Ya había aprendido, por una cita de Edmund Wilson, que “Todos los editores son unos perros”. Mi sabiduría aumentó al leer otra de Gastón Gallimard: “Un autor, un escritor, muy a menudo no es un hombre, sino una hembra a la que hay que pagar pese a saber que está siempre dispuesta a entregarse a otros. Es una puta”.

Sin muchos remilgos, debo confesar que a esta última categoría yo podría pertenecer si fuera un escritor cotizado, cosa que equivale a la fama, pero que también, con los años, a mi cercana salida de este mundo que se va acabando, mucho no me interesa.

Por otra parte, hoy por hoy, ser un escritor no es ninguna novedad ni un fenómeno notorio. Todo lo contrario. Escribir, o querer ser escritor, vaya a saberse de dónde viene la histeria, se ha convertido en un fenómeno patológico, en una especie de tsunami donde los dizque escritores, buscando espacio, amenazan con arrastrarse y ahogarse uno al otro. Hoy (sin que la calidad importe mucho) todos escriben. Los talleres literarios, generadores de ilusiones, lanzan escritores como las catapultas romanas lanzaban piedras. Talleres que no son más que grupos de terapia para el “Just do it”. Escriben los abuelos y abuelas sus memorias sin esperar a que estén muertos. O no, no hay que ser tan viejo: todas las memorias son interesantes (e importantes), así como los árboles de familia, y el mundo debe enterarse. Pululan los escritores de doble oficio, como los locutores de televisión (populares, garantía de ventas), periodistas y académicos. Por supuesto, en esta tarea doble, un poco esquizoide, salvo raras excepciones, ninguna de las dos se hace bien. La deficiencia se suple con promociones, entrevistas, contactos personales (hoy por ti, mañana por mi) por los que se llegan a hacer verdaderas peregrinaciones. Las lenguas bajo las narices marrones se alargan hasta atravesar océanos. Ponerse en el canal de la literatura femenina (o cualquiera de los sexos que esté en boga) es bajar arrastrado por un torrente refrescante y creer que se va a la cumbre. No faltan los recursos tecnológicos como Facebook, un mundo virtual que parece más real que el de afuera. El Twitter es el auxiliar más importante: indica la popularidad y calidad de la obra que ve o lee  la cultura idiota

Por suerte (o mala) se puede encontrar la dura realidad, que, desgraciadamente, puede ser terriblemente frustrante. No ser traducido a 30 idiomas, como Isabel Allende, o a más idiomas que los existentes, como fue traducido Gabriel García Márquez, puede ser terriblemente doloroso. Claro que gracias a la autoestima, que encubre la egolatría, se puede llegar a la inmortalidad por una sola traducción, al mapuche, por ejemplo, y ser publicado en la Patagonia, y si es al francés para aparecer en el tinglado de Francia, es el Parnaso.

Para obtener una traducción (o traducciones), dos son los recursos básicos: ganar un premio internacional o conseguir un agente literario (de aquí en adelante llamado Proxeneta) cuyo sexo es indiferente, hombre, mujer o un miembro del desfile del orgullo gay. Los franceses, orgullosos de su individualidad y cultura, quizás inspirados en Andrew Wylie, un norteamericano apodado “El Chacal” por morder a los editores o devorar la carne muerta de los 700 escritores de su lista, en vez de Proxenetas, a los agentes literarios los llamaban “los chacales”, hasta que, súbitamente, como caídos de un dron, los encontraron instalados en París. El empuje norteamericano, el progreso, es imparable.

Desgraciadamente no soy un maestro de la promoción, apenas tengo una página en la Internet, estoy en Linkedin más para acompañar a mi hija que por mí mismo, y me escapé a rajatabla de Facebook, donde me encontré rodeado de cientos de amigos fantasmales a quienes no conocía, y convertidos en fantasmas a los que fueron (y todavía lo son) amigos sólidos y reales. Cuando mendigué notas, reseñas y entrevistas, fui crédulo: creí que las palabras de algunos/as periodistas eran sinceras (Silvina Freira, por ejemplo) y di con la nariz contra la pared. Busqué a MI agente: el chacal, perdón, el Proxeneta Schavelzon, que me rechazó con el argumento de que su harén estaba completo; y lo mismo ocurrió con un team de Proxenetas alemanas que rechazaron la obra ya que “no creían que se ajustaba a sus cánones…”.

