¿El año que viene en Jenín?

 1.

El olor dulzón de la muerte impregnaba el aire de polvo y dolor, mientras un enjambre de moscas sofocaba  el campo de refugiados de Jenín. Con las manos, y sin lágrimas, dos hermanos buscaban  el cuerpo de Hamad Massaud  Abu Ba, su padre, sepultado por los bulldozer del ejército israelí a un metro bajo tierra.

 

Yo mismo no sé por dónde empezar. El tecleo siempre es infinitamente más lento que las ráfagas. Antes de pulsar una sola letra, alguien ya puso en marcha su bulldozer y avanza, ojo por ojo, diente por diente, sin distinguir ventanas, paredes, perros, niños, libros, novias, gasas, platos de sopa aún tibios, ni siquiera ese viejito –¿mi abuelo José ? ¿Qué hace ahí en Jenín, en ese infierno, mi abuelo José?–, ni siquiera ese viejito que se lleva las manos a la cabeza para cubrirse del horror. Quiero tomarlo por los hombros y apartarlo, quiero gritar, pero es tarde. ¿Siempre es tarde? La muerte, que no tiene después, siempre es antes. Y la sangre es el único río en que los seres humanos nos bañamos  dos, doscientas, infinitas veces. Me miro al espejo y no sostengo la mirada del judío que me mira. Los ojos de mi abuelo José eran transparentes como la primera estrella. Pero su manera de titilar ahora es llanto.

 

2.

El área parece arrasada por un terremoto, con las casas destruidas y sus paredes dinamitadas por los tanques e incendiadas por los misiles, lanzados desde los helicópteros Apache en Hawashin, el corazón del campo de refugiados de Jenín. Bombardearon los colegios de Naciones Unidas, el centro de salud y también el de purificación de agua.

Mi abuelo José me contó que Moisés había sido tartamudo –«pesado  de lengua»–  y no me sorprende. Yo mismo lo he leído en su libro –«es el Libro de los Libros», me explicó mi abuelo–, y a ese Libro de los Libros lo leo en hebreo, idioma que me enseñó mi abuelo José. «Es la lengua de Dios –me dijo– y todo lo que dice es verdad». Fue una revelación. Era una escritura realmente tartamuda: letras y letras desunidas, blanco sobre negro, independientes unas de otras, pero todas juntas a coro para que a través de ellas, incluso a través del blanco que las separa, pueda expresarse Dios, un Dios tan terrible y, a la vez, tan generoso. Así está escrito, como los mismos judíos: dispersos, todos diferentes y todos judíos. Si esta lengua –«pesado de lengua»–  es la voz de Dios y todo lo que dice es verdad, ¿cómo se escribe en hebreo la revelación de un verdadero crimen sin tartamudear? Mi abuelo José me mira desde el espejo, se vuelve hacia los fieles que lo rodean y estrecha sus manos. No son muchos –¿cincuenta, quinientos, mil palestinos?– , pero todos saben que suman seis millones… Todos ellos han estado en Auschwitz y saben muy bien qué es Jenín. Y a mi abuelo se le llenan los ojos de lágrimas. Después de 5.762 años, él no hace planes de futuro –«El año que viene en Jerusalem»– para discutir las diferencias entre un horno crematorio y un misil ni si seis millones de judíos son más que cincuenta, quinientos palestinos. Me acerco un poco más al espejo y me reconozco: sus lágrimas son mías.

 

3.

Abuanas, un empleado del Ministerio de Salud de la Autoridad Palestina, de 35 años, se ha quedado sin casa, sin ropa, sin futuro. Vio dos cosas que aun le dan ganas de vomitar. Una, un grupo de soldados israelíes disparando sobre la ingle de un joven palestino armado para después pasarle, aún vivo, un tanque por encima….

