Puesta de sol (reseña)

 

Edición actual, Catálogos 2008

 

“No fue de tal manera que no fuera de alguna”

 

“Realmente es un mundo al revés”, comenzó una vez el autor de esta novela al escribir una “carta” (correo electrónico o mail) dirigido a un lector admirador de su obra (6 de marzo de 2007). En la misma, el escritor se refería a las diferencias climáticas entre Canadá y Córdoba en primavera; sin embargo, esta primera afirmación hizo vibrar los sentimientos e ideas que surgieron en mí a partir de una de sus novelas, Puesta de sol (1997, primera edición), escrita diez años del correo electrónico mencionado. Pero antes de referirme a dicha reacción, intentaré aclarar algunas cuestiones fundamentales para disfrutar la lectura de un texto que encierra una historia donde  fluyen y se confunden el amor, el temblor, la desazón, la crítica a una civilización decadente y el dolor, todo reflejado en imágenes, diálogos y lenguaje dotados de la hermosura de la escritura típica del autor.

No es muy frecuente comenzar un artículo resaltando aquello que el libro reseñado no es. De hecho en la oración anterior comencé con una negación y terminé con otra. Esto no implica que el texto mismo sea una negación en sí mismo, ni que esta reseña lo sea, sino simplemente constituye una advertencia al lector actual, o “posmoderno” -o como lo denominen los críticos literarios o incluso escritores, interesados en  taxonomías propias de las ciencias exactas. Dicha advertencia proviene de la humildad y esperanza de un lector que desea que los otros se acerquen a un libro lleno de muerte y de vida, de maldades y bondades, de deformidad y de belleza, y con el interés de recorrer las páginas de un relato o historia en la que lo que más impacta son los hechos narrados, los sentimientos que los personajes abrigan como resultado de esos hechos, las consecuencias morales y emotivas, la atribución de responsabilidades, entre otros.

He tenido el contratiempo -para usar un eufemismo- de encontrarme con autores que parecieran poseer moldes y sus correspondientes “submoldes” o estrategias, usados repetidamente por sus contemporáneos porque están en boga, y los llenan con sucesos que se acomodan a esa matriz. El resultado a veces es bueno; otras, absurdo y grotesco, y otras original o extravagante, en el mejor de los casos. Puesta de sol es una novela que, siguiendo algunas clasificaciones rígidas y ya pasadas de moda, seguramente podría caracterizarse como “posmoderna”, con estrategias “metaficcionales” tales como intercalación de voces y formas narrativas -cartas, informes, fichas, notas-, cambios permanentes en el tiempo narrativo, y estructura de cajas chinas; como una parodia nostálgica de novela epistolar -también una forma típicamente usada por algunos escritores en las últimas décadas-; o como una sátira, más cercana a las de Juvenal que a las de Horacio, ya que la ironía amarga de un narrador-personaje indignado con la vida y las instituciones se desborda por todos los rincones de la obra.

En mi opinión, Puesta de sol no es ninguno de esos tipos de novela, ni el autor intentó llenar matrices prefabricadas con una serie de eventos, con el objetivo de llamar la atención del lector sobre la forma más que sobre el contenido. Puesta de sol representa “realmente un mundo al revés”: una historia en la cual el narrador-personaje “con la coraza de cultura corroída” escribe un “testimonio de dolor” y de su “fortaleza para amar”, con ese dolor que desmenuza su alma. Esto no implica, de ninguna manera, que no pueda afirmar, como lectora persistente de novelas contemporáneas, que Puesta de sol es una obra de arte no sólo en su contenido sino también en su estructura, en sus palabras, en sus silencios y en sus soledades.

Para que el lector de esta reseña pueda seguir mis argumentos posteriores, haré una referencia a la estructura del texto en primer lugar. Luego me referiré a las temáticas sobresalientes y recurrentes del texto –lamentando la falta de espacio para exprimir el mismo y sacarle hasta la última gota de belleza, y de dolor. Estos temas son los ya mencionados al comienzo: la crítica cruel pero certera a “este mundo al revés”; el amor, sus formas y discípulos: la ternura y los reproches, la felicidad y el sufrimiento, la humillación y el honor, la esperanza y la desilusión, la culpa y el perdón, el odio y la amargura; y la incansable necesidad de buscar modos de superar la tristeza, la angustia, los miedos y el fracaso que penetran el alma y se encadenan a ella.

