“Fue de tal manera que no fue de ninguna”: El zoológico de Dios II

Editorial Catálogos, 2010, 440 páginas

Sólo una breve mirada a la diversidad de subgéneros ficcionales (cuentos, sagas, novela “semi-epistolar”, ficción fantástica, ciencia ficción, utopías o “distopías”, parodias, sátiras, novela policial, novela erótica, Bildungsroman, novela de viajes, fábula, entre otros) que Pablo Urbanyi ha publicado hasta ahora, me permite justificar la segunda parte del título de esta reseña: su recorrido por la escritura “fue de tal manera” que incluyó a “todas”, o a una multiplicidad de formas de ficción, y además traducidas a varios idiomas. La “manera que no fue de ninguna” se refiere a una de las características principales de la escritura de Urbanyi: el uso de la ironía y el humor. Esa ironía se manifiesta en cada obra de manera diferente, y dentro de cada texto podemos encontrar numerosos tipos de ironía. Y una de las cualidades más interesantes de su producción es que resulta muy difícil clasificar a la ironía de Urbanyi –o a las ironías- que cambia de acuerdo con el género literario elegido, con la caracterización de los personajes, con la temática desarrollada, entre muchas otras opciones.

En este artículo me referiré a la duodécima obra de Pablo Urbanyi, un intelectual que previamente pasó por el periodismo y fue crítico literario en el mítico matutino “La opinión”. El escritor Pablo Urbanyi condensa en su trayectoria de vida experiencias que recorren un largo camino desde Hungría hasta Argentina, para luego emigrar a Canadá. Este recorrido pareciera haber dejado huellas marcadamente expresivas en la saga El zoológico de Dios y El zoológico de Dios II.

Urbanyi, que entre otras distinciones recibió el Premio a la Expresión Literaria en Canadá (2004), nació en Ipolyság, ahora Eslovaquia. Previamente a eso fue Hungría, luego Checoslovaquia y actualmente es Eslovaquia. Vivió en Argentina desde muy pequeño y, desde 1977, reside en Ottawa, Canadá.

En su ciudad natal se lo designó “Ciudadano de Honor”, precisamente por sus aportes a la cultura y la difusión de las tradiciones de esos pueblos. Sin duda, su novela cumbre fue Silver, finalista del Premio Planeta en 1994; pero además, entre otras, escribió Un revólver para Mack en 1975, Nacer de nuevo, Puesta de sol, Una epopeya de nuestros tiempos, El zoológico de Dios, El número 125. Sus cuentos y otros textos figuran en varias antologías y la mayoría de sus novelas están traducidas al francés, inglés y húngaro.

El zoológico de Dios II consta de dos partes: Longchamps (30 capítulos) y Buenos Aires (34 capítulos) y cada parte tiene sus respectivos epígrafes, colmados de contenidos, implicancias y referencias. No me referiré aquí a estos, pero sólo diré que son fragmentos de dos autores que disfrutan del juego paradójico y de la existencia de la pluralidad de opciones: George Elliot y Montaigne. En la primera parte, el primer epígrafe reza: “De hecho, el mundo está lleno de esperanzadoras analogías y de huevos tan hermosos como inciertos llamados posibilidades” (George Elliot, Middlemarch). Y en las dos partes, el narrador eligió secciones de los Ensayos de Montaigne: “Pero, no sé cómo, somos de tal manera dobles, que lo que creemos no lo creemos, y no podemos deshacernos de lo que reprobamos” (Primera parte). En esta cita, además de la paradoja enunciada, no podemos dejar pasar por alto la referencia al ser “doble”, ya que éste fue un tema recurrente en Borges, y el nombre de Borges aparece en los primeros capítulos de la novela.

El narrador nos estimula con maestría a recorrer un territorio donde se entrecruzan senderos de reflexiones sobre el valor y consecuencias de los recuerdos y de la interpretación adulta de esos recuerdos, senderos del crecimiento e iniciación a las turbulencias de la vida, senderos de una, o varias, historia de amor, –con todo lo que eso implica, amor pleno, sublime, tierno, honesto y también, apasionado, ebrio de sexo, desleal; senderos de un niño ensombrecido por la angustia de la pérdida de un amor y de la inocencia quebrantada por la guerra.

Las historias son muchas, pero todas se ensamblan en una principal: el exilio de un niño, arrastrado por sus padres desde su ciudad natal, Ipolyság, Hungría, hasta Longchamps, un pueblo a pocos kilómetros de la capital de Buenos Aires, para hacerse la América en el Nuevo Mundo. Ya en Argentina, lo veremos crecer, convertirse en adolescente, hacer amistades, disfrutar de la lectura, participar en ámbitos universitarios y la militancia en la década del sesenta. En medio de todo esto, somos testigos de su aprendizaje sobre el ardor del sexo, el delirio de la pasión y el amor más pleno que también se encarna en la excitación de los cuerpos.