Ahora –¿aún estamos  a tiempo?– me doy cuenta: pobre Moisés, ser portavoz de un Dios tan terrible como para pedirle a Abraham que demuestre su fe con una muerte, nada menos que la de su propio hijo (Génesis, 32), y tan generoso como para prometerle a una horda de esclavos muertos de hambre una tierra donde manan  la leche y la miel (Éxodo, 3). Eso, toda esa locura lo volvió a Moisés «pesado de lengua», tanto es así que llegó a las puertas de la tierra prometida y no pudo alcanzarla. ¿No nos está pasando lo mismo? Intento explicarle todo esto a quien me mira desde el espejo, pero apenas tartamudeo, como si mi lengua, pesadísima, teclease. Estoy a punto de decirlo, lo tengo en la punta de la lengua, pero siempre, siempre la palabra es más lenta que una ejecución sumaria.

 

4.

La otra fue ver cómo los bulldozer israelíes abrían  una trinchera, colocaban  cuerpos en pleno centro del campo y los cubrían con tierra, aunque hoy la lluvia haya transformado esta fosa común en un lodazal.

Yo pertenezco al pueblo elegido por ese Dios tan terrible y tan generoso. Soy ateo, profunda, tranquila, apaciblemente ateo, pero hay veces en que querría que el dedo de  Dios no me señalase. Finalmente, elijo ser elegido. De lo contrario, nunca hubiera sido  el nieto de mi abuelo José. El Día del Perdón –del perdón, no del olvido–, en la sinagoga, él se cubría hasta la cabeza para que yo me refugiase bajo su manto sagrado cubierto de letras doradas y flecos sedosos.  Al amparo de esa intimidad invulnerable –ni los alambres de púa de Auschwitz, ni la picana eléctrica de la ESMA, ni los bulldozer de Jenín podían con ella–, su dedo tembloro seguía la lectura de las plegarias como quien sigue el curso de un inquietante río para que yo no me perdiese en aguas tan turbulentas, aunque siempre los destinos soñados eran los mismos: paz, sobre todo paz, y de paso, ¿por qué no?, también salud, comida, buena suerte. Y cuando era el momento de decir ”porque tú nos elegiste entre todos los pueblos”, mi abuelo José se reía, me daba un codazo y me decía al oído: «para golpearnos…» Y su dedo se detenía junto al inquietante río del versículo. Siempre hay que saber detenerse un instante antes de que la sangre llegue al inquietante río. Era ese instante en que sus ojos transparentes se humedecían, cerraba el libro y decía: «El año que viene en Jerusalem».

 

5. 

Según Hend Alí Oes, una palestina de 50 años, un soldado tomó de los pelos a Rateb, su nieto de dos años, le puso una pistola en la cabeza y los intimó: ”Salgan todos o le disparo”. Cuando salieron, un misil incendió la casa y la familia se refugió, junto a otra 50 personas, en la casa de una vecina.

Muchas veces me pregunto: ¿en qué se parece un judío a otro judío? Hoy más que nunca lo tengo claro: en lo diferentes que son. Por eso, todas las mañanas, cuando me miro al espejo, veo que no soy el mismo y descubro al judío que soy. A veces me veo tan igual, que ni me reconozco y hasta me olvido de quién soy. Pero siempre hay alguien diferente a mí que se cruza por mi camino y me lo recuerda. Por lo general, soy yo mismo; a veces incluso es otro judío. Ahora, por ejemplo, Sharón me apunta con su dedo y no le tiembla el pulso.

–¡Antisemita! –le grita mi abuelo José– ¡Pogromchik!

