¿Qué es eso de que la poesía es la intemperie?

1.

Al parecer, a falta de mejores temas, la interminable discusión sobre “poesía política”, “poesía social”, “poesía poética”, “compromiso” y yerbas por el estilo es como la maldición de Tutankamón: se reitera cada dos por tres, especialmente en la izquierda. A mí me tienen francamente aburrido. Muchos sabemos, por propia experiencia, que, como dice mi hermano César Stroscio, a renglón seguido del “compromiso”, viene el “matrimonio”, lo que resulta carcelario y peligroso… Al fin y al cabo, seamos sinceros: lo que decide es el amor… ¿Qué si no? “Aun a riesgo de parecer ridículo –dijo quien todos sabemos–, un revolucionario se mueve llevado por grandes sentimientos de amor”… Y la poesía, que siento subversiva por naturaleza, también… Poco más conmovedor que el testimonio de Ciro Bustos en su libro “El Che quiere verte”: durante una marcha nocturna en Ñancahuazu, el Che va mascullando un poema de León Felipe: “La poesía está a la sombra”… Pero la izquierda no termina de zafar del bendito “compromiso”… En Constantinopla, al menos, se hablaba del sexo de los ángeles, lo que podía, con mucha imaginación, revestir cierto erotismo; en cambio, a orillas del Río de la Plata, hablar del “compromiso” y el “no compromiso” es como querer distinguir entre la humedad y el agua o, peor aún, entre la humedad y el vino. Los poetas tenemos que aprender de la fauna microbiana, que observa a los señores investigadores desde el otro extremo del microscopio: esos dioses de bata blanca que nos observan tan adustos tienen miedo… Émulos de Platón, se aferran a los sillones de algún Comité Central y terminan por excluir a los poetas de su República. Yo, como insiste Cristina en sus discursos, estoy por la inclusión… Inclusión es pan, techo, trabajo, salud… y poemas. Los poetas, sobre todo los de izquierda y, muy especialmente, diría, los que (sobre)vivimos las luchas de los años 60-70, tenemos que bajar del podio olímpico y reconocernos como simples humanos que, por ser poetas, se asombran ante la infinitud del mundo o, mejor dicho, ante la infinidad de mundos que pueblan este y todos los mundos. Somos apenas partículas –para más inri, fugaces– de un universo inconmensurable. Percibir eso decide la grandeza poética, siempre pequeña ante los poemas que, propios o ajenos, sobrevendrán en cualquier momento, como el Mesías de los cabalistas: todo segundo puede ser el fin de los tiempos. Los tiempos venideros no existen, excepto cuando se vuelven presente. Acaso ahora, en este mismo instante en que escribo tantas insensateces. Si no es así, la Feria de Frankfurt o el monopólico Magneto o el cruzado Vargas Llosa nos devorarán… “Y lo peor de todo, sin necesidad”…

2.

Hablar de poéticas, de generaciones, de escuelas, como suele hacerse a la hora de las clasificaciones, es cosa de críticos, y yo no lo soy, excepto en el cuestionamiento de las mil y una variantes del poder, que es donde se pudre todo. En lo que a mí respecta, me basta con reconocerme en la belleza de un poema, mío o ajeno. Las “poéticas”, que suelen ser muletillas muy pretenciosas, pasan; sólo permanece la poesía, el poema, a veces sólo un verso que ilumina… Y eso es maravilloso… Por otra parte, no creo en las vidas “dedicadas” a la poesía o a la militancia o a la apicultura o a la filatelia o al sacerdocio o a lo que sea… Es una tontería. Yo nunca “dediqué” mi vida a nadie ni a nada, ni pienso hacerlo. Tampoco a la poesía o a la militancia o a lo que sea. Ni siquiera en el otro mundo. Si el corazón aún hace tilín, la vida es un milagro; nunca una ofrenda. No soy un militante poeta, sino un poeta militante y, en medio de las contingencias que me tocaron–no casualmente antes se hablaba de “coyuntura” y ahora, de “escenario”–, viví y sigo viviendo lo que me parece mejor, más justo y más hermoso. Y no conozco otra forma de vivir. Los aprietes que padecí y aún padezco –el trabajo asalariado, las exigencias del patrón de turno, la represión feroz, las infames dictaduras, los 30.000 compañeros asesinados, el exilio, los ninguneos, la estupidez de las camarillas, el bronce de los camaradas…– me unen a otros que padecieron y padecen los mismos aprietes y, como un sofocón, alimentan mi deseo profundo de un mundo más justo, más igualitario, libre, asambleario y, en ese vendaval de sueños, germinan la poesía, los compañeros, las historias de amor, los mates mañaneros, la lucha…

3.  

