto, la literatura, y ha devorado muchas almas.

Fue y es un negocio brillante. Los dos últimos a los que podríamos poner ese nombre bíblico, fuera de los genocidios que ocurren en Oriente Medio o el África y que mucho no nos importan, y por los que tampoco podemos hacer algo, salvo firmar manifiestos, son el chileno y el argentino.

Del chileno no tengo mucho derecho de hablar, además, tiene sus profetas como Dorfman. Pero (no por nada vivo fuera de mi país adoptivo) el argentino me incumbe.

Tiene sus víctimas, sus relatores, sus historiadores propios, los que tienen el derecho de hablar. Hubo (y hay) un libro que recopila el horror que tendría que ser un texto escolar, quinto año de la secundaria, por ejemplo, y probablemente estuviera todo dicho. Sin embargo, no para todas las víctimas, quienes, por más que hablen de las diferentes caras de la misma moneda, lo sufrieron en sus carnes y huesos.

Pero, la ley del liberalismo, la producción y el libre mercado. Hubo películas, artículos, novelas (la verdad ficcionalizada, verosímil pero no real), poemas y vaya a saberse hasta cuándo va a durar.

Pero, como vivimos en un mundo democrático, y si ya metieron la nariz en el asunto “creadores” que ni habían nacido en esa época, gracias a la globalización no faltó un impertinente muy celebrado, un convidado a la mesa que no era de piedra: Manuel  Vázquez Montalbán.

 

Titular y copete de El País.

Vázquez Montalbán cierra el ‘año Carvalho’ con una novela sobre la dictadura argentina.

Amelia  Castilla, Madrid, EL PAÍS, 7/10/1997

Carvalho no es uno de esos personajes que mantiene la misma gestualidad. El detective más culto de la literatura española ha envejecido. Conserva tics y connotaciones básicas con las que debutó hace 25 años en Tatuaje, pero el detective ya ha protagonizado 21 obras, entre novelas, relatos y libros de cocina, de la mano de Manuel Vázquez Montalbán. «A medida que crece se muestra más pasivo y distante», dijo ayer el autor en la presentación de Quinteto de Buenos Aires (Planeta), su nueva novela, en la que Carvalho se sumerge en la trama de los desaparecidos en Argentina.

La conmoción que le causó escuchar a una de las madres de Plaza de Mayo en una mesa redonda fue sólo el principio de esta novela de casi 500 páginas. Vanessa Redgrave, que también compartía mesa, y Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939) salieron con los ojos acuosos de aquel encuentro.

El toque final donde interrumpo el artículo que puede leerse en el enlace es una bella muestra de los sentimientos profundos de Vázquez Montalbán, que montó un escenario teatral para la presentación de su novela, en la que mete la nariz donde no debe.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/VAZQUEZ_MONTALBAN/_MANUEL/Vazquez/Montalban/cierra/ano/Carvalho/novela/Ia/dictadura/argentina/elpepicul/19971007elpepicul_1/Tes

 

 Lo auténticamente nuestro: Mempo Giardinelli

Por todos los rincones del mundo hay injusticias crueles sin límites que, uno sospecha, sólo van a terminar cuando se mueran los que las padecen. Sin embargo, son muy útiles como material periodístico para los escritores con buenas intenciones de redimir con su palabra, cosa ésta que es el material básico de su misión prácticamente inútil.

En las últimas décadas el mundo parece haberse despertado y dado cuenta de que existen indios en toda América y, además, de que sus antepasados fueron vendidos en este continente como esclavos, como los negros en toda África.

Para decirlo de otra manera: se pusieron de moda. Y sin bien la moda china duró (y todavía dura) dos mil años, probablemente en lo que se refiere a los indios y los negros, no dure tanto.

De todas formas, debo señalar que este asunto de los indios americanos tiene  sus vueltas. Algunos en Canadá son multimillonarios (sus tierras tienen petróleo) y otros viven en la miseria más abyecta, alcoholizados y enfermos de las peores pestes.

En la Argentina tenemos lo nuestro: para el caso, los indios toba. No sé si luego de tantas visitas de la televisión, fotos truculentas y macabras al mejor estilo norteamericano, se hizo algo por ellos. Oí algo así como de una fundación o varias fundaciones. Ojalá el dinero recolectado no se haya evaporado durante el camino. Qué les ocurrirá definitivamente en el futuro, está por verse.

