-¿Sabes que estoy aquí por accidente, o tal vez yo misma no sea yo, o no sea la que tendría que ser, o a la que tendrían que haber encontrado?

Él, el codo sobre la mesa del bar, negó con la cabeza. Verónika interpretó el gesto como de interrogación y contó:

“El escenario: Budapest durante la guerra, casas, edificios hechos escombros, calles obstruidas, falta de alimentos. La entrada de los rusos parecía inminente pero ya lo era desde hace tiempo: el ejército húngaro, con el apoyo del alemán, más bien los alemanes, resisten con furia, de la misma manera que tarde o temprano entrará el Ejército Soviético triunfante. Suprimo muchos detalles  bélicos, otros se confunden pero son fieles a esta historia confusa. Sólo un detalle parece exacto: los rusos entrarán un año más tarde de lo esperado. Sí, nada más que un año pero las estrellas amarillas de los judíos brillaban y atraían a los alemanes y sus colaboradores. Un año antes del que todavía tendría que pasar,  hubo una fuga hacia el campo de dos enamorados con las estrellas ocultas o arrancadas, un acto de amor desesperado en un pajar o un establo y en el que ella, Verónika, probablemente fuera engendrada. Nueve meses más tarde, quizá también en un establo o en la casa de un campesino hubo un nacimiento; sí, probablemente fuera ella. Sin aquel nacimiento no existiría esta historia, que se desvía por una noticia errónea o que las circunstancias volvieron erróneas.

“La noticia se repitió: la inminente entrada y la liberación por los rusos de Budapest. Sus padres, con ella en brazos, apenas un bebé de cuatro o cinco meses, volvieron para colaborar con la liberación que se demoró muchas veces. Los alemanes exasperados, más feroces que nunca, sabían que con los rusos no habría perdón, redoblaron la caza y exterminación de los judíos. Los papeles que se exigían, los nombres y apellidos, cumplían con la función de las estrellas arrancadas. Escaparse de nuevo, una vez más. Pero, ¿qué hacer con ella, un bebé de cinco meses? ¿Arriesgarse a llevarla, que ella también perezca si los atrapaban o les pasaba algún accidente?

“Alguien, es imposible recordar quién en esas circunstancias, les aconsejó una dependencia o dispensario de la Cruz Roja Internacional que hasta los alemanes respetaban y que acogía a bebés y niños huérfanos en un sótano.  Ya frente al edificio, sobre la puerta de entrada, una bandera de la Cruz Roja que, ante la desorientación y pánico, se convirtió en seguridad y una garantía. Abrieron la puerta, una escalera que llevaba al subsuelo: entre cunas y algunos niños que andaban sueltos encontraron a una enfermera jefa y una auxiliar que atendían a los niños abandonados o perdidos o huérfanos, había de todo en ese lugar apretado y de poca luz. La enfermera jefa les dijo que la podían dejar, pero que volvieran lo antes posible: el abastecimiento de la Cruz Roja llegaba con dificultad y muchas veces faltaban alimentos. Qué decir de la leche, sólo leche condensada, que costaba una fortuna. No sé si no sería mejor que se la llevaran. Mientras la enfermera revisaba si era nena o varón y si tenía el prepucio o no para saber cómo actuar si venían los alemanes, el padre le dijo que le dejaban todo el dinero que poseían. Bueno, si no era dinero húngaro que nadie aceptaba, necesitaba dólares americanos, podía ser una ayuda, si no, como buena cristiana y como empleada de la Cruz Roja, con una misión, la iba a aceptar igual y que Dios proveyera. El padre le preguntó si el oro serviría. ¿Oro? ¿Qué oro? Desde que no hay judíos no tendrían a quién venderlo. Su anillo de casamiento y el de su mujer con su cintillo. La mujer se encogió de hombros y dijo que estaba bien, que lo aceptaba por si podía utilizarlo o se lo devolvería cuando vinieran a buscar a la criatura. Y extendió la palma de su mano donde tintinearon suavemente los anillos. Nombre y apellido. Verónika Vér. ¡Vér!, un apellido más judío imposible, le pondremos Tóth. Lo escribió en dos cartones, uno se lo dio a los padres, y el otro lo enganchó con un imperdible en la manta en la que estaba envuelta Verónika.

