Epígrafes:

“Los novelistas son los historiadores del presente, los historiadores son los novelistas del pasado, y todo escrito que presenta cierta calidad literaria aspira esencialmente a ser poema.”

Simon Leys

Es la primera y última vez que escribo algo “histórico”. Que el rayo lo parta. El Anticristo en persona me ha inducido a hacerlo. Es indigno, sencillamente indigno e irrespetuoso, querer dar forma de nuevo a sucesos ya establecidos.

Joseph Roth

“Un autor, un escritor, muy a menudo no es un hombre, sino una hembra a la que hay que pagar pese a saber que siempre está dispuesta a entregarse a otros. Es una puta.”

Gaston Gallimard

Beethoven, mortalmente enfermo, estaba leyendo una novela de Walter Scott. Súbitamente la arroja lejos de sí y exclama: “¡Este escribe por dinero!”

Orwell había prohibido en su testamento que se escribiera su biografía. La razón: “Vista desde dentro, ninguna vida sabría consistir en algo más que en una serie de derrotas humillantes y desoladoras hasta para una simple contemplación”.

“Hoy en día, el escritor que intenta crear algo diferente de lo que la industria de consumo produce para alimentar a los lectores es como el cojo que anda con prótesis, pero de todas formas intenta presentarse a una carrera de cien metros.”

            Del Diario de Sándor Márai.

(Creo que lo mejor de este artículo son los epígrafes, y deberían bastar por sí mismos.)

Como este no es un trabajo académico, más bien de un escritor cansado de no “triunfar” (dicho húngaro: “Cuando uno está debajo del culo de una rana, puede decir lo que quiera”), las citas no necesariamente van a ser todas exactas, pero probablemente sean más pertinentes que las académicas. Sin embargo, también es verdad que (una vez más Joseph Roth) “No se puede ser lo bastante prudente cuando uno desea que lo entiendan”.

Así como detesto las novelas a la moda, pedidas, dictadas y con un nivel estilizado por las editoriales (la industria del Holocausto, la guerra de las Malvinas, los desaparecidos, las torturas y, sin advertir sobre la “banalización del mal”, las notas periodísticas valientes que terminan en una simple contabilización o a denuncias sin consecuencias), escritas con la colaboración de los cómplices dizque escritores, de la misma manera detesto las novelas históricas en las que desentierran los huesos de los muertos y con sus fémures redoblan el tambor de vaya saberse qué ataque o qué triunfo. Hay fémures tan gastados, estrujados, retorcidos para ver si queda alguna gota de sangre reseca y vacía, que no pasan de desprender pedazos de astillas de calcio. Tal vez los más explotados para el caso fueron Perón y Evita, tanto, que ya ni se sabe con exactitud si estos personajes existieron en realidad. Y la novela de esta última, Santa Evita, que en paz descanse, asociada con un episodio de necrofilia, fue promocionada por Tomás Eloy Martínez alrededor del mundo como modelo de la necrofilia argentina, según él, un país modelo de la necrofilia, todo para venderte mejor. Así, los lectores del New York Times, donde hizo las declaraciones, se enteraron de la existencia de un país africano más con canibalismo cuya existencia ignoraban. Al fin y al cabo, en EE.UU., los que guardan a sus vecinos despedazados en los congeladores no son tantos.

No fue en vano que Adorno observara que la novela histórica aparece en las épocas de decadencia, épocas en las que las perspectivas del futuro son brumosas, las esperanzas (siempre tontas) se esfuman, las ideas y la proyección de los ideales mueren así como la maginación y aparece esa necesidad imperiosa de inspirarse en el pasado y saquear las arcas de la historia. En el caso de Perón y Evita, el nombre del personaje histórico es una garantía en sí mismo, si no de calidad, del interés de los editores y del público lector para asegurar las ventas y alcanzar el poco honroso título de best-seller. Ah, las traducciones, como mínimo, deben llegar a las 25 lenguas, aunque, ironía, salvo la cantidad impresionante de traducciones (todavía un poco lejos de las de la Biblia o Lenin), las cifras de venta son mucho menores (si es que no pasan del fracaso) que las que vocifera el escritor con un bombo en la Plaza de Mayo. De tanto manosear a los personajes (en este caso, Perón y Evita), se gastan, pero, apenas hubo un poco de olvido, astutos editores y escritores vuelven a sacar sus fémures.

Hay autores que, si de novela histórica se trata, ponen un libro sobre la mesa del editor casi con la frecuencia con que una gallina pone sus huevos. Quizá los escritores de las novelas históricas se hayan contagiado de la aceleración de la técnica y utilizan sus recursos: uno sería cortar y pegar.

No faltarán profundas y sesudas investigaciones que las sostengan, sesudas y profundas por el decir, y nadie comprueba que fueran por el hacer. El argumento de bucear en las charcas de la historia para comprender el presente es como decir que estudiamos a los simios para comprendernos y saber mejor cómo somos; de este argumento nació una sátira, la novela Silver. Tampoco faltarán comentarios como “Me divertí mucho escribiendo…”, confesión que escuché varias veces y que me pone los pelos de punta y me despierta la desconfianza más profunda. Es como si al autor, mientras escribía, le estuvieran haciendo cosquillas en la planta de los pies. A la escritura, por más graciosa, humorística, irónica que sea, por más que nos traiga momentos de satisfacción o felicidad posteriores, se le aplica el mandato de Dios: parirás a tus hijos con dolor. De allí que García Márquez demasiado frecuentemente nos aburra y nos haga bostezar en sus fragmentos que “me divirtieron mucho” mientras escribía. Lo hacían “reír a carcajadas”, declaró.

