Intelectuales y vacas sagradas

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Cuando alguien utiliza el calificativo de intelectual para referirse a una persona, esto puede provocar distintas reacciones en la gente, según el tono y el contexto en el cual dicho adjetivo se espeta. En muchos evoca a un señor de lentes, de gestos y maneras apagados, rata de biblioteca alejada de la vida concreta. Quien piensa en la vida no la vive, decía Ortega, y sabía de lo que hablaba. Intellectus es un concepto latino que expresa la idea de mirar o leer hacia adentro, introspectivamente. El intelectual es lo contrario de un extravertido, o al menos así debería ser. Evoca el concentrar la atención hacia el núcleo interior, hacia la oculta raíz del ser. Pero lo que se entiende hoy por un intelectual es algo muy alejado tanto del pensamiento puro como de la profunda reflexión acerca de lo oculto.

Hoy, un intelectual es un señor que pontifica sobre cuestiones éticas, palmíticas o sexuales después de haber ganado algunos premios y ser consagrado como una vaca sagrada de la conciencia contemporánea. Antaño había héroes, santos, filósofos, profetas. Hoy nos quedan los héroes deportivos para los de abajo y los intelectuales de adorno para los culturosos. Para ser considerado un intelectual en nuestro mundo moderno no es necesario tragarse toda la historia de la filosofía. Sólo hay que dar la impresión de que uno lo ha hecho, ha través de algunas citas casuales. Tampoco es imprescindible tener títulos habilitantes, sino que bastan buenos sponsors literarios, contactos con ciertos grupos editoriales, comités de premios Cervantes o Nóbel, y de esta manera los García Márquez, Vargas Llosa e Isabel Allende devienen intelectuales. No es casual que el papel intelectual atribuido otrora al filósofo recaiga ahora sobre los literatos, que nos remiten a un universo de fábula. Hoy no se necesita pensar, se requiere sentir la emoción de los valores éticos.

Esto no ha sido siempre así, desde luego. Cuando los hombres todavía se hallaban condenados a leer libros y a tocar el piano, pues no había videos ni caseteras, el espacio para la reflexión era más extenso, y se exigía más nivel entre los escritores y pensadores. Los marcos de referencia eran más amplios, las disputas ideológicas más abarcativas y la necesidad de utopía y verdad daban a los tiempos una aureola de creación. En la banalidad del universo massmediático contemporáneo son los novelistas y los cantantes pop los que cumplen en cambio el rol de sacerdotes laicos, conciencia crítica o moral, hombre comprometido con causas o discursos políticos, generalmente de izquierda (intelectuales de derecha son cosas del pasado). Pero estos nuevos percutores del espíritu jamás llagarían a ser sin una adecuada campaña publicitaria, cuyo objetivo es entronizar en un público lector medio, generalmente de clase media (los ricos y pobres ya no leen) una serie de tópicos vinculados a aspectos de la sociedad que se procuran imponer como parte de la realidad.

Los escritores son evaluados en función a un determinado discurso palanqueados desde determinados centros. Se puede que este discurso es el socialdemócrata en primer término y el democristiano en segundo lugar. Si un escritor desea llegar a ocupar el primer plano de la atención por parte de la “crítica”, y de esta manera lograr que sus libros se exhiban masivamente en los estantes de las librarías, tiene que pensar correctamente. Esto significa adherir, no tanto a través de su obra, sino de sus declaraciones, entrevistas y conferencias a un discurso que puede variar entre lo que se llama progresismo y feminismo, entre democracia e igualitarismo y la multicultura y la insipidez cotidiana, teñida de un rosado “izquierdismo” y posmodernismo. De esta manera agigotaron sus discursos los Octavio Paz y los Vargas Llosa, que de revolucionarios pasaron a cantar loas al neoliberalismo. García Márquez y su macondismo no necesitaron reacomodarse demasiado, debido al fin de la guerra fría. El caso de Borges es paradigmático: su férrea independencia respecto a la demagogia contemporánea, le valió la indiferencia del comité Nóbel, a pesar de que superara con creces a todos los anteriores. ¿Y cuál es el poder de decisión del lector en todo esto? Cero. El lector recibe cocinado lo que debe leer para “pasar el rato” cuando se desvela. Una nocturna dosis de “cultura” lo prepara para la próxima reunión social, en donde departirá amablemente sobre la última novela de onda. La mayoría de los Best-sellers norteamericanos considerados como literatura descartable por el mundo cultural, ni siquiera se leen completos.

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