Dejaré el título y epígrafe para más adelante, ya que tienen mucho contenido, a pesar de ser parte de la forma. La historia cuenta los sucesos que ocurren en la vida de una pareja -Pedro y Ana- a través de cartas mediante las cuales el narrador-personaje -Pedro- le escribe a un médico, el Doctor Brahe, “desde un país de largo invierno, de verano breve…”. En estas cartas, le envía un informe prometido mucho tiempo antes sobre su hijo internado en el Hospital, donde el Dr. Brahe lo atendió, ya que, según el profesional, el informe “sería un testimonio muy original y útil para la ciencia”. El bebé que Ana y Pedro esperaron con toda la ansiedad, ternura y miedos de cualquiera padre o madre -bebé que, según los médicos, iban a ser mellizos-, pero nació junto con “un charco de líquido cefalorraquídeo”, “con una pequeña herida en la columna”, es decir, con espina bífida. Ese niño recibirá cruelmente el nombre de “Meninjito”.

Imitando un método que usaba en su trabajo de vendedor de alfombras, Pedro recurrió a un sistema práctico de fichas enumeradas, que luego pasó en limpio y a máquina -no en forma manuscrita-, editó, resumió, y finalmente suponemos que envió. Las fichas son aproximadamente cien, numeradas y con título, algunas largas, otras que se continúan en ficha aparte, otras sintetizadas y otras omitidas por carecer de importancia para el narrador. Al final de algunas fichas, en itálica, el narrador agrega notas -glosas o acotaciones- en tiempo presente, que Pedro necesita añadir a la ficha. Estas notas son veinte y más cortas, en general, que las fichas. La novela comienza y termina con cartas al Dr. Brahe, donde en realidad Pedro nos resume toda la cadena de sensaciones amarradas a su espíritu y cómo aún lucha para desprenderse de ellas.

La crítica cruel pero certera a “este mundo al revés” se apoya en diferentes aspectos de nuestro “mundo civilizado”. Especialmente, el “progreso” recibe una sucesión de  diatribas. La medicina y el avance de la ciencia en general han producido tantos adelantos como retrocesos. Las ciencias médicas y sus derivados conllevan la mayor parte de la denuncia: el llamado “parto sin dolor”, aún un mito del siglo XXI -a menos que usen anestesia-, “los partos modernos” donde dejan entrar al marido a compartir un momento tan especial con la madre de su hijo, pero que a Pedro dejaron afuera, los sanatorios como clubes privados y como empresas donde la imagen es lo más importante, los “promotores” que ofrecen servicios a domicilio de los sanatorios privados como si fueran comerciantes, los médicos “especialistas” que saben un poquito de algo pero no ven el todo, la música funcional en los sanatorios donde debe haber silencio y, peor aún, los médicos que experimentan -por no decir que juegan, mienten o tratan como “casos”, muñecos de madera o personajes de Walt Disney a los pacientes. El epígrafe lo resume y anticipa todo, y tiene ecos en otras partes del texto:

-Quisiera saber, señores –dijo el Hada volviéndose hacia los tres médicos reunidos junto a la cama de Pinocho,-si este desgraciado muñeco está vivo o muerto.

. . . se adelantó primero el cuervo . . . y cuando lo hubo examinado bien pronunció estas palabras:

-Yo opino que el muñeco esta completamente muerto . . .

-Siento mucho de no ser de la misma opinión . . . –dijo a su vez el mochuelo,- yo opino que el muñeco está vivo y bien vivo  . . .

-¿Y usted qué dice? Preguntó el Hada al grillo parlante.

-Yo creo que el médico prudente, si no sabe qué decir, lo mejor que puede hacer es callarse. (el subrayado es propio)

De Pinocho de C. Collodi

 

Pedro se pregunta en la  primera carta al Dr. Brahe por qué no mandó las fichas  antes, y se contesta: por el “despecho: por sus ambigüedades, las dudas y temores que nos creaba . . .”. Más adelante, cuando otro médico examina al hijo de Pedro y Ana, Pedro expresa, sin temor y sin ahorrase lo que siente y piensa: “. . . cuando a un enfermo se lo confía a la voluntad de Dios, es porque los médicos no saben lo que hacen ni qué hacer”.

Entre las “ventajas” de la ciencia, el autor ataca con mayor ironía: los motores diesel y su contaminación ambiental, el Exocet, las bombas, los gases venenosos, los motores atómicos, los porteros eléctricos como parte del anonimato en que vivimos, entre otros. Occidente es el “el mundo libre, coherente, con leyes, regido por la oferta y la demanda”, también donde se mataron indios y se hizo desaparecer a los gauchos. La naturaleza humana incluso puede estar llena de vanidad, vacuidad y orgullo, y mentiras, como las alfombras “legítimas” que vendía Pedro con las indicaciones de sus empleadores.  Todo esto, y mucho más, es objeto de la ironía punzante del narrador, pero una ironía que no mira desde arriba como si el victimario fuera un ser superior, sino una ironía que desborda dolor, y en la que Pedro también se halla inmerso.

