Más de una vez se me ocurrió la idea aventurera de definir este mundo con una sola palabra o una frase digna de grabarse en bronce. Otras tantas renuncié a hacerlo.

Quizás en la historia de Pandi, no necesariamente un cuento zen, se encuentre lo que busqué inútilmente y vino a mí sin que lo buscara.

¿Quién es Pandi? Un periodista especializado en restaurantes y en comidas, muy conocido por sus libros y artículos sobre esos temas. Cada tanto nos invitaba a una cena para que comiéramos su último descubrimiento en materia culinaria, acompañado con un desfile de guarniciones y de vinos sofisticados. No estaban nada mal, y menos la simpática y agradable charla de Pandi, llena de anécdotas culinarias mientras su esposa, una auténtica mujer, se ocupaba de que en ningún vaso faltara vino.

Desgraciadamente ambos, siguiendo una tradición inmortal, tenían un gran defecto: eran mortales. Su esposa fue la primera en engrosar la fila de la marcha hacia el infinito. Con mucha tristeza y amargura, en uno de esos llamados cafés, que bien podía ser un Starbucks, me contó el proceso de la muerte de su mujer, pero que su propio destino en el más allá no sería tan inútil como el de ella, cuyas cenizas tenía guardadas en el sótano de su casa. No, de ninguna manera, él había donado su cuerpo a la Facultad de Medicina para los estudiantes. Sólo comenté: “Si te parece”.

A los tres meses, por e-mail, me informaron de su muerte y adónde iría parar su cuerpo, cosa que ya sabía. “Que en paz descanse, pobre Pandi”, me dije, y eso fue todo: ningún funeral, ninguna fiesta, nada.

Uno de los tantos fracasos de mi vida fue estudiar medicina. No duré más de un año, pero fue suficiente para que en la Facultad de Medicina de Buenos Aires, mientras estudiaba anatomía, me familiarizara con piernas, pies, brazos, manos, cabezas, todo prolijamente cortado por la mitad, y, mareado por el olor a formol, ahondara mis conocimientos disecándolos. Y fui más allá; vi cómo se cortaban esos pedazos, vi cómo se tiraban a la basura los restos utilizados, cadáveres enteros flotando en grandes piletas, los sexos mezclados sin pudor. Y allí, y así, me imaginé a Pandi.

Un año más tarde recibí una invitación de la Ottawa Medical Faculty, que me invitaba a “un funeral anual por todos aquellos que ofrendaron sus cuerpos, lo que permitirá el progreso en la educación de los profesionales médicos”.

“Se servirá un refrigerio.”

No puedo desentrañarlo, pero sin duda por alguna razón me acordé de la frase de Márai: “La solemne ficción de la vida”.

 

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