El Aula Magna.anatomische-les

Al fondo,  imágenes de Hipócrates y Galeno. Sobre el podio, en el medio, un atril catedrático con micrófono, jarra y un vaso. A los costados, sillas de cuero. A la izquierda de la última de silla, colgado del cielo raso, un cartel color bordó y en el que, en letras doradas, en inglés y francés, podía leerse Facultad de Medicina,  y debajo, Nosotros enseñamos a curar. Se destacaban los símbolos de Facebook, Google, Twitter, WhatsApp, Blogger, Linkedln, Yahoo y Flickr. A los costados, dos cortinas abiertas sostenidas por gruesas cuerdas trenzadas.

Frente a podio, a la altura del atril, una escultura rectangular cubierta con una tela sujeta con una cinta que la rodeaba y se unía con un gran moño visible desde la última fila de asientos de la grada. A un costado, un fotógrafo.

Un bedel abre las puertas de Aula. Ancianos y ancianas, jóvenes con sus padres, en una fila silenciosa, empiezan a entrar y a ubicarse en los asientos de una grada bastante pronunciada. En total, así lo anunció el boletín, contando a los parientes, amigos  e invitados alrededor de 130. Todos sonríen.

 Apenas terminaron de sentarse, del lado izquierdo del podio y de detrás de la cortina, surge otra formación: estudiantes con birretes y togas, las mujeres con un pequeño ramo de flores. Bajan y se ubican de menor a mayor del lado derecho de la escultura. (Flashes del fotógrafo).

 Por el lado derecho, aparecen tres personas en trajes oscuros, corbata, dos caras afeitadas y una con una barbita cuidadosamente recortada, un sacerdote acompañado de un monaguillo con un pequeño acetre del que se asomaba un hisopo. Encabezaba la marcha una mujer baja, rechoncha, paso bailarín y gracioso, con un vestido de verano que ondulaba como si por debajo rodara un palo de amasar. Traía una carpeta y la cara más sonriente del aula. Todos se sentaron en las sillas, excepto el de la barbita que se paró detrás del atril. (Flashes)

Se oyeron carraspeos, algunos shhh, y el silencio subió por las gradas.  El de la barbita habló, les dio la bienvenida a unos y a otros. Se presentó a sí mismo como el Dr. Alex Witaker, experto en anatomía comparada; a sus colegas el Dr. Stephen Harper, experto en muerte final y definitiva; el Dr. John Born, experto en Anatomía Funcional; el reverendo David Glorius, experto en almas y en la vida del más allá; la Madam Jennifer  Honky, experta en donación. (Flashes).

Breve silencio, Y continuó: “Esta es siempre una emotiva ceremonia. Esperamos que los familiares y amigos de nuestros donantes reciban un poco de consuelo al saber la contribución indispensable que han hecho con sus seres queridos a nuestra comunidad de profesores y estudiantes de los que aquí presentes, son los delegados de la futura generación de profesionales y quienes consideran que esos cuerpos sobre los que estudian, en realidad son sus primeros pacientes.”

Sonrisas de los estudiantes. (Flashes). Continúa:

 “Cada organismo, luego de pasar por las manos del Dr. Harper, es dividido metódica y pedagógicamente por el Dr. John Born y, rotativamente, permanece de uno a tres años de vida útil en la Facultad de Medicina, antes de que las cenizas, bendecidas de acuerdo a la religión que profesaban en vida, sean devueltas a su familia para su adiós y entierro definitivos”.

Pausa, una mirada a Madam:

“Todo esto es posible gracias a la titánica tarea de la Dra. Jennifer  Honky, informante y experta en el programa de donación de cuerpos y a quien cedo la palabra para que dé su testimonio”.

Se retira y Jennifer Honky, con su carpeta en la mano y con una agilidad pasmosa, pega un salto en su silla que casi la suspende en el aire y, en una fracción de segundo, la hace aterrizar detrás del atril. Deposita la carpeta y, toda sonrisas, se acomoda los anteojos. Su mirada (expectante) recorre el auditorio. Flash y dice:

“En nombre del team de la Facultad, de los cuerpos y los estudiantes que los usaron como herramientas de aprendizaje, les doy la bienvenida a esta emotiva ceremonia. Mi primer contacto con la Facultad y tema de la donación fue a través de mis padres, quienes, verdaderos benefactores, cedieron sus cuerpos en aras del saber y del progreso. Me conmovió esa bondad desinteresada y tanto yo como mi familia seguiremos ese ejemplo, ejempló que despertó  mi vocación. Y quiero destacar, en voz alta, que en este día ese monumento que descubriré, es muy especial para  mi familia. Con él, así como a otros, celebramos a mis padres mucho mejor que la fecha de su muerte. Este día se celebra su vida y su regalo increíble”.