Tampoco tengo nada contra el artículo del periodista y escritor (vaya combinación estrafalaria) Mempo Giardinelli. Alguien tiene que informar.

De lo que dudo es del lenguaje utilizado. Uno no sabe si lo escribió para informar sobre los tobas o sobre su altísima sensibilidad redentora. Utiliza expresiones valientes y bravas como: “…la desazón y la rabia que se perfeccionan…Lo que veo allí me golpea el pecho, las sienes, los huevos: por lo menos dos docenas de seres en condiciones definitivamente inhumanas… Parecen ex personas, apenas piel sobre huesos, cuerpos como los de los campos de concentración nazis… Siento una furia nueva y creciente, una impotencia absoluta. Al caer la tarde estoy quebrado, roto, y sólo atino a borronear estos apuntes, indignado, consciente de su inutilidad”… Y el último toque redentor: “Nunca antes el Chaco ni este país me habían dolido tanto”.

Tres cosas: no comprendo cómo tanto dolor no lo hizo explotar, aunque sea que le explotaran sus testículos. Cómo, si sólo atina a borronear, le salió un artículo tan largo. Y si es consciente de su inutilidad, ¿para qué cuernos lo publicó?

¿O todo no fue más que un toque efectista?

http://novoyatirarlatoalla.blogdiario.com/1190730360/  

Está claro que nada cambió ni va a cambiar luego de estas líneas. Ni siquiera se oirán las risas gozosas, cargadas de placer un poco sádico por el “mal hablar sobre el semejante”, y la tierra moribunda seguirá girando y pronto llegará un momento en que nadie, con su muerte privada, que luego será la de todos, va a poder escribir un artículo, y menos recordarlo. 

 Pablo Urbanyi

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5 Comentarios to “Redentores, salvadores, mártires o ¿qué?”

  1. Pablo Urbanyi dice:

    Recibí una nota de reporche, muy melancólica, comprensiva y apenada acerca del uso de la palabra “elegidos”. No la publiqué ni la voy a publicar. Temo que no comprendió la ironía de le expresión en su contexto. No sé cómo se puede escribir públicamente para “elegidos”. Y menos en esta época rabiosa de epidemia de autoestima en que cada uno se siente un elegido, y que en algunos/as llega a la egolatría.

  2. Pablo Urbanyi dice:

    La verdad que después de dos críticas tan coincidentes me corresponde responder. Pensé que escribí una observación extremadamente sutil, para “elegidos”, dicho con un poco de sarcasmo. No creo que en estos días que transcurren, el invierno en el Norte, el verano en el Sur, se encuentren muchas personas interesadas en el problema ético del oportunismo. Más bien diría que la mayoría, cueste lo que cueste, está buscando desesperadamente la oportunidad. En resumen: hoy por hoy, el fin justifica los medios.

  3. Rodrigo Bonilla dice:

    La verdad es que el artículo al que llegué por recomendación, me parece de una ironía sublime. El comentario de Martín, un verdadero ensayo y que apunta el dardo en buena dirección: ¿para qué escribir ese tipo de cosas si el autor al final dice que nada va a cambioar?
    El comentario que firma A.P. tiene una pequeña o gran contradicción. Por las cosas que señala, puede desear y esperar sentado que exista un escritor en alguna parte de este mundo que esté escribiendo otra gran obra.