La relación entre la poesía y la política–afortunadamente para la poesía– es siempre conflictiva. En lo que la humanidad lleva de historia, la política tiene que ver con el poder: se gesta por abajo y se pudre por arriba. Arriba, en ese aire enrarecido de las altas esferas –que no son las constelaciones que la fantasía dibuja noche a noche en el cielo–, la poesía empalidece, se marchita. Y tanto es así que, a veces, más de un poeta optó por suicidarse. Si me apuran, ya no apuesto por el poder, ni el poder obrero, ni el poder de la línea correcta ni el poder de las condiciones objetivas ni de la contradicción principal ni del Comité Central ni de los comandantes ni de los padres de los pueblos ni de los poetas comprometidos… De últimas (y de primeras), prefiero la política de la poesía, que es esencialmente libre, desconcertante, asombrosa, libertaria. Creo en eso que decía Roque Dalton: “Hay poetas que llegan a la revolución por la poesía y otros que llegan a la poesía por la revolución”… “Los primeros –decía Roque–, suelen ser buenos poetas y buenos militantes; los segundos, malos militantes y peores poetas”. Y eso, humildemente, lo sé porque lo viví: no es como quieren hacernos creer. No necesariamente la política es patrimonio de los políticos, esos señores ceremoniosos que, tanto de derecha como de izquierda, suelen ser razonables, omnipotentes, narcisistas, mandamases, verticalistas, hasta que mueren (y matan) por sobredosis teórica…

4.

Eso del “poeta redentor” es una herencia deformada del romanticismo: el poeta como “juez no reconocido”, del que hablaba Shelley. Pero Shelley era un gran poeta y su “Defensa de la poesía” es, ante todo, un gran texto poético. Hay electricistas, albañiles, plomeros, metalúrgicos, médicos, son todos oficios que, en principio, no obligan a ser más que buenos electricistas, albañiles, plomeros, metalúrgicos, médicos, cada cual en lo suyo. Un plomero no es un revolucionario por ser plomero… ¿Por qué extraña vanidad el Poeta, por ser Poeta –así, con mayúsculas– debe ser redentor de causas sublimes, proferir santas invocaciones que, por lo general, tienen más que ver con el Ego que con el resto de los mortales? En mi caso, trabajé de un montón de cosas para sobrevivir lo más dignamente posible y con el objetivo claro de llegar a fin de mes… Hasta sin saber nada de carpintería, hice muñequitos de madera para vender en la calle… Y no fui más o menos revolucionario en esos momentos que en otros, ni mejor o peor poeta en esos momentos que en otros, y acá estoy –como decía Luchi, “acá me tenés, país”…– con el mismo y claro objetivo de, en lo posible, llegar a fin de mes…

5.

Urondo, Miguel Ángel Bustos y Roberto Santoro fueron grandes poetas porque fueron grandes poetas y no por haber sido asesinados. Fueron asesinados por ser militantes revolucionarios, luchadores populares… Como lo fueron 30.000 compañeros más. Alejandra Pizarnik fue una gran poeta y “poco y nada” tuvo que ver directamente con las luchas de su época, pero qué hermosos sus poemas ¿no?… Qué dimensión enriquecedora da ver la época, “nuestra época”, desde sus poemas… Ese tiempo en que grandes movilizaciones de vastos sectores sociales estimularon la participación en la contienda de grandes poetas, narradores, artistas, periodistas… Pero ojo: fue así y no al revés… Y no es casual que el grueso de la represión la padeció la clase obrera… Porque son siempre los pueblos los que hacen la historia y no los “grandes héroes” que animan la historia de los libros de Historia. La verdadera historia es la vida cotidiana, está en el trabajo, en la falta de trabajo, en el golpe de suerte de algún flechazo, en la magia de los compañeros que piensan en voz alta… cómo fue que pasó lo que pasó… cómo es que pasa lo que pasa… y la historia continúa, la menuda y única historia… siempre anónima, a ras de la calle, donde, entre electricistas, albañiles, plomeros, metalúrgicos y médicos, hay uno que de pronto oye voces, escribe un verso y, con suerte, ocurre algo raro llamado poema…

6.