Aplausos. (Flashes).

“Y ahora señoras y señores, procederemos a descubrir esta lápida que tenemos delante. Los nombres de los donantes del último año están grabados en ella. El padre David Glorius los irá bendiciendo a medida que yo invoque las almas de estos héroes que dieron sus cuerpos en beneficio de la humanidad. Mañana se la trasladará al cementerio para su descanso… ¡Fotógrafo!”.

 El padre David Glorius ya se había acercado con el monaguillo. Jennifer Honky bordeó el atril y se paró delante del monumento. Extendió la mano y tomó una de las cintas que salía del moño. Esperó, y siguió esperando. Se escucharon algunos crujidos de los asientos. Por fin, Jennifer Honky rechinó los dientes y gruñó por un costado de la boca: “¡Fotógrafo!” Este reaccionó: “Perdón”, y rápidamente ¡flash! El moño se deshizo, la tela se cayó y, encima de una plataforma con ruedas, apareció una hermosa lápida con tres filas de nombres tallados en miniatura. Jennifer Honky habló: “Fotógrafo, tres fotos más para el Facebook.” Y con una sonrisa se paró del lado derecho de la lápida (flash), luego del izquierdo y el tercero de cuclillas. Ya de pie corrió detrás del atril, abrió la carpeta, apretó pulsó un botón y de uno parlantes ocultos, surgió un coro de canto gregoriano a ritmo de los tiempos actuales. Los estudiantes, balanceando sus cuerpos, empezaron a mover sus bocas. Le hizo una seña al sacerdote que extrajo el hisopo. Jennifer Honky leyó el primer nombre, “Mr. Reynold”, el padre David Glorius, murmuró una glorificación, y lo coronó con un “Amén”, le echó unas gotas de agua bendita a la lápida y el hisopo, en el aire, esperaba el próximo. “Mr. Borinov”, murmullo y sacudón del hisopo, “Ms. Nguyen”, hisopo. Y Jennifer Honky seguía entusiasmada invocando las almas –Hopkins, Langley, Smith, Berhaven, Carling – mientras el silencio, como una mortaja, se extendía por el salón, los parlantes enmudecían, las bocas de los estudiantes se cerraban. Con sus ojos paralizados, el hisopo de padre David Glorius se inmovilizaba en el aire.

El silencio tiene su ruido o quizá fue otra la razón por la que Jennifer Honky (frunció la nariz y se oyeron unos snifs) se detuvo y unió su mirada a la del padre y a la de todos  los que estaban en la gradas. Muchas bocas estaban  abiertas para lanzar el (un)  grito que no terminaba de salir; algunos, los más viejos, los más cercanos, se habían desmayado tal vez por algún ataque.

Y allí estaban los cuerpos de las almas invocadas. Y siguieron fluyendo hasta que el bedel cerró las puertas con un esfuerzo. No pocos habrán tenido serios problemas. No aquellos que, decapitados, con las venas, arterias y otros tubos como alambres que les salían del tórax por el cuello, traían sus cabezas debajo del brazo (las suyas o de otros, lo importante era la orientación aunque tuvieran un solo ojo), sino los que no tenían una pierna y debían apoyarse en el hombro de otro que no tenía brazos o había perdido su cabeza y en compensación del apoyo que les daban, los orientaban. Y a pesar de haberse detenido como un racimo, apretujados, amontonados, seguían expandiéndose con la emisión densa de una nube de formol.

Jennifer Honky fue la primera en reaccionar. Llegó frente al grupo abanicándose  con la carpeta. Y exclamó alegre: “Bienvenido muchachos y muchachas. Gracias por participar”.  Desbandada de de los estudiantes, chillidos de las mujeres y voces temblorosas: “No es mi paciente, no es mi paciente, el mío tampoco”. Jennifer Honky: “Fotógrafo, fotógrafo, rápido, una fotos para Facebook”. Pero el fotógrafo estaba vomitando en un rincón. “Ay, Dios, justo ahora se descompone”, rabió Jennifer Honky.

No menos ocurría en las gradas como si hubiera surgido una epidemia traída por el fotógrafo.  Jennifer Honky no perdió la cabeza. Buscó al bedel. Lo encontró apoyado en la pared agarrándose el estómago. Ella le ordenó: “Abra las ventanas. Todo es culpa de las emanaciones”. El bedel hizo un esfuerzo: “Pero Madam, el aula no tiene ventanas”. “¡Abra las puertas, entonces!” “Madam, Madam, las tuve que cerrar porque afuera hay muchos más”.

Relacionados

Deja Un Comentario

(necesario)

(necesario)

© 2011 Pablo Urbanyi Sitio Oficial Suffusion WordPress theme by Sayontan Sinha