Oigo su grito y entonces sí me reconozco, tranquilo, al lado de mi abuelo José, que suspira hondamente y, con los ojos húmedos, exclama: «El año que viene en Jerusalem», y se da vuelta  hacia los otros fieles, y yo con él, y estrechamos la mano de todos, uno a uno: primero, por supuesto,  mi padre, Arieh Leib, en cuyo silencio más profundo resuenan los nocturnos de Chopin; el señor Bercovich, plomero de manos duras y corazón tierno; mi tío Enrique, con el mismo traje gris con que fue rico y cayó en la pobreza; mi tío Manolo, comunista con un halo de noctámbulo y mujeriego; el infaltable peluquero Piatock; Isaías, el zapatero remendón que tenía una hija mogólica, y también el otro Isaías, ese que se acerca y nos dice: «Voy a crear nuevos cielos, una nueva tierra» (65:17)… Mi abuelo asiente satisfecho desde el espejo y sigue estrechando las manos de tantos, tantos profetas: Jeremías, Ezequiel, Oseas, Zacarías, el pastor Amós…

 

6. 

Una bomba está incrustada  en la puerta de la casa  de Maha Shalabi. «No avance. Si abrimos la puerta, volamos todos, ¿Dónde voy a ir ahora?», pregunta esta estudiante de farmacia de 23 años.

– ¿Amós?–, me soprendo– ¿Usted por acá?

– Sí –me contesta mi profeta preferido– Y ojo, que dos pecados  ya perdoné, pero nunca un tercero (Amós, 1)…

Y yo me doy vuelta para preguntarle a mi abuelo José: «¿Ya he cometido el tercer pecado?», pero mi abuelo José no está a mi lado sino enfrente, y me mira desde el espejo y yo no puedo sostener su mirada. Soy otro. El bulldozer pasa por encima de un niño de Jenín y nada lo detiene, ni siquiera Amós, que se aleja de la sinagoga, siempre rumbo a Jerusalem, pero definitivamente abrazado a un puñado de palestinos – entre ellos él, yo, mi abuelo José…–, que son llevados al paredón cuyos ladrillos saltan por los aires y bañan de sangre el espejo. Nunca volveré a ser el que era. Un Dios terrible, hoy infinitamente más terrible que generoso,  me ha señalado con el dedo. Y como es sabido que un judío habla hasta cuando sólo gesticula, lo miro de frente, –«panim el panim», leería mi abuelo en hebreo, «cara a cara», como Moisés hablaba con Dios – y, aunque tartamudee, no quiero callar: ¿El año que viene en Jerusalem ?

 

7. 

”Sé que aquí hay un cadáver, además del de mi hermano Abderrahim, que sacamos ayer”, declara Huda al Farraj, de 23 años, mostrando una zona aplastada que hasta hace poco era su casa.

Sí, hay amores eternos en mi vida –mis hijas, la perra Shila («que en paz descanse»), el libro de oraciones de mi abuelo José («que en paz descanse»), la mujer de la que me enamoraré mañana, ese verso de Ungaretti («que en paz descanse»)–, y entre esos amores, Jerusalem (en hebreo, «ciudad de la paz»). No puedo dejar de creer que todos mis caminos –ESMA, exilios, El Masnou, regresos. clandestinidades, Auschwitz, huidas, combates, Jenín, derechos humanos– algún día culminarán en Jerusalem. En cualquier rincón del mundo, pero siempre en Jerusalem. Y entonces habré llegado, como buen judío, acaso para partir nuevamente. Un día le pregunté a mi abuelo José: «Si ahora estuvieras en Jerusalem, ¿seguirías diciendo “el año que viene en Jerusalem”?». Mi abuelo me miró sorprendido. Nunca se le había ocurrido, ni aun estando en Jerusalem, dejar de decir «el año que viene en Jerusalem». Mucho menos que a su nieto, este que soy yo frente al espejo, se le ocurriese una pregunta semejante. Siempre, siempre ha sido y será «el año que viene en Jerusalem». Sólo la muerte no sabe del año que viene en Jerusalem. Si todos los judíos se parecen en que son diferentes, ¿cómo un judío no va a soñar un mundo diferente, donde haya lugar para todos y todos se parezcan en eso: en que son diferentes? Y no tartamudeo al decirlo: «el año que viene en Jerusalem».

 

8.