Mencioné anteriormente que el texto desarrolla además temas tales como el amor, la ternura, el sufrimiento, la humillación, la esperanza, la impotencia, la culpa y la amargura, entre muchos otros. Y quizás estas temáticas constituyan las entrañas, la forma, el contenido, el todo del libro. Basta sólo leer las emociones que Pedro deja escapar entre su sarcasmo para notar la inmensidad de su deseo de ser feliz, de hacer feliz a su esposa, y de disfrutar de “las grandes cosas” que el “progreso” le arranca. Pedro se considera brusco, intolerante, irritable y a su esposa, retraída, orgullosa pero suave y dulce a la vez. Sin embargo, más allá de lo que se muestra como evidente en el texto, la impotencia de ambos ante lo sucedido y la conciencia, la coraza, el chaleco de fuerza moral de lo que deberían hacer los vuelve tan vulnerables que aparecen como seres despojados de esa coraza de determinación y fortaleza para decidir qué hacer con una vida (¿operarlo o dejarlo morir?, si sobrevive, ¿cuidarlo, entregarlo o internarlo?, ¿colocarle una válvula para ver si tiene una mejor vida? o ¿dejar que le crezca la cabeza y quede idiota para toda la vida?”), desnudos como Adán y Eva -aunque dejando el Paraíso-, con el alma transparente escapándoseles de las manos y tratando de cubrirla con rencor, culpa reproches, y sin poder pensar en qué quisiera el niño que hicieran con su vida.

¿Cuáles son esos sentimientos que se desparraman sobre las fichas de Pedro como el líquido de la médula de Meninjito? O como, le indicó el Dr. Brahe, dejar por escrito sus impresiones era una manera de “aliviar el alma”, aunque Pedro se demoró en mandar las fichas “espoleado por la esperanza del olvido que nunca llegaría”. Es imposible resumir en estas páginas la multiplicidad de sensaciones de la pareja, pero puedo decir que el abanico -que se abre con la última confesión de Pedro- encerraba sentimientos de vacío y desazón, de negligencia, de miedo, de indecisión, de silencios, de soledad, de sufrimiento, de fracaso y de pérdida de las utopías, y de la inexistencia del “Dorado”.

El silencio, y su compañera, la soledad, reinan en muchos momentos de la vida de Pedro y Ana, y a veces sólo los marca las campanadas de un hermoso y antiguo reloj de pared, herencia que le legaron a Ana y el sueño recurrente de Pedro con un su hijo Meninjito. El reloj se pierde hacia el final del texto cuando ya “los días se pueden contar pero no la pesadilla, que es infinita”. La pesadilla no es otra que la puesta de sol, es decir el crepúsculo con sombras de culpas, reproches y dudas, y ausencia de pesebres que cobijen esperanzas, un horizonte teñido de rojo y “el cielo con hilachas de nubes”. El texto comienza de día en un “país de Utopía done El Dorado . . . se ha convertido en realidad” y va oscureciendo hasta terminar sin ningún Dorado, “bajo un sol de invierno que apenas entibia y terminará por ponerse”.

 

La pregunta fundamental que Pedro se hace durante sus análisis de conciencia  en los bares que frecuentaba es: ¿Dónde comienza la culpa y quién es el culpable?  Pedro sabe bien que de la muerte no nace la vida y que hay miles de maneras de clavetear el futuro y vivir la vida en un ataúd  o pesebre de lujo que en el fondo se parece a un matadero o a un infierno. A pesar de esto, Ana y Pedro buscan, a su manera, los modos de superar la tristeza, la angustia, los miedos y el fracaso que penetran sus vidas y se encadenan a ella. Y los modos de sufrir son diferentes, y se esconden en el silencio de la soledad y del dolor.

En la ficha nº 36, Pedro narra su encuentro con una mujer húngara que había viajado hasta Tierra del Fuego, en busca de sus sueños, del “Dorado”, y comenta “Antes de dejarla, le hice muchas preguntas sobre el sur”. Escribo esta reseña desde la ciudad de Ushuaia, y sé, como todos, que El Dorado no está aquí tampoco, sino en las “grandes cosas” que nos roban de la vida a cambio de la “pequeñas cosas” con las que pretenden consolarnos, según sus palabras.

Pedro termina su última carta al Dr. Brahe, (¿su confesión, purificación, testimonio, historia de amor, todo esto?)  admitiendo que de todo lo que le “pasó en la vida, con la coraza de cultura corroída, sin ningún Dorado con el que fantasear y a dónde ir, no me ha quedado más que la esperanza de haber dado algún testimonio de mi fortaleza para amar”. Realmente éste es un mundo al revés, pero escritores como Pablo Urbanyi pone algunos de nuestros sufrimientos, responsabilidades, dudas y alegrías en un texto lleno de ternura y belleza, expresadas con palabras y silencios.

Alejandra Portela

Universidad de Córdona

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