Nunca me asombró que existieran novelas históricas hasta que, impulsado por una especie de plaga de langostas y antes de que me devoren, me puse a escribir esta nota. Sin asombrarme, leí tres o cuatro veces Los tres mosqueteros, Las memorias de Adriano, Los idus de marzo o La guerra y la paz (ésta, reescrita 5 veces con la ayuda de la mujer de Tolstoi y usando la pluma de ganso, la desgraciada). Sin embargo, me doy cuenta ahora, éstas, si bien son novelas, no son históricas, son metáforas. La primera, sobre el valor, la nobleza, la fuerza y la astucia. La segunda, el intento (el subrayado es mío) de la toma de posesión de un mundo interior. La tercera, una metáfora sobre el sufrimiento, la filosofía y el poder, inspirada en el fascismo. Por último, la cuarta (esto es personal) sólo cuenta lo que cuenta y es demasiado larga para leerla dos veces.

Todas las novelas que mencioné (tal vez menos la de Dumas, que por ahí la hicieron sus negros) son productos de muchos años, que no equivalen a la velocidad de las posturas de los huevos. Las memorias de Adriano es la obra de casi una vida. José y sus hermanos, a Thomas Mann (éste, modelo de burgués, no es de mi simpatía) le tomó 12 años, y si debemos creerle, empezó a simpatizar con el tema Egipto y egipcio desde los 9 años. Ignoro el tiempo de escritura de La guerra y la paz y de Los tres mosqueteros y su secuencia, Veinte años después y El vizconde de Bragelone, lo que sí sé es que me engañaron bastante con respeto a la historia de Francia en mi inocencia de creer que eran novelas “históricas auténticas” (qué serán éstas, mi Dios) y me daban conocimiento, cosa clave en una buena novela.

Por lo menos, tanto Marguerite Yourcenar como Thorton Wilder tienen conciencia y asumen la responsabilidad de su saqueo con notas finales en sus novelas en las que aclaran qué personajes y episodios corresponden a la “verdad” histórica y cuáles no. No obstante, lo que dice Marguerite Yourcenar (“La novela devora hoy todas las formas: estamos obligados a pesar de ella; este estudio sobre la suerte de un hombre que se llamó Adriano hubiera sido una tragedia en el siglo XVII y un ensayo en el Renacimiento”), y que justificaría su novela, que ella misma tímidamente llama histórica sumándole otros argumentos, no quedó en la historia de la novela por esas razones, sino porque es una llama viva, trágica y que se apaga: en el fondo no es más que un texto soliviantador sobre los deseos, las ilusiones sobre lo mejor y la muerte como fracaso ineludible.

La novela histórica –o autobiográfica, una variante también de moda y que no es más que la fábula de la rana que quería ser buey, una exaltación morbosa del ego de los tiempos actuales–, con esa sensación de dar conocimiento (“recreación del pasado”, dicen, yo diría “deformación”), no es más que un engañabobos, una forma cómoda de creer que se aprende. Fui una de las víctimas. No es que las novelas no contengan elementos autobiográficos (es casi inevitable, no conozco a ningún escritor que escriba desde el más allá), pero en el instante en que se los introdujo en una “novela” entran en otra categoría, en otra concepción, a un mundo ajeno al autor, y la maestría de crear la verosimilitud hasta de la mentira o de una vida mentirosa. Hay una variante más para la promoción de una novela o película: es la expresión “basado en un hecho real”, como si el hecho real no fuera suficiente por sí mismo o hubiera que retorcerlo.

Uno de los ejemplos más preciosos son las novelas, biografías y películas acerca de la vida del pianista Franz Liszt y sus mujeres, o su obsesión por ellas, o la de ellas por él.

Alan Walker, un canadiense, escribió (en inglés) una biografía de Franz Liszt considerada definitiva. Tres tomos en 20 años para descubrir que las historias del pianista con las mujeres no son más que un mito. Y sin embargo no es definitiva. Veinte años de investigación no lograron explicar cómo fue posible que Liszt, que daba recepciones fastuosas y conciertos de beneficencia, en pleno invierno le negara a su hijo dinero para comprar leña para su estufa, negativa que su hijo pagó con la muerte debido a una pulmonía e hizo que Liszt, durante el resto de su vida, viviera hundido en la depresión, carcomido por la culpa y alcohólico.

En fin, como conclusión del tema, la novela histórica, o de personaje histórico inspirador, no necesita mucha imaginación. Basta pescar un personaje en la charca de la historia, sacudirla bien para desempolvarla y releer la historia que el personaje mismo ya trazó con su vida y transcribirla si es “interesante”. Si no lo es, la tarea se hace un poco más dura: hay que leer otras novelas, quizás un poquitín de historia y, para obtener un resultado óptimo, inmediato, el huevito anual, hay que darle unas patadas y golpes para acomodarlo a la trama de la novela y no perder el tiempo investigando, dudando, reescribiendo como la tonta de Marguerite Yourcenar.

El editor se encargará del resto mientras el dizque escritor hablará un poco de su contenido y mucho de cómo la hizo, detalles que son más importantes que la novela misma, y si logra un premio, mucho mejor.

 

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