Por otra parte, basta de cuentos: tampoco la poesía es propiedad de los poetas, por suerte… No es “propiedad” de nadie… No es “propiedad”… Es un bien, un bien público, si se quiere, y también intimísimo… Como la calle, como la plaza, como el abrazo… En estos días de esperanza para la Argentina y el continente, la poesía se pasea por la ciudad… La vi este 24 de marzo, con la alegría y la pujanza de un piberío maravilloso… Entre ellos hay estudiantes, piqueteros, barrenderos, empleados, laburantes, murgueros, desocupados, y también poetas… Y yo soy uno más entre ellos y de ellos siempre aprendo… En sus cánticos y consignas titila la poesía anónima, hecha entre todos los de abajo… Y entre los de abajo, los compañeros, ah, sí, los compañeros… esos que cuando pasan junto a un banco miran de reojo, es inevitable, y ya sabemos las maldades que piensan… ¿Quién de ellos no tiene memoria del reparto de los panes y los peces? Fue un milagro tan real y verdadero que aún palpita en el corazón de los pobres… Y ahí está el verdadero desafío de la izquierda: todos los proyectos que parió la Comuna de París han fracasado… Así como suena: han fracasado… Negarlo es de necios… Por eso, no recitemos más las viejas recetas, y nunca mejor dicho: no recitemos más, seamos poetas, no recitemos… Como Isaías: “Vengo a crear un nuevo cielo, una nueva tierra…”. Sin iglesias, sin púlpitos, sin vanguardismo: ya es hora de una nueva creación… Y si mi griego no me falla, poesía es eso: creación.

7.  

Es increíble, pero todavía se habla de los “géneros literarios”… Creo, en definitiva, que los “géneros literarios”, como todos los “géneros”, incluso los sexuales, responden a un afán clasificatorio que la vida se encarga de desmentir…  Y, para ser sincero, los poemas se escriben solos, no responden a ninguna estrategia, a ninguna poética, a ninguna estructura… El poeta sólo da unos toquecitos –”toquecillos”, decían en mi exilio– al poema, cambia unas comas, invierte una sintaxis, juega como un niño con algunas palabras, como para sentirse parte de la inmensidad que acontece, y es muy feliz o muy desdichado o ambas cosas a la vez por tener esa suerte de ser lo que en ese momento es… Como juega el niño que juega… El niño no juega; es ese juego… De lo contrario, no se entiende que yo me enamore de la pulpera de Santa Lucía cada vez que la escucho y que ese amor sea siempre único e irrepetible… o que me sienta en no sé qué honduras cada vez que Bach arranca con el primer acorde de la suite nº 5 para violoncelo solo… o cuando releo “Silencio en Liguria”, de Ungaretti, y vuelvo a descubrir que “el verdadero amor es la encendida calma”… Y siempre es la primera vez…

8.  

Es curioso: en ciertos cenáculos se sigue hablando de una “poesía de los sesenta”, en oposición a una de los noventa, otra del tercer milenio, etc… Esta manía clasificatoria es corporativismo en el peor sentido… Es cierto, hay corporaciones: estatales, camioneros, gráficos, campesinos, gastronómicos, poetas sociales, sonetistas, elegíacos… Pero la CGT es central de los trabajadores… Antes que el oficio, está la condición de trabajador… ¿Podríamos pensarnos los poetas como trabajadores de la poesía?… ¿O no se hace la poesía con todo el cuerpo? ¿O nadie hizo horas extra desvelado por un poema? ¿Acaso ningún poeta pasó un fin de semana aquejado por una imagen insalubre? Eso de hablar de “una poesía de los sesenta” o “de los noventa” o “del tercer milenio” tiene su gracia: es parte de la historia de la literatura y, por lo general, tiene que ver más con la historia –y con qué historias– antes que con la literatura y mucho menos con la poesía. Pero, básicamente, sobre todo en el Mundillo de la Poesía, esos temas son un entretenimiento propio de las tertulias… Pero yo me aburro mucho y no comulgo con todo eso… Por lo general, en esos cenáculos se deciden grandes destinos, se organizan lobbies, se planifican carreras fulgurantes, festivales internacionales, ferias de Frankfurt, migajas de acerba “macritud”… Finalmente, los cenáculos terminan golpeando las puertas de las editoriales –como antes los políticos golpeaban las puertas de los cuarteles– y, si tienen bien aprendida la contraseña, pasan y se acomodan. Qué triste destino para un poeta ser golpista ¿no?

9.  

Alguien, con pleno derecho, pregunta: ¿para que sirve un poeta? Y ésta es mi respuesta: un poeta no sirve para nada, porque, en principio, un poeta no sirve… Exactamente: no sirve…  No nos olvidemos jamás: un poeta nunca sirve…

10.

Y ahora, poetas, sobre la base del derecho a la vida, la libertad, la paz, el pan, el techo, la salud, la educación, el ocio… el derecho del ser humano a ser humano… o sea, “combatiendo al capital”… sin reverencias, sin servidumbres, sin escenarios… ahora, ya mismo, poetas, en asamblea permanente, cada uno con los demás y consigo mismo… ¡a discutirlo todo! Un decir, por ejemplo… Un suponer: “La poesía no vive a la intemperie; es la intemperie…”

 Alberto Szpunberg

 

 Dibujo expropiado a Quino. Se le agradece.

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Una Respuesta to “¿Qué es eso de que la poesía es la intemperie?”

  1. Johne936 dice:

    Página original!! Excelente. Parece fácil pero creo que no lo es.

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