La figura del escritor

Por Luis Goytisolo

Durante siglos, por no decir milenios, la imagen pública del escritor  era la de alguien relacionado a la vez con la palabra, la verdad y la belleza; la de alguien capaz de construir con palabras una realidad inmaterial pero trascendente. La vida de ese escritor solía desarrollarse en los aledaños del poder, no porque tal proximidad facilitase la creación literaria, sino porque la notoriedad alcanzada le situaba de un modo natural en esa proximidad. Su público se hallaba en torno al poder, un poder que en ocasiones se tornaba su peor enemigo, como bien lo atestiguan casos como el de Séneca y el de Ovidio, el de Dante y el de Quevedo. Hacia la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX, la rebeldía del escritor respecto al poder pareció generalizarse y esa situación de conflicto otorgó a determinados escritores una manifiesta autoridad moral sobre la sociedad. Incluso quienes permanecieron al margen de ese papel de guía de conciencias terminaron por convertirse en obligado referente.

En las últimas décadas, esa autoridad moral del escritor ha empezado a disiparse de forma paulatina en todo el mundo. Aunque con matices. Los novelistas y poetas que desde un punto de vista literario merecen tal nombre son estudiados en los libros de texto por los escolares y cuentan con un número de lectores adultos no inferior -pero tampoco superior- al de hace esas pocas décadas: entre veinticinco y treinta y cinco mil, cincuenta mil como máximo en nuestro país. La mayoría no lectora -o lectora ocasional- sólo sabe de ellos si puede identificarlos con la ayuda de algún cliché o estereotipo: ser de izquierdas -o de derechas-, ser un payaso, dar mucha caña, etc. Sé de acérrimos partidarios de determinados escritores de malas obras. Pero los defienden a capa y espada.

Luego están los otros, los autores de best-sellers, cuyas obras se venden como nunca hasta ahora se habían vendido Su estatus es equiparable al de un actor o actriz, al de un o una cantante. Sus obras se compran -para leerlas o no- ni más ni menos que porque son famosos. Lo que cuenta no es tanto la calidad cuanto la novedad. Su última novela equivale a la última película de alguien o a un último single. Para la industria del libro, lo ideal sería que esos autores, en su vida privada, se comportaran como los famosos que protagonizan las crónicas de sociedad. Pero el autor de best-sellers sabe que esta clase de famosos lo es, no por lo que han hecho, sino porque así lo han decidido los cronistas de la vida mundana. Y como la confusión ni la necesita ni le beneficia, por lo común sabe mantener las distancias. Lo que hace que la industria editorial, invirtiendo el proceso, sea la primera interesada en convertir a famosos en novelistas de éxito.

Escritores populares -y en especial, novelistas- han existido siempre. Si a veces da la impresión de que nos encontramos ante un fenómeno nuevo es sólo porque ese tipo de escritores suele ser olvidado con rapidez. ¿Cuántos best-sellers de los años 60 siguen siéndolo hoy día? Lo que sí es cierto, en cambio, es que la máquina editorial y mediática ha mejorado mucho desde entonces. Se busca el perfil, como suele decirse, y una vez hallado, se organiza el lanzamiento. En ocasiones falla el tiro, aunque no debiera, dados los recursos que el editor tiene hoy a su alcance.

Este tipo de operaciones también se han visto favorecidas por la idea postmoderna -de un postmodernismo residual- de que escribir una buena novela es cosa que puede hacer cualquiera. O de que una mala novela también tiene su interés. Lo importante, eso sí, es que el autor o autora, reales o teóricos, respondan al perfil. No deja de ser curioso que hasta críticos de verdadero relieve hayan visto en Harry Potter un mensaje de esperanza para el futuro de la literatura. A mi entender, más bien se trata de un canto de victoria de la industria editorial ante el rotundo éxito de una campaña de promoción perfectamente calculada.

La figura pública resultante de este tipo de escritores es la del triunfador, la de alguien que ha ganado para sí la categoría de VIP escribiendo libros, como podía haberlo hecho en el terreno de la canción o de los jabones o de las agencias de viaje. Y, al igual que ellos, seguirá perteneciendo a esa categoría hasta que un nuevo producto le desplace en el mercado. Porque uno de los fenómenos asociados al best-seller es el de la baja calidad y carácter efímero de la lectura que de esas obras se realiza. Se trata de productos que son comprados por su novedad, para estar al día. Un tipo de lectura, en consecuencia, que no afecta al lector, que le resbala, que no deja huella, lo mismo que el viento no deja huella de su paso en la superficie del agua. De ahí que la popularidad del autor de best-sellers termine indefectiblemente por caer en picado y a ser olvidado su nombre con la misma rapidez con que se hizo popular. El caso contrario de las lecturas de calidad, que son las que mantienen la vigencia de la creación literaria propiamente dicha.

No debe causar extrañeza, por tanto, que así como cualquier escritor que se precie recibirá con inquietud un elogio de la ministra que tanto agasajo verbal prodigó con motivo del último premio cervantes, más de un autor de best-sellers se sienta incómodo cuando se le felicite por serlo. Tal será el caso, por ejemplo, de aquel escritor que hubiera deseado ser reconocido por su calidad literaria y, aunque el éxito de ventas tenga sus compensaciones, la sospecha de que vender por docenas adocena supone para él un íntimo fracaso. Conozco a más de uno que, de estar en su mano el trueque, cambiaría el gran público que tiene por el que le gustaría tener, sin duda mucho más reducido, pero formado por verdaderos lectores. Cuando el reconocimiento obtenido no se corresponde con el inicialmente buscado, ser ensalzado por lo mucho que vende se convierte poco menos que en una ofensa. Pero, ni puede hacer nada para que las cosas sean de otra manera, ni parece probable que, en el fondo, quiera que lo sean.

La situación presente no es fruto de ninguna casualidad, sino consecuencia natural de la cultura de masas hoy predominante y de las necesidades del mercado. Entre un público de entre veinticinco y treinta y cinco mil lectores y un gran público en principio ilimitado, la elección preferida por la industria editorial está clara. Y ni los hábitos sociales vigentes ni la orientación cultural de las nuevas generaciones permiten esperar cambios más propicios a este respecto.

Tomado del diario El País, vaya a saberse la fecha.

Nota de L.A.P: siempre aparece algo lamentable. Luego de una nota tan clara, Luis Goytisolo se presta al juego que denuncia: fue jurado del premio XII de Alfaguara

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