Así que mi promoción (internacional) se limita a los envíos a las editoriales del mundo inglés. Van una carta de presentación, un currículum, fragmentos traducidos de la obra en cuestión y algunas citas, extractos reales o retocados por mí al estilo twitter: “Una obra extraordinaria”, La Nación. “Un ‘debe leerse’ absoluto”, Página 12.

Y suele pasar que algunos, con amabilidad y consejas, responden después de siete meses y un reclamo. He aquí la respuesta de Profil Book, un pool que engloba a diez editoriales:

Thank you for your email with regards to your proposal God’s Zoo, we are sorry, but are unable to find the record of your submission sent in December 2012.

Furthermore, due to staff levels we apologise that we cannot afford to consider your proposal, only submissions from agents. We also understand that your work is a piece for translation and the Serpents Tail translations list is currently full. 

The best option would be to approach a literary agent.

 

Traducción por Google:

Gracias por su correo electrónico con respecto a la propuesta del Zoológico de Dios, lo sentimos, pero no podemos encontrar el registro de su presentación enviada en diciembre de 2012.

Por otra parte, debido a los niveles del personal, nos disculpamos de que no podamos darnos el lujo de considerar su propuesta, sólo las presentadas por los agentes. También somos conscientes de que su trabajo es una pieza para la traducción y la lista de traducciones de Cola de Serpiente está completa.

La mejor opción sería la de acercarse a un agente literario.

Conclusión muy simple, tan simple que parece académica:

“Por todo lo antedicho podemos afirmar que, debido a la evolución acelerada de la humanidad, hoy las editoriales se han vuelto prostíbulos, y los agentes literarios, Proxenetas que los proveen de putas”.

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5 Comentarios to “De Gutemberg al Prostíbulo”

  1. Maria Elena Lorenzin dice:

    Hola Pablo:
    Comprendo tus preocupaciones por el destino de la buena literatura en ese oscuro mundo que describes tan metafóricamente. Hoy por hoy las editoriales publican lo que creen que va a ser un éxito de ventas y punto. No hay que olvidar que lo que las mueve sigue siendo “el vil metálico”. Por otro lado, las editoriales pequeñas, que tradicionalmente apostaban a tomar riesgos, se van desdibujando debido a la crisis. Quién te dice que en el futuro se busquen obras como la tuya a contramarcha de las exigencias de un mercado cuya frivolidad es la norma. No desesperes, mientras más rechazos recibas quiere decir que vas por buen camino.

  2. Martin dice:

    Usando el paralelismo prostibulario: los prostíbulos y los proxenetas en la elección de su “mercadería” se rigen ya sea por la cantidad y el montón, obviando la calidad, o por la calidad, y entonces se basan en la exclusividad. Seamos brutos: el dilema de lo barato o lo caro. Creo que el problema de las editoriales es que suelen pifiarla en calidad y cantidad, se quedan a mitad de camino. Quien pretende leer no sabe bien cuándo se trata de cada cosa.
    Que los autores actúen como putas, y con eso pretendía alejarme de la moralidad, no hace a la calidad de sus textos: ahí está Fitzgerald escribiendo por dinero. En eso, la verdad, me importa poco la figura del autor, qué hace de su vida, cómo se presenta, etc.
    ¿Por qué la gente escribe tanto? Hay una idea de Jacques Attali que me parece pertinente: en poco tiempo ya nadie escuchará música sino que todos haremos música. Con la literatura pasará algo parecido, creo. Tiene que ver, sospecho, en que no hay orden de “representación” sino pura “presentación”, como si fuera un chorro en donde fluyen ideas, cosas, fotos, historias, historietas, etc, etc, sin orden alguno ni paciencia. En eso twitter es un ejemplo paradigmático. Esa “presentación” constante hace que alguno crea que su propia vida tiene sentido: refuerza la identificación. Por eso creo que es importante que exista alguna instancia en donde se marque lo que vale la pena. Lo que no vale la pena anda por todos lados.
    Abrazo

  3. Fernando dice:

    Lo que me interesa más de la nota es que todo el mundo cree que debe escribir (manes de Kant! para ellos es un imperativo categórico). Es una moda, como andar con una botella de agua o haciendo la V por cualquier cosa o saludando con el puño en alto aunque sea para apoyar a Ubama, Urquel u otro o celebrar un gol.
    Efectivamente, hasta una cantante como Celine Dion ya escribió sus memorias; con esto del tratamiento de textos, las diarreas logográficas son peor que la peste bubónica. Todo el mundo cree tener una sensibilidad, así dicen, y una vida excepcional y desea comunicar ese sentimiento a todos. Los poetas no les van en zaga y lagrimean sobre hechos y personas o denuestan a media humanidad.
    Efectivamente Urbanyi: un libro puede venderse como un chorizo, como se lo dijo un su editor, ¿o no? O mejor, como esos truquitos japoneses que se manducan por imperiosidad de la moda pero claro, justificadamente, no vayan a tomarnos por snobs sin cultura biomarina.

