Reseña de Silver

Hacia la cuarta o quinta página, el lector cree haber captado de qué trata la novela y establece sus expectativas: una alegoría en la que un mono que piensa y habla servirá de vehículo para una caricatura dela Civilizacióny el Desarrollo, y particularmente de uno de sus espacios más privilegiados: el universitario-científico, el de la aristocracia intelectual que se autoproclama líder del progreso infinito. Rápidamente, descubrirá que debe adaptarse a un relato mucho más complejo en el que se plantean, con un tono que navega cómodamente entre el humor, la emoción y la tragedia, las relaciones básicas entre el hombre y su prójimo —amor, amistad, solidaridad, compasión, prepotencia, sumisión, incomprensión, egoísmo, traición— junto con los muy latinoamericanos temas de la alteridad, el exilio y la (im)posibilidad del ensoñado desexilio.

Un encuentro casual en el significativo contexto de un campus norteamericano reúne a Marco, “director de cine fracasado [y] profesor en la materia”  argelino-argentino, y a Silver, gorila totalmente humanizado. Silver cuenta a Marco su historia, desde que una pareja de investigadores lo comprara en África para intentar un audaz proyecto educativo, su convivencia con la familia, la crisis que provoca su presencia, el proyecto de reintegrarlo a la naturaleza junto con otros monos “enriquecidos” y el fracaso del mismo, hasta su regreso a la añorada América —”Paraíso Perdido en donde inflando un globo se podía ser popular, y donde las cosas (…) eran fáciles”  —, reinserción que también resulta frustrante porque, como para tantos otros desplazados, para Silver ya no hay patria original y el exilio está en todas partes.

Por otra parte, la civilización y la naturaleza funcionan de modo sospechosamente semejante. En ambas rige el mismo principio darwinista de la supervivencia del más apto. Si en el reino animal se lucha para subsistir y la debilidad se paga con la vida (en vez de comer se es comido, como Saint o el anónimo monito), en la selva urbana se combate por becas, honores, popularidad, o por algún proyecto que infunda sentido a la existencia de seres básicamente incomunicados y aburridos. En esa “organización admirable en que la organización lo devora todo y no queda más posibilidad que admirarla”, las famosas libertades y oportunidades infinitas están encerradas en trampas que limitan sin proteger, como la jaula-casa de Jane en la jungla. La novela denuncia una civilización convencida de su éxito (“el sueño de la humanidad es la realidad de hoy”, en la que “el lápiz labial [es] más importante que los labios”, el recuento de publicaciones más importante que la ciencia auténtica, los medios se han vuelto fines, y sólo “la novedad y el escándalo”  provocan reacciones intensas en una masa aletargada por idénticos gustos y aspiraciones. El mayor escándalo es, ciertamente, ser diferente: “Creo que realmente eres un mono distinto. Y eso es precisamente lo que no aguanto”, le dice a Silver su ‘padre adoptivo’. Las expectativas monolíticas del hombre-masa castigan toda forma de alteridad, que no sólo consiste en tener otra pelambre u otro origen, sino también en ejercer gratuitamente el amor, la espontaneidad, la solidaridad.

De allí que Marco y Silver se reflejen el uno al otro, y no sólo a sus propios ojos —”Silver soy yo”, reconoce Marco—. Como si existiera una sola forma de alteridad, un mono que infla chicles y un, por ejemplo, latinoamericano son irónicamente homologados: a Silver lo tratan como a “un extranjero al que, con orgullo, hay que presentarle el país”, y los estudiantes le preguntan si hay indios en su lugar de origen… Y el fracasado retorno del gorila pensante a la simiedad refleja para Marco el de su propio regreso imposible: “Probablemente yo sea el único que sabe que después de quince años estoy tan lejos de Latinoamérica como de Marte” .

Los personajes, simios y humanos, ansían una sola cosa, la sencilla felicidad; pero para sobrevivir se ven obligados a transar, a renunciar a muchos de sus anhelos, a vestir la identidad que los otros les imponen para permitirles pertenecer: “cuando estás en el país de los monos, hay que actuar como mono”, dice Dianne, refiriéndose, por supuesto, no al Africa sino a los Estados Unidos. Toda iniciativa espontánea desemboca finalmente en una forma de entrega, de abulia y pasividad. Gregory, “un buen muchacho”, abandona su casa menos por celos de Silver que por su incapacidad de comprender un torrente emocional que no entra en sus esquemas. Dianne (también ella parcialmente ‘otra’, por ser británica), la bella, sensitiva y sensual madre/amante de Silver, es violentamente separada de éste y reaparece veinte años después transformada en una deforme caricatura de sí misma que enarbola triunfante un diploma de doctorado. La hiperactiva e ingenua Jane, conmovedora y ridícula conductora del proyecto de ‘renaturalización’ (o ‘destarzanización’, nótese su nombre), es incapaz de asimilar su fracaso y prefiere convertirse ella misma en simia. Silver ha aprendido también esta lección civilizadora, y a su retorno se finge sucesivamente hembra e inválido para así refugiarse en los beneficios del affirmative action.

No hay en la novela un claro reparto de roles alegóricos, ni hay buenos y malos consumados. Hay sólo débiles. Quienes actúan con crueldad o indiferencia lo hacen porque en la lucha por la supervivencia van perdiendo la capacidad de conocerse a sí mismos o de elegir según valores auténticos. También Silver, sin duda el más lúcido de los personajes,  abusa de su fuerza contra los otros monos, y abandona consciente e innecesariamente a Sally y a Tex, aunque los quiere, porque su capacidad de esforzarse por el prójimo está limitada por sus propios temores o su indiferencia. Marco ha perdido, también él, la capacidad de amar que Silver conserva pese a todo; por ello, rechaza su oferta de amistad, no acude a su llamado, no hace nada para impedir su fragmentación post-mortem en aras del progreso científico, y prefiere permanecer en la invalidez afectiva — simbólicamente, él ocupa de a ratos la silla de ruedas del paralítico ficticio.

Un pesimismo gris impregna la novela (cuyo primer título fue “Ser o no ser”), pese a contados destellos de autenticidad y valentía: el amor entre Dianne y Silver, el ingenuo voluntarismo de Jane, la solidaridad entre el mono inválido y la mona vieja, la precaria amistad entre Marco y Silver que genera el relato. Uno de los simios ‘enriquecidos’ se llama, significativamente, Zopenhauer, rebautizado “Esperanza”: la civilización lo ha dejado paralítico, la readaptación a la simiedad lo empuja al suicidio. La conclusión a que llega Silver, participante y espectador de ambos mundos, es shopenhaueriana: “Marco, dime que eso que ustedes llaman vida es una porquería. Confiésalo, que es precaria, que es frágil, que pasas por esta vida sin dejar una huella. Un rollo de papel debajo del brazo y una permanente violeta como corona. Reconoce que la vida es un sueño, que la gente no existe, que es mejor no nacer”

Pablo Urbanyi (nacido en Hungría, formado en Argentina y residente en Canadá desde 1977) ha tematizado la desorientación del individuo, el exilio y la sátira de la “organización admirable” en sus novelas y relatos Un revólver para Mack, Nacer de nuevo y En ninguna parte. Silver nos desafía, precisamente, por ser un texto distinto que pone a prueba nuestra propia capacidad de aceptar lo diferente dentro de una literatura que corre el peligro, también ella, de adaptarse a expectativas ya fijadas y uniformar sus registros.

Florinda F. Goldberg

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