Guerra y magia

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“El zoológico de Dios” de Pablo Urbanyi, Catálogos, 2006.

 

La novela de Pablo Urbanyi, El Zoológico de Dios, tiene un comienzo enigmático que enseguida intriga al lector. Quizá haya que buscar la respuesta en la situación del autor, Pablo Urbanyi, argentino de origen húngaro, radicado en Canadá, quien piensa en su vida pasada, particularmente en su infancia, transcurrida durante la Segunda Guerra Mundial. El zoológico de Dios es pues  un texto colocado bajo el signo de la memoria en el que aparecen evocados los horrores de la guerra  y las estrategias existenciales del niño para sobrevivir.

De entrada se desencadena el proceso memorioso. En el primer capítulo el narrador parece habitado por recuerdos que se imponen a su mente de manera vívida. No sabe si sueña o si vive “ese famoso último segundo antes de la muerte en el que uno se acuerda de toda su vida.”(Urbanyi, 2006: 7). El hecho es que “el deseo de regreso estalla en él con más fuerza que nunca, el deseo de nacer de nuevo”. Manifiesta repetidamente la necesidad de “sumergirse” en la niebla hasta ver surgir la ciudad de Ipolyság, “que lo vio nacer y lo albergó a pesar de la guerra.” Se adivina pues el reconocimiento hacia su lugar de origen al tiempo que la necesidad de rescatar el pasado para reconstituirse.  Es consciente por lo demás que su madurez y el tiempo transcurrido lo llevarán forzosamente a una interpretación de los acontecimientos: “La historia de su recuerdo no será la misma.” (Urbanyi, 2006: 9).  El viaje hacia el pasado desemboca, a veces, en un “pozo oscuro”, por cuanto reactiva  historias familiares  y episodios dolorosos, pero junto a ellos anidan también recuerdos felices.

El relato, dominado por una situación bélica, el segundo conflicto mundial, es presentado como una epopeya absurda. La sucesión de olas que se abaten sobre Hungría  (alemanes, rusos) involucran a los hombres en una lucha que los supera. Ni siquiera saben lo que les pasa, ni siquiera saben dónde está el bien y dónde está el mal. La configuración geográfica, la situación de Hungría como heredera del Imperio austro-húngaro, la composición de su población, que incluía  unos 2 millones de alemanes,  judíos, y gran variedad de grupos lingüísticos, son factores que propiciaron el florecimiento de ideologías contrapuestas. Así el sector alemán de la población vio con buenos ojos la alianza con Hitler y lo que ello representaba. Los judíos no dejaron prácticamente de ser perseguidos y asesinados masivamente. Por otra parte, la llegada del Ejército Rojo fue responsable de violaciones y represión. Cada bloque defendía su ideología esperando hacerla triunfar sobre la adversa. Ese enfrentamiento, que puede calificarse de épico, por cuanto se traduce en batallas, bombardeos, genocidios, en nombre de valores antagónicos, será filtrado por la visión infantil, que suaviza los hechos violentos e intuye las paradojas y contradicciones de la Historia

En todo el texto hay un balanceo permanente entre referencias históricas verificables y la esfera de lo subjetivo. Algunos hombres combatían por ideales y otros, simplemente por la supervivencia. ¿Qué retuvo la mirada de un niño de esos combates y cómo resistió él mismo ante la tragedia cotidiana ? ¿ Hubo héroes anónimos ? El propio niño no está desprovisto de sueños heroicos. Daniel Madelénat  habla de una epopeya de la interioridad, definición que podemos aplicar al protagonista,  en la medida en que crece y se da un cambio definitivo en su situación.

