Bolsa de valores literarios

Este artículo de Martín Prieto lo saqué del diario Clarín (24/08/202), no tanto por su calidad (a pesar de algunas verdades, es demasiado tímido o tibio), sino por ser un hito importante en los que se refiera a los Bonos Basura de la producción literaria en general, aunque el autor haga hincapié en la argentina. Según yo, y teniendo en cuenta a lo que dice el autor, esos Bonos Basura estarían cargadas de un sostenido boom del registro autobiográfico y se pregunta: ¿fenómeno artístico o apogeo de la vanidad?

Nota: aunque Julio César escribió La guerra de las Galias en la modesta tercera persona (un antecedente similar es Anabasis de Jenofonte), el contenido y la sustancia esencial es el “yo” de Julio César. En consecuencia, sería pertinente espetar la famosa frase: “Siempre fue igual”. Sin embargo, no es así. En aquellos tiempos los Bonos Basura Literarios no se cotizaban, y actualmente están en alza permanente con un autismo infernal y una anorexia que amenaza a muchos escritores con devorarse a sí mismos. Ojalá ocurriera.

El artículo:

Es verdad que hay pocas cosas más aburridas que sentarse a escuchar las ponencias leídas por sus autores en un congreso de literatura. Sin embargo, quienes hacemos crítica literaria, investigación, docencia o periodismo relacionados con temas literarios, cada tanto vamos a un congreso, con el convencimiento de que obtendremos, a cambio del tedio, algún tipo de verdad.

Es que las ponencias, si bien forman un género fronterizo entre la libreta de apuntes y la crítica literaria (o tal vez por eso mismo) indican mejor que nada “en qué se está”: en qué están las investigaciones y los estudios universitarios que son, tal vez, más que las listas de los libros más vendidos, más que las noticias bibliográficas publicadas en diarios y revistas, el termómetro más fiable para medir el estado de una literatura en particular. Con ese ánimo, asistí al III Congreso Internacional de Teoría y Crítica Literaria, organizado por el Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria de la Universidad Nacional de Rosario, dirigido por Adriana Astutti, realizado en Rosario entre el 14 y el 16 de agosto pasados.

Merval póstumo. En 1924, en un artículo publicado en El Hogar, Horacio Quiroga desarrolló la extraordinaria idea de la “Bolsa de Valores Literarios”. Para Quiroga, instituir una Bolsa de Valores Literarios tenía como único fin resolver uno de los mayores inconvenientes que se les presentaban (y presentan) a los escritores: cómo cotizar su trabajo frente a los dueños o directores de diarios, revistas y editoriales. “Bien sabido es cuán duras y escabrosas, cuán lentas, cuán difíciles y reticentes se tornan las relaciones entre los directores de revistas y los hombres de letras apenas se toca el tema de la retribución, como se estila en algunos órganos, o simplemente pago, como se estila en otros”, escribió. La creación de la Bolsa, decía Quiroga —a quien el desprecio por sus patrones lo volvía insólitamente mordaz— tendría el valor de “un mercado oficial de la literatura”. “Cada autor apreciará el valor exacto de su trabajo; esto le proporcionará goces inefables”. El primero: “No se verán forzados a sonreír sino cuando medien temas humorísticos”.

Un congreso como el que nos ocupa, con la presencia de 180 expositores de distintas universidades de la Argentina, América latina, Estados Unidos y Europa, con una abrumadora mayoría de trabajos centrados en autores argentinos, da una pauta para establecer un valor. Pero esta vez, los beneficiarios de la valoración instituida por la universidad no serán los escritores, sino sus deudos: Jorge Luis Borges, Manuel Puig, Osvaldo Lamborghini, y hasta el insólito ochentista Eduardo L. Holmberg encabezan las preferencias de los estudios universitarios. Otros valores: estables con tendencia alcista: Juan José Saer, César Aira, Macedonio Fernández, Alfonsina Storni, Eduardo Mallea, Roberto Arlt, Ricardo Piglia; estables: Leopoldo Lugones, Julio Cortázar, Juan L. Ortiz, Marcelo Cohen, Leónidas Lamborghini, Lucio V. Mansilla, Ezequiel Martínez Estrada, Raúl González Tuñón; en baja: Rodolfo Walsh, Abelardo Castillo, Tomás Eloy Martínez, el gran Sarmiento; gauchesca, Oliverio Girondo, Manuel Gálvez, Osvaldo Soriano: sin cotización.

