Verano. Por la mañana, fuera la hora que fuera, cuando salía a pasear, siempre la encontraba: una adolescente a la moda, pelo rubio cola de caballo, vaqueros cortos, perversamente deshilachados, piernas doradas, nalgas en un va y viene, colgada del hombro una cartera que, golpeaba su cadera, y se balanceaba.  Si no, él balanceaba su cabeza. Un celular pegada a su oído. Los coletazos que asentían o negaban, eran una señal del diálogo.

Varios días la siguió por cuadras y cuadras zigzagueantes que sumaron kilómetros. Los coletazos, un sí o un no, le aseguraban que el diálogo seguía hasta que, luego de doblar una esquina, ella se metía en una casa, en un negocio, o entraba en un edificio de departamentos.

El diálogo, por reloj, oscilada entre 30 y 45 minutos, probablemente, por hacerla una rubia, era pura cháchara vacía. Pero ese no era asunto suyo.

Para ver las cosas de otra manera más original, decidió medir su longitud en metros. Compró un odómetro a rueda. Un hermoso día se lanzó detrás de ella. Se divertía al observar cómo, en la cajita al lado de la manija, lo números saltarines convertían la conversación en metros. Hubo más vueltas que nunca. Para no perderla, cada tanto levantaba la vista.

De golpe, algo no anduvo: la cola de caballo era pelirroja y las piernas, blancas, pálidas, entraban en un cementerio.

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