¿Dónde están los recursos humanos maravillosos?

Por Diego Warjes

Una de las razones por las cuales no logramos despegar como nación es porque, contrario a la creencia popular, el argentino es un pueblo poco talentoso. Para comprobarlo, basta con un análisis más científico y menos mitológico. Para empezar, hay que tener en claro que el alto o bajo nivel de la política y la economía de una nación es consecuencia de algo previo y más fundamental: el nivel mental y cultural de su gente. Porque política y economía son productos de la mente, de una cultura e idiosincrasia que es diferente según la sociedad que se trate. En otras palabras: no es lo mismo la política y la economía en manos noruegas y canadienses que en manos argentinas. Latinoamérica y África son los dos continentes que albergan las naciones más atrasadas de la humanidad.

Y los argentinos estamos mal rankeados incluso con respecto a varias de ellas, lo que fue corroborado por la última evaluación de la Unesco, donde quedamos superados por uruguayos, costaricenses, cubanos, chilenos y mexicanos. En lectura, los chicos de tercer grado quedaron en séptimo lugar y los de sexto grado, en el octavo en Latinoamérica. Es que jamás se ha dicho a nivel internacional que el argentino sea ‘uno de los pueblos talentosos del mundo’. A lo largo de la era moderna este título le ha correspondido, justificadamente, al pueblo francés, al alemán, al judío, al inglés, al estadounidense y, a partir de los años setenta del siglo XX, al japonés.

El talento se mide científicamente, hay índices para ello, por ejemplo, la cantidad de patentes registradas, adelantos producidos por las empresas de un país, el puesto de sus universidades en los rankings del London Times y la Univ. Jiao Tong, los índices de poder adquisitivo y pobreza de las Naciones Unidas, el ranking Anholt-GFK Roper de Marca País, el grado de facilidad para abrir empresas según el Doing Business del Banco Mundial y la Heritage Foundation, el riesgo país según Standard & Poor`s, los índices de competitividad del Foro Económico Mundial, el de libertad de prensa y derechos políticos de Freedom House, el grado de valores según la World Values Survey Association y el de corrupción de Transparency International. El lugar que ocupa la Argentina en estos rankings es mediocre cuando no lastimoso (no sabemos quienes somos hasta que nos comparamos con otros). A estos índices cabe comparar la cantidad de Premios Nobel. Alemania cuenta con, aproximadamente, 91 Nobel, Inglaterra con 66, Francia 44 y los Estados Unidos con 160. Los judíos, a pesar de no exceder del 0,5% de la población mundial, han ganado 29 premios de 1901 a 1950 y 96 premios de 1950 a 2002. Hungría cuenta con dieciséis premios y Polonia con catorce mientras que la Argentina tiene solamente cinco de los cuales dos son de Paz (políticos); sin embargo, nótese que no hay húngaros ni polacos exclamando por ahí que son un ‘pueblo con recursos humanos maravillosos’.

Tampoco es verdad que los ‘profesionales argentinos sean excelentes’; la ‘fuga de cerebros’ es un mito. Como dijo una científica argentina ‘para hacer ciencia o trabajar en laboratorios de los Estados Unidos y de Europa, el camino más corto es estudiar en sus claustros. En ellos, los extranjeros que dominan son los de origen asiático, que son súper exigentes y competitivos y llegan en números masivos’3. Los mejores en el exterior no son, pues, ni argentinos ni latinoamericanos sino asiáticos. Borges tenía en claro que el hombre medio argentino no era talentoso; por el contrario, en su Nota sobre los argentinos le critica su ‘penuria imaginativa’. Y esto no es una novedad, ni algo reciente producto de ‘la decadencia’. Ya Einstein que visitó nuestro país en 1925 se decepcionó de las preguntas que algunos físicos y astrónomos argentinos le hicieron. En su diario de viaje escribió: ‘Me hicieron preguntas científicas muy tontas, de forma que era difícil permanecer serio’.