Cuando la joven empezó a cavar con una pala y la ayuda de cinco familiares, un olor nauseabundo  empezó a salir de los escombros, entre la ropa y los cristales rotos.

Y mi abuelo José sigue estrechando la mano de todos. «El principio teológico judío central, no formulado, no dogmático, sino que subyace y cohesiona toda doctrina y profecía, es la creencia en la participación humana en la obra de redención del mundo», le dice Martín Buber. Y mi abuelo, aunque no sabe qué significa la palabra «teología» ni «doctrina» ni «redención», me codea para que lo escuche atentamente y estreche su mano. Y saludo a Baruj Spinoza, Henrich Heine, Franz Rosenzweig, Gershom Scholem, Leo Löwenthal, Franz Kafka, Shalom Aleijem, Itzjak Babel, Gustav Landauer, Carlos Marx, Albert Einstein, Sigmund Freud, Ernst Bloch, Erich Fromm… «¿Maimónides por acá? ¿Pero usted no escribía en árabe?», pregunta el tesorero de la sinagoga, un falso cabalista que sólo contabiliza letras en hebreo. «¿Y yo no escribo en idish?», interviene Isaac Bathevis Singer. «¿Y yo no en italiano?» sonríe Primo Levi, a un paso del suicidio. «¿Y yo no con novias y violinistas que sobrevuelan los tejados del mundo?», protesta Marc Chagall.

 

9. 

Poco a poco van saliendo ancianos,  con las manos en alto, madres con bebés que ven la luz del día por primera vez en once días, y miran las pilas de basura, esa geografía de demolición y ruinas, como sonámbulos. Amal carga en sus brazos a su hijo de siete meses; el de cuatro años ayuda en la mudanza forzada.

Pero Walter Benjamin advierte a tiempo: «Articular históricamente el pasado no significa articularlo como realmente ha sido. Significa adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un momento de peligro». Mi abuelo palidece. ¿Un momento de peligro? ¿Otro pogrom? ¿Auschwitz? ¿La ESMA? ¿Kosovo? ¿Bosnia? ¿Jenín?…  .

–¡Cuidado! ¡Abajo de la bota hay una muchacha! –advierte mi abuelo– ¡Abajo del bulldozer hay un colegio!

Y mi abuelo me abraza para protegerme de mí mismo. Un muchacho de la Intifada, que soy yo, recoge una piedra y la arroja. El espejo relampaguea y salta en pedazos, como letras sagradas, escritas a sangre y fuego en el vértigo de la historia. Y tartamudeo, claro que tartamudeo, pero hablo.

 

10.

A las dos de la tarde, los soldados  israelíes y sus tanques regresaron a Jenín y volvieron a imponer el toque de queda.

Mi abuelo se cubre de los tanques con el manto sagrado y yo busco la tibieza que anida en su «kefiah». El muchachito que arrojó la piedra me lleva por las calles de la capital del Estado Palestino y del Estado de Israel y me dice: «El año que viene en Jerusalem». Mi abuelo José asiente. Sus ojos brillan transparentes como la primera estrella. Me reconozco en su esplendor, que cubre al mundo. Las alambradas de Auschwitz han desaparecido. Los desaparecidos de la ESMA se acercan a la luz y en ella se refugian. Los refugiados de Jenín recogen las piedras y reconstruyen sus casas. Volvamos a la tierra prometida,  volvamos al mundo. «Anoche tuve un sueño y no sé qué significa», le dice el Faraón de Egipto a José, sí, a mi abuelo José. Él sabe mucho de sueños  y le explica. Pero Sharón no entiende de sueños. Lanza sus bulldozers encima de la horda de esclavos, pero el Mar Rojo sabe quién pasa y quiénes no pasarán. Mi abuelo sigue con su dedo el inquietante río de la plegaria. Al final del versículo hay una tierra donde mana la leche y la miel. ¿Quién, por Dios, quién no lo entiende?

 

Alberto Szpunberg

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