Luego, su traslado a Buenos Aires, y la continuación de su crecimiento, a veces bastante perturbador: el estudio, trabajo, casamiento, hijos, una pasión turbulenta, relación con sus padres. Cabe aquí aclarar que, a pesar de que el personaje, Fénix, es el mismo, El zoológico de Dios II es un texto que podría denominarse episódico, o serial, si se quiere, y que continúa la historia de Fénix; pero también es un texto independiente, en el sentido de que no es necesario haber leído El zoológico de Dios para comprenderlo.

Además de las historias que nos hechizan y de la manera de narrarlas, ambas tienen al menos otros tres elementos que la enriquecen. Uno de esos elementos es la temática: las reflexiones, asuntos, y argumentos que se desarrollan incluyen muchas cuestiones que se encuentran en las profundidades de los seres humanos, tales como el amor, la soledad y la negación de compañía, la soledad y su compañero el silencio –lo que no se dice- las “sombras de tristeza”, la amargura, la idealización del progreso en un mundo nuevo, el conocimiento de uno mismo y de la vorágine de la vida, entre otros.

El otro elemento es el uso de la ironía, que podríamos llamar en este caso, “trágico-poética”. Como lo señalé anteriormente, el tipo de ironía que el autor exhibe en sus obras no puede incluirse en ninguna categorización tradicional, ya que difiere de todas las formas y moldes de ironía utilizados. Desde la antigüedad clásica hasta la actualidad, poetas, filósofos y críticos literarios han intentado definir dos términos estrechamente relacionados: la sátira y su principal componente, la ironía. Con el transcurrir de los siglos, se ha cimentado el concepto de ironía en todas sus variedades y las estrategias utilizadas por el escritor/narrador irónico.

La ironía ha sido víctima de la manera convencional de aprisionar y encasillar un término: enunciar una o varias -aunque similares- definiciones, clasificación y técnicas que utiliza. En general, no se puede negar que la ironía literaria se basa en la contradicción entre lo que se dice y lo que se piensa, la comicidad que esto produce en el lector, y la presencia de un narrador/autor que ironiza a una o más víctimas. Este narrador, según las definiciones tradicionales, se caracteriza por distanciarse de su obra y adoptar una postura de intelectual objetivo, individuo decente y ejemplar, con mayor conciencia de los males de la humanidad y una agilidad mental superior a la de sus semejantes.

¿Cuáles son las estrategias de escritura usadas por Urbanyi que hacen que sus ironías sean distintas de cualquier otra? Lo primero que debo señalar es que la ironía utilizada por Urbanyi se escabulle y no se deja definir: se fragmenta y se genera una pluralidad de ironías diferentes. El narrador/autor está detrás y dentro de la escena; es sincero e íntegro, -y modesto-; emplea una compleja red de estrategias irónicas con arte exquisito, con combinaciones de lo lírico y lo prosaico, de lo espiritual y lo mundano, con sentimiento. Es decir, la ironía no constituye sólo un mecanismo de defensa -coraza impenetrable o “tenue gasa que lo separa del mundo” – contra la vida o una forma de destrucción.

No se puede negar que existen numerosas víctimas de las ironías del autor, pero el lector, si no se limita a una lectura rudimentaria y desentierra los sedimentos o capas de subtextos que se esconden y se combinan debajo de la superficie, no se sentirá victimizado. Por el contrario, el lector puede llegar a comprender las razones y el alcance de las críticas del autor, solidarizarse con el mismo o, mejor aún, ampliar el horizonte interpretativo del texto.

La ironía se manifiesta en imágenes refinadas y sentimientos profundos que muestran un alma desnuda. En muchos momentos, el lector se encuentra al borde de lo que está preparado para aceptar, pero esas instancias, en una lectura profunda, se entienden como sacudidas del narrador para que el lector vea la realidad de la “civilización” y el dolor del alma herida por la desilusión e impotencia. La ironía, entonces, se torna trágicamente bella; se convierte en pasión escondida por el aparente distanciamiento del narrador/autor, y este narrador/autor irónico se muestra estética y emocionalmente sensible.

Una estrategia poética usada por Urbanyi en sus textos, y en esta novela en particular, es la repetición de palabras, imágenes o ideas que funcionan como leitmotiv. Si tenemos en cuenta que el término leitmotiv se aplicó originalmente a la repetición en los dramas musicales de Richard Wagner, esta recurrencia le otorgan a sus textos cierta unidad temática y, al mismo tiempo, la reiteración de una variedad de frases hace que el texto “suene” como una composición de múltiples voces. Se pueden rastrear numerosas repeticiones significativas, o leitmotiv. El sentimiento de soledad y de aislamiento se marca con la imagen recurrente de la gasa o “tela sutil, tenue y transparente…entre él y el mundo, imposible de atravesar” (31). De hecho, las referencias a la soledad son innumerables: para Fénix, ésta constituye “un peso angustiante” (31), “un peso que amenazaba con aplastarlo” (22),  o “una obsesión” (21).  El “zoológico de Dios” toma diversas formas para ironizar ciertos grupos o personajes: el “barrio de familias ucranianas, rusas” o “el corral” de su madre son zoológicos (26, 30). La tristeza, la ansiedad y la angustia se manifiestan con imágenes visuales tales como “sombras”, “pozo oscuro” o “bruma”. Algunas repeticiones son a veces satíricas, otras veces serias y, en otras ocasiones, expresiones de sentimientos dolorosos.