    Rodrigo Bonilla

  4. A. P. dice:

    Desde que publicó este artículo, lo leí dos o tres veces y sentí muchos deseos de hacerle un comentario. Estoy totalmente de acuerdo con lo que expresa, y hace tiempo que alguien me sugirió leer sólo lo que considero bueno, y no todo lo que aparezca, y releerlo todas las veces que sienta ganas o necesidad de volver a llenarme el espíritu. De todos modos, no encontraba las palabras adecuadas para manifestar lo que sentía hasta que releyendo (precisamente REleyendo) a un autor que creo que usted admira -Sándor Márai-, descubrí que él lo dijo tal cual lo siento (lo resumo y/o parafraseo): “…la gente ya no esperaba que la literatura diera respuesta a sus problemas….Yo todavía recordaba la emoción esperanzada que había caracterizado a la juventud…cuando se propagaba la buena nueva de que en el estudio de algún escritor,,,se estaba preparando una gran obra…Aquella generación tenía fe en la literatura y confiaba en que los libros podían ayudar…La esencia del libro había cambiado. Los libros se propagaban con la rapidez de una epidemia…y el libro masificado ya no era más que un instrumento auxiliar para el ser humano masificado…Todo el mundo tenía libros, pero muy pocos esperaban una respuesta de ellos…” (¡Tierra, Tierra!). En resumen, como usted bien lo indica y como lo completa el comentario de Martín, a los escritores (generalizo porque cada vez encuentro menos que me demuestren lo contrario) no les interesa ofrecer respuestas, ni obligarnos a hacer un esfuerzo intelectual o espiritual al leer, ni escribir libros hechos de ideas, de pasión, de nervios, de ensueños, de latidos. Les interesa fabricar espejos donde se refleje su mediocridad. Ojalá que en el estudio de algún escritor se esté preparando otra gran obra y que podamos leerla pronto. Cordialmente, A. P.

