“Cuida el sentido, que los sonidos se cuidan solos”

De la Alicia…  de Lewis Carroll

Este es un tema que ya traté un poco en otra parte pero jamás me sentí insultado como en este caso. Y como no creo que cuando me escupen llueve, respondo.

La historia empezó con un dejo de nostalgia y esa famosa necesidad u obligación de relectura. Por un intercambio de opiniones con un amigo, recordé mi lectura de Muerte a crédito de Céline. De eso hace ya unos 45 años. En esos tiempos, las editoriales gallegas, perdón, españolas, y menos las chinas o japonesas detrás, no llegaban a la Argentina. Ergo, supongo que fue editado en el país y traducido allí mismo al español de Cervantes que algunos académicos no consideran muy bueno. Los traductores en la Argentina no utilizan el lunfardo ni el porteño ni el quichua ni el guaraní para buscar equivalencias a las jergas de otros idiomas. Saben perfectamente que no funcionan y que la lengua española es rico en sinónimos, cosa que la que se burló Borges, pero, vaya cabronada, ¿hay algo de lo que no se haya burlado?

Por lo menos así era hace 45 años. Dos o tres traducciones de novela negra al lunfardo fueron un fracaso. No es casualidad que en la Argentina se prefieran las películas subtituladas  y no se quieran a las dobladas. Nadie allí se imagina a un cowboy diciendo “gilipollas” o “coños”. Bueno, hay (o hubo) cierta cultura propia y no quieren trasladarla a otros ámbitos, más bien recibir otras variantes.

Todo esto para decir que, a pesar de recordarla a cada momento, por desconocer las andanzas de la madre de Carlos Manzano, traductor de Muerte a crédito de Luis-Ferdinand Celine (Editorial de Bolsillo, República de Cataluña), prefiero llamarlo gilipollas en su salsa. No menos que al prologuista Constantino Bértolo (hasta este prólogo muy respetado por mí), quien después de poner sobre el Parnaso y más arriba la obra de Céline(no podía ser de otra manera), dice del traductor ”…a pesar de la excelente… traducción de Carlos Manzano… al castellano… si bien el oído del traductor ha logrado verter con maestría la cadencia musical de la frase celiniana…  Afortunadamente, una parte significativa y relevante de la lingüística de Celine está presente en la versión del traductor… la lengua del “esprit”…

Un coñazo Mister Bértolo. Muerte a crédito no está traducido al castellano si no a una extraña mezcla de Muceta y de Mimí y que no es  ni chicha ni limonada. Sus páginas están salpicadas de escupitajos de palabras maltratadas del caló o del argot español (endiñar, queli, plin, churumbel, andoba) que hacen imposible su lectura. Ir al diccionario de la RAE es perder el tiempo, algunas palabras ni figuran, quizá en María Moliner.

Por supuesto, la culpa o es del chancho, sino de los que le dan a comer. Pregunten a la editorial Ramdom Hause Mondadori cómo es posible este desliz. No por nada dijo el mismo Constantino Bértolo que los editores son una especie en peligro de extinción. Son bussinesman que dominan mejor las cifras que las letras y esta vez, por no leer, se equivocaron: el castellano del señor Carlos Manzano no es ni para el mercado de España y menos para otros países  hispanohablantes.

Y hablando del mercado: ahí está el libro, sobre la mesa, y pienso que costó 35 euros para comprarlo y traerlo de España para que termine en el infierno del reciclaje o en la mesa de luz de algún gitano español que ande por aquí.

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3 Comentarios to “De cómo los traductores escupen en la sopa de la literatura y al lector”

  1. A. P. dice:

    Los que intentan leer en español los filósofos franceses de mediados del siglo XX en adelante (Foucault, Lyotard, Deleuze, entre otros) y luego “aplican las teorías -espantosamente traducidas, o sea, cualquier cosa- al análisis de novelas o poesía terminan dando una interpretación kafkiana de los castigos y vigilancia rizomáticas de la caída de los grandes relatos en, por ejemplo, Heidi. Agradecemos a los traductores los devenires de la ya “diviniente” crítica literaria…

  2. Verónica Bonifacio dice:

    No está mal la nota y el comentario pero se quedan cortos. Si no es el caló, hasta la literatura griega, o las obras griegas y romanas debería decir, especialmente los satíricos como Aristófanes está llenas de “gilipolladas”, “putañerismos”, “tíos y tías”, tanto, que las escenas más antuguas parecen transcurrir en Madrid. ¿Será por qué soy argentina? NO, soy una traductora que respeta el español o castellano, como quieran, pero es lamentable decirlo, y no hay de otra manera, cientos de páginas de los clásicos están infectadas con la gerga gayega, y perdón.

  3. F.V.M. dice:

    ¡Cuánto paño en esto de las traducciones! Cuando hemos leído en el original a Simenon nos hace sonreír esas traducciones como: hazlo a todo evento, en lugar de un modesto: por si acaso. Y el inefable Borges que algo sabía también no dijo otra cosa que la palabra o frase más habitual era la mejor. También se burló de los doblajes que engendraban monstruos. Expertos de verdad como Paul Celan y G Steiner –entre otros- van más allá de esos ricos lugares comunes: traduttore tradittore; feas fieles, bellas infieles, cuando plantean una buena traducción como una recreación o textos paralelo. Tal vez no anduvo tan despistado N. Parra con su Lear & mendigo, después de todo que le enmendó la plana a tantos. Sorprende entonces que los que observar y predican “el genio de la lengua” que: “limpia, fija y da esplendor” perpetren versiones en presumible Castilla con tanto vocabulario prescindible. Si los poetas son más duros para recrearlos en otra lengua se dice que la narrativa es más dócil: gran ejemplo, Don Quijote

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