    Y seguiremos padeciendo algunos circos ya que aunque no sólo de pan vive el hombre, cualquier hogaza es mejor que muchos indigestos mamotretos frutos de fatigados cerebros preocupadísimos de bien escribir, como, creen ellos, estilan los escritores.

  4. Pablo dice:

    Gracias Martín por tu comentario. Es sesudo y no tengo nada que objetar, salvo aclarar o puntualizar. La observacuón de Edmund Wilson y la de Gastón Gallimard también tienen un contenido de calificación moral. Si tienen razón o no, o si la tengo yo al llamar proxenetas a los agentes literarios y prostíbulos a las editriales, ¿los salva de su responsbilidad moral o la que fuera? Es muy difícil, pero realmente muy difícil determinar hasta qué punto la moral se convierte en moralina por lo moralistas. ¿O llegó el momento de sacar la palabra “responsabilidad” del diccionario? Cuidado con el ¿por qué no? tan norteamericano. O con el Si el otro puede, porque yo no. En fin, ¿a quién le importa?

  5. Martin dice:

    Hola,
    Creo que, debido, en parte, a la proliferación de gente que escribe y de libros que se publican, se entiende el por qué una editorial frente a un texto publicado originariamente en otro idioma actúe de esa forma. Aquello a lo que apelan como legitimación o no de la publicación suele ser, más que los lectores que esa editorial puede contratar para leer en otros idiomas, el prestigio y el recorrido que el libro haya tenido en la versión original. O, más bien, en el mercado original. Eso me resulta lógico. La literatura siempre ha actuado así, desde sus orígenes se construye en tensión entre las instancias literarias autónomas y las mundiales (me remito al libro de Pascal Casanova sobre lo que ella denomina “la república mundial de las letras”).
    También entiendo la existencia de agentes, quienes, una vez publicado el libro, pueden hacerlo circular justamente en esos otros idiomas.
    En todo caso, desde mi modo de ver, aquello que me plantea mayores interrogantes es el funcionamiento del mercado editorial (uso a propósito “mercado”) en español. Creo que ahí está el nudo del asunto: se publican infinidad de libros pero de los publicados son poquísimos los que han sido escritos en lengua española. Se puede argumentar que se debe a la falta de calidad en los escritores de lengua española. Pero eso lo pongo en duda: primero, porque a veces los textos traducidos son de escasa calidad (esto no se entiende ni en términos de mercado, porque la traducción a una editorial le encarece el coste del libro y le hace perder dinero; además la mayor de las veces esos libros de escasa calidad y traducidos tampoco venden) y, segundo, porque son escasas las editoriales que leen los originales que les llegan y que consideran realmente publicarlos. Tercero, quizás ya como hipótesis, si se suman todos los países en que se habla y escribe en español, resulta difícil de creer que sólo surjan un puñado de textos publicables por año, o que ni siquiera tengan la calidad de aquellos que se traducen.
    Por último, por debajo, la pregunta del millón: ¿qué se lee hoy? O, mejor, ¿cómo se lee? Se lee muchísimo (si tomamos en cuenta el mundo tecnológico en el que nos movemos, no hacemos más que leer y escribir) pero se lo hace a una velocidad inusitada. Creo que este punto va en detrimento de la lectura de la literatura, a la vez que facilita la escritura.
    Más que como prostíbulos (al fin de cuentas, eso sería una calificación moral, y no nos pondremos moralistas), me parece que las editoriales se están quedando a mitad de camino de todo: entre lo digital y el papel, entre pensar en términos de mercado y pensar en términos de calidad literaria, entre lo nacional y lo internacional, etc, etc. Ese lugar intermedio, creo, llevará a varias a la ruina. Las que tomen una postura más clara (y, además, acierten en esa elección) sobrevivirán. Veremos qué pasa…

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