En el confesionario. ¿No hay nuevas vedettes en el parnaso de la universidad? ¿Se acabaron las no tan lejanas épocas de gloria en las que, antes que el periodismo cultural, que la lectura de los pares, y que el público, era la universidad pública argentina la que promovía la novedad como valor, de lo que fueron beneficiarios desde Roberto Arlt hasta César Aira, pasando por Juan José Saer? ¿Será que no hay nuevos grandes nombres en la literatura argentina? ¿Será que los hay y la universidad no los ve? ¿O será que, lentamente, la academia está dejando de pensar a la literatura como una serie de nombre propios, para pensarla como una serie de problemas?

Algo de esto último puede presumirse menos por los asuntos tratados en las 45 mesas de trabajo, que por lo que se escuchó en los paneles de escritores invitados. Allí, la verdadera nueva estrella del firmamento no ha sido, en fin, ningún nuevo autor en particular, sino una forma, la de la literatura autobiográfica, en sus diversas representaciones: diarios íntimos, memorias, autobiografías. Sylvia Molloy (quien presentó además una convincente y seductora ponencia sobre ¡Amado Nervo!), leyó un texto autobiográfico titulado “Lengua-infancia-escritura”; Sergio Chejfec envió un trabajo, también de corte autobiográfico, titulado “Lengua simple, nombre”; Nicolás Rosa en “La sinrazón del ensayo” mostró, como viene haciéndolo en sus últimas intervenciones, la punta de una forma en construcción, mitad crítica y mitad autobiográfica y Alan Pauls leyó “Fragmento de un diario íntimo” que, según dijo allí, escribe por encargo (?) y donde, con una prosa acerada, saboteó todas las convenciones de la literatura confesional: “Entre el final y la descomposición, elijo la descomposición. Entre el final y la enfermedad, elijo la enfermedad. Entre el final y la ficción, elijo la ficción”. Como un complemento teórico a estas manifestaciones y ocultamientos del yo, deben anotarse el provocador —en todos los sentidos— “informe de lectura” de los diarios de Alejandra Pizarnik, presentado por Nora Catelli y la interpretación de los escritos autobiográficos de Augusto Monterroso que realizó María Eugenia Mudrovcic.

Aira por la voz. El autor de La prueba, mientras tanto, mantiene, en su “querida Rosario”, un abierto romance con el público y, él también, parece haber percibido el espíritu del tiempo. Así presentó su propia memoria: “Esto lo titulé ”Por qué escribí’’, que es una especie de chiste que yo no entiendo muy bien, pero no es autobiografía de lo que me pasó, sino de lo que me está pasando. Pues bien: Si me pongo a pensar por qué escribo, por qué escribí, por qué podría seguir escribiendo…”. Cuando terminó su muy festejada exposición, un hombre se le acercó y comenzó a ponderar su intervención utilizando la jerga de la teoría literaria, pero una mujer lo interrumpió para proferir lo que pareció ser un elogio absoluto: “¡Y qué voz!” Aira se puso completamente colorado, como si esa fuera la única aprobación que esperara obtener. No lejos, uno de los máximos críticos literarios de la Argentina señaló: “El tiempo dirá si Aira es un genioide o un impostor. En cualquiera de los dos casos, cuenta con toda mi simpatía”.

Viva la literatura. Más de 350 personas llenaron la sala mayor del Centro Cultural Bernardino Rivadavia la noche en que leyeron Molloy y Aira. Ninguno de los dos aparece regularmente en la TV, ni hace periodismo político, ni humor, ni habla —cuando habla— de otra cosa que no sea su oficio (que son todas las cosas que hacen, a veces juntas y otras, por separado, los pocos escritores que en la Argentina llenan auditorios.) Podría entonces presumirse que buena parte de ese público, compuesto mayoritariamente por estudiantes universitarios, estaba allí por la causa justa: escuchar a una de las mayores críticas y a uno de los mayores narradores argentinos. Ese mismo público, formado e inteligente, tal vez esté formulando ahora mismo las respuestas a todas las preguntas que genera este renovado boom de la literatura íntima en todas sus variantes, que habrá que ver si forma parte de un programa más abarcador, o si es, exactamente, una perturbadora combinación de ensimismamiento y exhibicionismo.

Martín Prieto

Ir al artículo original (La bolsa de valores literarios) de Horacio Quiroga.

http://www.noquierosertubeto.com.ar/archives/69

 

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