El protagonista, llamado Fénix, nace en una ciudad checa, que pasa al territorio húngaro. El mundo de la infancia, previo a la guerra, es un mundo amurallado y protegido, que se desmoronará completamente. El narrador adulto parece experimentar una profunda nostalgia por esa etapa de su vida transcurrida en Ipolyság antes y durante la guerra, “borrosamente recuerda, como si siempre hubiera estado allí (le basta cerrar los ojos para que, como por arte de magia vuelvan a parecer) a Judit, a una pequeña ciudad bilingüe, a húngaros y eslovacos, conviviendo amablemente y odiándose en secreto.” El desplazamiento de las fronteras crea un sentimiento de extrañeza. Frente a esta inestabilidad, el narrador se refugia en el recuerdo:  una “ciudad rodeada por una muralla como un segundo útero materno.” (Urbanyi, 2006: 10).  Nada es fácil en la vida cotidiana de los habitantes, asediados por enemigos reales e imaginarios, por las privaciones propias de la época de guerra y por el rigor invernal de Europa Central. A esto se suma el desapego de los padres.

Los padres del niño, supuestamente de origen noble, apoyan las ideas  progresistas del momento según las cuales la Segunda Guerra Mundial corresponde a “un nuevo nacimiento de la humanidad, en el que la tecnología, la medicina y otras ciencias dieron un gran paso”. (Urbanyi, 2006:p. 9) Esta creencia es contestada por el adulto que se esconde tras la mirada infantil. Paradójicamente tienen un comportamiento clasista y no ofrecen ningún apoyo afectivo a su hijo. En virtud de esa carencia, el niño vive una relación fusional con Judit, la empleada doméstica. La pareja Fénix/Judit está en el centro mismo de la ficción. Frente al horror de la guerra, los dos seres se refugian mutuamente en un amor reparador. El tema del amor, del nacimiento del erotismo, cobra un desarrollo mayor. El texto vuelve una y otra vez sobre esas escenas, que se desarrollan al margen de las miradas de los adultos, implicados en otros combates.

Fénix y Judit son nombres cargados de simbolismo. Según la etimología, Fénix significa “el primer hombre eterno”, “el hombre que no puede morir” y Judit, la judía, la mujer liberadora. En primer lugar Judit cumple una función de auxiliar porque de hecho ayudará al niño a soportar las violencias de la guerra. “Era posible que Judit supiera o, peor, temiera más de lo que contaba.” (Urbanyi, 2006: 38).  El relato de la guerra que Judit hace al niño cuando le dice que “los prisioneros van de vacaciones”, recuerda  los diálogos de la película “La vie est belle”.  Pero Judit es más que un elemento que le permite descodificar la realidad histórica, es un elemento que lo ayuda a crecer. Esta ficción es pues una ficción de iniciación. El narrador evoca una estrecha complicidad  entre la adolescente  de catorce o quince años y el niño de corta edad. Judit hará las veces de empleada doméstica, maltratada por razones clasistas. Pero ante todo, Judit representa la femineidad y condensa las figuras de madre, amante y hermana.  Ella es quien nutre la imaginación de Fénix  con leyendas del bosque y canciones, preparando así el advenimiento de un idilio caracterizado por acercamientos tímidos, que evolucionan hacia una precoz relación erótico sentimental. Esta relación, que puede parecer osada, otorga al relato fuerza y originalidad.

Judit es una muchachita pura que, en primera instancia, cumple la función que debieran cumplir los padres. Pero poco a poco se va desarrollando entre Fénix y Judit una relación que va más allá del amor parental. Se trata de un amor desprejuiciado, difícilmente clasificable,  a través del cual el autor parece decirnos que la guerra es más impúdica que el amor.

“Allí (estaba él) observándola. Ella, tal vez por su impaciencia o por el sadismo inocente del niño, a veces lo amenazaba con el dedo, al niño ingenuo que observaba sus caderas anchas, sus pechos en la blusa siempre blanca, su fortaleza de campesina que no necesitaba de bombacha para protegerse.” (Urbanyi, 2006:21)

“Mientras Judit baña  a Fénix se produce el milagro (de la erección). Y, por primera vez, además de los besos en su boquita, cuello, pecho, Fénix los recibió en sus alrededores, besos que intensificaron el milagro. Y también, por primera vez, después de que Judit para consolarlo del “ay”, abriera la boca para cobijar el pequeño milagro.” (Urbanyi, 2006:30).