“Volverían pronto a buscarla, dijeron, apenas los rusos liberaran la ciudad. Con un poco de inseguridad y desconfianza de parte de su madre, que se extrañaba de la quietud de los niños, además, la enfermera olía a alcohol y estaba demasiado pintarrajeada, esperanzados, subieron la escalera y buscaron a aquellos que colaboraban con la liberación.  Encontraron muchos y casi todos aseguraban que la entrada de los rusos a Budapest era cuestión de días o, a lo sumo, de una o dos semanas. Esto reforzó sus esperanzas y se lanzaron a la lucha por la que fueron llevados como un remolino; sabotajes, esconder a los compañeros más perseguidos, llevar informes, enterrar, si era posible, a muchos compañeros muertos mientras las esperanzas, con muchos altibajos, seguían.

“Las fechas del cumplimiento de las esperanzas nunca son exactas, si es que se cumplen alguna vez y no prolongan el sufrimiento hasta el infinito.  A los dos meses los rusos entraron en Pest, se confirmaron y aumentaron las esperanzas, pero bajo el fuego de los alemanes que luchaban por sus vidas, los rusos demoraron una eternidad en construir un puente precario para cruzar el Danubio y liberar el otro lado de la ciudad, Buda. Algo así como cuatro meses tardaron sus padres en volver a buscarla.

“La bandera de la Cruz Roja había desaparecido. Esto dificultó encontrar la entrada del sótano ya que su padre no recordaba el lugar con exactitud. Cuando por fin lo encontró, al abrir la puerta se llevó por delante a la enfermera que, pintarrajeada y con una valija o bolso de mano, iba a salir.  La mujer pegó un grito.  El padre le pidió perdón pero la respuesta de ella fue un imperativo (Déjeme pasar!, con una carga de miedo que el padre no dejó de percibir. El padre le cerró el paso y le preguntó: )No se acuerda de mí?  No, no me acuerdo de usted y ahora haga el favor de apartarse, respondió mientras trataba de encontrar un hueco entre el padre y el marco por donde escabullirse.  El padre sacó el cartón y lo empuñó: “Vengo a buscar a esta niña”.  “Aquí ya no hay ninguna niña, la Cruz Roja se los llevó a todos, niñas y niños”.

“La indecisión paralizó al padre. Aprovechando el momento, la mujer casi logra escabullirse, pero el padre, además del aliento a alcohol de la mujer, se percató de otro que subía desde abajo como si el sótano soltara su aliento. Era demasiado familiar como para que se diera cuenta en el acto: el horrible hábito de acostumbrarse al horror. “¿Dónde está la jefa?” “Se escapó con todo el dinero y el oro la muy…”. El padre temió lo peor. Tomó a la mujer del brazo y la arrastró escaleras abajo.

“Ya en el subsuelo, el hedor mareaba; se desprendía de las paredes y subía del suelo. Así como se había esfumado la jefa, no se veía a los niños que recordaba haber visto entre las cunas de las que todavía quedaban cuatro o cinco, con bultos inmóviles. Si su padre no hubiera estado acostumbrado al horror, a los cadáveres, posiblemente se hubiera vuelto loco. Arrastrando a la mujer, caminó como en una antesala de una morgue o la morgue misma, sino un cementerio.

“Después de cuatro meses no podía reconocer a su hija, ni la ropa, ni la manta en la que la había llevado. Sacudió a la mujer como para despedazarla: “¿Cuál es, cuál es?” Inútil, estaba borracha o fingía estarlo hasta parecer drogada.  Sin soltarla, la empujaba de una cuna a la otra. Una sacudida más violenta que las anteriores: “)Dónde están los cartones con los nombres?” Aterrada o alucinada, gemía: ANo sé@, ANo sé@. Como entre despojos de guerra, su padre buscó, hurgó diría, entre los bebés. La mayoría estaban muertos. Del sexo se acordaba. Todavía, famélica, latía una niña, aún estaba tibia, )cuánto tiempo estuvo inclinada sobre ella hasta que oyó: “Creo que es ella.” La madre: “Seguro que es ella.” El padre, para levantarla, tuvo que soltar a la mujer. Y como si esta supiera que hay crímenes que los rusos no perdonan ni aceptan abogados para la defensa, como poseída por el demonio, corrió hacia la escalera.

“El padre consideró que era inútil seguirla: con su carga exánime que tal vez sólo necesitara una mamadera, poseían un tesoro y yo, creo, la dicha de haber tenido padres, quienes, me contaron la historia para traerme a esta tierra y en la que no me encuentro.

–¿Comprendés ahora  por qué te dije que estoy aquí por accidente o tal vez yo misma no sea yo y no sea la que tendría que ser?

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