Podría mencionar innumerables repeticiones en el texto, muchas de ellas usadas para expresar la sensación de vacío que separa al autor del mundo ironizado, pero ese vacío se llena con indignación, frustración tristeza, desesperanza, falta de motivación, soledad, alienación, sensación de abandono, carencia de afectos, insatisfacción, y eso le permite al lector cruzar ese vacío y ubicarse al lado del autor, solidarizarse, identificarse, en vez de enfrentarlo o detestarlo.

La ironía, desde el punto de vista del escritor, es una forma de ver el mundo, una manera de dar respuestas al mismo y un modo de formular preguntas para que el lector medite. En el caso de la escritura de Urbanyi es además la habilidad para representar el arte en un texto literario. La pregunta básica que sugiere el texto es  “¿Somos conscientes de la decadencia generalizada?” en esta novela, el autor resume su crítica a la cultura y civilización contemporáneas, a las deformaciones de alma humana, al progreso que implica retroceso, a la vulgaridad de la vida, a la valoración exagerada de la experiencia y del conocimiento, a la soledad auto-impuesta, a la invasión de la cultura norteamericana, a la superficialidad de los medios de comunicación, entre muchos otros temas.

Esta crítica casi cáustica a la civilización deja huellas de tristeza también, especialmente las reflexiones sobre el estado de nuestro país que pueblan la obra en detalle, y con mucha  ironía. Por ejemplo, la familia de Fénix llega a Buenos Aires y están “anclados, esperando un día por la fiesta de un santo desconocido para ellos, San Perón” o “Este país va a llorar algún día”, dice el padre de Fénix al llegar al puerto, ver la basura tirada y entre ella encontrar “unos panes flauta enteros” (23, 24). En ambos ejemplos, a través del velo sutil que cubre la narración, logramos entrever la nostalgia irónica del narrador.

Teniendo en cuenta lo resumidamente expresado en los párrafos anteriores, debemos preguntarnos entonces: ¿Qué tipo de ironía utiliza el escritor Pablo Urbanyi en este cuento? Una respuesta primera y tentativa es que cualquier intento de definir esa ironía implicaría encasillarla. Y al encasillarla le impedimos que se escabulla, multiplique, genere otras ironías. Entonces, no vale la pena, ni agrega nada, caracterizar esta/s ironía/s. Sólo basta con distinguirla/s y ejemplificarla/s.

Los ejemplos de ironías se entrelazan con el tercer elemento que, personalmente, considero entre los más bellos en todas las novelas de Urbanyi que he leído: el uso de un lenguaje casi lírico, una prosa poética, que suaviza las tristezas de los personajes y la ironía del autor. Resulta imposible explorar novelas tan ricas en estas pocas páginas, pero es importante señalar que, además de deleite estético, las palabras del autor causan satisfacción intelectual: las referencias implícitas y explícitas a otras obras nos impulsan a intentar desentrañar una red de relaciones entre textos que hacen estallar la linealidad de la narración y contribuyen a multiplicar las posibles lecturas de la misma. Las implicancias ya mencionadas del título y de los epígrafes, el simbolismo de nombres como Fénix y Judit, las alusiones a las Meditaciones de Marco Antonio, al Paraíso Perdido de Milton, a Las mil y una noches, Lolita, La continuidad de los parquesy a autores como Joseph Conrad, Virginia Woolf, Julio Verne, Alejandro Dumas, Homero, Jorge Luis Borges, Roberto Juarroz, Olaf Stapledon, entre muchos otros, consolidan, entrelazan y expanden las temáticas principales de la novela: la memoria y el olvido, el silencio, la brutalidad y las contradicciones de la guerra, el amor y el sexo como refugios del alma solitaria, las relaciones familiares.

En el recorrido de vida de Fénix, el autor desentierra las raíces del exilio y las modela nuevamente para el lector de manera exquisita y desoladora, en una narración que integra la vida y la muerte, y ambas habitan en la palabra poética.

Alejandra Portela

Universidad Nacional de Córdoba


Nota

[1] El título es la adaptación de un dicho húngaro que Pablo Urbanyi utiliza en otra de sus novelas, Puesta de sol (1997).

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