Buda

 Un atardecer de un día de verano, estaba el Buda sentado, con una flor de loto en la oreja, debajo de un árbol en su posición favorita, clásica, en la que se inmovilizaría por los siglos. Lo acompañaba su discípulo predilecto, Ananda.

Como surgiendo del Nirvana, Buda, el Maestro, suspiró profundamente, aspiró el perfume de las flores, el aire denso y pesado con sabor a miel, y habló así:

–Los que tengan oídos, que oigan. Sabes, Ananda, que he jurado no leer nunca más, ya que la verdadera sabiduría se encuentra en uno mismo y no hay mejor libro que el que sale de nuestra caña. (Aunque existieran aves, todavía la tecnología no había descubierto la pluma). Cuando abandoné la vida mundana y vacía de la corte y elegí la senda de la iluminación descubierta por mí, creí haberme deshecho de todas mis pertenencias.

–¿Y no fue así, oh, Maestro? –dijo Ananda, respetuoso, tomando notas.

–El otro día –continuó Buda–, debajo de mi humilde camastro, no se cómo fue a parar ahí, encontré un manual para ‘El comportamiento y el éxito en sociedad, según las castas’. No pude resistir la tentación de hojear esa obra de un maldito y odiado brahmán.

El Buda se mordió su grueso labio inferior y con uno de sus dedos índices se tocó el ombligo, el centro del universo; meditó unos segundos y sin dejar de tocarse el ombligo soltó su labio con una suave flaf, se inclinó sobre su discípulo y le susurró:

–Borra eso, Ananda; el Buda no tiene tentaciones ni odios.

Y apartando el índice, siguió adelante con la enseñanza.

–Casi sin darme cuenta, con ese automatismo que debemos superar para no ser máquinas como las tejedoras consustanciadas con el telar y poder así, con la mente despierta y vacía, alcanzar el Nirvana o la iluminación…”

–Oh Buda, ¿qué pongo? ¿Nirvana o iluminación?

–Me extraña y me sorprende tu pregunta, Ananda, ¿cuántas veces te he dicho que todo es uno?

–Perdón, oh, Maestro, ¿como las tejedoras y el telar?

El Buda pensó en las generaciones futuras y el destino de sus enseñanzas; rechinó los dientes y después de inflar sus mejillas, utilizó el aire para decir con voz ligeramente silbante:

–Oh, mi buen Ananda, mi discípulo predilecto, escucha, aprende, medita y escribe. Así nunca terminaré mi enseñanza de hoy.

Y con las mejillas desinfladas, continuó hasta terminar su enseñanza.

–Casi sin darme cuenta, hojeé el libro. Después de una definición de castas, venían los deberes y derechos de los integrantes. Encontré instrucciones para el comportamiento en la corte, los lugares que le correspondían a cada uno, cuándo se podía hablar, ante quién se debía inclinar o no, la manera de comer y qué. En otro capítulo leí acerca de las técnicas para cortejar a las cortesanas casadas, viudas, solteras, jóvenes y viejas; oh, qué mundo decadente, Ananda. En el capítulo dedicado al triunfo y al éxito mediante la adulación encontré lo siguiente: “El hombre que quiera triunfar por el camino deshonesto de la adulación (observa qué hipocresía, Ananda) tendrá que tener en la mente (fíjate con qué estupideces la llenan) las carencias del otro y alabarlo; al jorobado su recta espalda, al rengo su agilidad, al enano su alta estatura, a la fea su belleza, a la vieja su juventud, etcétera. Sigue una lista de halagos a diversas deformidades totalmente inútiles. Tiempo perdido, ¿y sabes por qué, Ananda?

–¿Por qué, oh, Maestro?

–Porque todo es uno, Ananda. Al jorobado no lo puedes separar de su joroba: al mirarse en el espejo, su joroba asomará por alguna parte y descreerá de lo que creyó; el enano tendrá que subirse a una silla para alcanzar el centro de la mesa; el rengo, entusiasmado por la adulación, va a distraerse y tropezar; la vieja, perder su último diente en una papilla de faisán; la fea, dudar de si la cosa no pasa de la alabanza, y dudar más si está sentada sobre una bolsa con oro, y a las alabanzas le siguen las proposiciones. El brahmán es poco sutil y se ve que no escucha mis enseñanzas. Así se hubiera enterado que todo es uno y que basta con alabar una cosa sola que existe pero nadie sabe qué es y por eso su existencia está relegada al reino de lo Invisible. ¿Sabes qué es, Ananda?

–No, oh Buda.

–Y eso que eres mi discípulo predilecto, Ananda. La inteligencia, Ananda, la inteligencia. Habrás observado lo poco que se adula la inteligencia, todos se creen más inteligentes que los otros y no están dispuestos a reconocer en los demás una cualidad que es exclusiva de ellos. Si adulas a alguien por su inteligencia nunca te equivocarás, y el otro tampoco. El jorobado, el rengo, el enano, la bella, la vieja, el estúpido, el asesino, el ladrón, todos recibirán con agrado tu alabanza y tu camino hacia el triunfo, si es que te interesa esa bagatela, estará asegurado.

El sol se acercaba a la línea del horizonte ribeteada por las crestas de las montañas. Muy pronto el ocaso, que inspiró las últimas palabras de Buda en su enseñanza de aquel día.

–Preveo, oh, Ananda, aunque me importe muy poco y no me guste profetizar, un nuevo albor de la humanidad. Quizás el filósofo griego ese, perseguido, y que anduvo por aquí buscando trabajo en mal sánscrito, tuviera razón. Sí, a pesar de haberme llamado conservador y reaccionario gordinflón, la democracia griega que promocionaba triunfará algún día. Es posible que en el siglo XX, cuando desaparezcan las castas y todos sean iguales, perfeccionada la enseñanza, todos aprendan a decir sin inmutarse: “Soy inteligente, si no el más”; será el verdadero reino de la felicidad. Todo será uno y las mentes, el pensamiento detenido, totalmente vacías, sonrientes y felices marcharán sobre anchos senderos iluminados. Y los que tengan oídos no escucharán.

Y el Buda se calló. Ananda guardó la caña y enrolló, al estilo egipcio, el papiro de arroz.

–Sublime, oh, Buda, una inteligencia sublime –observó Ananda y apoyó su cabeza sobre los papiros.

El Buda, satisfecho, después de oler la flor de loto, los antebrazos sobre su vientre perfectamente redondo, petrificó aquella sonrisa con la que se haría famoso a través de las edades.

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