La audacia de esta descripción viene atenuada por el lirismo sugestivo de ciertos párrafos. Por ejemplo, la búsqueda del famoso “trébol de cuatro hojas”, promesa de felicidad, desemboca en la metaforización del sexo de Judit, convertido en espesa  “mata de tréboles”. El texto se vuelve anafórico e insiste en las sensaciones nuevas que descubre Fénix y en el sentimiento de eternidad propio de la experiencia amorosa. Judit lo inicia al deseo y al placer y es la matriz sobre la que se configurarán los amores futuros del niño. “El pecado mortal del incesto” se realiza, sin culpa, a través de esta figura femenina, que no es la madre, y la reconstitución de esa relación se reduce, ahora, a “un castillo de palabras”. En el caso de Fénix “hacer el amor” es un descubrimiento natural, anterior a la lectura, o por lo menos contemporáneo a los cuentos orales y leyendas populares que forjaron su imaginario. Este vaivén entre la leyenda y lo que parece una aventura autobiográfica realista confiere un aliento  épico  al relato. Sabemos que el poema épico incluye frecuentemente una dimensión maravillosa y que su contenido oscila entre la Historia y el mito.

“Los lugares en que transcurre la ficción se hallan envueltos en una suerte de halo poético medieval, legendario, casi maravilloso, que se mantiene durante todo el texto.” (Véase   la interesante reseña crítica de Maryse Renaud, en el número 346 de la revista “Les Langues Néo-latines”,  septiembre de 2008 ).  Así,  el narrador  se remonta a épocas muy antiguas: “la época en que se fundó Ipolysag, en el siglo XIII probablemente”. Notamos que desea inscribir  su historia en la tradición de un mundo de “fantasmas y gnomos”  que  ahora sólo forman parte de “los libros de cuentos infantiles ilustrados”. De este modo sugiere que la relación entre el adulto y el niño es pura fantasía y no una relación estrictamente autobiográfica.  Realidad y leyenda se mezclan y poseen un mismo estatuto en la mente de Fénix.  Cuentos de hadas y mitos lejanos son  igualmente barajados por la cultura popular. “Se decía (por ejemplo) que las vías del tren llegaban hasta América, un mundo fabuloso de frutas doradas llamadas naranjas.”(Urbanyi, 2006: 12). En varias oportunidades el mito de América pondrá en marcha contingentes de emigrantes, impelidos por razones económicas o en busca de mayor libertad.

El narrador fue testigo de un mundo que ha cambiado y parece añorar las relaciones directas y la sencillez de los intercambios de antaño. “La calesita y la confitería de buenas tortas” recuerdan elementos que nutrían las ilusiones infantiles de los niños de la época anterior a la guerra. Incluso los valses y las marchas militares del antiguo Imperio austro-húngaro connotaban un mundo estable. El narrador recuerda el rito del cementerio y la inclusión en una familia de vivos y muertos que le garantizaba compañía ilusoria para toda la eternidad. Esa continuidad genealógica será rota por la guerra y la emigración a América. “Aquel que recuerda la historia” opone la familia o parentela que lo contenía a la soledad presente. En la página 14, el narrador recalca con amargura “solo en este mundo como ahora”…”Sí, solo a pesar de la superpoblación”.

Paralelamente a su aventura personal, se desarrollan los acontecimientos que marcan los hitos de la historia de Hungría: los checoslovacos son desplazados por los húngaros, que efectúan redadas antisemitas y anticomunistas, y colaboran con el partido nazi. El mundo cotidiano es presentado de manera infantilmente  maniquea: “la llegada de los alemanes buenos para aplastar y aniquilar para siempre a los rusos malos.” (Urbanyi, 2006: 31). La verdad es escurridiza y, para algunos, “el ejército alemán es el mejor del mundo”. El narrador establece una analogía irónica entre “la ferocidad de los alemanes y las fuerzas especiales de hoy, en un mundo libre y democrático a rabiar” (Urbanyi, 2006: 32), tal vez para relativizar posiciones equivocadas de aquella época. El adulto que recuerda sale del esquematismo que oponía a los alemanes buenos y a los rusos malos y sospecha que la realidad pasada era compleja, tanto como la actual.

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