En opinión similar, el dramaturgo español Jacinto Benavente dijo en 1922 que la única palabra que se forma con argentinos es ‘ignorantes’. La creencia de los ‘recursos humanos maravillosos’ ha generado otra muy soberbia: que es un ‘misterio inexplicable’ porque no prosperamos. En efecto, muchos creen que aquí sucede algo especial, mágico, secreto o conspirativo, que hace que las soluciones que aplicaron otras sociedades no sirvan aquí por el grado de complejidad de los problemas argentinos, que lo que sucede aquí sería diferente a lo que ocurre en los demás países subdesarrollados.
El Premio Nobel F.A. Hayek habría dicho que las economías más difíciles de entender son la japonesa y la argentina pero a decir verdad, el sistema perverso de las reglas de juego de nuestra economía se comprende en menos de cinco minutos. Si los argentinos no saben controlar la inflación o la delincuencia es porque simplemente les falta talento y no porque les sobra.

Ya lo dijo Guy Sorman ‘Si eres un economista, la Argentina no es un enigma’. ¿Cómo puede ser entonces que un pueblo con estos mediocres indicadores internacionales –sexto en educación en Latinoamérica– se haya forjado una visión tan equivocada y magna de sí mismo?, ¿en que la fundamenta? Me parece que tres son las razones. La primera es que descendemos, mayoritariamente, de italianos y heredamos de ellos su narcisismo y pasión por las apariencias. En Los italianos, Luigi Barzini dice que ‘Los italianos aman su propia actuación, su propia exhibición… prefieren vivir… en su ambiguo mundo de apariencias, entre reproducciones de papier maché de la realidad (…) En determinado momento, la búsqueda de una segunda realidad en todo lo italiano se convierte en un juego (…) ¿Hasta qué punto el señor A, el célebre político…es un verdadero estadista? ¿En qué medida es el señor B un gran novelista, el señor C un gran actor, el señor D un gran director cinematográfico, el señor E un gran poeta? (…) Unos pocos, quizá no sean más que impostores inteligentes (…)

Un italiano considera un deber cultivar tales ilusiones en los demás seres humanos, pero, sobre todo, lo considera un deber con respecto a sí mismo’.
Nótese la descripción ególatra de Barzini sobre sus compatriotas: ‘Los italianos les descubrieron América a los americanos; les enseñaron la poesía, la política y las artimañas del comercio a los ingleses; la ciencia militar a los alemanes; la cocina a los franceses; la representación y la danza del ballet a los rusos; y música a todo el mundo’. Al igual que los argentinos, los italianos también se creen únicos y originales; sin embargo, Italia es uno de los países más problemáticos de Europa Occidental (en especial el Sur). Es que el argentino interpreta su lugar en el mundo a partir de su fisonomía europea –su tez blanca, a veces rubio y de ojos claros– y Buenos Aires, con su arquitectura europea, no se parece en nada al resto de las ciudades latinoamericanas. Pero no advierte que el europeísmo de su capital se debe a que no fue construida por argentinos sino por inmigrantes europeos (en 1914, la población era de unos 7.900.000 de los cuales, aproximadamente, la mitad eran extranjeros).Vivimos, pues, en una ciudad pensada y construida por una cultura superior, la europea, pero el argentino no es un pueblo de cultura superior, solo cree que lo es. La segunda razón es la falacia de la generalización indebida, un tema de la Lógica: se toman de ejemplo veinte profesionales que se destacaron en el extranjero y se generaliza diciendo ‘a todos los profesionales argentinos les va bien en el exterior’, una expresión que más que describir la realidad, la redondea. Una cosa es que haya algunos individuos talentosos, que los hay aquí, pero también en Rusia, la India, Perú, México, Polonia y Turquía y otra muy distinta que seamos un ‘pueblo talentoso’. Además, ¿de qué sirven el talento de unos pocos si no hay capacidad de comprensión en el resto de la sociedad para cosas elementales?

La India y Rusia han producido excelentes matemáticos, científicos, analistas de sistemas, bailarines, atletas olímpicos, escritores y músicos; no obstante, no dejan de ser sociedades subdesarrolladas con todo lo que esto implica. La tercera es que el talento es un concepto sistémico y no una carrera de obstáculos. La nación y sus problemas requieren soluciones sistémicas, no individualistas, carismáticas, ni personalistas. Empero, el argentino promedio cree que talento es ingeniárselas para esquivar los obstáculos que a diario le imponen las perversas reglas de juego de la economía y la política argentina, cuando en verdad es a la inversa: talento es crear un sistema de reglas eficaces, claras, justas y previsibles de manera tal que no haga falta hacer constantes piruetas para sobrevivir. Se sorprende entonces cuando los nórdicos, alemanes o japoneses que trabajan aquí no entienden nuestras necedades y concluye que ‘ellos no son tan rápidos como nosotros’. Estas creencias revelan que una parte de nuestro pueblo aún está detenido en el pensamiento mágico, es decir, aún no ha desarrollado una mirada científica sobre su realidad: el argentino promedio tiene pues, grave dificultad para distinguir las creencias de la realidad.