  5. Martin dice:

    Pablo,
    Me reí bastante leyendo tu artículo (no sé si era un efecto buscado, pero ese tono que tenés me gusta, me hace reir, cierto placer perverso al ver que alguien desenmascara a otro, como decís en el último párrafo) y comparto con vos (si entendí bien la idea) que hay un montón de escritores que se hacen un nombre a partir de una impostura. Un poco como Sábato (hay otra entrada tuya sobre Sábato que también me gustó), que siempre andaba contando lo mucho que sufría en la vida. Lo curioso de la historia es que cuando alguien como vos señala eso enseguida a quien lo van a tildar de “torturado” o de “pesimista” es a vos… en fin, a veces la vida es irónica… Creo también que hay cierto gusto por lo obsceno en nuestras sociedades, gusto por ver eso que no se debería ver (desde la intimidad del dolor hasta los cuerpos mutilados de la guerra, pasando por el gusto de algunos por mirar programas de televisión en donde se encierran en una casa a unos tipos que no hacen nada ni son nadie). Si hablo de impostura es porque los buenos escritores sí hablan del dolor, de lo que se oculta y de un montón de otras cosas pero lo hacen sin querer mostrar que lo están haciendo. La literatura también es sutileza, eso. Quiero decir, sin preocuparse tanto por la forma en que ellos mismo saldrá en la foto (pienso también en el artículo que pusiste de Martín Prieto sobre la autoficción: últimamente es un vicio en la literatura argentina, creo, como también es un vicio hacer las cosas de tal forma que sean ilegibles, para así mantener un cierto “círculo de los entendidos” que sólo ellos disfruten de la literatura, la verdadera, y no los demás).
    Me parece que si la ficción tiene algo de interesante es, precisasmente, su calidad de ficción: la ficción tiene el poder de decir aquello que los otros discursos no pueden decir. Por lo tanto, me parece que cuando se escribe, se escribe: uno se olvida un poco, o mantiene a distancia, los sentimienso e, incluso, la realidad (por más que se esté hablando de sentimientos y realidad). Cuando los escritores hablan de sí mismos simplemente porque no se les ocurre de otra cosa o porque piensan que venderán más, entonces, ya no hacen ficción, sino que caen en la impostura.
    Insisto, la línea es compleja, ahí está Celine que escribió su primera novela “Viaje al fin de la noche” y que uno puede calificar como autobiográfica y, sin embargo, es un gran libro. Eso sí, creo que sería difícil tachar a Celine de complaciente o que decía lo que decía calculando el número de ejemplares vendidos.
    Existen escritores que han escrito desde el dolor y que lo han abordado, ahora bien, ¿qué los distingue de los impostores del dolor? Insisto, comparto tu opinión pero sólo agrego que hay algunos que han escrito desde otro lado (casualmente, o no, esos que escriben desde otro lado, incluso, desde un lado más engimático, son los que más me gustan).
    Ejemplo: por un lado, Rodolfo Walsh escribiendo “La carta abierta” u “Operación masacre”, por el otro lado, un escritor argentino que vive en Madrid, que nació en 1975 y que se pasa toda una charla en una mesa redonda literaria a la que asistí diciendo lo difícil y duro que fue para él educarse y leer ciertas cosas durante la dictadura argentina…. con conocer un poco las fechas de la historia argentina reciente, digamos, algo fallaba en su arrebato de “literatura de compromismo político” y de haberse puesto en riesgo por sus lecturas. Digo, por un lado, hay un escritor de la puta madre, Walsh, del otro lado, hay un escritor, como mínimo, mentiroso u oportunista.
    Lo grave, quizás, es que hay un espectáculo del horror (sin entrar en debates, o entrando, no lo sé, no creo que sea casual que los dos únicos Oscar que ha ganado el cine argentino sean por películas que hablan de la dictadura).
    A partir de acá, entonces, viene “mi crítica despiadada” a tu texto. En realidad, más que crítica es una pregunta. Y, confieso, es una pregunta que me hago: ¿para qué escribir ese tipo de cosas si al final decís que nada va a cambiar? Agradezco que entre tanta falsa sinceridad o entre tanto discurso políticamente correcto alguien diga lo que tenga ganas de decir, sin compromisos, y señale ese tipo de maniobra. Mi pregunta no es una pregunta retórica, no pregunto “para qué hacerlo” porque crea que no haya que hacerlo o porque crea que no sirva para nada. Hago la pregunta -me hago la pregunta- en términos efectistas: ya qué les gusta tanto sufrir, ¿cuál es la manera de pegar -o, de pegarles- en donde más les duele? Porque la respuesta, desde el otro lado, siempre es más o menos la misma: a) uno es insensible, b) uno es resentido, c) uno no entiendo nada. Como decía Freud: nunca existirá una pareja entre un sádico y un masoquista: cuando un masoquista le pide a un sádico que le pegue el sádico responde que sí con placer.
    Yo hace un tiempo que por el tipo de artículos que señalás dejé de leer suplementos literarios y revistas de literatura. Hace un par de años me di cuenta de que tengo un gusto literario (bueno o malo, pero a base de leer mucho, desde chico, y no sólo lo que está de moda; en eso soy borgiano: me enorgullezco de lo que leí) y que si la literatura es un placer entonces me guío por ese gusto. A veces también leo cosas que me gustan menos pero que me interpelan de una manera o de otra. Y curiosamente muchas veces me topo con libros o cosas que me gustan mucho y compruebo (sí, cada tanto alguno se olvida el suplemento literario en un bar, entonces veo de qué hablan, o hablo con amigos que están metidos en el circuito literario) que han pasado desapercibidas.
    En resumidas cuentas, creo que en tiempos de dictadura, la censura pasaba por prohibir un libro. Entonces uno sabía que ese señalamiento -la prohibición- significaba que ese libro tenía algo para decir. O que ese libro había dicho algo. Hoy creo que la situación es un poco más compleja, incluso perversa (ojo, no estoy diciendo que era mejor la dictadura!): se publican miles de cosas, muchísima mierda y entre esa mierda hay algo que está realmente bien pero no le damos bola. Entonces esa es mi crítica o mi pregunta o, incluso, mi invitación: por qué no señalar lo que a uno le gusta? (un poco en la línea del artículo que colgaste sobre la crítica literaria).
    Para terminar este texto demasiado largo, te cuento una anécdota que condensa un poco esto del ego, la postura, la imagen, la crítica y la visibilidad o invisibilidad de los textos: hace año y media, de paseo por Barcelona, comiendo con unos amigos que son escritores, pregunté por una novela que todo el mundo ponía por las nubes pero que yo no había leído (ni leí, ni creo que leeré). De los dos o tres que la habían leído, ninguno me pudo decir si le había gustado o no. Cuando escuchaba a mis amigos, más bien, me dio la impresión de que no les había gustado pero que no se atrevían a decirlo abiertamente porque todo el mundo había dicho que esa novela había descubierto la pólvora. Y el único al que le había gustado el texto dijo: “la novela está bien, pero yo voy a hacer una crítica negativa porque todo el mundo hace críticas muy buenas y tengo que destacarme”…
    Pido disculpas por la longitud del texto y por lo desordenado, espero que se me entienda, pero quería mantener un espíritu como de charla, porque disfruté mucho de tu novela y ahora de tus textos del blog.
    Un abrazo
    Martin

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