Poética de la intemperie

 

 

Dark Blue Circumstance. 

Paul Dresher.


I
A la intemperie de sí misma la poesía siempre:
la palabra desgarrada hasta sílabas tan íntimas,
que la madrugada se anubla entre las piedras

y la desmesura mata de muerte arrodillada,
agujero de una boca desdentada, abierta,
como un techo desfondado en el incendio,
el estrépito de las tejas, el desconcierto del retrato
volado desde los estantes al vacío, vidrios rotos,
la pesadez del humo entre las vigas calcinadas.

 

II
Nada distingue el barro de la sangre, ya nada,
ni los huesos que insisten desde el fondo de la tierra,
ni la presilla de la chaqueta, el costillar, digamos,
ahí donde amores súbitos alentó un suspiro, Salgari,
un calcetín olvidado del otro, un lápiz quebrado,
y su escritura -esta misma- disuelta bajo lluvias
que no cesan, sesgadas, desde ningún cielo.

 

III
¿Qué crece del corazón bajo las piedras,
entre yuyos despeinados por el viento,
si no la pequeña flor de una primavera salvaje?
Imperceptible, como el venirse de una hormiga,
su latido trepa por la palma de la mano
con una mota de verde a las espaldas.

 

IV
Si cierro la mano, basta un segundo, ni siquiera,
para borrar, despiadado, millones de años:
no es el puño, jamás, la medida de la siembra.
Dulce, en cambio, el rocío que curva la hoja, el aire
que agita la delicada felicidad estremecida.

 

V
En el hueco del hambre cabe el odio, desgarradas
las telas, sofocado el secreteo del aire entre las ramas,
torpes las risas infantiles en el caserón vacío.
¿Qué sombra se asoma a un ventanal que sueño,
meciendo un libro antiguo con las hojas en blanco?
Alguien saca la mano para ver si el mundo aún llora
y advierte allá abajo lo que ocurre, pero es tarde.

 

VI
Te veo venir en el dulce estar de la tarde
como un ocre de alas tendidas que se posa:
mirarse a los ojos, atreverse ahora en voz alta,
dejarse en la quietud de estas palabras, el lento
placer que nunca será el último ni tampoco el mismo:
¿de dónde este temblor de valsecito que me invita?
¿en qué nube perdida, de la que nadie sabe nada,
me desvanece como un ligero adiós que ya fue?

 

VII
No taches ese día en el almanaque de la cocina
donde cada mancha podría ser una historia diferente,
la humilde, la intrascendente, la verdadera historia:
bajo la lámpara sin tulipa que cuelga del techo,
no queda más que un revuelo incesante de preguntas.

 

VIII 
Después, verde el trazo de las huertas, la tomatera,
y el ladrido que, a lo lejos, siempre halla respuesta:
el refusilo que anida en la nube, la buena vida,
hoy o mañana, contra los techos de tejas a dos aguas,
allá donde los pinos, “¿vio?”, tras los muros encalados,
donde hace tiempo que ya nadie escribe nada.
“¿Para qué tamañas verjas si de ahí nadie se escapa?”
y encima negras, negras y esmaltadas, y la grapa, certera.

 

IX 
Horizontal me iré y desde abajo hasta en la muerte,
no como un sueño eterno sino como una larga siesta,
de la que cuesta salir, decidir otra vez y levantarse:
quedan los libros, esos que, en tiempos muy duros,
en otros entierros se llovieron al fondo del terreno,
y el mate de virola, que seguirá de mano en mano,
dándole vueltas a lo que, sabemos, no tiene arreglo.

 

Los rayos de sol que se filtran por la persiana
tensan cuerdas doradas sobre la pared del fondo:
cuchichean en la calle y la sombra de unos pasos
rasga los rayos como una mano apresurada
que arranca un acorde de pura incertidumbre.

 

XI 
Hay un niño que tiene miedo sin saber por qué
y el domingo que avanza hacia al desamparo de la tarde,
como si alguien quebrantase el juramento de la siesta:
tan lejos, tan lejos el encaje de la espuma del mar.

 

XII 
No por no saber qué hacer que nos perdonen:
Dios no juega a los dados, juega fuerte a las leyes
desde cielos que ni siquiera inspiran nuevos asaltos:
la poesía, en cambio, asunto nuestro, es la intemperie,
palabras que se imantan y rechazan en qué vértigo,
echadas a rodar de un golpe, como si supiésemos.

 

XIII 
Todo poema corre el riesgo de ser rito: no te entregues,
no dejes que el valor de cambio decida tus plegarias,
sino ese estallido de luz triste en plena mirada, ese candor
de quienes tartamudean, azarosos, un lenguaje imposible.

 

XIV
Se me mezclan otras voces en este infame desahucio
y tu nombre me suena pero no sé de dónde, no te ubico:
acaso un violín desafinado, carcomido por la sal,
por el estrepitoso derrumbe del mar en la playa.

 

XV 
Aunque tejida con los hilos de las primeras lluvias,
no beses ninguna bandera, sino sólo los labios húmedos
de quien abreva en la humilde humanidad de la tarde,
de quien te invita al más íntimo abrazo, el de la tierra.

Alberto Szpunberg

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2 Comentarios to “Poética de la intemperie”

  1. A. P. dice:

    Uno de los mejores poemas que he leído. Intenso. Bello.

  2. Gina dice:

    Well done poem that. I’ll make sure to use it wsiley.

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