Las creencias, dice Julián Marías, son interpretaciones de la realidad, son su apariencia, pero no son la realidad. Las creencias que albergamos no las hemos pensado nosotros sino la sociedad, nos fueron transmitidas en el hogar, en la escuela, la universidad, el trabajo, mediante la televisión, los diarios y la opinión pública local. Los hombres no captamos pues, la realidad tal como ella es sino que la vemos a través de un sistema de creencias heredado, de ahí que podemos decir que, en rigor, somos ‘pensados por otros’. Es evidente entonces, a pesar de lo que nos espetaron Einstein y Benavente, que de generación en generación, los argentinos nos hemos estado repitiendo unos a otros, estas creencias delirantes que terminamos por tomarlas como nuestra realidad. Cuando Ortega visitó la Argentina (1929) se dio cuenta de este contagio sociológico y pronunció su famoso consejo: ‘¡Argentinos, a las cosas, a las cosas!’ que se fundamenta en el lema de la filosofía de Husserl, Zu den Sachen selbst! ‘¡a las cosas mismas!’ y significa: argentinos, miren la realidad tal cual ella es y se les presenta en vez de negarla, encubrirla o interpretarla a través de sus creencias; descríbanla objetivamente en vez de explicarla subjetivamente (la descripción es el método de Husserl).

Por eso, el Libro Negro del Psicoanálisis, publicado hace poco en París, sostiene que la Argentina y Francia son los dos países ‘más freudianos del mundo, están ciegos’; o sea, ciegos para ver la realidad en su desnudez. Ahora bien, ¿es tan negativo que no seamos uno de los pueblos talentosos del mundo? En verdad no, pues los talentosos, en cualquier área de la vida, son siempre una minoría. De un total de, aproximadamente, más de 200 naciones, solo alrededor de 25 se pueden considerar talentosas, las que son desarrolladas, (el resto son subdesarrolladas). El problema con el argentino no es pues, que no sea un pueblo creativo y hacedor: no, para nada; el problema serio ‘es que no lo sabe’ (Hernán Fernández Romero).

Cualquier argentino promedio acordará que su sociedad es corrupta pero difícilmente admita que a su pueblo le falte talento. Y esta es una de las razones por las cuales el cambio va a ser mucho más difícil aquí que en otros pueblos latinoamericanos de carácter más humilde. ¿Porqué prospera el pueblo chileno, sea con las derechas o las izquierdas? Porque al partir de un ‘complejo de inferioridad’ –con respeto–, tuvo que mirar hacia arriba; seguir el ejemplo de los que triunfaron, en suma, imitar los sistemas de ideas políticas, económicas y valores de sociedades verdaderamente talentosas, como la noruega o la neozelandesa. Ortega con sus dotes de ‘psicólogo’, se da cuenta que este es nuestro ‘talón de Aquiles’, el defecto que nos impedirá convertirnos en una nación próspera y desarrollada. De ahí sus palabras de El hombre a la defensiva (1929), genial ensayo sobre el narcisismo del argentino: ‘…Si de puro mirar el proyecto de nosotros mismos olvidamos que aún no lo hemos cumplido, acabaremos por creernos ya en perfección. Y lo peor de esto no es el error que significa, sino que impide nuestro efectivo progreso, ya que no hay manera más cierta de no mejorar que creerse óptimo…’.

La sobre valoración a que ha conducido nuestra soberbia va hacer, pues, que el afán por volvernos una sociedad mejor, sea una instalación mucho más difícil de alcanzar a los argentinos que al resto de los latinoamericanos. Psicológicamente quien se cree superior, quien carece de autocrítica y suponga que nada tiene que aprender de otro es, precisamente por esta actitud, una clase de sociedad sin porvenir; por el contrario, quien reconoce su mediocridad ya ha dado el primer paso para superarse. En última instancia, el problema radical de los argentinos no es lo que nos pasa, ni lo que otros nos hicieron sino el no reconocer lo que somos.

 

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